8.
E l hombre no dio señal alguna de turbación. Ya fuera por singular dominio de sí mismo y consumada habilidad de comediante, o porque de verdad creyera en una fuerza sobrenatural propia, conservó su aire de iluminado.
—Usted no puede acusarme de un crimen que ha cometido otro.
—¿Quién?
Sonrió. Y su sonrisa fue siniestra.
—No descarto que alguien pueda llegar a descubrirlo. Yo lo ignoro...
—Se lo repito: nada de comedias. Y, entretanto, empiece por decirme algo sobre usted mismo. ¿A qué se dedica?
—Al comercio. Todos lo saben... —Una pausa.
Luego pareció volverse humano. Habló con sencillez, como si hiciera una confidencia—.
Ahora me dedico al comercio... He tenido una existencia agitada, yo.
He recorrido el mundo, ganándome el pan con esfuerzo.
Vengo de Oriente. En Italia, los levantinos no gozamos de fama de honestidad...
—Se encogió de hombros—: No encontrará a nadie que pueda formular una acusación fundada contra mí.
¿Qué he hecho? He sembrado y vendido tabaco; he sido fogonero en el mar de Azov, pescador en el mar Negro; he comerciado con ladrillos y sandías, subiendo y bajando el Dniéper; he hecho de payaso en un circo; he sido actor.
Ahora comercio en futilezas. Objetos indispensables, precisamente porque son superfluos.
Los hombres no siempre necesitan pan, mientras que a cada instante necesitan a alguien que despierte en ellos el asombro.
Una florecilla de papel que se abre como por arte de magia...
En una noche como aquella, después de haber tenido que descolgar de la cuerda a un cadáver, los nervios de De Vincenzi vibraban hasta el límite.
Pero se contuvo. Si existía algún medio para que aquel levantino astuto y mentiroso revelara alguna verdad esencial, no podía ser otro que dejarlo hablar a su modo, permitirle todas las comedias que quisiera.
Novarreno había dado un pequeño paso atrás y había vuelto a quedarse inmóvil.
El comisario esbozó una sonrisa y fue a sentarse contra la pared.
—Siéntese. Creo que tendremos que hablar largo rato.
Un destello de sobresalto cruzó el rostro ceniciento del hombre.
—¿Aquí dentro?... —y miró alrededor; su mirada se detuvo en el cabecero de la cama—. Además, tengo un asunto urgente... una cita...
—¿A estas horas? ¿Bromea, Novarreno? Dentro de poco serán las tres de la madrugada. Siéntese, le digo, y hablemos tranquilamente. Yo no tengo prisa. No saldré de este hotel hasta que sepa quién mató a Douglas Layng... y lo haya arrestado, naturalmente...
—Pero ¿yo qué tengo que ver? Yo no sé nada...
—Por ejemplo, usted sabe que al joven lo mataron en esta habitación y que lo mataron exactamente a las doce y media.
¡Lo ha dicho usted! ¡Y solo usted sabe esto!
Apuesto a que... —Se levantó de un salto y apartó la manta y la sábana de la cama, descubriendo la gran mancha negruzca de sangre—. ...¡Mire! ¿Sabía usted también esto?...
El hombre ni siquiera retrocedió. Lívido e inmóvil, miraba fijamente el cabecero, más allá de la mancha... Solo los músculos de la mandíbula se le agitaban convulsivamente, como si él hiciera un esfuerzo formidable sobre sí mismo para dominarse.
—¡No sé nada! Lo he sentido nada más entrar en esta habitación, que aquí dentro habían matado a un hombre...
—¡Ah, claro!... Es usted nigromante, ¿verdad?... ¿Y la hora? ¿También la ha sentido, al entrar en la habitación?
—Sí —y no añadió nada más, ni siquiera intentó dar un sentido aparentemente lógico, encontrar una explicación, ilustrar con algún argumento, aunque fuera de charlatán, aquel absurdo.
¿Pero por qué había hablado? Que hubiera sido él quien matara no parecía posible, precisamente porque había hablado.
Por muy comediante que fuera, por muy invadido que estuviera siempre y en todo caso por la necesidad de causar impresión, de asombrar, no se podía admitir que el charlatanismo fuera en él más fuerte incluso que el sentido del peligro, que el instinto de conservación.
Y puesto que tampoco cabía considerar su adivinación nigromántica —ni siquiera queriendo explicarla como una hipersensibilidad nerviosa o como un fenómeno telepático— ¿qué quedaba?
—¿Dónde está su habitación, Novarreno?
—Al lado de esta... la puerta siguiente...
Quedaba, pues, simplemente esto: el levantino, a través de la delgada pared de aquella habitación, había oído cuando mataban a Douglas Layng, y ahora, tras haber cedido de forma impulsiva e irreflexiva al deseo de hacer alarde de su poder ocultista y adivinatorio, dudaba en hablar por miedo al asesino.
Por tercera vez, De Vincenzi ordenó secamente:
—¡Siéntese! —y el hombre se sentó en una silla junto a la cama, sin mostrar horror ni repugnancia alguna por las sábanas empapadas de sangre.
El comisario volvió a cubrir la cama: era él quien no podía soportar la vista—.
Escúcheme bien, Giorgio Novarreno. No se haga ilusiones de que voy a permitirle seguir con esta comedia.
