El hostal de las Tres Rosas 13.
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13.

S e quedaron de pie, y la mesa con las placas de oro amarillo, verde y blanco quedaba entre ellos. De Vincenzi veía relucir el grueso brillante sobre el pecho del hombre. Pero también los ojos azules, cristalinos, despedían destellos sombríos. Lo sintió dispuesto a luchar. ¿Qué temía?

—¿Cuánto tiempo lleva residiendo en Milán, señor Besesti?

—Unos dos meses.

—¿De dónde procede?

—De América del Sur.

—¿Italiano?

—De origen... como dice mi apellido. Nací en Argentina.

—¿Ha estado alguna vez en África del Sur?

—No. Nunca.

A De Vincenzi le pareció que la respuesta salía algo precipitada.

—¿Y en Estados Unidos?

—No.

—¿Y en Inglaterra?

—¿Me va a preguntar si he estado en todos los países del mundo, desgranándomelos como un rosario?

—No en todos; pero me gustaría oír su respuesta en lo que respecta a Inglaterra...

—¿Quiere decirme por qué me hace estas preguntas?

De Vincenzi sonrió. Aunque estuviera exhausto por el cansancio y la tensión nerviosa, aquella conversación le divertía.

Ni él mismo habría sabido decir por qué.

¿Qué prevención podía tener contra aquel hombre rico, que se adivinaba acostumbrado a mandar, al que todos respetaban?

Su misma riqueza lo excluía de toda sospecha de un crimen de ese tipo.

Pero, ¿era un crimen por interés, aquel?

El comisario había tendido la mano sobre la mesa y jugueteaba con las placas preciosas.

—¿Se fía usted dejando el oro así, sin más?

Los ojos azules miraron las placas.

—Son muestras. Pensaba entregárselas a una persona que se aloja en este hotel, para darle trabajo...

—¿Carlo Da Como?

—¡Exacto! ¿Cómo lo sabe?

—¿Conoce desde hace mucho al señor Da Como?

La respuesta llegó tras una breve vacilación.

—Lo conocí en Milán...

—¿O en Londres?

—¿Por qué en Londres?

—Pero ¿ha estado en Londres, sí o no?

—Claro que he estado. ¿Pero qué interés puede tener usted en preguntármelo?

—¿Conoció al mayor Harry Alton?

Esta vez Pompeo Besesti palideció visiblemente.

—Lo conocí... Por casualidad... No en Londres, sin embargo...

—¿Dónde estuvo usted ayer por la tarde, anoche y esta madrugada, hasta las cuatro?

—Pero, en fin, explíqueme antes que nada qué razón y qué derecho tiene usted para hacerme todas estas preguntas.

—En este hotel, ayer, se cometió un crimen...

—¿Qué tiene que ver eso conmigo?

—Han apuñalado por la espalda a Douglas Layng...

—¡No! —había sido un grito de angustia, el suyo. Luego se recompuso—. ¿Han matado a ese muchacho? —los ojos se le habían llenado de tristeza y también de terror—. Pero ¿por qué... por qué precisamente a él?

—Y no lo han matado solo a él —prosiguió la voz gélida del comisario.

La transformación fue rápida. Pompeo Besesti había perdido toda su seguridad ampulosa y pomposa.

Los ojos le brillaban empañados, casi apagados; las mejillas se le habían relajado; el ligero temblor apenas insinuado hasta entonces se acentuaba tanto que se convertía en un estremecimiento convulso.

Era impresionante—. ¿Quiere sentarse? —le sugirió con dulzura De Vincenzi.

Hizo un gesto casi rabioso con la mano.

—¿Por qué quiere que me siente? —Tampoco la voz era ya la misma.

La sonoridad plena y redonda se quebraba.

Tenía fallos estridentes. Continuó—: Bien, dígamelo todo...

Es necesario para mí y... para usted. Yo también le diré luego cuáles eran las relaciones que me unían a él...

—pero se interrumpió y miró al otro a la cara, con dureza—.

Al fin y al cabo, puede que la muerte del muchacho no tenga nada que ver con lo que yo sé, y lo que yo sé puede no incumbir en absoluto a la policía italiana... ¿Quién lo ha matado?

De Vincenzi, un instante antes, habría sentido lástima de él, lo habría tratado con más consideración, procurando llevar la conversación con delicadeza. Pero ante el súbito rebrote de altanería que se había operado en aquel hombre tan insolentemente vulgar, asestó el golpe directo.

—Estamos buscando a un tal Julius Lessinger...

—Besesti se puso lívido. Durante unos instantes no pudo hablar, salvo con los ojos, y estos expresaban una angustia desgarradora.

Se había agarrado a la mesa, que osciló.

Entonces De Vincenzi se le acercó, le puso una mano en el hombro, lo obligó materialmente a sentarse—.

Trate de recomponerse y dígame todo lo que sabe.

Solo así podré protegerle de forma eficaz...

La pausa fue larga. El interrogatorio que siguió fue uno de los más penosos que De Vincenzi tuviera que dirigir en toda su larga carrera.

Era evidente que el hombre temía el peligro desconocido —o conocido solo por él— que se cernía sobre él, y al mismo tiempo no quería revelar los secretos de un pasado turbio y quizá capaz de constituir para él, si se conocía, un peligro igualmente grave.

