El hostal de las Tres Rosas 9.
32%

9.

E l registro no dio ningún fruto, naturalmente.

Pero también la habitación de Novarreno contenía algo extraño.

Qué era, De Vincenzi no supo decírselo a sí mismo de inmediato.

Lo imponderable empezaba a operar a su alrededor.

¿Extraños, el abrigo y el sombrero del representante de futilezas, que eran, el uno, de lana espesa y peluda de un color amarillo azafrán imposible de olvidar, y el otro, redondo y pequeño, con una cinta de cuatro dedos de ancho, a rayas amarillas y azules?

¿Extraños, algunos libros de magia negra y de ocultismo, las Clavículas de Salomón, el Dictionnaire Infernal de Collin de Plancy, la Lexicomancia del Abate Bianco?

¿Extraño un gran trozo ambarino de pez griega?

¿O el violín sin cuerdas? ¿O también una botella sellada por el tapón, con el rótulo en la etiqueta: Agua amarga?

Todo y nada. Era el ambiente. Sobre la cama, a modo de colcha, una manta de viaje de un rojo escarlata.

En el vaso de la mesilla, una orquídea. Sobre la mesa, un bloc de hojas azuladas, un paquete de sobres y un frasco de tinta estilográfica.

La maleta con el muestrario estaba en un rincón, sobre una silla.

—¿Quiere ver alguno de mis artículos? —y ya estaba dispuesto a hinchar el cerdito, a hacer florecer la concha.

De Vincenzi lo detuvo.

—¿Sabe si alguien de este piso tiene una estufa portátil de petróleo? ¿O un radiador eléctrico?

—Pero no... ¿Cómo quiere que lo sepa? Una estufa de petróleo pertenece al hotel y está en el único cuarto de baño... La encienden cuando alguien pide bañarse, porque el cuartito donde han puesto la bañera no tiene calefacción...

—¿Y ese cuartito dónde está?

—Al fondo del segundo tramo del pasillo, se bajan unos escalones y está la puerta... La escalera continúa hasta terminar en la sala de billar...

Cualquiera habría podido coger aquella estufa y llevarla a la habitación número 5, para sobrecalentar el ambiente y hacer que el cadáver perdiera la rigidez post mortem.

¿Pero con qué fin? Ah, simplemente para poder trasladarlo hasta arriba y colgarlo de la viga del último rellano.

Suponiendo, eso sí, que el asesino estuviera bien seguro de no ser sorprendido por nadie y de poder actuar con total libertad.

Un absurdo. Y sin embargo... Y la ventana, en tal caso, habría sido abierta después, para disipar el olor a petróleo...

Un cúmulo de circunstancias creadas hábilmente y sin embargo inútiles, engorrosas y excesivas.

Puesto que los efectos de las acciones del asesino seguían siendo evidentes, ¿con qué fin borrar los indicios de esas acciones?

Tiempo y energía perdidos. Se hubiera dicho que, en aquel crimen, su autor había hecho todo lo posible por multiplicarse a sí mismo riesgos y dificultades.

Novarreno miraba fijamente a De Vincenzi con sus ojillos negros, penetrantísimos.

Su vaga sonrisa podía ser de desdén. O de desafío.

A menos que enmascarara un turbamiento interno, muy próximo al miedo.

—¿Su clarividencia no le dice que, antes del amanecer, bajo el techo de este hotel, los cadáveres serán más de uno?

—Usted bromea.

Pero la voz, habitualmente cálida, melodiosa, suave, esta vez había tenido una nota desgarradora, estridente. ¿Temía ser asesinado también él?

—¿A qué personas conocía usted, ya antes de encontrarlas aquí, como clientes del hotel?

No respondió de inmediato. Pero fue luego, con acento decidido, cuando afirmó:

—A ninguna.

Y no era verdad. De Vincenzi se encogió de hombros.

Esperaba esa respuesta. Él buscaba qué había de extraño en aquella habitación.

De pronto, su rostro, que estaba fruncido, cerrado en el esfuerzo de la concentración mental, se relajó, pareció iluminarse.

Lo había encontrado. En aquella habitación, ni sobre la mesa, ni en los cajones, ni en ningún sitio, se podían encontrar cartas recibidas.

No había rastro de correspondencia. Ni había, en absoluto, papeles escritos de ningún tipo.

El comerciante Giorgio Novarreno tenía buen cuidado de no dejar en su habitación rastro alguno de su propio comercio, salvo aquella maleta con el muestrario...

Era una habitación habitada y, al mismo tiempo, desnuda.

Todo cuanto contenía hacía alarde de sí mismo, pero no vivía, no reflejaba la vida de quien la habitaba.

Esa era la rareza. Y todas las reticencias de aquel hombre...

Y las mentiras... Y también las verdades que había creído útil revelar...

Aquel oficio suyo de comerciante, ¿qué otro escondía, el verdadero?

—No se mueva de esta habitación. Volveré a verlo.

—¿Puedo irme a la cama?

—Si quiere...

De Vincenzi salió al pasillo, cerró la puerta tras de sí.

Ahora quería conocer, uno tras otro, a todos los huéspedes del hotel.

Entre ellos se encontraba el asesino. Sin duda.

