8. #2
—¡Todo, en cambio! Porque todo debería haberle hecho suponer que a ese joven lo habían matado ayer por la noche... Lo vio ahorcado. Entonces, ¿cómo es que, apenas entró aquí, dijo que se había cometido un asesinato a las... doce y media?
Ni un instante de desconcierto.
—Podría responderle que no lo sé, porque, cuando hablo en ese estado de clarividencia espiritista o casi, ignoro lo que digo...
Pero, en cambio, le respondo que, precisamente porque vi al ahorcado, tuve la certeza de que el crimen se había cometido varias horas antes, y de que la cuerda y el resto no eran más que un truco preparado para asustar a alguien...
—Ah. ¿Entiende usted de medicina?
—Un poco... Y además he visto muchos cadáveres en mi vida... Las masacres de Armenia... el incendio de Salónica...
—Y pensó que el truco se había preparado para asustar a alguien. ¿A quién?...
Se encogió de hombros.
—¿Cómo quiere que lo sepa?
—¿Su clarividencia?
—Mi clarividencia se limita a calcular quiénes podían ser las personas que anoche o esta mañana, al subir a su habitación, se habrían topado necesariamente con el cadáver... ¡Pero ese cálculo puede hacerlo usted también!...
—¡En efecto! ¿Y ayer, a las doce y media, dónde estaba usted?
—Sonaba la sirena de mediodía y yo estaba en la Galería... Me dirigí despacio hacia el hotel... Debí de llegar un cuarto de hora, veinte minutos después...
—¿Y naturalmente subió a su habitación?...
—No. Entré en el comedor y me senté en mi mesa, para desayunar.
—¿Quién estaba en la sala en ese momento?
—Vamos a ver... Con algún esfuerzo, puedo llegar a recordarlo.
Estaba toda la familia del señor Belloni...
el cajero del Banco Indígena... él, su esposa y su hija...
Estaba Agresti con su mujer... Estaban Desatta, la Vittoria...
¿Sabe quién es la Vittoria, verdad?... Y luego aquel americano...
la Nolan... y luego Stella Essington, la actriz...
y luego todo el grupo de los ancianos de siempre, que tienen su mesa al fondo y que no viven en el hotel...
y luego... ah, poco después entraron Da Como y Engel...
y antes de la una, Pompeo Besesti, el propietario del Banco de los Metales Puros...
¿Lo conoce? Un hombre bastante rico, según dicen...
Eso es todo. Naturalmente, no se fíe de estas afirmaciones mías como si fueran un testimonio.
La memoria podría traicionarme. Yo pensaba en desayunar y no me dediqué a pasar revista a todos los clientes, para ver quién faltaba...
Sin contar que, como en todos los restaurantes del mundo, los clientes no son siempre los mismos...
—¿Y por la tarde, no subió usted a su habitación?
—No. Hasta anoche, a las ocho... Nada más desayunar, salí y no volví al hotel...
—¿Dónde estuvo?
—Otra coartada que carece por completo de testigos... Cada mañana, antes de salir de mi habitación, hago el horóscopo del día, para orientarme en las acciones que debo llevar a cabo y en mis asuntos... Pues bien, ayer el horóscopo era pésimo.
Sacó del bolsillo una libreta, la abrió y leyó:
—«Prevalencia del influjo de las configuraciones maléficas de la Luna con Urano y Neptuno. Jornada de graves acontecimientos y de turbias complicaciones.» —Alzó la cabeza y miró fijamente a De Vincenzi—: ¿Quiere leerlo? Escribí estas líneas ayer por la mañana...
—Bien, bien... —concedió el comisario—. Otra adivinación asombrosa... Pero no veo...
—¿Cómo se relaciona mi horóscopo con mi coartada de la tarde?
De la forma más sencilla... Horóscopo malo para mí significa ningún negocio a la vista...
Y ni siquiera lo intento, en esos casos.
Por eso, también ayer dejé en el hotel la maleta con el muestrario de mis...
futilezas, y me fui a Como, al lago... Salí de la estación Nord en el tren de las catorce cuarenta, y volví en el que llega a Milán a las diecinueve veinte.
Eso es todo. No espero, sin embargo, que nadie pueda confirmar mis afirmaciones, a menos que...
Claro... a menos que el taquillero de la ventanilla de Como de la Nord recuerde mi rostro y el hecho de que le di un billete de quinientas para pagar un billete de ida y vuelta, diez liras en total, suscitando todas sus protestas...
Más hábil que nunca... La coartada, Novarreno la tenía, y de sobra.
Y precisamente una de esas coartadas que parecen tanto más sinceras cuanto más aspecto tienen de ser casuales y en absoluto preparadas.
Si se hubiera visto acorralado, aquel levantino sin duda habría producido otros testigos, en Como y en Milán, testigos que él debía de haberse creado precisamente con el cambio de un billete grande, o con una propina considerable dejada en un café, o con cualquiera de esos pequeños trucos que le habían servido para llamar la atención sobre sí mismo y dejar el recuerdo de su persona.
—Entonces, ¿sobre el hecho en sí, usted no tiene nada que decirme?
—¿Sobre el crimen? ¿Sobre su autor? Desde luego que no.
—Queda, sin embargo, la adivinación. ¿Es usted nigromante?...
—Conozco algunas prácticas adivinatorias. La aeromancia, la dafnomancia, la lampadomancia, la lecanomancia...
Unos golpes rápidos en la puerta interrumpieron aquella enumeración, que parecía una broma.
—¿Quién es?... —preguntó con impaciencia el comisario.
—Yo —respondió la voz de Sani.
De Vincenzi fue a abrir.
—Tengo que hablar contigo...
De Vincenzi salió al pasillo.
—Lee —y el subcomisario le tendió un papelito arrugado.
Debían de haberlo hecho una bolita. Escrito a lápiz y con letras todas mayúsculas, se leía: El primero, el más joven, el inocente. No es una advertencia. Es la serie que comienza.
—¿Dónde lo has encontrado?
—En un rincón... allá abajo, en el primer rellano...
cerca de la puerta que da a la escalera del último piso...
Estaba subiendo ahora para venir a verte, porque quería informarte de varias cosas, cuando la mirada se me fue hacia esa bolita blanca...
La recogí y desdoblé el papel... ¿Crees que es... que es una broma?
No, De Vincenzi no creía que fuera una broma.
—Haz que suban todos a sus habitaciones.
Que se encierren dentro y me esperen. Iré yo a verlos, a cada uno en su propia habitación...
Que los acompañen y luego pon a los agentes de guardia en el pasillo...
Tú quédate abajo con el hotelero y con la hotelera...
y vigila a los dos ingleses en el saloncito...
Arriba deja a Cruni; pero dile que esté atento y que no dude en usar el revólver, si es necesario...
—¿Qué crees tú?
—Nada, no creo nada...
Y volvió a entrar en la habitación, para ordenar con voz seca a Novarreno:
—Venga conmigo a su habitación, usted. Quiero registrar su equipaje...