El hostal de las Tres Rosas 10.
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C uando se encontró de nuevo en el vestíbulo, De Vincenzi miró a su alrededor.

¿Por dónde empezaría? ¿Cuál de aquellas veinte y pico personas?

Cierto es que —tal como se presentaba el drama, y por la personalidad y la propia nacionalidad del asesinado— muchas de ellas quedaban sin más descartadas.

Por lo pronto, se decía a sí mismo que aquel no podía ser el crimen de un italiano.

Sacó del bolsillo la lista que le había entregado Bianchi y releyó los nombres...

Vilfredo Engel... Carlo Da Como... Nicola Al Righetti...

Carin Nolan... Stella Essington... Pompeo Besesti...

¿Por qué incluía entre esos nombres, entre los sospechosos, también a Pompeo Besesti?

Ah, sí, porque era el propietario del Banco de los Metales Puros...

¿De dónde había salido? Muy rico, le había dicho alguien.

Debía de haber sido Novarreno quien se lo dijo...

¿Y aquel jorobado?... Bardi, aquel curioso incorregible, sabía muchas cosas.

Sin duda había sido él quien había escrito la carta anónima.

¿Pero con qué fin? No. No era posible construir ni siquiera una hipótesis que, por descabellada que fuera, tuviera visos de sostenerse en pie.

Había que resignarse, ya, a interrogar a todas aquellas personas. Algo sacaría de ello.

Se dirigió hacia el comedor y entró. La señora Maria dormía, con la cabeza rubia apoyada en el brazo, que mantenía doblado sobre el mostrador.

Mario, de pie tras la barra, estaba despierto, o casi, de tan somnolientos que tenía los ojos.

Los dos camareros dormitaban también, sentados en un rincón.

Los cuatro jugadores de escoba continuaban la interminable serie de sus partidas.

Quizá se alegraban de la ocasión —por trágica que fuera— que les brindaba el pretexto para quedarse en aquella mesa mucho más tiempo del habitual.

Sentados junto a los jugadores, Virgilio y el capitán Lontario parecían seguir el desarrollo del juego, pero en realidad estaban todos pendientes del vestíbulo y de las voces y ruidos que de él pudieran llegar.

La sala solo estaba iluminada en el rincón donde se encontraba aquel grupo, porque Virgilio había hecho apagar las demás lámparas.

De Vincenzi fue derecho hacia el hotelero.

—¿Estos señores se han enterado?

Virgilio se puso en pie de un salto, tan repentino y torpe que hizo volcar la silla tras de sí. Los cuatro dejaron las cartas y se levantaron, volviéndose hacia el comisario, imitados por el capitán Lontario, que se incorporó con esfuerzo sobre su pierna rígida, apoyándose en el bastón.

—¿Herido de guerra? —preguntó De Vincenzi.

—Sí —respondió aquel con una especie de gruñido. No le agradaba que le recordaran su lesión, por gloriosa que fuera.

—¿Conoce usted desde hace mucho al señor Engel?

—No. ¿Por qué? Lo conocí aquí dentro...

—¿Y cómo es que frecuenta este local?

—Cuando nos establecimos en Milán, mi madre y yo, después del armisticio, vivimos unos meses en este hotel. El tiempo de encontrar un piso y hacer venir los muebles del Véneto, de donde procedíamos.

—El señor Da Como, entonces, también...

—Todo conocidos ocasionales.

—Comprendo. Pero, en cualquier caso, usted ha trabado amistad precisamente con esos dos...

—Si quiere llamarlo amistad...

—¿Qué puede decirme de ellos?

El capitán rio.

—Que juegan bien al piquet... como a muchos otros juegos, por lo demás... —Hizo una pausa, mirando al comisario a los ojos—. No creo de verdad que pueda serle de ninguna ayuda, ¿sabe? Yo no sé absolutamente nada.

Verdulli, el crítico teatral, siempre verde de bilis por constitución, dejó oír su voz aguda.

—Han ahorcado al inglés, ¿eh? ¡Como en un cuento de Poe!...

—¿Quién es usted?...

—Sócrates Verdulli... ¿Me conoce? Soy redactor del Secolo...

—¿Y usted?

—Beltramo Pizzoni... del Banco Comercial.

—¿Y usted?

—¿Yo?... Yo soy pintor. Igino Pico. ¿Cree que podré ver el cadáver? Subí corriendo en cuanto el jorobado dio la voz de alarma, pero me hicieron bajar enseguida. Me habría interesado como cuadro... Yo, eso sí, lo iluminaría desde abajo, con una vela humeante...

—¿Y usted? —De Vincenzi se había vuelto hacia el último jugador y había alzado la voz para hacer callar al pintor, quien negó con la cabeza con desolación compasiva y, cogiendo el vaso de la mesa, se lo bebió de un trago.

—Yo soy Giuliano Agresti, de la Gazzetta dello Sport...

—¿Ninguno de ustedes sabe nada?

¿Qué podían saber?

—Bien. Sigan jugando...

Los cuatro se sentaron enseguida y retomaron las cartas.

—Quién se acuerda ya de los despares, a estas alturas —comentó Verdulli con ironía.

—¿Puedo irme a casa? —preguntó el capitán, y De Vincenzi asintió con la cabeza.

Lontario se dirigió enseguida al perchero del fondo, cojeando sobre su pierna rígida.

—¡Ese ya no vuelve a las Tres Rosas! —bromeó Pico, y, agarrando a Virgilio por la chaqueta, le susurró con voz cómicamente grave—: Tráigame otro medio litro, cortés hotelero... Para llegar hasta mañana por la mañana, harán falta unos cuantos...