Pero ¿lograría identificarlo y desenmascararlo?

¿Por dónde empezar? Sani lo miraba desde el rellano.

Los agentes estaban de guardia en el pasillo. De Vincenzi se detuvo en el rellano.

—¿Los dueños se han quedado abajo?

—Sí.

—¿Los dos ingleses?

—En el saloncito.

—¿Y los clientes que no viven en el hotel?

—Los he retenido en la sala. Cuatro en total, porque, según me ha dicho el dueño, los demás que había, en cuanto el jorobado dio la noticia del hallazgo, salieron corriendo deprisa, antes de que llegara Bianchi... Pero el hotelero los conoce a todos, y son fáciles de localizar...

—No merece la pena...

Bajó rápidamente las escaleras y entró en el saloncito, abriendo de golpe la puerta.

Vio a la mujer sentada donde la había dejado, con el busto erguido, rígida, y los ojos fijos delante de sí.

Al ruido de la puerta, la señora Flemington volvió enseguida la mirada hacia el diván, que se hallaba en el rincón opuesto de la salita.

Sobre él, mister Flemington parecía dormir.

Luego los grandes ojos glaucos de la mujer volvieron hacia el comisario, y De Vincenzi los vio desesperadamente perdidos.

Pero el destello de terror se apagó enseguida.

Mrs. Flemington sonreía ahora. Su sonrisa convulsa no podía, sin embargo, engañar a nadie: la mujer tenía miedo.

¿Qué y quién la aterraban de ese modo? De Vincenzi miró el diván.

El hombre yacía tumbado de través, con la cabeza apoyada en el brazo del sofá y los pies en el suelo.

La mano izquierda, colgando hacia el suelo, sostenía entre los dedos una pipa.

Tenía los ojos cerrados y respiraba ruidosamente.

La atención del comisario fue atraída por una botella y un vaso, sobre la mesa central.

La botella llevaba la etiqueta del whisky y estaba dos tercios vacía.

¿Quién había llevado el licor a aquella salita?

Él recordaba perfectamente no habérselo enviado, aunque Flemington se lo hubiera pedido.

Debía suponer que el inglés había salido de la salita, o que alguien había respondido a su llamada.

En cualquier caso, la pareja había tenido algún contacto con el hotelero o con algún camarero.

¿Era por eso, entonces, que la mujer, habiendo sabido algo más de lo que él le había comunicado en la primera conversación, se había visto invadida por el espanto?

Y Flemington había bebido tanto alcohol como para desplomarse sobre el diván...

—¿Nos van a dar por fin una habitación? Es muy extraño el modo en que nos tratan en este hotel. Mañana mister Flemington se quejará a nuestro cónsul...

Claro. De Vincenzi lo sabía: protestas diplomáticas y todo lo demás... El comisario jefe se las tendría con él, y más aún si de todo aquel embrollo no salía nada. ¿Nada? El asesino. Pero estos dos ingleses, recién llegados a Milán, ¿qué tenían que ver con el drama?

—Me pregunto, Mrs. Flemington, por qué su marido no ha querido escuchar mi consejo y cambiar de hotel...

La mujer lanzó otra mirada al diván.

—Nos habían recomendado este hotel... Nosotros tenemos nuestro itinerario... Flemington ha hecho que le llegue aquí su correspondencia de negocios...

—¿A qué se dedica mister Flemington?

La señora se irguió y lo miró con altivez:

—Flemington, de la firma Copthall y Flemington, abogados de la Corte, Lincoln's Inn Fields... Mi marido es uno de los abogados más conocidos de Londres...

De Vincenzi miró al hombre, que roncaba con los labios entreabiertos y la pipa entre los dedos... Cosas del whisky... Pero ¿por qué un gran abogado, precisamente en las Tres Rosas?

—Mrs. Flemington, yo hablo su idioma; pero no tan bien, sin embargo, como para conocer sus sutilezas... y usted no habla ni entiende el italiano...

—¿Y bien?

Naturalmente, De Vincenzi le daba rodeos. La otra, en cambio, puesta enseguida en guardia, quería ir al grano. Quería saber ya. Era evidente. Pero ¿qué? ¿Qué esperaba que él le dijera?

—Quisiera poder explicárselo... para convencerla...

—¿Cómo?...

Temblaba de impaciencia. En el diván, el hombre se había movido, había retirado la mano que colgaba, trataba de darse la vuelta para cambiar de postura.

—Señora, en este hotel... hace pocas horas... se ha desarrollado una tragedia... Ha ocurrido un crimen, un crimen horrible... Han matado a un hombre... un joven, y, después de muerto, lo han colgado del cuello de una viga para hacer creer que se había ahorcado...

La mujer, palidísima, contenía la respiración.

Miraba fijamente a De Vincenzi con los ojos vítreos, fosforescentes, verdosos como los de un gato.

La histeria danzaba frenética en aquellas pupilas, y en el fondo de ellas De Vincenzi vio estallidos convulsos de risa, contracciones violentas de músculos, los golpes secos y rápidos de la aguja de una jeringuilla Pravaz...

Un cambio tan repentino habría espantado a cualquier otra persona que no hubiera querido provocarlo, previéndolo.