El hostal de las Tres Rosas 11.
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11.

N o había que dejarse vencer por el encanto de aquella belleza triste y armoniosa.

De Vincenzi se lo impuso. Y como era todavía joven, en aquella época, casi un novato —el desconcertante crimen del que se ocupaba era su primera investigación importante—, la reacción en él fue, naturalmente, violenta, y forzó el tono de sus preguntas.

—Cuénteme la historia de esta muñeca...

—¿Por qué cree que tiene una historia?

Mary Alton Vendramini respondía con voz baja, dulcísima, cargada de notas infantiles. Había un gran candor en ella y en sus ojos violáceos, tan densamente profundos y aterciopelados.

—¿Su marido era oficial del ejército inglés?

—Lo era. Murió hace dos semanas.

—¿Por qué ha venido a Italia?

—Porque soy italiana.

—¿Tiene familia en Milán?

—No. Mi familia ya no tiene relación conmigo. ¡No he vuelto por mi familia, yo!

—¿Conocía a Douglas Layng?

La mujer siguió mirando fijamente a De Vincenzi y calló.

—Responda.

—No lo conocía.

—¿Por qué, entonces, ha venido a este hotel, y por qué ha llegado precisamente hoy?

Tuvo un estremecimiento.

—Tengo frío —murmuró, y se encogió sobre sí misma, agarrándose los brazos cruzados con las manos largas, blanquísimas, diáfanas, mientras la muñeca se le comprimía cada vez más contra el pecho.

De Vincenzi advirtió que la habitación número 12 era pequeña, casi enteramente ocupada por la gran cama de matrimonio, y que estaba caldeada más de lo tolerable. Él sudaba.

—Señora, el crimen cometido contra ese muchacho es uno de los más atroces que jamás se haya podido imaginar.

—Yo estoy aquí solo desde esta mañana...

Había un sillón a los pies de la cama. La mujer se dejó caer en él, tan menuda, frágil, rubia.

Y sus piernas tenían destellos claros bajo la seda transparente...

Seguía mirándolo. Pero no ofrecía asidero.

De Vincenzi tuvo que hacer un esfuerzo para vencer una especie de vértigo.

Llevaba más de tres horas agotando sus fuerzas mentales en aquel juego sutil de buscar el cabo de un hilo que lo guiara.

Estaba exhausto y exasperado. Todos aquellos a quienes había interrogado podrían haberle dado el cabo de ese hilo, y en cambio todos lo ocultaban.

Novarreno... el jorobado Bardi... Flemington y su esposa...

y ahora esta... ¿Qué había encontrado él hasta ese momento?

¡Nada! Una muñeca sobre una camita de hierro...

en el último piso... en la oscuridad... y ahora otra muñeca parecida entre los brazos de esta mujer, que se escudaba tras su propio candor para callar, ¡callar!

¿O era la misma muñeca? ¡Absurdo! Arriba estaba Cruni de guardia.

Ningún contacto posible. Cogió una silla y la dejó caer casi de golpe en el suelo, para ponerla delante del sillón. Se sentó.

—¡Veamos, señora! Así no es posible continuar.

Dígame por qué ha venido a este hotel. Por qué tiene una muñeca como...

esa de ahí... Dígame de qué modo está usted ligada a la tragedia que se ha desarrollado...

que se está desarrollando aquí dentro...

—Le respondió el silencio—. No es posible que siga callando.

Yo, tarde o temprano, lo sabré... Nadie saldrá de aquí hasta que yo lo sepa...

—El silencio. Él hizo un gesto de resignación—.

¡Tiene que responderme, señora! Estoy dispuesto a seguir con mis preguntas horas y horas, hasta que quede exhausta solo con el sonido de mi voz.

Hábleme de su marido. Murió hace dos semanas, me ha dicho. ¿Dónde?

—En Sídney.

—¿De qué enfermedad?

—Era... viejo, mi marido, y había tenido una vida azarosa. En las colonias... Vida dura...

—¿Dónde?

—Sudáfrica.

—¿Dónde lo conoció?...

Una sonrisa.

—¿Qué sabe usted de mí?

—Nada. Pero no se haga ilusiones. Mañana lo sabré todo. ¡Es inútil mentir o callar! Lo sabré todo sobre usted...

—Es inútil, lo sé. Por lo demás... ¿Usted cree que no quiero hablar porque tengo algo comprometedor que ocultar?... Algo que no se puede confesar, ¿verdad?

—¡No creo nada! Responda.

Negó con la cabecita de oro.

—No... no... no es eso. Tengo miedo. ¡No puedo hablar!

La voz había mantenido el tono bajo, sereno; pero ella no mentía. Tenía miedo. Como Novarreno, como el jorobado Bardi, como Mrs. Flemington, como el abogado Flemington bajo su aire desenfadadamente sarcástico y agresivo. ¿De qué? ¿De quién?

—¿Conoce a Julius Lessinger?

Se puso en pie de un salto. Se había puesto blanca, de una palidez lívida.

Tan exangüe, sus facciones parecían más finas, casi inmateriales, evanescentes, difuminadas.

Pero no se tambaleaba. De Vincenzi no tuvo necesidad de tender las manos, por temor a que cayera.

Tenía miedo, pero no se desmayaría. Lívida estaba.

