El hostal de las Tres Rosas 14. #3
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14. #3

—Sí. Es la parte más atroz de la historia.

Las tres muñecas pertenecían a las niñas...

a las hijas de Lessinger. Las encontraron en el suelo, en la habitación donde habían cometido la matanza.

Fue Alton quien las cogió y le dio una a Nolan y otra a William Engel...

Debían servir como señal de reconocimiento para los eventuales herederos...

si eran los herederos los que llegaban a hacerse dueños de los diamantes.

—¿Y los diamantes se quedaron todos en manos de Alton?

—Parece ser. Nolan murió en combate en 1900, y William Engel dejó África incluso antes de que terminara la guerra.

Vino a Londres, con su hermano, y también él murió poco después.

Yo lo conocí. Era, de verdad, un chico, y haber participado en aquella masacre horrenda debió de trastornarle la mente...

Así, todo quedaba explicado... todo salvo el asesinato de Douglas Layng y luego el de Giorgio Novarreno...

Alton se había quedado con los diamantes, se había hecho rico, se había establecido en Australia, donde en 1914 se había dedicado a abastecer de gasolina y de carbón a los submarinos alemanes, que torpedeaban los barcos ingleses y aliados.

Y él era inglés. Había tomado a Besesti como socio, entonces...

¿Cómo se las había arreglado el argentino sin medios, recién salido de la quiebra de Buenos Aires, para ligarse a Alton, que ya era rico y que no habría necesitado a nadie?

¿Qué medios había empleado para inducirlo a aquella sociedad híbrida, orientada a un trabajo indigno, por una ganancia infame?

—¿Y Julius Lessinger?

—¡Ah!... ¿El hijo, eh?... Engel debe de saber más de lo que ha querido decir.

Conmigo nunca ha hablado de eso... Una sola vez, hace algunos años, en Londres...

tras una visita que le hizo en mi pensión el mayor Alton, me dijo, sonriendo con desdén: «El viejo está aterrorizado, porque le han metido en la cabeza que Lessinger conoce cada detalle de la muerte de su padre y de sus hermanas, y ha jurado vengarse.

Quería que le entregara la muñeca, porque teme que el muchacho venga a buscarme y la vea.

Él es astuto; pero yo no soy tonto... Yo nunca me he servido de la muñeca en su contra; pero devolvérsela, ¡ya! »...

—¿De quién era hijo Douglas Layng?

—De Alton... Engel me lo aseguró.

—¿Y la madre?

—Nunca ha querido decirme quién era.

—¿Y Carin Nolan?

—¡Se lo he dicho! ¡Es la hija del hijo de Dick Nolan!... El padre ha muerto, y la madre vive en Londres. La chica llegó aquí casi al mismo tiempo que Layng. Pero fingían no conocerse, o quizá de verdad no se conocían...

De Vincenzi miró el reloj: faltaban pocos minutos para las seis. Afuera, el agua no dejaba de caer, golpeando monótona, densa como granizo, sobre los canalones de zinc. Cruni ya no se paseaba por el rellano. ¿Y los demás?

Se sentía extenuado. Era esa la peor hora, después de una noche en vela, transcurrida en una tensión nerviosa continua.

La hora en que el cuerpo ya no aguanta, el cerebro parece fluido, licuado, y el cerebelo, detrás de la nuca, arde como si estuviera atravesado por muchas agujas incandescentes.

Luego uno se recupera; pero en esa hora faltan las fuerzas y uno se tumbaría en el suelo, con tal de descansar.

Debía reaccionar, en cambio. Todavía le quedaba lo peor.

—Está bien. Vuelva a su habitación. Si le necesito, le mandaré llamar.

Da Como echó una mirada al hombre dormido, que seguía resoplando ruidosamente, abatido por el alcohol, monstruoso muñeco de carnaval, y se volvió para marcharse.

Al llegar al umbral, se detuvo.

—¿Cree usted que colgaron el cadáver de ese chico en este rellano precisamente para asustar a Engel?...

—¡Yo no creo nada!

El otro vaciló un instante.

—¿Le han dicho que en este pasillo hay un armario empotrado... una especie de escondite?...

—¡No! ¿Dónde está?

—Es difícil ver la puerta, para quien ignora su existencia, con esta luz...

La puerta estaba allí, en efecto, en el tramo del pasillo que llevaba de la habitación de Engel a la de Da Como.

Y estaba cerrada solo por el resorte del pestillo.

De Vincenzi la abrió y tuvo que servirse de la linterna que le había dado Sani para mirar dentro.

Un trastero, en el que las camareras y el mozo guardaban las escobas y los trapos.

Imposible que hubieran escondido allí el cadáver durante toda la tarde, sin contar que era absurdo suponer que el traslado del cadáver pudiera haberse efectuado a plena luz del día, por la escalinata y las escaleras, mientras los huéspedes del hotel, las camareras, la señora Maria, Virgilio, iban y venían.

De Vincenzi proyectaba los rayos de la linterna sobre las paredes, rebuscaba en los rincones, iluminaba el suelo.

Telarañas, polvo. Un ratón le pasó rozando entre los pies y huyó por el pasillo.

De pronto, vio brillar algo entre el polvo.

Se agachó y recogió un disco de oro con tres círculos concéntricos, rojo y azul, esmaltados. La mitad de un gemelo.

—¿Ha encontrado algo?

El comisario volvió a cerrar la puerta, giró la llave en la cerradura y se la guardó en el bolsillo.

—Váyase a su habitación...

Todavía unos instantes más, y bajó las escaleras, tras pasar delante de Cruni, que dormía sentado en el primer escalón, con la espalda y la cabeza apoyadas contra la pared.