El hostal de las Tres Rosas 13. #2
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13. #2

—¡No!... No puedo llegar a comprender por qué han matado a Novarreno... Lo conocía... lo conocí aquí dentro... Pero ni remotamente he supuesto que ese levantino tuviera algún vínculo con Alton o... con sus herederos...

—Quizá fue él quien lo creó... ese vínculo...

—¿Qué quiere decir?

—¿Conoce a la señora Mary Alton?

—No...

—¿Pero a Douglas Layng sí, verdad?

—Lo conocí aquí dentro... hará un mes...

—¿Qué amistad o grado de parentesco había entre él y el mayor Alton... entre él y la señora Alton?

—¡No lo sé! —Con esfuerzo, Besesti se levantó.

Ya de pie, pareció recuperar algo de su compostura ostentosamente llena de dignidad.

Miró al comisario con aquella mirada azul suya, todavía turbia, empañada—.

Comisario, este interrogatorio ha durado ya bastante.

Yo no tengo ningún derecho ni ningún deber de contarle a usted...

los secretos de otra persona. No tengo nada que ver con los crímenes que se han cometido en este hotel...

—¿Y con los que están a punto de cometerse?...

Apartó la mirada, que corrió rápida hacia la puerta.

—No entiendo qué quiere decir...

De Vincenzi articuló con frialdad:

—Está bien. Sabe usted perfectamente a qué me refiero. Es mi deber proteger su vida, como la de los demás. Pero yo hago cuanto está en mi mano, ¡y usted no quiere ayudarme! Solo podrá culparse a sí mismo...

Le volvió la espalda y se dirigió a la puerta. Ya tenía la mano en el pestillo, cuando Besesti lo llamó:

—¡Comisario!

—¿Qué?

—Cuando llegue el abogado Flemington, avíseme. ¡Necesito hablar con él enseguida!

—La reunión de los herederos estaba fijada para hoy... El abogado Flemington ya ha llegado a Milán...

—¡Y no me decía nada!... ¿Dónde está? Dígame dónde está y déjeme ir a verlo...

—Lo verá dentro de poco...

Y De Vincenzi salió de la habitación y cerró la puerta tras de sí. En el pasillo estaban Sani y dos agentes.

—Ha venido el médico —le anunció el subcomisario.

—Pon a un hombre de guardia en esta puerta...

De Vincenzi se acercó a la habitación número 6. Al llegar al umbral, vio al médico de la Casa de Socorro arrodillado junto al cadáver.

—¿La misma herida que la del otro, doctor?

El médico emitió uno de esos sonidos inarticulados con los que se libraba de la molestia de responder, y se incorporó despacio. Tan largo como era, parecía un compás que se abriera. Sostenía entre las manos la navaja de muelle, que había extraído del pecho del asesinado.

—La misma arma, creo —dijo, volviéndose hacia De Vincenzi—.

No es fácil encontrar un cuchillo con una hoja tan larga y fina...

También esta vez ha alcanzado el corazón...

—Luego su rostro de calavera se contrajo y los ojos le relucieron—: Pero ¿no estaba usted aquí, con todos sus hombres, cuando han matado a este otro?

¿Va a dejar que la masacre continúe toda la noche?

—De Vincenzi se encogió de hombros—. Yo me voy...

y espero que no volváis a llamarme más, para sacar puñales del pecho de los muertos.

El comisario ya se había alejado de la habitación, había bajado el primer tramo de la escalinata, se había puesto a subir deprisa la escalerilla empinada, y aquel seguía todavía lanzándole por detrás los dardos de su ironía.

Quitando el modo tosco y grosero con que se pronunciaban, De Vincenzi pensaba que las palabras del médico eran justas.

Nadie habría admitido que se pudiera matar a un hombre con el hotel ocupado por la policía y con agentes de guardia en cada rincón.

Cruni se había sentado en el último escalón.

Al ver al comisario, se levantó, agarrándose a la barandilla.

—¿Novedades?

—No, comisario. Ahí dentro duermen... —y señaló la habitación de las camareras—.

He mandado marchar al mozo, porque su habitación sigue ocupada por el...

cadáver... En esas otras dos habitaciones hay ahora dos hombres...

Pero antes han estado un buen rato hablando, encerrados en la primera habitación...

Ha sido el más gordo... el que parece un elefante...

quien ha llamado al otro, nada más entrar en la habitación...

Parecía poseído y resoplaba como una foca...

Qué tenía, no lo sé, porque se han puesto a hablar en inglés...

Había visto la muñeca de porcelana. De Vincenzi no dudó ni un instante de que la agitación de Engel se debiera a ese hecho...

¿Pero no le pertenecía la muñeca a él? ¿Y cuál era la historia de aquellas muñecas de porcelana que debían llevarse a Milán, y a ese hotel, por voluntad del mayor Harry Alton, que le había encomendado a su esposa que no olvidara la suya?

