El hostal de las Tres Rosas 12. #2
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12. #2

Miró las dos puertas que formaban ángulo, la 7 en el primer tramo, la 9 en el pasillo largo.

En la primera, el americano; en la segunda, Carin Nolan, la noruega de diecinueve años, «la inocente asediada», como había dicho irónicamente Sani.

En cualquier caso, debía de ser hija o pariente de aquel Nolan, oficial en África del Sur junto al mayor Alton.

¿Qué diablos habían hecho en el Transvaal aquellos tres: Alton, Engel y Nolan?

¿Y cómo era que Carin era noruega? Un poco soldado de fortuna su padre, quizá, como William Engel, que era de origen alemán?

El Transvaal... Las minas de diamantes...

Julius Lessinger, que después de veinte años daba señales de vida para vengarse o para apoderarse de un rico botín, y al que todos temían, empezando por el sarcástico y entrecortado Flemington, que bebía whisky como agua.

De Vincenzi estaba absorto y miraba fijamente ante sí las puertas de las habitaciones, el pasillo, el vestíbulo...

Los agentes seguían de pie en el umbral de la habitación de Novarreno.

El cadáver tendido en el suelo... Y Cruni, que hacía guardia en el rellano del tercer piso ante aquel otro muerto, al que le habían perforado el corazón muchas horas antes...

Mary Alton Vendramini jugaba con la muñeca...

Stella Essington debía de haberse drogado con cocaína o heroína...

Y quería oír sonar un violonchelo, para calmar la agitación febril de sus nervios destrozados...

Se sacudió y se dirigió hacia la número 6. Sani le salió al encuentro.

—No ha habido lucha... A juzgar así, a simple vista, ni siquiera han dejado huellas...

¿Qué huellas iban a dejar? Contempló el cadáver.

Novarreno seguía vestido tal como él lo había dejado un par de horas antes.

«Acuéstese —le había dicho— si quiere»; pero el levantino no lo había hecho.

Largo, flaco, con aquel perfil suyo cortante, sin carne en el rostro, solo piel y huesos, parecía un desmesurado pájaro de presa abatido en pleno vuelo.

Y tenía los ojos muy abiertos, este, vidriosos, llenos de estupor aterrado.

No, no había habido lucha. Y el hecho mismo de que Novarreno hubiera permitido que quien iba a matarlo entrara en su habitación por la ventana demostraba que debía de conocerlo.

«En esta habitación han matado a un hombre...

Exactamente a las doce y media de ayer. Aún queda mucha sangre aquí dentro...

» ¿Cómo lo sabía? Sin duda era la verdad lo que había dicho, y había pagado con la vida el hecho de saberla...

Un individuo turbio, en cualquier caso. Él sabía todo, o casi todo, y no había hablado.

Después de aquella primera frase, dicha más por fanfarronería, por impresionar, por hacer de nigromante, Novarreno se había atrincherado tras una serie de reticencias, bien preparado para todo con sus coartadas y bien decidido a decir solo lo que pudiera serle útil.

¿Qué maquinaba en aquella mente tortuosa suya, hábil para preparar trampas?

Pero era bien sencillo. El hombre planeaba un chantaje.

Dueño del atroz secreto, debía de haberlo tasado a peso de oro.

Y lo habían matado para no darle el dinero que exigía y para hacerlo callar.

—Cúbrele el rostro con una toalla... —ordenó a Sani con voz seca.

Volvió la espalda al cadáver. Así debía de haber sido.

Novarreno había querido meterse en aquel juego atroz y allí se había dejado la piel...

El cerco se estrechaba. Todo en el plazo de veinticuatro horas.

¿Lograría él impedir que la «serie» continuara, dado que aquel muerto de ahí dentro estaba de más, un imprevisto no calculado?

Y tenía que darse prisa. Actuar sin un solo movimiento en falso.

El adversario contra el que luchaba era de los que no dejan pasar ocasiones y no perdonan.

—Cuando venga el médico... que me den el puñal...

—¿Lo has visto? Es una navaja de muelle, pero debe de tener la hoja finísima...

—Lo veré luego...

Había tiempo. Si el asesino lo había dejado clavado en la herida, no cabía esperar que sirviera de pista, y en cuanto a las huellas, ya no se encuentran ni siquiera en las novelas policiacas.

Sonó, sonoro, prolongado, como un chispazo de llama, el timbre exterior del hotel.

El comisario bajó unos escalones y se asomó a la barandilla.

Un agente se había levantado de un salto del sillón de mimbre en el que dormía y se dirigía hacia el portón.

Virgilio apareció somnoliento y tambaleante en la puerta del comedor.

Entró un caballero de aspecto muy vistoso: barba rubia, abrigo de piel con cuello de visón, un sombrero gris reluciente en la cabeza.

Sonreía, mostrando la hilera de dientes blanquísimos. Agitaba un bastón de empuñadura dorada.

—Buenas noches, señor Besesti...

—Di mejor buenos días, mi querido Virgilio... —Se mostraba protector—. ¿Has puesto un vigilante nocturno? —y señaló, tras de sí, al agente que regresaba.

Empezó a subir las escaleras. En el rellano se encontró de frente con De Vincenzi.

—¿El señor Pompeo Besesti?...

Se le cayó el monóculo de la sorpresa.

—¿Qué pasa?

—Soy un funcionario de policía...

El otro se rio.

—Mucho gusto... —pero había vacilado. Solo un instante. Luego había recuperado su compostura serena—. No entiendo.

—Nada que le concierna directamente, creo. Pero le ruego que me conceda una brevísima conversación...

—¿A estas horas?... —encogiendo un poco los hombros, hizo un gesto de condescendencia—. ¿Quiere pasar a mi habitación? —y se dirigió hacia ella, sin esperar el consentimiento.

De Vincenzi se le adelantó deprisa y cerró la puerta de la habitación número 6, para que al pasar el hombre no viera el cadáver.

Luego se volvió a esperar que entrara primero en su propia habitación, que estaba casi enfrente de la de Novarreno.

Cuando Besesti tendió la mano para girar el pestillo, un ligero temblor lo hizo torpe. La puerta no se abrió.

—He olvidado coger la llave...

—Aquí la tiene.

Al cogerla, el director del Banco de los Metales Puros había fruncido el ceño, y los labios se le habían cerrado convulsivamente.