El hostal de las Tres Rosas 14.
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14.

E ngel se había sentado en la cama, todavía en pijama blanco, con las piernas colgando y las zapatillas rojas bailoteando en los dedos de los pies desnudos.

De Vincenzi, de pie en medio de la habitación, miraba fijamente a Carlo Da Como, que se había quedado junto a la puerta.

Vestido todavía, con cuello y corbata, Da Como debía de esperar ser interrogado.

Sabía muy bien que aquella terrible historia apenas había comenzado.

Lograba parecer tranquilo, hasta ostentaba indiferencia; pero estaba profundamente turbado.

Había sido él quien había puesto la muñeca de porcelana en la cama de Engel; ya lo había confesado en la conversación tormentosa con su amigo, y ahora se lo confirmaba al comisario.

¿Pero cómo iba a imaginar que, apenas hubiera bajado él al comedor, alguien llevaría al tercer piso un cadáver y lo dejaría colgando en el rellano? Una trágica burla del destino...

—¿Conoce a Engel desde hace mucho?

—Años y años... Nos conocimos en Londres... Vivíamos en la misma pensión...

—¿Por qué no dices que la pensión era tuya, Carlo?

Engel había hablado con su voz profunda y ronca.

Ya no reía; pero a aquel arrebato convulso de risa, al que se había entregado casi para liberarse del terror que lo había invadido con la revelación de De Vincenzi, le había sucedido un estado de postración meditativa y escrutadora.

Se veía que hacía esfuerzos desesperados por entender qué ocurría y por qué ocurría. Da Como se encogió de hombros.

—Comisario, es mejor que nos expliquemos deprisa.

Yo, en otro tiempo, fui rico... ¡hace tantos años!

Mi padre había dejado un patrimonio considerable, y yo era el único varón, con tres hermanas.

Lo he despilfarrado todo... En Londres tenía la pasión de los caballos...

Los corredores de apuestas se tragaron la mayor parte de lo que tenía...

Luego las mujeres... Así que, si usted pide información sobre mí, allá le hablarán de tráfico de estupefacientes, de un fumadero en el barrio del Soho...

de una pensión mía donde se jugaba a juegos de azar...

—Se encogió de hombros de nuevo—. Exageraciones...

Pero tanto da que se lo cuente yo mismo.

¡He vivido a mi antojo, es cierto! Y he aprendido a mi costa que la vida, en cualquier caso, es dura y que hay que combatirla, armado y dispuesto a pagar de propia mano, siempre.

Al principio, de joven, también yo tenía mis ingenuidades y mis ilusiones.

Los demás se aprovecharon de ellas. Cuando ya no me quedaba nada, hice yo, a mi vez, lo que había visto hacer a los demás.

Maté en mí toda debilidad y todo escrúpulo...

Y ya está... —Hizo una pausa, esperando que el comisario hablara.

Pero De Vincenzi callaba. Fuera, en el rellano, se oían los pasos de Cruni—.

Todo esto, sin embargo, no tiene nada que ver ni con el asesinato de ese chico...

ni con lo demás... Engel había venido a vivir a mi pensión...

Trabamos amistad... Fue él quien, hace unos meses, cuando le manifesté mi propósito de volver a Italia, me dijo enseguida que venía conmigo, y fue él quien me trajo a este hotel, cuya existencia yo ni siquiera conocía...

Aquí, hoy, vivo de expedientes, es verdad...

Cuando juego y gano, pago la cuenta del hotel...

Pero ahora espero ser contratado en el Banco de los Metales Puros... Engel me presentó al señor Besesti...

—Es verdad —comentó el hombre corpulento con su voz profunda y ronca.

De Vincenzi se volvió de golpe hacia él.

—¿También usted era socio de Alton y de Besesti en aquella empresa suya de... cabotaje, durante la guerra?

—¿Pero qué dice? Yo con el mayor Alton nunca tuve relaciones de negocios. Ni siquiera habría querido conocerlo, si él no hubiera venido a buscarme, tras la muerte de mi hermano...

—¿Y por qué fue a buscarlo?

—Porque quería que le entregara la muñeca de porcelana. —Había sido espontáneo. Enseguida se arrepintió de haber hablado y tuvo un gesto de ira—. Malditas sean sus muñecas y todo lo demás... Mi hermano murió del disgusto por su culpa. Estaba envenenado por los recuerdos...

—¿O no temía más bien la venganza de Lessinger?

De Vincenzi avanzaba a tientas en la oscuridad.

Trataba de aferrarse a cada fragmento de aquella historia que él ignoraba, y de la cual los demás no dejaban escapar más que revelaciones truncadas...

detalles sueltos, sin sentido para él. Los cocodrilos del río Vaal...

Las muñecas... Julius Lessinger, con cuyo recuerdo todos parecían temblar un poco...

