El hostal de las Tres Rosas 13. #3
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13. #3

—No, en Londres. Entre mis brazos...

—¿Había sido oficial en la batería del mayor Alton?

—Sí.

De Vincenzi hizo una larga pausa.

—¿Quiere repetirme lo que su hermano le confió, antes de morir?...

El otro parpadeó.

—¿Quiere hablarme de Julius Lessinger?

Preguntaba, aparentando no dar importancia a las preguntas.

Espiaba el efecto de ellas en el rostro del hombre; pero no era posible que, tan curtido, duro, aleñado como parecía, aquel rostro traicionara ni siquiera un temblor, un movimiento cualquiera del ánimo.

Solo cabía intentar leerle en la mirada.

Y esta se había vuelto aguda, sutil, como un taladro.

Dos puntos luminosos entre las pestañas entrecerradas.

—Es una historia vieja, esa que me pregunta. Esperaba que estuviera enterrada para siempre.

—¿Y si le dijera que fue Julius Lessinger quien mató a Douglas Layng?

—¡Imposible!

—¿Por qué? ¿Quién más podría haber querido la muerte de ese chico?

—¿Quién más?

Sonrió con desdén. Luego siguió resoplando, a su modo característico, con los labios adelantados, hinchando las mejillas.

—¿Quién era Douglas Layng?

—El hijo de... —Se interrumpió. Tendió la mano hacia la cómoda—. Ahí dentro hay una botella de coñac. ¿Puedo ofrecerle un vaso?

—¿Douglas Layng era hijo de...? ¡Siga!... ¿Quiere que termine yo la frase?... Era hijo del mayor Alton...

Volvió a sonreír con desdén.

—Si lo sabe...

—¿Y su madre?...

—¿Qué caballero revelaría un secreto semejante?... ¿Porque me encuentra en una habitación miserable, relegado al último piso de un hotel de tercera, cree tener derecho a insultarme?...

¡Qué paciencia hacía falta! Pero él no pretendía ser tortuoso para eludir el interrogatorio. Peor aún: él era tortuoso por naturaleza.

—Veamos, Engel. Procure entender la gravedad del momento y de todo lo que ha ocurrido y puede ocurrir. ¿Cómo explica que hayan puesto el cadáver precisamente en el rellano de su habitación?

—Es el lugar más escondido del hotel, este, para cometer un crimen. Habrán arrastrado a ese chico hasta aquí con algún pretexto... ¿No ve que esto es un auténtico matadero?... ¡Ni siquiera iluminan lo suficiente las habitaciones, por Dios!...

—No lo ahorcaron aquí arriba... A Douglas Layng lo habían apuñalado muchas horas antes... Luego lo vistieron... lo trasladaron al rellano y lo dejaron colgando de la cuerda...

Engel emitió una especie de gruñido. Quizá estuviera turbado; pero ¿cómo saberlo?

—Sabían que, para subir a su habitación esta noche, usted no habría podido evitar verlo...

—¿Yo?...

Hizo ademán de levantarse; pero volvió a caer sobre la silla, haciéndola gemir. Se echó hacia atrás. Miraba alrededor de la habitación.

—Preparado para mí...

—Y esto es lo que dejaron caer al principio de esta escalera...

De Vincenzi sacó del bolsillo el papelito arrugado que Sani había recogido en el primer rellano de la escalinata. Lo leyó:

—«El primero, el más joven, el inocente. No es una advertencia. Es la serie que comienza.»

—¡Déme eso!

Se lo arrancó casi de la mano y lo miró con atención. Estaba asustado. Sostuvo unos instantes el papel entre los dedos, mirándolo fijamente. Resoplaba sin pausa, jadeando. De pronto estalló en una carcajada gruesa, ronca, entrecortada por golpes de tos catarrosa. Tenía lágrimas en los ojos.

—¿Qué pasa? ¿Por qué se ríe así?

—¡Extraordinario!... ¡Y ustedes han picado!

... ¿Julius Lessinger, eh?... ¡Los cocodrilos!

... ¡La venganza!... ¡La caja con los diamantes!

... Ahora sacarán a relucir toda esa historia que obsesionó los últimos años de la vida de Harry...

¡Ja, ja!... ¡El cadáver colgado ahí arriba, para aterrorizarme! ...

—¡Pero han matado a ese chico! Y no lo han matado solo a él...

—Claro que lo han matado... Pero antes que nada, no es en absoluto seguro que Lessinger pueda estar en Italia... Y además, basta este papel para demostrar que Lessinger no tiene nada que ver con el asesinato. —Y reía, reía, murmurando entre hipos—: Imbéciles...

De Vincenzi sintió que lo invadía una extraña sensación de irrealidad, de fantástico, de disparatado.

—¡Lessinger no ha estado nunca en Italia!

... ¡Siempre ha vivido en África y en Australia!

... ¡No sabe escribir en italiano, Lessinger!

¡Y no podría haberlo aprendido en unos pocos días, si casi ni sabía escribir en inglés!

—Se detuvo. Pareció calmarse. Le tendió el papelito al comisario.

Se levantó—. ¡Todo esto es puro teatro!...

Como lo de ponerme la muñeca en la cama...

Maldito Da Como... Él hace las bromas y los demás se aprovechan...

Cuando más tarde De Vincenzi tuvo ocasión de contar aquella escena, dijo:

—Si no me volví loco en esa habitación, delante de aquel hombre, ya no me volveré loco en toda mi vida...

Porque, ¿comprende?, si no hubiera habido dos muertos, todavía se podía reír...

¡Pero los dos cadáveres estaban ahí, y pocos minutos después faltó poco para que no hubiera un tercero, y yo ya sabía que estaba a punto de haberlo!