6. #3
Porque De Vincenzi había decidido no dar tregua a toda aquella gente, ni un instante.
Quizá empujara a alguno hasta la locura —pues el círculo en que se movían ya estaba al rojo vivo, y el ambiente exasperado hasta el calor blanco—, pero él descubriría la verdad.
A cualquier precio. En el hueco de la puerta había aparecido un joven de aspecto atlético.
Hombros anchos y cuadrados, cintura estrecha, piernas hercúleas.
El traje gris claro, de buena tela peinada, le dibujaba las formas, les daba plasticidad.
La corbata era roja, de un bello rojo llama.
El rostro, de rasgos regulares, marcados con fuerza, resultaba enseguida vulgar.
El bigotito negro estaba recortado corto.
Se había detenido en el umbral, y miraba el vestíbulo con una sensación de asombro leve pero evidente.
Se volvió hacia el comedor, y luego escrutó el rostro plácido e impasible de la señora Maria.
Como si no hubiera sacado ningún sentido de aquella observación, se encogió ligeramente de hombros y avanzó.
De Vincenzi lo miraba. Sani dio un paso hacia él para retenerlo, y el agente que vigilaba junto a la puerta acristalada levantó una mano.
Entonces el joven se detuvo de nuevo. Miró fijamente al subcomisario.
—¿Perdón?
—¿Adónde va?
Respondió en italiano defectuoso, con un fuerte acento yanqui:
—A acostarme...
—¿Quién es usted?
Sonrió.
—¿Policía?
—Precisamente.
—Nicola Al Righetti...
Sani, que había hecho la pregunta, se volvió hacia De Vincenzi, esperando.
—Mister Al Righetti, ¿quiere sentarse aquí conmigo unos minutos? Charlaremos...
¿Por qué había adoptado su tono más amable y bonachón?
Y sin embargo, aquel joven fornido no le gustaba nada.
Uno de los cinco de la lista que le había proporcionado Bianchi.
Al Righetti se acercó a la mesa, agarró la silla donde se había sentado el jorobado Bardi, la levantó, la apartó un poco, se sentó.
—Es muy desagradable molestar a los clientes de un hotel... sacarlos de sus costumbres... Pero es necesario. ¿Se ha enterado?
—¿De qué?
—Seguro que se ha enterado, ¿verdad? De un asesinato.
El otro lo interrumpió.
—¿Se trata de un asesinato? Si cree que dando rodeos me hará caer en alguna trampa, puede ahorrarse la molestia...
Yo no sé más que esto: estaba comiendo tranquilamente ahí dentro, yo me hago servir en la sala de billar para estar más tranquilo, oí gritar...
caer platos... volcarse sillas... Pensé que era alguna pelea entre clientes y no me moví...
Pietro... el camarero... me dijo que había un ahorcado...
Ese joven inglés... Y que había venido la policía...
Yo terminé de comer, y ahora he salido de la sala de billar para irme a la cama. Eso es todo.
—Ah... naturalmente. Si eso es todo, lo que usted sabe no puede sernos de mucha ayuda... ¿De dónde viene usted, mister Al Righetti?
—De París. Quiero decir: de Nueva York... Pero desembarqué en Marsella y luego pasé unos días en París. De París, vía Ginebra, a Milán...
—¿Y por qué Milán?
—¿Y por qué no Milán?... Me gusta Italia.
—¿A qué se dedica? Quiero decir, ¿cuál es su profesión?
—Ninguna. —Se tomó un momento. Se frotó las manos con vehemencia. Sacó la cartera y mostró un fajo de billetes de banco—. ¿Ve? —Guardó de nuevo la cartera, arrojó el pasaporte sobre la mesa, delante del comisario—. El pasaporte está en regla. Dinero tengo. ¿Qué más necesita?
De Vincenzi cogió el pasaporte y se lo pasó a Sani.
—Guárdalo con los demás que recojamos. —Luego se volvió, muy afable, hacia el americano—: Ciertamente, todo esto bastaría, si en el hotel donde usted se aloja no se hubiera cometido un asesinato...
—¿Qué tengo yo que ver con el asesinato?
¿Cómo iba a tener algo que ver? Yo bajé de mi habitación a las diecinueve horas y me quedé en esta sala hablando con mister Da Como...
uno de los huéspedes... hasta las veinte, más o menos.
A esa hora salí, porque suelo cenar tarde, y me fui a la Galería, al bar Biffi...
Allí me conocen todos, y usted puede comprobar mi afirmación...
Me quedé en el bar hasta las veintidós, más o menos...
Entré aquí, me dirigí enseguida a la sala de billar, pedí de comer y...
a causa de la interrupción provocada precisamente por...
aquel incidente, he terminado de cenar solo en este mismo momento...
¿Cómo podría haber matado al joven Layng?
¡Dígamelo usted! ¡Mi coartada es de granito!
Y hablaba de coartadas... Aunque no hubiera sabido, por la información recabada por Bianchi, que Al Righetti residía habitualmente en Chicago, lo habría supuesto por su manera de encarar un interrogatorio policial.
—¿Y desde las once de esta mañana hasta las siete, qué hizo?
—¿También quiere saber eso? —Pero había algo más que asombro en su voz—.
A las once estaba en mi habitación durmiendo...
o casi. Estaba en la cama, en resumen. Bajé pasadas las doce, comí, y salí sin volver al hotel hasta las dieciocho...
Puedo darle también una coartada para esas horas, si la necesita...
Había recuperado su seguridad, si es que alguna vez la había perdido.
—¿Conocía a Douglas Layng?
—¿Conocerlo?... Lo había visto aquí, en el hotel, naturalmente... Quizá también le había hablado alguna vez... ¡Nada más!
—Está bien... Puede bastar, por ahora... Vaya a descansar...
El hombre se levantó.
—Una de las cosas que más detesto es que me despierten en pleno sueño...
—Procuraremos dejarlo tranquilo... hasta mañana...
—Gracias.
Cuando estuvo delante de la escalinata, la voz del comisario lo alcanzó:
—Mister Al Righetti, ¿conoce usted al abogado Flemington?
Se volvió. Rio en voz baja.
—Bravo... ¡La pregunta insidiosa, precisamente al final! Pero yo ni siquiera he oído nombrar nunca a ese... abogado Flemington suyo...
Y empezó a subir despacio, desapareciendo tras el primer rellano.