10. #2
Vaciló un momento. ¿Debía registrar el escondrijo, junto a la cama?
Fuera éter o cocaína, corría el riesgo de encontrarse a la mujer embrutecida a la mañana siguiente.
Pero se encogió de hombros. Si empezaba por confiscar la droga, daría la alarma allí dentro.
Y ahora lo más importante era darse prisa. Si de verdad Julius Lessinger...
—¿Le hizo alguna confidencia el joven inglés?...
—¿Por qué?...
—¿Nombró a alguna persona?
—¿Por qué?...
Estaba a la defensiva. Le echó una mirada rápida a la mesilla. «Váyase al diablo», se dijo De Vincenzi para sus adentros. Salió y cerró la puerta con llave.
Y una. ¿Quién, ahora? Ante sus ojos tenía el número 3 —en negro— en la puerta.
Consultó el plano del hotel, que se había guardado en el bolsillo.
Esa puerta daba a la habitación de Pompeo Besesti.
El director-propietario del Banco de los Metales Puros.
Vaciló. Con este había que andarse con tacto.
Le resonaban en los oídos las palabras que el comisario jefe había dejado caer mientras se tocaba la flor del ojal.
«Hace falta mucho tacto... y usted no tiene vínculos con nadie...
» Giró el pestillo y abrió la puerta. La habitación estaba a oscuras.
¿Sería posible que ese estuviera durmiendo?
—Esa habitación está vacía, comisario.
Era el agente de guardia en el recodo del pasillo.
¿Vacía? Encendió la luz. La cama hecha. El brillo de la vajilla de plata sobre el tocador.
Un baúl. En medio de la habitación —qué grande era aquella habitación...
al menos seis metros por ocho—, a los pies de la cama, una mesa con muchos papeles y algún registro.
Vio, posadas sobre el secante de cuero, algunas placas amarillas.
Las cogió. No entendía de eso, pero supuso que eran de oro.
Llevaban un sello: 20 K. Oro puro. Una era verde.
Y las dejaba así, por ahí sueltas. ¿Pero por qué, a las tres de la madrugada, todavía no había vuelto? Salió al pasillo y llamó a Sani.
—Telefonea a la jefatura... Debe de estar de servicio Franceschi; dile que mande a algún agente de la brigada de buenas costumbres a hacer una ronda por los locales abiertos.
Que me encuentren a Pompeo Besesti... Pero que no lo detengan.
Cuando lo hayan encontrado... si lo encuentran...
que lo sigan, sin que se dé cuenta, y que averigüen dónde ha estado desde las ocho de anoche en adelante...
—Pero...
—¡Deprisa!
Sani bajó. El teléfono estaba antes de los lavabos, en el vestíbulo.
¿Por qué le parecía extraño que Pompeo Besesti no estuviera en su habitación a las tres de la madrugada?
También cerró aquella puerta con llave. La primera habitación del tramo transversal era la 12.
Mary Alton Vendramini. La viuda que había llegado aquel día de Inglaterra.
Aunque todos llegaban de Inglaterra. Y sin embargo esta...
Llamó suavemente y, antes incluso de que le respondieran, abrió la puerta y la cerró tras de sí.
Se volvió despacio. Solo el cansancio y la necesidad inconsciente de afrontar deprisa aquel otro encuentro lo habían llevado a entrar de ese modo en la habitación.
Y también estaba absorto en el problema irresoluble, turbado por aquella rápida sucesión de sensaciones.
Al ver el interior de la habitación se sobresaltó.
Mary Alton Vendramini, tendida en el suelo sobre la alfombra, en medio de la habitación, contemplaba una muñeca de porcelana que llevaba un vestidito de gasa rosada y las manitas tendidas al abrazo.
Fue tal el asombro de De Vincenzi que tuvo que callar unos minutos.
Otra muñeca. A cada paso que avanzaba en la investigación, encontraba vínculos insospechados entre todas aquellas personas, que aparentemente no deberían tener ninguno entre sí. Y esta había llegado por la mañana.
La mujer —ahora que se había quitado el sombrero y el velo— parecía verdaderamente hermosísima.
Un perfil puro. Una cabecita de oro rojizo, que la trenza pesadísima ceñía desde la base de la nuca, dando la vuelta por arriba.
Las cejas finas, arqueadas hacia arriba; las pupilas extrañamente violáceas, profundas, entre pestañas larguísimas.
La boca perfecta tenía labios ardientes.
El cuerpo era esbelto y a la vez lleno y suave bajo la seda ceñida del vestido negro.
Las piernas asomaban por la falda corta hasta la altura de la rodilla, enfundadas en seda negra reluciente; tendida como estaba de costado, las mantenía un poco dobladas bajo sí.
Alzó la cabeza y fijó en el hombre, que permanecía de pie ante la puerta cerrada, una larga mirada llena de tristeza.
Hizo ademán de incorporarse, tras haber cogido la muñeca entre los brazos.
Casi sin saber lo que decía, De Vincenzi murmuró: «No se moleste...
». Pero recuperó de golpe su frialdad y preguntó con brusquedad:
—¿Quién le ha dado esa muñeca?
—¿Por qué me pregunta eso? —respondió la mujer, que se mantenía ya erguida ante él—. ¡Es mía!
Y la apretó todavía más contra el pecho, como si temiera que él quisiera quitársela.