Y el hecho concreto de aquella cita en el Hostal de las Tres Rosas, en la que la voluntad de un difunto había convocado a todos los personajes ligados directa o indirectamente a lo que él mismo había cometido, muy probablemente con la complicidad de sus dos oficiales, en aquellos años terribles de estancia en el Transvaal...

La caja de los diamantes... El soldado Lessinger...

Engel había encajado el golpe de De Vincenzi sin reaccionar.

—Historia vieja...

—Y sin embargo habrá que conocerla entera, esa historia, ahora. —Otro medio giro sobre sí mismo, para encararse con Da Como—. ¿Y usted cómo sabía de la existencia de la muñeca? ¿Por qué motivo quiso gastarle una broma a su amigo, poniéndosela en la cama?

—Hemos vivido juntos, ya se lo he dicho...

¿Cómo quiere que se me escapara el hecho de que Engel tenía entre sus cosas una muñeca de porcelana con vestidito rosa?

... Al principio pensé en un recuerdo de alguna hija suya lejana o muerta; pero él me dijo que no había tenido hijos...

Le pregunté por la muñeca, entonces, y me respondió vagamente...

Pero una noche, en Londres... habíamos bebido mucho whisky...

—¡Yo solo había bebido! —precisó la voz profunda y ronca del hombre en pijama blanco.

—¿Quieres decir que me aproveché de tu borrachera para arrancarte el secreto?

... —Los ojos de Da Como llameaban, apretaba los puños hasta que se le pusieron los dedos blancos.

Engel, por toda respuesta, se encogió de hombros—.

¡Responde!... ¿Qué quieres dejarle creer al comisario?

—La ira le hinchaba las venas del cuello, la cara se le había puesto escarlata.

La reacción parecía demasiado violenta. Desde luego, desproporcionada con respecto a la interrupción del otro, que tenía toda la apariencia de haber sido absolutamente inocente y sin malicia—.

¡No le crea! Estábamos borrachos los dos, y él se puso a hablar...

Contó una historia horrible... Su hermano, junto con el mayor Alton y el capitán Nolan, había cometido un crimen monstruoso...

—¡William tenía veinte años!... ¡Era un chico!... Acababa de salir de la escuela de artillería y lo habían mandado a combatir... Un chico... Los que cometieron el crimen fueron los otros dos, y lo cometieron también contra él, pobrecillo, que murió dos años después de eso...

Que aquel hombre corpulento, de piel de bronce, se enterneciera no parecía posible; pero la voz había sonado más ronca y más profunda, y las palabras le habían salido con dificultad de la garganta apretada.

De Vincenzi escuchaba, atento a cada mínimo movimiento de los dos hombres.

Por fin... Alguien se decidía a hablar. Pero los dos, como si se hubieran dado cuenta de que él los observaba y solo entonces hubieran comprendido que había un tercero escuchándolos, callaron.

Engel le lanzó una mirada de odio a Da Como, con aquellos ojillos suyos afilados como taladros, penetrantes bajo la maraña de las cejas grises y despeinadas.

—¿Y la muñeca? —preguntó el comisario, fríamente. Da Como calló—. ¿Y la muñeca? —repitió él.

Quería no darles tiempo para reflexionar.

Solo podía esperar que hablaran si los azuzaba el uno contra el otro.

Algo debía de haber detrás. La ira de Da Como contra el corpulento hombretón vestido de blanco todavía no se había calmado.

Quizá lo dominaba de ese modo, teniéndolo bajo la amenaza del secreto que le había arrancado en una noche de borrachera, y temía que consiguiera liberarse del yugo.

Quizá era un chantaje que duraba años. Tráfico de drogas...

el fumadero del Soho... la pensión donde se jugaba a juegos de azar...

Y el hombre se había adelantado a decírselo, para que el comisario no pidiera información en Londres...

En cualquier caso, a él le faltaba tiempo para ponerse en comunicación con Scotland Yard.

Pocas horas y todo debía quedar resuelto.

Si no arrestaba al asesino antes de que el hotel recuperara su vida habitual, no podía esperar atraparlo después.

Por otra parte, no le era posible mantener a toda aquella gente retenida incluso a plena luz del día...

Y además, dentro de unas horas llegaría el juez instructor y empezaría el trámite de las gestiones oficiales, la maquinaria burocrática se pondría en marcha...

—¿Y la muñeca?

—¡Después de todo, no es una historia que me concierna a mí!...

Ahora era precisamente Da Como quien no quería que se supiera toda la verdad.

—Engel, ¡de muñecas de porcelana como la suya conozco dos, hasta ahora!

La que he visto sobre esa cama... ahí...

y otra, que tiene en su habitación la señora Mary Alton...

—El hombre se quedó inmóvil. Sabía muy bien, él, que la viuda había llegado, y no debía de ignorar que tenía una muñeca de porcelana con el vestidito rosa—.

Si no es usted quien me cuenta toda la verdad, lo será la señora...

Y no olvide que hay también otras personas que hablarán... el abogado Flemington y su esposa...

Engel se sobresaltó.

—¿Ha llegado el abogado Flemington?