Y los ojos de violeta se le habían oscurecido tanto como el fondo de un cielo de tormenta.

—¿Quién le ha hablado de... de ese individuo?...

Se dio cuenta de que seguía teniendo entre los brazos la muñeca de porcelana, invariablemente rosada, demasiado incluso, con aquellas dos rosetas llameantes en lo alto de las mejillas.

Fue hasta la cómoda —un paso y ya la alcanzaba, de tan angosta que era la habitación— y la dejó allí.

Tendida, la muñeca quedó con las manitas al aire y las piernecitas completamente torcidas.

Luego volvió al sillón, se sentó. Se estiró la falda sobre las rodillas, se quedó con los pies juntos, compuesta, casi rígida.

El pecho le jadeaba un poco, golpeando visiblemente contra la seda ceñida del vestido.

—Le diré... lo que sé... ¡Por lo pronto!... —Negó con la cabeza, con desolado abatimiento—. ¡El destino!...

—¿De verdad llegó usted esta mañana a Milán?

—Está el sello de paso en la frontera en el pasaporte. Podrá comprobarlo. Esta mañana... Por lo demás, era solo para mañana.

—¿Qué?

—Ya... ¡Usted no sabe! Nadie se lo ha dicho...

—De los que están en este hotel, ¿quién podría decírmelo?

—Los conocerá.

—¿Quién? Nómbrelos.

—¿Los nombres? ¿Cuántos?... No sé. Es la verdad. No lo sé. Todos los que tenían interés en conocer el testamento del mayor Harry Alton...

—Y usted... la viuda...

—Sí. ¿Yo? La viuda, quizá, será la única que no heredará.

—Hable, entonces...

De Vincenzi había tenido un arrebato de impaciencia. Ahora, también él tenía miedo. Tenía la impresión de que cada minuto perdido podía agravar la tragedia.

—Mi marido ha muerto habiendo cumplido setenta y cuatro años... Cuando fue a la Colonia del Cabo... que entonces era el Transvaal y el Orange... tenía menos de treinta años... Fue en 1880...

Hizo una pausa.

—¿Y bien?

—No sé... no sé... Ignoro todo lo que ocurrió allá. Sé que Harry fue casi pobre... tenía su sueldo de oficial... comenzaba entonces la carrera... —Se retorcía las manos—. Cuando murió en Sídney... hace quince días... dejó un patrimonio de... quinientas, seiscientas mil libras.

—¿Y Douglas Layng?

—¡Todavía no! ¡Todavía no!... Sí, Douglas Layng... pero no precipite los hechos... —Se interrumpió—. ¿Por qué ha nombrado a Julius Lessinger?... ¿De verdad está también él en Milán? —Bajó la cabeza. Murmuró para sí—: ¿Y quién sino él habría matado así a Douglas Layng?...

—¿Conoce a Julius Lessinger?

—¿Conocerlo?... No... Conozco su fama... Es una fama atroz... Pero ¿quién se la ha creado? Ninguno de los que hoy lo temen lo conoce ya... Julius Lessinger había estado con mi marido en el Transvaal... era soldado suyo...

—Un momento —exclamó De Vincenzi. Se había levantado. La miraba fijamente. Articuló—: ¿Quién estaba... allá... en el Transvaal, con su marido?

Y esperó la respuesta, conteniendo la respiración. ¿A quién nombraría? La mujer sintió la gravedad de la pregunta, la responsabilidad de la respuesta. Si hubiera sido posible, su palidez habría aumentado. Pronunció despacio:

—El mayor Alton mandaba una batería ligera. Tenía dos oficiales a su cargo...

—¡Los nombres! —siseó De Vincenzi.

—...William Engel...

Él no se sobresaltó; pero preguntó con voz gélida:

—¿Cómo es posible? ¡Un alemán!

—Un inglés de origen alemán.

—¡Siga!

—Dick Nolan...

—¿Y quién más?

—Los soldados... un centenar, entre ellos Julius Lessinger.

—Bien —dijo De Vincenzi con repentina serenidad. Volvió a sentarse. Estaba tranquilo, ahora—. Continúe...

Mary hizo una larga pausa. Cuando volvió a hablar, parecía que recitara una lección, y más propiamente que contara un cuento. También el tono de su voz se había vuelto uniforme, monótono.

—Los cocodrilos del Vaal... entre Kimberley y Johannesburgo... —Alzó los ojos violáceos hacia De Vincenzi, como esperando que él la interrumpiera. Pero el comisario no dijo nada—. ¡Una historia de cocodrilos!

—Continúe...

La mujer se levantó despacio. Fue al rincón de la habitación donde, sobre una mesita, había dejado la maleta.

Buscó la llave, mirando a su alrededor, rebuscando en los cajones de la cómoda; la encontró en el bolso, dentro del armario.

Abrió la maleta. Seda, lino transparente.

Colores suaves. Una caja de plata. Los tapones de plata de los frascos sujetos por las fundas de piel contra las paredes...

Sacó una carta de debajo de la ropa doblada.

El sobre era grande, llevaba sellos, franqueo azul y rojo; en el reverso, un gran sello de lacre negro.

Se la tendió al comisario. De Vincenzi leyó el nombre de la mujer y la dirección, en Londres. Miró los matasellos. Venía de Sídney.

—Léala —dijo ella, y se dejó caer de nuevo en el sillón.