«Te preparo alguna sorpresa nada trivial...

» Pero luego había sobrevenido un hecho nuevo —quizá esperado, aunque temido— y las sorpresas se habían vuelto macabras.

Estaba a punto de llamar a la puerta de Engel cuando se le ocurrió una idea y se detuvo.

—Ve a llamarme al hotelero. Tráelo aquí arriba... Date prisa...

Virgilio llegó con Cruni pisándole los talones, apremiándolo a subir deprisa. El pobre hombre estaba embrutecido por el sueño y el espanto, todo trastornado por aquella ira de Dios que se había abatido de pronto sobre él y sobre su hotel.

—¿Cuántos años lleva usted regentando este hotel?

Tuvo que repetirle la pregunta para que la entendiera.

—Dos años...

Y dio alguna explicación con frases entrecortadas, ora verboso, ora incapaz de encontrar las palabras.

Él había sido director de una gran cervecería del centro.

Había encontrado a dos o tres clientes de aquella cervecería que, en parte por ayudarlo y en parte creyendo que empleaban su dinero con provecho, le habían adelantado los fondos necesarios, y él se había hecho cargo del negocio en 1917, firmando un contrato de arrendamiento por diez años con el antiguo hotelero, que había seguido siendo dueño del edificio.

—¿Así que, en 1914, el Hostal de las Tres Rosas lo regentaba...?

—Bernasconi... Un suizo, que la fundó unos treinta años antes y que se había hecho rico, sobre todo, con el negocio del restaurante...

—¿Y ahora dónde vive ese Bernasconi?

—Aquí, en Milán... Vive en vía Solferino... Todos los días viene a verme... Yo preferiría que no viniera, porque... ya sabe... cada uno ve las cosas a su manera... y él no hace más que criticar y dar consejos...

—Acompáñalo abajo y que te dé con precisión la dirección del antiguo hotelero... A las siete irás a buscarlo y lo traerás aquí...

Había esperado que Virgilio pudiera hablarle del mayor Alton y de su boda, celebrada en 1914 en las Tres Rosas.

No había otra cosa que hacer, en cambio, que esperar a que amaneciera para poder interrogar a aquel Bernasconi.

Llamó a la puerta de Engel. Primero fue el silencio, luego un mover de sillas, un cerrar de cajones.

En la habitación, el hombre se agitaba. Llamó de nuevo y dijo:

—Ábrame. Necesito hablar con usted.

La puerta se abrió. Vilfredo Engel, enorme, macizo, paquidérmico como era, se había puesto un pijama de seda blanca, que le apretaba bajo las axilas y en el pecho, y le dibujaba —tenso hasta casi reventar— la espalda y las piernas, para terminar con los pantalones a un palmo de los tobillos, dejando al descubierto las enormes pantorrillas desnudas y velludas.

Los ojillos, bajo el mechón de las cejas grises, relucían de espanto.

—¿Qué quiere? ¿Por qué me ha despertado?

Pero no dormía, en realidad. La cama tenía la sábana doblada para recibirlo; pero, visiblemente, él aún no se había acostado.

De Vincenzi dio unos pasos en la habitación, mientras el hombre retrocedía con torpeza, agitando los brazos para repetir su protesta.

Pero, por más que mirara alrededor, el comisario no logró ver ninguna muñeca.

Debía de haberla escondido en algún cajón o en la maleta.

—Señor Engel, vuelva a la cama, si quiere, o siéntese. Necesito interrogarlo con calma.

—¿Pero quién es usted?

—Un funcionario de policía... ¿No sabe que en este rellano, justo delante de su puerta, anoche había un cadáver colgado de la barra de hierro?

—¿Ha venido a arrestarme? En tal caso, no hablaré, salvo en presencia de mi abogado.

—¿Pero por qué habría de arrestarlo? ¿Fue usted quien mató a Douglas Layng?

—¡No! Lo niego. Yo ni siquiera conocía a ese pobre joven... Es monstruoso... Si lo han ahorcado delante de mi habitación, no hay razón alguna en el mundo para creer que yo tenga la más mínima relación con un crimen tan atroz...

—¡Cálmese!... Nadie lo acusa de haber matado a Layng. Pero que usted no lo conociera es mentira. ¡Veamos de no perder tiempo!... Será mejor para usted y para mí...

—¡Yo no tengo nada que ver!... ¡Protesto!... Tengo derecho a hacerme asistir por un hombre de leyes.

Pero se sentó, haciendo crujir la silla bajo su peso.

Con las manos sobre las rodillas, los hombros encorvados, la cabeza en forma de pan de azúcar echada hacia atrás para mirar a De Vincenzi, parecía un simio gigantesco, sugestionado por las miradas del domador y embutido en aquel disfraz blanco ridículo para hacer reír.

—¿William Engel era su hermano?

—Sí...

—¿Cuándo murió?

—En 1902...

—¿En Sudáfrica?