Sufría alternancias de abandono lastimero y de rebeldía caprichosa y obstinada.

De Vincenzi sentía el drama arder a su alrededor.

Los acontecimientos se precipitaban. Él tenía prisa.

Y aquel hombre le resistía: lo mantenía inmovilizado en una habitación cerrada, mientras de afuera podía llegar en cualquier instante el grito de otra víctima, el disparo de un revólver, los alaridos enloquecidos de una de aquellas mujeres...

Le habría dado una bofetada. Solo el pensamiento de que ni siquiera la violencia bastaría para forzar a Besesti a una confesión completa y sincera lo contuvo.

—¿Dónde conoció al mayor Alton?

—En Canadá.

—¿Cuántos años hace?

—Cuatro... cinco... ya no lo sé... Fue cuando estalló la guerra...

—¿Cómo lo conoció?

Había dado esas respuestas con cierta soltura; ahora se quedó bloqueado.

—Canadá... por ser un dominio británico, estaba en guerra...

Argentina, no. Ya no tenía nada que me retuviera en Buenos Aires...

Mi empresa venía de un año desafortunado...

Ya no se hacían negocios... Comerciábamos con pieles.

Un cajero mío me había robado... Partí...

Tenía algún proyecto... Desembarqué en Sídney...

Fue en esa ciudad donde conocí a Alton...

y me convertí en su socio en una empresa...

—de nuevo se perdió—. Armamos algunos vapores... hacíamos cabotaje con las islas...

De Vincenzi lo escrutaba en el rostro. ¿Cabotaje quería decir abastecer a los submarinos alemanes?

—¿El mayor Alton pertenecía al ejército inglés?

—¡No!... ¿Cómo quiere?... Qué tiene que ver el ejército inglés...

Alton era libre... ¡Ah, sí, usted dice por su grado!

Oh, pero llevaba años y años sin pertenecer ya al ejército...

En 1901, tras la guerra contra los bóers...

presentó la dimisión... En cualquier caso, todo lo que ocurrió en aquella época no me concierne.

¡Ni siquiera lo conocía entonces!... ¡Yo no tengo nada que ver!

... ¿Lo ha entendido bien? ¡Yo no tengo nada que ver!

Se había exaltado. Casi gritaba. De Vincenzi sonrió.

—Entiendo... Tranquilícese... Usted no tiene nada que ver.

Usted no ha tenido tratos con Julius Lessinger...

—Besesti le lanzó una mirada que no se sabía si era suplicante o iracunda.

La mirada de una fiera perseguida, agotada, que no pide clemencia porque sabe que es inútil, y a la que le faltan fuerzas para el último salto—.

Con el mayor Alton, ¿solo hizo... cabotaje entre las islas? ... ¿Era un negocio rentable?

—Rehíce mi fortuna de ese modo...

—Lo creo... ¿Y en aquella época conoció a la esposa del mayor?

El otro lo miró con sorpresa.

—No. Alton vino a Europa... Pero supe entonces, en efecto, que se había casado... Se había casado aquí, en Italia...

Fue un destello de intuición lo que asaltó al comisario.

—Los recién casados se alojaban en este hotel, ¿verdad?

—¿Cómo dice?... ¡Pero claro! Usted me hace pensar en ello...

Le juro que no lo recordaba... Sí, cierto.

El mayor debía de estar aquí ese año... porque esta era la dirección a la que yo le escribía desde Sídney...

Y, al llegar a Milán, hace un par de meses, me alojé precisamente en este hotel porque recordaba el nombre...

—¿Y luego? ¿Qué hizo Alton?

—Volvió a Australia...

—¿Con su esposa?

—No. Venía a Europa a reunirse con ella un mes o dos cada año... hasta 1917... Fue entonces cuando disolvimos nuestra sociedad... vendimos los vapores... Yo me quedé todavía en Australia. Volví por algún tiempo a Argentina... Hasta hace un par de meses, cuando decidí venir a instalarme en Milán...

—¿Para fundar el Banco de los Metales Puros?

—No sabía qué haría... Desde luego, no me habría quedado ocioso. El banco es una empresa saneada. Diez millones de capital, íntegramente desembolsado...

—¿Y todo suyo?

—Sí...

—¡Vaya! Las ganancias del cabotaje fueron de verdad cuantiosas...

—Es libre de no creerlo... Nadie puede discutir el dinero que yo poseo...

—¿El abogado Flemington le había avisado también a usted de la muerte del mayor Alton y de la apertura del testamento, que debía tener lugar precisamente en este hotel y precisamente hoy?

—Sí. Pero la noticia no podía interesarme... No tenía ni tengo ninguna razón para creer que el testamento de Alton me concierna...

—¿Cómo explica, entonces, que el abogado lo haya convocado también a usted?

—No me lo explico.

—¿Y la muerte de Douglas Layng?...

—¡Ah!...

—¿Y la muerte de Giorgio Novarreno?...

—¿También lo han matado a él?

—De una puñalada...

Calló un momento. El silencio en la habitación se rompía con el ruido que hacía el agua al caer, gota a gota, en el lavabo desde el grifo mal cerrado o estropeado.

De Vincenzi solo se dio cuenta de ello en ese momento, y desde entonces aquel ruido penetrante, monótono, ininterrumpido lo obsesionó.

Era como si las gotas le cayeran, amortiguadas, suaves, sobre el cráneo.