El hostal de las Tres Rosas 7. #2
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7. #2

—Un momento —exclamó De Vincenzi con impaciencia—. ¿Cómo es posible que hicierais la limpieza, si ahí sigue, sobre la mesilla, la bandeja y la taza de café?

Los tres se volvieron a mirar aquellos objetos. Los tres dieron las más evidentes muestras de sorpresa. Durante unos instantes no respondieron. Luego Luigi se encogió de hombros:

—Se lo habrá hecho traer más tarde... por la tarde...

—¿Por quién? ¿Quién de vosotros recuerda habérselo llevado?

Ninguno de los tres recordaba haberlo hecho.

Las dos mujeres y el mozo afirmaban de forma tajante y con todo el acento de la verdad no haber visto al inglés en todo el día.

No, no habían vuelto a entrar en su habitación, no tenían motivo alguno para hacerlo.

¿Y por la noche? Sí, en algunas habitaciones las dos camareras iban, entre las ocho y las nueve, a preparar las camas para dormir; pero en la de Layng casi nunca, y en cualquier caso, no aquella noche.

De Vincenzi estaba a punto de continuar con las preguntas, cuando en la puerta apareció el agente al que había enviado a buscar el plano del hotel.

Llevaba unos folios en las manos. Parecía incómodo.

—¿Y bien? Déme...

El hombre le tendió los folios.

—Uno de los que están encerrados en la sala pide hablar con usted enseguida... Parece poseído, y se ha puesto a montar un escándalo tremendo, gritando que se trata de un auténtico secuestro... que él no tiene nada que ver con el crimen... que tiene una cita urgente...

—¿Quién es?

—No sé. Es un tipo flaco y desgarbado... negro como un abisinio...

Las dos mujeres se rieron.

—Es el de los «juguetes»...

—Es el vidente que predice el futuro.

De Vincenzi supo que se trataba de un representante de artículos de bazar de marca alemana, que llevaba en una maleta, siempre dispuesto a mostrar al primero que pasara sus asombrosos juguetes.

Patitos que flotaban sobre el agua, conchas que, puestas en un vaso, se abrían y florecían en ramas de coral, florecillas de campo que, al hincharlas, se convertían en cerditos rosados.

Pero lo que más había impresionado a las chicas eran las dotes nigrománticas del individuo.

Leía la vida en la palma de la mano —vidente, decían— y predecía el futuro.

Y también debía de ser hipnotizador, porque, «cuando miraba fijamente a los ojos a alguna mujer, esta se quedaba dormida».

De qué país era, ninguno de los tres sabía decirlo, pero todos coincidían en afirmar que italiano no era.

—Está bien —cortó De Vincenzi—. Que suba.

Y despidió abajo a las dos camareras y al mozo, convencido de que le habían dicho todo lo que sabían...

quizá... Quizá, porque la historia del café resultaba absolutamente inexplicable por el momento.

El joven había sido, sin duda, asesinado en su propia cama, en aquella habitación; pero ¿cuándo? Sani miró el reloj.

—Las dos —murmuró—. Yo me pregunto...

—¿Qué?

—Si podemos seguir teniendo a toda esa gente encerrada toda la noche en el comedor...

De Vincenzi se encogió de hombros.

—Están jugando... como todas las demás noches...

Una voz por las escaleras decía:

—El comisario está en el primer piso...

Se oyeron pasos que subían. Era el médico. Con el sombrero casi sobre los ojos, el cuello del gabán subido, la larga nariz aguileña asomando como un pico amenazante, tenía más que nunca el aspecto de un espantapájaros, tan largo como era.

—He terminado. Dé orden de que lo lleven al Monumental. Iré allí mañana por la mañana para la autopsia.

Se disponía a marcharse.

—¿No puede decirme nada más?

—¿Qué quiere que le diga? Lo han matado. El arma debe de ser un estilete largo y fino, y se lo hundieron hasta la empuñadura. La cuerda de la que colgaba dejó equimosis poco profundas, así que se puede deducir que, colgado de ese modo, estuvo menos de una hora.

