11. #2
La carta estaba escrita a máquina, en inglés, naturalmente, sobre un gran pliego de papel grueso, y llevaba la firma de Harry Alton.
Una firma de sargento, gruesa, marcada, con las mayúsculas redondeadas, dibujadas, con un gran floreo tras la ene de Alton.
My little Mary... Pero después de aquel párrafo afectuoso, el tono cambiaba, se hacía seco, casi iracundo.
«Mi pequeña Mary, no hace falta que sigas pensando en venir a reunirte conmigo en Australia.
Estoy a punto de irme. ¡Así es! El médico, al que he ordenado que no me mienta, me da un mes o dos de vida, como máximo.
Por lo demás, los sufrimientos, que ya no me dejan en paz, son tales que yo mismo abreviaré el plazo de la espera.
Le escribo al abogado Flemington, dándole todas las instrucciones necesarias para arreglar los asuntos después de mi muerte.
Él te invitará a ti, como a alguna otra persona ligada más o menos a mi destino, a trasladarte a Milán, a cierto hotel que le he indicado y que Flemington, por lo demás, conoce.
Allí sabréis cuál es la suerte, me refiero a la suerte económica, que os espera.
Yo no tengo nada que reprocharte. En estos cinco años en que has sido mi esposa, he tenido que reconocer en ti una gran virtud de adaptación.
Aceptaste casarte con un viejo por interés; pero has cumplido lealmente los pactos.
Yo, por mi parte, pienso cumplir los míos, y tomo todas las precauciones para que alguien, que yo sé, no obstaculice mi voluntad después de muerto.
No te sorprenda el viaje que deberás hacer ni las personas que encontrarás en Milán.
Es necesario que todo suceda en esa ciudad y en ese hotel.
No quiero decirte más. Por lo demás, la vida solo es interesante por las sorpresas que reserva, y yo te he reservado alguna, para ti, no del todo trivial.
Cuando conozcas algún detalle poco edificante de la vida del viejo Harry, dite solo que todos los hombres son unos cerdos detestables...
y que, cuando han hozado bien, se despedazan entre sí.
» Seguía la firma y una posdata escrita a pluma: «Debes llevar contigo, en el viaje que harás, la muñeca de porcelana».
De Vincenzi permaneció unos minutos con la hoja en la mano.
La mujer alzó la cabeza para mirarlo. En ella persistía aquel estado de miedo morboso.
Un miedo que la agotaba. El comisario miró la muñeca de porcelana sobre la cómoda.
—¿Qué tiene que ver Julius Lessinger?
—No conozco nada, o casi nada, de la vida de Harry. Solo sé que Julius Lessinger había sido soldado con él... allá, en 1900, durante la guerra contra los bóers... y que desde entonces el mayor Alton le temía...
—¿Flemington era el abogado del mayor?
—Sí; pero sobre todo su amigo. Tenían muchos intereses comunes.
—¿Y algún secreto inconfesable?
—No sé.
—¿También Flemington temía a Lessinger?
—¿Cómo lo sabe usted?
—Flemington está en Milán... en este hotel...
—¡Ah!... Entonces... —pero se interrumpió.
—¿Y bien?
La mujer se había encogido aún más en el sillón, sacudida por aquel escalofrío suyo, que no podía ser de frío.
—¿Y bien?
—¡Douglas Layng está muerto, ahora!
—¿Quiere decir que las cosas irán de forma distinta a como su marido había dispuesto?
—Flemington podrá saberlo.
—¿Y quién era Layng? ¿Qué tenía que ver en esta historia, vieja de muchos años según parece, ese pobre muchacho, que apenas empezaba a vivir?
—Flemington debe de saberlo.
—¿Y usted?
—Yo no.
—¿Cuánto tiempo hacía que su marido había partido a Australia? ¿Por qué no la había llevado con él?
—El mayor había partido hace un año. Tenía grandes intereses en Australia...
La respuesta fue vaga y reticente.
—¿Le amenazaba algún peligro en Inglaterra?
—El abogado Flemington podrá decírselo.
—¿Es por ese peligro por lo que él partió solo, dejándola en Londres?
—¿Qué más puedo decirle?... También yo...
yo tampoco sé nada. He intentado entender...
saber... ¿Pero por qué seguir haciéndolo, ahora?
... Hace cinco días, el abogado Flemington me avisó de que partiera hacia Italia, que me alojara en este hotel y esperara allí su llegada...
La reunión de todas las personas indicadas por el mayor Alton, así me dijo el abogado, debía tener lugar el 6 de diciembre...
—¡Hoy!
—Sí...
