6. #2
La pregunta pareció ser la última que el jorobado esperaba en ese momento.
¿Por qué había subido allí arriba? Su palidez parecía ceniza.
Tenía la nariz fina, afilada, tan diáfana en las aletas que parecía de membrana transparente.
Y las aletas de la nariz le palpitaban deprisa.
Pero lo que le daba a su rostro un aspecto cómico e inquietante a la vez era la ausencia total de pestañas, de modo que los ojos grises, inquietos, parecían salir de dos agujeros y no tenían apoyo, estaban desnudos.
Todo su rostro, por lo demás, daba la impresión de una desnudez casi obscena, de tan lampiño, surcado de arruguitas diminutas en las sienes y en las comisuras de la boca.
—¿Por qué he subido allí arriba?... —jadeaba, debía de sufrir también de asma, como casi todos los que tienen deformada la caja torácica—.
Quería... No es ningún delito, que yo sepa, subir allí arriba...
Quería... —Buscaba, buscaba desesperadamente, sin encontrarla, una mentira aceptable.
Astuto lo era; en condiciones normales seguro que no habría dudado tanto; pero el golpe recibido había sido violento. Lo había desbaratado por completo.
—Señor Bardi, en este hotel están ocurriendo hechos muy extraños... ¿Esperaba usted encontrar un muerto al subir allí arriba?...
—¿Pero qué dice?
—¿Un muerto o... una muerta?
—¿Pero qué dice?
¿Era terror aquella luz que le bailaba en las pupilas, o solo asombro indignado?
—¿Conocía bien al joven Layng?
Un gesto vago.
—Hablaba poco. También porque todavía no sabía expresarse correctamente en italiano. Y además, desde hacía unos días no hacía más que jugar... Le habían enseñado el bacará, y la pasión por el juego se apoderó de él...
—¿Perdía?
—Mucho... demasiado...
—¿Tenía dinero, entonces?
—¡Pobrecillo! Desde Londres le mandaban diez libras al mes...
Eso me había dicho. Era un chico ordenado.
Vigilaba hasta el último céntimo. Preguntaba el precio de cada plato antes de pedirlo.
Era evidente que se encontraba por primera vez lejos de su familia, de su...
madre... Y debía de haber recibido una buena educación...
tenía sanos principios morales... Luego...
Se interrumpió. Se humedeció los labios con la lengua.
—Continúe.
—La otra noche perdió más de mil liras...
—¿Y pagó?
—Al día siguiente, con un cheque contra el Banco Comercial. A mediodía bajó a la sala con el cheque en la mano. Antes de entregarlo, le preguntó a su acreedor si... si sería posible que se conformara con la mitad... Tenía la garganta cerrada, y parecía estar a punto de llorar...
—¿Y el acreedor?
—Le respondió que en Italia las deudas de juego son deudas de honor, y que el honor no se regatea. ¡Imbécil!
Estaba indignado. Las manos simiescas, larguísimas, de muñecas demasiado finas, le temblaban.
—¿A quién le dio el cheque?
Bardi vaciló. Volvió la mirada hacia De Vincenzi. Esbozó una breve sonrisa burlona.
—¿Tiene esto algo que ver con el asesinato? Pregúnteme sobre lo que se refiere al crimen. Lo demás no estoy obligado a saberlo... ni a decírselo.
Tenía una mueca cruel, sardónica.
—Lo sabré de todos modos, aunque usted no me lo diga...
—Puede ser. Es fácil. Pero si se lo revelo yo, dirán que soy un chismoso. Ya me acusan de ser una vieja cotilla. Y además, ¿por qué habría de ayudarlo a conocer los asuntos de toda esta gente, precisamente yo? Pídales sus antecedentes penales... Aprenderá muchas cosas...
Reía. Parecía un niño malo que hace travesuras.
Quizá, si De Vincenzi no le hubiera formulado esa pregunta, él mismo habría dicho el nombre.
Se conmovía por el muerto, porque estaba muerto; pero a los vivos los detestaba, él, que era jorobado y se encontraba en una situación de inferioridad, y debía soportar a cada instante una humillación por parte de sus semejantes.
—¿Aprenderé también que aquí dentro se reúne una pandilla de intoxicados y de degenerados?
Sostuvo la mirada del comisario, sin bajar los ojos.
—No sé qué quiere decir...
Lo sabía, en cambio. La carta era suya, sin duda.
—¿Ni siquiera sabe que en este hotel el diablo se ríe en cada rincón?...
Se encogió de hombros.
—Palabras... —Pero temblaba.
—Señor Bardi, quien oculta a la justicia lo que sabe se convierte en cómplice de los culpables, y es susceptible de graves medidas preventivas y coercitivas.
—¿Y usted qué sabe de lo que yo sé?
—¿Había alguien aquí con quien Douglas Layng tuviera una amistad particular?
—¿Se refiere a su asesino? Si yo pudiera imaginar quién lo mató de esa manera...
—¿Cómo cree usted que mataron a ese joven?
—¡Ahorcado, qué diablos! Lo he visto.
—Usted vio un cadáver colgando de una cuerda. Pero a Douglas Layng lo mataron de una puñalada por la espalda. Han colgado un cadáver, y lo han colgado al menos quince o dieciséis horas después de la muerte.
—No...
Pareció desmoronarse. Se llevó las manos a la cara. Temblaba entero.
—Es horrible... ¡Ah!...
No fingía. De Vincenzi se levantó y fue a colocarse a su lado.
—Sí, es horrible. Por eso debe usted ayudarme a descubrir al asesino. ¿Quiere que se cometa otro crimen aquí dentro? Dígame todo lo que sabe...
Se puso en pie de un salto. Tendía las manos hacia delante, como para defenderse.
—¡No sé nada! ¡No sé nada!... —gritaba. La voz, habitualmente fina, frágil, ahora, más aguda, sonaba quebrada, estridente—. ¡No sé nada!... ¡Déjeme tranquilo, por favor!
Corrió hacia el comedor y fue a refugiarse de nuevo en aquel rincón lejano, cerca de la mesa de los jugadores de piquet.
—¿Quieres que vaya a por él? —preguntó Sani.
—Déjalo. Hablará antes de que amanezca.