De Vincenzi se dirigía hacia el vestíbulo. Al pasar delante del mostrador de la señora Maria, vio que la mujer seguía dormida y le dio lástima. Se volvió hacia el hotelero:

—Mande a la cama a su mujer. La interrogaré mañana por la mañana.

Salió deprisa. La primera habitación en la que entró fue la número 2, la de Stella Essington.

Ya cerca de la treintena, Stella Essington, cuyo nombre real era, muy vulgarmente, Rosa Carboni, se comportaba con mimos de niña.

Como esperaba la visita del comisario, se había puesto un pijama verde guisante, ribeteado de amarillo.

Una cosa horrible, capaz de dar dentera, como un limón.

Fumaba, chupando una larga boquilla de marfil orlada de diamantitos rojizos.

—Siéntese, señor comisario. Le diré todo lo que sé... En ese sillón no, cojea... —Y le ofreció una silla tapizada.

De Vincenzi miraba a su alrededor.

—¿Toca usted el violonchelo?

Ante el rostro perplejo del comisario, alzó las manos al cielo.

—¡Perdóneme! ¡Si supiera cómo me excita el sonido del violonchelo!... Todas mis facultades vibran como cuerdas...

Se había apoyado en el cabecero de la cama y se echaba un poco hacia atrás con la espalda. No reía, pero tenía los labios entreabiertos, tirantes en las comisuras por una mueca. Y las pupilas le brillaban. Miró la puerta, que De Vincenzi había dejado entornada, y frunció el ceño.

—Nos pueden oír... ¿Quiere cerrar?

—¡Nadie nos escucha!

—¡Claro! Usted habrá puesto guardias en el pasillo. Pero es muy grave lo que tengo que decirle...

—¿Qué?

—Solo a usted... Bajo el vínculo de su palabra de caballero... ¡Ah! ¡Qué esfuerzo me cuesta hablarle así!

Se apartó de la cama. Dio unos pasos ante el espejo del armario. Se miraba la silueta del cuerpo. Se pasó una mano por el pelo. De pronto, como quien rompe un vínculo invisible de un tirón, se dirigió hacia la mesilla de noche, junto a la cama, y fue a abrir el cajón.

—No —la detuvo con voz gélida De Vincenzi—. Ahora no. Debería arrestarla. Y tendría que decirme quién le proporciona los estupefacientes.

Fue instantáneo. La mujer se echó de través sobre la cama y se puso a sollozar.

Los hombros y todo el cuerpo se le sacudían.

De Vincenzi veía amarillo y verde, y luego el rojo artificioso del pelo cortado corto sobre el cuello rasurado, que tenía reflejos castaños.

Se encogió de hombros. ¿Qué podía decirle aquella?

Se dirigió a la puerta. Encerraría con llave a la mujer en la habitación.

Pero Stella Essington oyó los pasos y se incorporó con el impulso de un resorte, se volvió hacia él y alzó de nuevo las manos hacia el techo:

—¡No! ¡Santa Virgen! ¡Tiene que escucharme!... ¡Por favor, escúcheme! —gritaba.

—No grite, o... —tuvo que hacer un esfuerzo para no soltar una blasfemia. ¿Quién diablos le había aconsejado empezar precisamente por esta?—. No grite o me voy.

—Bien, escúcheme... —Buscó la boquilla de marfil, que había caído sobre la cama.

Encendió otro cigarrillo, sacándolo del bolsillo del pijama junto con la caja de cerillas—.

Aquel pobre chico... ¡Oh, es horrible!...

—Se llevó las manos a la cara—: ¡Oh, si pudiera calmar el espasmo de mis nervios!

He tenido que contenerme durante tanto tiempo, allá abajo, en la sala, donde nos tenían encerrados como fieras...

—Se volvió de golpe. Señaló la cama con un gesto melodramático—: Moriré en esa cama. Lo siento...

—Dígame mejor: ¿dónde murió... el otro?...

—¿Cómo sabe que no murió ahorcado? —le brillaban los ojos, malignos.

—Déjelo estar. Lo que no sé es dónde lo mataron, y espero que usted me lo diga.

—Yo... Me tenía mucho afecto. Yo, sola, entre todas las mujeres que hay en este hotel... ¿Las ha observado? ¡Puaj! ¡Valen lo que valen! La única con quien había trabado amistad era yo. Decía que querría llevarme a Inglaterra...

—¿Y qué más le dijo?

Se le acercó y la voz se le hizo baja, susurrada.

—¿Sabe usted por qué lo mataron?...

De Vincenzi esperó. Quizá desvariaba. Pero era mejor dejarla hablar. Quién sabe.

—Lo mataron porque tenía que heredar un millón de libras.

¡Así es! ¿No me cree?... —Un millón de libras.

En aquella cifra fantástica estaba toda la mentalidad de Rosa Carboni.

Pero, aparte de la cifra, ¿qué sabía realmente aquella mujer?

—. Que se lo cuente el jorobado. El jorobado sabe muchas cosas.

Miente como una fresca de mala vida cuando habla de las personas que saben mantenerlo a la debida distancia...

que no son de su clase... ¡Siempre me ha detestado, ese!

Yo lo desprecio, por lo demás... Pero si el jorobado quisiera decir todo lo que sabe...

—Bien. Interrogaré al señor Bardi. Ahora acuéstese y quédese tranquila. Mañana hablaremos de todo.