De Vincenzi miró el reloj. Eran cerca de las cuatro de la madrugada. Y él que se había propuesto desenredar aquella madeja antes del amanecer.
—¿Sabía usted que una muñeca igual a esa de ahí... está en posesión de un hombre que se encuentra en este hotel... un hombre que se llama Vilfredo Engel?
Abrió los ojos de par en par y parpadeó.
—No.
—¿Conoce a Vilfredo Engel?
—No...
—Y sin embargo sabe que un oficial de su marido tenía ese apellido...
—William Engel... sí... pero yo no lo conocí...
—¿Dice que es inglés?
—Creo que lo es.
—Cuénteme la historia de su muñeca de porcelana...
—Mi marido la tenía, cuando se casó conmigo...
—Ya que estamos, ¿cómo conoció al mayor Harry Alton?
—Fue en Londres, en 1914... Yo bailaba... en un teatro de variedades...
De Vincenzi miraba a la mujer, que tenía más que nunca aquel aire suyo de inocencia etérea y frágil.
Qué distinta de Stella Essington. Más peligrosa, quizá, sin embargo.
Entretanto, había conseguido que el mayor se casara con ella.
Al día siguiente sería la heredera de quinientas o seiscientas mil libras.
¿Lo sería, después de todo? ¿Qué diablos podía significar aquella cita en Milán, en el Hostal de las Tres Rosas?
La lectura del testamento, ¿qué sorpresas reservaría para ella, como para los demás convocados?
¿Y quiénes eran estos? Layng —a quien habían eliminado, muy probablemente para apartarlo del camino— ...
y luego estaba Nolan... Carin Nolan, quizá era la hija del oficial que había combatido con Alton en el Transvaal...
Y luego estaba Vilfredo Engel... ¿Qué grado de parentesco unía al corpulento y resoplante jugador de piquet —el amigo de Carlo Da Como— con el oficial William Engel?
... De Vincenzi comprendía haber recorrido, sin duda, mucho camino desde que había entrado en la habitación número 12; pero le quedaba todavía mucho más por recorrer...
Sin contar que, aunque hubiera logrado conocer todos los detalles de una historia que se anunciaba tan fantástica y enrevesada como pocas, seguiría estando muy lejos de poder detener al asesino...
A menos que... a menos que fuera cierto que la serie apenas había comenzado y que el asesino se veía en la necesidad de dar alguna otra terrible muestra de su presencia.
—Y así se casó usted con Harry Alton...
—Fue él quien me lo pidió, imponiéndome sus condiciones. Yo no le había ocultado nada de mi vida pasada...
—¿Sabía que el mayor era rico?
—Es una pregunta cuando menos descortés la suya, comisario. Pero le responderé. Mi vida no había sido feliz... Si me había visto reducida a bailar en teatros de variedades y había recorrido muchas ciudades de Europa y alguna de América...
—¿Ha estado en América?
—Sí.
—¿Dónde? ¿En qué ciudades?...
Hubo una vacilación apenas perceptible; pero no le pasó desapercibida a De Vincenzi.
—En alguna... Nueva York, desde luego...
y... y otras... Le decía, pues, que la vida que me había visto obligada a llevar no me gustaba.
Claro. Ni siquiera habría querido pasar penurias con mis parientes, en Italia...
Por eso había huido de casa... Pero en Londres, en París...
en Nueva York... y en otros sitios... —se estremeció y dio casi un respingo en el sillón.
Se levantó de golpe—: Bien, cuando el mayor Alton me ofreció convertirme en su esposa, acepté, porque sabía que era rico y que me daría el desahogo, la tranquilidad, ¡eso es!
—¿Y ahora? —preguntó bruscamente De Vincenzi, aunque notaba que aquel cinismo era ante todo producto del estado de tensión en que se encontraba la señora Alton.
Pero no pudo esperar la respuesta. Se oyeron pasos apresurados en el pasillo y la voz de Sani, que gritaba con fuerza:
—¿Dónde está el comisario?...
No tuvo tiempo de llegar a la puerta cuando esta se abrió y apareció Sani, seguido de los agentes.
—¿Qué pasa?
—Abajo, estaba en el vestíbulo... he oído un golpe seco encima de mi cabeza... como de un cuerpo que cae... Me ha parecido que el ruido venía de una de las primeras habitaciones hacia el jardín... la número 5 o la 6...
—Vamos —dijo lacónicamente De Vincenzi. Al salir, se volvió hacia la viuda—:
Vaya a descansar, señora. Mañana volveré a verla... Todavía no me ha contado la historia de su muñeca...