Usted sabe algo, y lo que sabe debe decirlo.
No saldrá de esta habitación hasta que haya hablado. ¿Entendido?...
El hombre negó con la cabeza:
—No sé nada.
—¿Qué hacía y dónde se encontraba usted ayer, a las... doce y media?
Una sonrisa maliciosa fue la primera respuesta, y le salió espontánea. Luego habló despacio:
—¿Fui yo el único que le dio a usted la indicación de esa hora, o ya había situado usted más o menos el crimen precisamente en ese momento?
—¿Y si le dijera que mis cálculos y los del médico coinciden precisamente con su indicación?...
—Tendría que creerle; pero yo mismo me quedaría sorprendido, como ante un hecho sobrenatural.
Reflexione, se lo ruego... Si yo fuera el asesino o un cómplice, está claro que, aunque quisiera hacer teatro, como usted dice, habría indicado cualquier hora menos la del crimen, y en todo caso habría indicado una hora para la cual yo tuviera una coartada.
Así que, o cree usted que hablé movido por una fuerza ajena a mi voluntad, llámela telepatía, ocultismo, adivinación, tensión nerviosa de un organismo enfermo, lo que usted quiera, en fin...
y en tal caso trate de comprobar y corroborar con alguna prueba una indicación que podría ser totalmente errónea.
O bien cree usted que yo pueda de todos modos estar implicado en este crimen, y en ese caso no dé ninguna importancia a mis palabras, y no las considere sino como el intento de un culpable por desviar sus pesquisas y confundir sus ideas...
Era hábil. Dueño de sí, en cualquier caso. Sin duda debía de haber algo más detrás. Aquel hombre, actuando como actuaba, perseguía claramente un objetivo propio. Pero ¿cuál? De pronto De Vincenzi decidió cambiar de táctica y valerse de la astucia.
—Es justo —dijo—. Veo que no le falta lógica. Pero usted puede serme útil de todos modos, y confío en que no querrá negarme su colaboración...
—Por supuesto...
—¿Cuándo vio por última vez a Douglas Layng?
—Ayer por la mañana.
—¿A qué hora?
—Las tres de la madrugada. Cuando subimos juntos, para irnos a acostar...
—¿Quién más estaba con usted?
—No sé... Recuerdo solo que Layng y yo subimos juntos. Los demás nos habían precedido o nos seguían. El juego había terminado.
—¿Con quién había jugado el inglés?
—Con todos... Ya sabe que el bacará no es un juego cerrado. Llevaba la banca Donato Desatta, y el que quería, apostaba...
—¿Y el inglés?...
—El inglés, desde que había aprendido ese maldito juego, jugaba a la menor ocasión, como un desesperado... Cuando no podía de otro modo, al anochecer, era capaz de ponerse a jugar al bacará hasta con uno solo, él y otro más... jugaba incluso con las mujeres...
—Y perdía.
—Ya...
—¿Quién le había enseñado a jugar?
Novarreno no vaciló.
—Da Como... —y sonrió—. Da Como será el más afectado de todos por esta muerte...
Así que Carlo Da Como era quien le había ganado mil liras en una noche a Layng. Y se alojaba en una de las habitaciones del último piso... ¿Era posible suponer que hubieran preparado aquella trágica puesta en escena precisamente para él?...
—¿De qué hablaron usted y Layng, al subir las escaleras?
—De nada... Pocas palabras... lo que se puede decir, al irse a la cama después de haber pasado muchas horas encerrados en una sala... jugando...
Mentía. De Vincenzi sintió que mentía. Aunque no hubiera vacilado visiblemente antes de responder, la propia voz, a la que él había tratado de dar el tono de la indiferencia, lo habría delatado.
Pero ¿por qué? A algunas preguntas respondía con sinceridad, era evidente. Otras, en cambio, trataba de eludirlas.
—¿Dónde nació usted, Novarreno?
—En Adalia... en el golfo de Adalia... frente a la isla de Chipre... Turquía asiática... país desdichadísimo...
—¿Cuánto tiempo lleva en Italia?
—Desde el 14...
—¿Y durante la guerra?
—Viajé... por cuenta de su Gobierno.
Así que había hecho de espía, si es que decía la verdad. Sería fácil comprobarlo.
—¿Y ayer?... Cuénteme un poco su vida desde... digamos, las ocho de la mañana de ayer en adelante...
—Si usted quiere de mí alguna coartada comprobable, no espere tenerla. Precisamente porque no podía suponer que ocurriera todo lo que ha ocurrido, no tuve la precaución de procurármela...
—Antes de retomar este tema, veamos un poco... ¿Cómo se enteró de que habían matado a Douglas Layng?
—Ese jorobado lo gritó a todos. ¿Cómo no oírlo?
Yo estaba en el vestíbulo... Solo, en un rincón...
Yo, muy a menudo, me aparto, porque necesito pensar...
con libertad... Bardi pasó delante de mí, corriendo y gritando: ¡hay un ahorcado!
... O algo parecido... Fue un momento de pánico...
Mujeres que se desmayaban... sillas volcadas...
Alguien recobró la calma para ir a ver...
—¿Quién?
—Yo. Y fui yo quien llamó a la jefatura de policía...
—Entonces, usted vio al muerto... ¿Y bien?
—¡Y bien, nada!