El hostal de las Tres Rosas 12.
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12.

—¿Dónde estaba usted?

—¿Justo en el ángulo, de verdad? ¿Vigilaba los dos pasillos?

El hombre pareció querer disculparse:

—He paseado por este pasillo... hasta el fondo...

—¿De modo que el vestíbulo y el primer tramo se quedaron sin vigilancia?

—¿Cómo podía hacer otra cosa?... Sabía que las escaleras y el vestíbulo estaban vigilados... Ahí dentro estaba usted. Creí...

—¡Está bien! Vuelva al fondo, ahora...

Todas las puertas del primer pasillo estaban cerradas.

De Vincenzi se dirigió enseguida a la número 5 y la abrió: la habitación en la que había vivido Douglas Layng estaba vacía.

La cama cubierta... el cajoncito de la cómoda —aquel en el que Sani había encontrado el paquete de cartas atadas con la cinta— seguía entreabierto.

—Coge de ese cajón las cartas... Me las darás luego... quiero leerlas.

Ahora, aquellas cartas le interesaban. Sani se apresuró a obedecer. El paquetito de cartas con los sellos ingleses desapareció en su bolsillo. Salieron. De Vincenzi se acercó a la puerta de la habitación de Novarreno. El más absoluto silencio.

—Novarreno —llamó—. ¡Ábrame!

Ninguna respuesta. Giró el pestillo; pero la puerta no se abrió.

Estaba cerrada con llave por dentro. Tras forzarla varias veces, De Vincenzi no vaciló: dio dos pasos atrás y se lanzó de hombro contra la hoja de la derecha, que no resistió y se abrió de par en par.

La habitación estaba iluminada. En el suelo yacía el representante de futilezas con un puñal clavado en medio del pecho.

De Vincenzi se agachó apenas un instante a mirarlo y le tocó una mano.

Todavía estaba tibia, pero debía de estar muerto.

Pasó por encima del cuerpo y corrió hacia la ventana, que estaba abierta de par en par.

Se asomó a mirar al jardín. Vio abajo, en la planta baja, una ventana iluminada: debía de ser la del saloncito azul, donde había dejado al abogado Flemington y a su esposa.

Se volvió hacia Sani, que había entrado en la habitación y miraba estupefacto el cadáver, mientras en el umbral se mantenían los agentes.

—¿No pusiste a un agente de guardia en el jardín, bajo la ventana del salón, como te había ordenado?

Sani se sobresaltó.

—No he tenido corazón para tener a un hombre bajo la lluvia... El jardín no tiene más salidas que la puerta acristalada que da al vestíbulo, y en el vestíbulo estaba yo y dos agentes... Además, también la puerta trasera de la casa está vigilada...

De Vincenzi se contentó con lanzarle una mirada de reproche.

—Este desgraciado no habría muerto si hubieras cumplido mi orden...

Telefonead a la Casa de Socorro y llamad al médico...

—añadió dirigiéndose a los agentes, luego volvió a la ventana.

El asesino había entrado y salido por ahí, no cabía duda.

La puerta de la habitación cerrada por dentro lo demostraba—. Dame una linterna...

Sani le tendió la suya. De Vincenzi trató de ver hacia afuera.

Como había imaginado, al pie del muro distinguió una escalera de mano.

El asesino había subido y bajado por ella, y luego la había tumbado en el suelo contra el muro.

Se había tomado incluso esa molestia, tanto había podido actuar con tranquilidad.

Y aquella escalera tumbada demostraba que el hombre ya no la había necesitado, tras cometer el asesinato, para subir a su propia habitación.

Debía de encontrarse, evidentemente, en la planta baja.

Al jardín solo daban la ventana de aquel saloncito azul, todavía iluminada, y, del lado opuesto, las dos ventanas de la cocina.

La cocina estaba en comunicación directa con el comedor.

La lluvia seguía cayendo densa, insistente.

El jardín estaba anegado. Allí abajo no encontraría huellas, desde luego.

Huellas no; pero quien se había entregado a aquel ejercicio acrobático tenía que haberse mojado la ropa, y sin duda, una vez a cubierto, había dejado marcas húmedas por donde había caminado.

De Vincenzi volvió a pasar por encima del cadáver, cruzó casi corriendo por delante de Sani y de los agentes, y bajó a toda prisa la escalinata.

Abrió de par en par la puerta del saloncito, tras apartar al guardia.

El abogado Flemington, con los codos apoyados en la mesa, la cabeza entre las manos, miraba fijamente el vaso que tenía delante.

No lejos del vaso, la botella de whisky estaba vacía.

El abogado se había quitado la chaqueta, el cuello y la corbata.

En el diván, la señora Flemington dormía.

Al ruido que hizo la puerta al abrirse, Flemington salió de su ensimismamiento y miró sin sorpresa alguna al comisario. De pronto, como si solo entonces lo hubiera reconocido e identificado, un destello de terror le brilló en la mirada. Pero su voz solo sonó burlona:

—Todavía despierto, comisario... ¡Mala noche, esta!