—¿A cuándo se remonta la muerte?

—Habría que saber dónde tuvieron el cadáver hasta el momento en que lo colgaron.

Si el lugar estaba muy caldeado, entonces la rigidez cadavérica pudo haber sido más breve, y la flacidez secundaria, que en nuestro caso apenas había comenzado, puede haber aparecido a las quince o dieciséis horas de la muerte, mientras que normalmente se manifiesta a las veinticuatro.

—Suponga que lo hayan tenido en esta misma habitación, o en una parecida...

El médico gruñó en señal de asentimiento y miró a su alrededor.

—¿Y usted lo descolgó de la cuerda?

—Hacia las once y media de la noche, poco más o menos...

—Bien, yo diría que lo mataron hacia las nueve o las diez de la mañana. Ahí lo tiene.

Se dio la vuelta y desapareció. Sani se quedó mirando a De Vincenzi.

—A las once, la camarera y el mozo entraron aquí, ¡y el cadáver no estaba!

—Ya. Sigue, sigue. ¡No ha terminado!

—¡Eh!... A las once las sábanas no estaban empapadas de sangre...

—Ya. Y a las once no estaba la taza enjuagada sobre esa mesilla... Así que, según todo esto, que quizá sean certezas, a esa hora Douglas Layng no había bebido el narcótico y estaba todavía vivo.

—Y sin embargo, el médico no puede equivocarse en cuatro horas... Los fenómenos post mortem no son fenómenos que se puedan falsear.

—¡Hum!... Él mismo lo ha dicho: si lo tuvieron en un lugar caliente...

Miraba a su alrededor. Fue a tocar los elementos del radiador. Calientes, sí, pero no como para crear un ambiente abrasador. Abrió el armario: ropa y nada más. Buscaba y no encontraba. Sani lo seguía en sus movimientos, visiblemente desconcertado.

—Pero ¿qué buscas?

De Vincenzi no respondió. Siguió dando vueltas por la habitación. Se detuvo de golpe y olfateó el aire.

—La ventana estaba abierta, ¿verdad?

—De par en par.

—¡Ah!

Aquello podía ser la explicación. En tal caso, su hipótesis se sostenía.

Todo dependería ahora de encontrar, o no, en alguna otra habitación, lo que él había buscado en vano allí dentro...

Tiempo para sacar del hotel un objeto tan voluminoso no podían haberlo tenido...

A menos que... ¿Qué sabía él de lo ocurrido desde el momento en que descubrieron el cadáver hasta el momento en que Bianchi había llegado con sus agentes, incluso suponiendo que Bianchi hubiera cerrado inmediatamente todas las salidas?

—Aquí lo tiene, señor comisario.

El agente hacía pasar a un hombre esquelético, vestido todo de negro, con el rostro huesudo de un color ceniciento, ese color que adquieren las pieles cetrinas al palidecer. Los ojos, negrísimos, relucían desde el fondo de las órbitas hundidas.

—¡Ah! ¿Cómo se llama?

—Giorgio Novarreno.

De Vincenzi estaba a punto de seguir interrogándolo; pero el hombre alzó la mano derecha con un lento movimiento hierático, imponiéndole silencio. Se había quedado inmóvil. Solo con miradas rapidísimas rebuscaba por toda la habitación.

—En esta habitación han matado a un hombre —pronunció con voz cálida, armoniosa—. Exactamente a las doce y media de ayer. Aún queda mucha sangre aquí dentro...

Sani se sobresaltó. De Vincenzi no vaciló. Agarró a su subordinado por un brazo y lo empujó fuera de la puerta:

—Espérame abajo...

Cerró la puerta, giró la llave en la cerradura y se la guardó en el bolsillo; luego fue a plantarse delante del quiromántico, que había permanecido en su inmovilidad de iluminado:

—Nada de comedias —articuló, poniéndole una mano en el hombro—. Dígame todo lo que sabe, o lo inculpo ahora mismo como cómplice... o como autor del asesinato...