7.
—No es este un crimen de andar persiguiendo huellas dactilares, y además, si a estas horas telefoneo al Gabinete de Policía Científica, me toman por loco...
La ventana estaba abierta de par en par. Los dos, al entrar, se estremecieron. Fuera seguía lloviendo, y la niebla había entrado en la habitación, de modo que, cuando accionaron el interruptor, la luz de la bombilla apareció velada y abrió un halo brumoso.
—¡Cierra! ¿Adónde da esa ventana?
Sani la cerró deprisa:
—Al patio... —y masculló una imprecación entre dientes, porque delante de la ventana había una mesita pequeña, y al asomarse se había pillado un dedo entre los batientes.
Una camita blanca... Fue lo primero que vio De Vincenzi.
La manta y la sábana aparecían estiradas hasta cubrir la almohada; pero la cama no había sido rehecha.
Simplemente la habían tapado de ese modo.
Agarró el borde de la sábana y tiró. ¡Exactamente lo que esperaba!
Y sin embargo, nunca habría imaginado una visión tan horrible.
Dios, cuánto había sangrado aquel chico.
La sangre debía de haber empapado los colchones.
Un pijama blanco de dormir, metido en el fondo, bajo las mantas, aparecía también ennegrecido de sangre.
Se lo habían arrancado del cuerpo después de muerto y lo habían usado para taponar la herida y luego para secar y frotar el cadáver.
Volvió a cubrirlo deprisa. Ahora, el modo en que se había cometido el crimen resultaba más que evidente.
Pero ¿cómo no habían temido que alguien los sorprendiera, que entrara una camarera?
Si los cálculos del médico eran exactos, al joven lo habían matado la mañana de aquel día recién terminado, o en las primeras horas después de la medianoche del día anterior.
Comprobaría qué había hecho Layng la noche del 4 y hasta cuándo había permanecido en el comedor, jugando probablemente.
Le habían inoculado en la sangre la pasión por el bacará y lo estaban desplumando.
Mil liras de un solo golpe, para quien tiene que vivir con diez libras al mes, es sin duda una pérdida excesiva...
¿Quién había sido el beneficiado? Lo averiguaría, ¿y después?
Una cosa parecía segura: quien le había ganado el dinero no lo había matado.
No se estrangula a la gallina de los huevos de oro...
A menos que... Vaya: el joven Layng se hubiera dado cuenta de que tal persona hacía trampas, hubiera amenazado con un escándalo, exigiendo la devolución de su dinero, y aquel lo hubiera hecho callar para siempre.
La teoría podía parecer plausible. Plausible, pero absurda en este caso concreto.
No encajaba en absoluto con toda aquella macabra puesta en escena del ahorcamiento.
¡No, desde luego! Las cosas no debían de haber sucedido de forma tan sencilla, y el móvil del crimen no podía ser ese.
De Vincenzi divagaba. Retomó el hilo. Layng, pues, había sido asesinado en una hora imprecisa de la mañana del lunes, en cualquier caso no más tarde de las primeras horas de la tarde, incluso suponiendo que el médico se hubiera equivocado bastante.
Bien, ¿cómo habían podido mantener el cadáver oculto en aquella habitación sin que nadie lo descubriera?
¿Era posible creer que durante todo el día la camarera no había entrado, que nadie había notado la desaparición del joven ni había ido a buscarlo?
No había bajado a desayunar... no lo habían visto como de costumbre, ¡y a nadie le había preocupado!
Pero incluso admitiendo que esto hubiera ocurrido de verdad, ¿cómo podía el asesino calcular de antemano que ocurriría, y estar tan seguro como para arriesgar el golpe?
La mirada de De Vincenzi se posó sobre una pequeña bandeja con una taza vacía y una cucharilla.
Le habían llevado el café a la habitación...
Cogió la taza en la mano y frunció el ceño.
La habían lavado con esmero. Ni rastro de su contenido.
¿Entonces? Entonces, en el café habían vertido un narcótico o un veneno.
Sencillamente. Y el asesino había tenido el cuidado de enjuagar la taza.
Precaución superflua, por lo demás. La autopsia...
Sani estaba rebuscando en la maleta, en el baúl, en los cajones.
Nada de interés. Era muy ordenado. Ropa interior de persona acomodada.
Un neceser de aseo de plata... —Mire cómo guardaba las cartas que recibía...
—Y señalaba, en el primer cajoncito de la cómoda, un paquetito de cartas, todavía en sus sobres, atadas con una cinta.
Las cogió y las examinó—. Vienen de Inglaterra. Serán de sus padres...
—Las veré luego... —dijo De Vincenzi y pulsó el botón del timbre.
Sani lo miró con extrañeza:
—¿Quién quieres que venga? Están todos encerrados en la sala, vigilados por los agentes...
—Tienes razón. Ve a buscar a las dos camareras... y al mozo... Supongo que también hay un mozo en este hotel...
Sani salió y dejó la puerta abierta. De Vincenzi lo siguió al pasillo.
Aquí, al menos, las lámparas daban una luz clara.
El pasillo giraba en ángulo al fondo. Contó dos puertas del mismo lado que la habitación número 5 y cuatro del lado opuesto.