Y dejó oír aquella risa suya sarcástica, breve y entrecortada. Pero fue apenas un asomo fugaz. Enseguida el rostro se le ensombreció, y los ojos grises se le oscurecieron bajo las cejas pobladas y desordenadas.

De Vincenzi miró la ventana cerrada, el suelo. Ni rastro.

—Hay otro muerto, mister Flemington, aquí dentro.

—Ah —dijo el hombre—. ¡Todo en el plazo de veinticuatro horas! Ya lo había dicho.

—Dentro de poco tendremos que hablar largo y tendido, mister Flemington. Ahora he venido solo a...

—A ver si necesitaba algo. —Rio breve, sarcástico y entrecortado—. ¡No! No necesito nada.

—¿No me pregunta quién es el muerto?

Se encogió de hombros. Despacio, se levantó, apoyándose en la mesa con las manos.

De pie, resultaba pesado, enorme... ¿Cómo pensar que, con aquella corpulencia suya, hubiera podido saltar el alféizar, apoderarse de la escalera, subir hasta la ventana?

Y además, ¿cómo sabía él, que había llegado a aquel hotel hacía apenas unas horas y que había sido encerrado enseguida en aquella habitación, cuál era la ventana de Novarreno? Y, en fin, ¿por qué Novarreno?

—Abogado Flemington, ¿cuántas son las personas que ha convocado en este hotel para darles lectura del testamento del mayor Harry Alton?

—¿Lo ha sabido?... Cinco personas, entre ellas el joven Layng, que ahora ya no está...

—¿Una de esas personas se llama... se llamaba Giorgio Novarreno?

El hombre lo miró con profundo asombro. No fingía.

—¿Cómo ha dicho?

—Giorgio Novarreno, un levantino...

—No. ¿Por qué...? ¿Es él el muerto del que hablaba?

—Sí.

—Ya no entiendo nada...

En efecto, no entendía, y se había quedado absorto. Reflexionaba intensamente. Evidentemente, aquel muerto no encajaba en el cuadro.

—Está bien, abogado. Volveré dentro de poco. Piense, mientras tanto, en lo útil que le sería también a usted decidirse por fin a decirme todo lo que sabe...

Así que Novarreno no tenía nada que ver con la historia de la herencia, de las muñecas y con el abogado Flemington, de la firma Copthall y Flemington, de Lincoln's Inn Fields...

A menos que él mismo fuera Julius Lessinger...

De Vincenzi se encogió de hombros con fuerza.

¡Imposible! Ni siquiera por la edad... Novarreno no debía de tener más de cuarenta años...

Pero entonces, ¿por qué lo habían matado?

Y ahora que había tenido que descartar la posibilidad de que hubiera sido Flemington quien lo matara, ¿quién quedaba?

El asesino había entrado por la ventana, eso no admitía discusión.

Así que alguien que venía de la cocina o de alguna ventana de las habitaciones que daban al jardín.

Pasó sin detenerse delante de la puerta abierta de par en par de la número 6, donde estaban Sani y dos agentes con el cadáver, y recorrió despacio el pasillo, observando las puertas de la izquierda.

Consultaba la lista y el plano que le había proporcionado el hotelero.

En la 7 estaba Nicola Al Righetti; en la 8, Vittoria Jumeta Zogheb; en la 9, Carin Nolan; en la 10, Donato Desatta; la 11 estaba vacía.

Pero además, ¿cómo pensar que quien había cometido el golpe hubiera podido bajar al jardín para volver a subir con la escalera a la habitación del quiromántico, si la escalera había quedado tumbada a lo largo en el suelo?

¿O acaso tenían que ver con un acróbata tan hábil como para bajar al jardín sin ayuda de la escalera y volver a subir del mismo modo?

Fuera como fuese, ¿de quién podía sospechar él, entre todos los que vivían en ese lado del pasillo?

Dos hombres: Nicola Al Righetti y Donato Desatta.

A Al Righetti ya lo había interrogado, y Donato Desatta era el propietario del Orfeo, un local del centro donde se bailaba y se bebía hasta las cuatro de la madrugada.

Volvió sobre sus pasos despacio. Delante del número 10 se había detenido un instante; pero luego había seguido adelante.

Descartaba a Desatta del juego, porque seguía creyendo que aquel no podía ser un crimen cometido por un italiano.

La misma mano, quizá el mismo puñal, habían matado al joven Layng y a Giorgio Novarreno; y a Douglas Layng lo habían colgado macabramente de una cuerda, en el rellano de arriba, muchas horas después de haberlo matado...

Además, a aquel Desatta lo conocía. Lo había visto pasearse por las salas del Orfeo.

Era un hombre de más de cincuenta años, que defendía desesperadamente, con tintes y cosméticos, el rubio desvaído de su escaso pelo frente a la calvicie, y la línea de su cuerpo frente a la obesidad.

Un bonachón jovial y juerguista. De Vincenzi no habría podido imaginárselo tramando toda aquella intriga y poniendo en marcha un plan diabólico de ese tipo.

Quedaba Nicola Al Righetti... El hombre de las coartadas...

que no quería que lo despertaran en pleno sueño...