La fila de puertas continuaba en el otro tramo.
Justo enfrente de la número 5 estaba la número 1.
Al lado, la número 6. La numeración seguía hasta la 4 en el lado derecho y volvía a empezar con la 5 en el lado izquierdo.
Avanzó hasta el rellano, se asomó a la barandilla y llamó al agente que estaba de guardia al principio de la escalinata.
—Que la dueña le dé un plano del hotel con los nombres de quienes ocupan cada habitación. ¿Entendido?
—Sí, comisario.
Sani volvía, seguido de las dos camareras y del mozo.
De Vincenzi regresó a la habitación donde habían matado a Layng.
Los demás lo siguieron. Las camareras eran dos mujercitas macilentas, amarillentas, sin edad, casi sin sexo.
Hermanas, había dicho el dueño, y del mismo pueblo que su esposa.
Se veía que venían del campo. Entraron en la habitación despacio, con recelo, casi empujadas por el mozo moreno y corpulento, que las seguía en mangas de camisa y con el delantal azul a rayas.
—De vosotras dos, ¿cuál sirve en este piso?
—Las dos —respondió la más alta, que tenía una nariz larguísima, amarilla como el pico de un pato—. Este es el único piso que hacemos...
—¿Y las habitaciones de arriba?...
—¡Oh, esas!... las hacemos cuando terminamos abajo... también por la noche, a veces...
—Así que ayer por la mañana estabais las dos en este piso.
—Los tres... —terció el mozo—. Yo también, con ellas. Hacemos las habitaciones juntos.
—¿Quién lleva el café a las habitaciones?
—El que le toca. Cuando llaman, el que de nosotros esté más cerca de la habitación responde...
—Recordad bien. ¿Quién de vosotros tres le llevó el café a esta habitación, al señor Layng, ayer por la mañana?
Las dos chicas se miraron; pero no vacilaron.
—Ella —dijo la primera que había hablado.
—Yo —confirmó la otra.
—¿A qué hora?
—Serían las ocho.
—¿Había llamado?
—Sí.
—¿Cómo lo encontrasteis?
—En la cama, como de costumbre.
—¿Estaba despierto?
—Claro. Me dijo que abriera los postigos.
—¿Todas las mañanas llamaba a las ocho?
—Sí...
—Vosotras cogisteis el café abajo... ¿dónde?...
—Pues... en el mostrador. Mario prepara los cafés con la máquina, según se los vamos pidiendo.
—¿Y lo llevasteis directamente aquí?
La mujer pareció desconcertarse. No entendía qué tenía que ver aquella historia del café.
—Sí... claro...
—¡Piénselo bien! Usted cogió el café de manos de Mario y lo trajo aquí...
—Pues sí...
—¿Está segura?
La hermana y el mozo la miraban. Tampoco ellos entendían.
—Segura... ¿Qué quiere decir?...
—Quiero decir si está usted absolutamente segura de no haber dejado la bandeja en ningún otro sitio antes de traérsela al señor Layng... si no la llamaron a alguna otra habitación...
—Me parece que no... Recuerdo que llevaba dos bandejas... Una con un completo y un negro para el número 1, y la otra con el negro para el número 5...
—¿Y bien?...
—¡Ah, sí!... Dejé la bandeja del número 5 sobre la mesa del rellano, ahí fuera, y entré en el número 1... Luego volví a coger la bandeja y vine aquí...
—¿Cuánto tiempo estuvo en el número 1?
—Pocos minutos... El tiempo de abrir las ventanas... de darle la taza de café al señor y de poner la bandeja con el completo en la mesilla de la señora.
—¿Quién está en el número 1?
—Un periodista con su esposa...
El interrogatorio continuó cerrado. Las dos mujeres y el hombre hablaban con evidente sinceridad.
Pero no sabían nada. La bandeja con el café, por tanto, había quedado unos minutos sobre la mesa del rellano.
¿Fue en ese momento cuando el asesino, o un cómplice, le echó el somnífero?
¿Un somnífero o un veneno? El veneno quedaba descartado, porque de lo contrario no habría hecho falta recurrir al puñal.
¿Habían visto salir al inglés de la habitación? No, ninguno de los tres lo había visto.
—¿Y cómo es que ninguno de vosotros entró en esta habitación a limpiar?
—Pero si entramos, señor —exclamó la hermana más alta, que debía de ser también la mayor.
De Vincenzi se sobresaltó.
—¿Entrasteis? ¿Quién de vosotros?
—Yo —repitió la mujer—, y Luigi...
El mozo asintió.
—¿A qué hora?
—¿Cómo quiere que lo sepa? Serían las once...
o más tarde... seguro que antes de mediodía...
Habíamos terminado con todas las demás habitaciones...
La puerta del número 5 estaba cerrada...
Llamé, luego abrí... la habitación estaba vacía.
Hicimos la limpieza y nos fuimos, cerrando la puerta de nuevo, como siempre...
Si aquellos dos no mentían —y era poco probable que mintieran—, a las once Douglas Layng todavía no había sido asesinado. Pero en tal caso...