6.
E l reloj de péndulo del comedor dejó oír una campanada sonora.
Había comenzado un nuevo día hacía media hora.
De Vincenzi se había sentado en el diván de mimbre, bajo la pantalla rosada.
Sobre la mesa había encontrado un periódico y lo había doblado en cuatro delante de sí.
Entre los dedos sostenía un lápiz corto, de plata, de minas retráctiles, y jugueteaba con él, golpeando la punta contra el periódico.
Los agentes que Bianchi había dejado a su disposición eran cuatro, y vigilaban las puertas del vestíbulo.
Sani, de pie ante el comisario, se volvía de vez en cuando a observarlos.
—Hazme venir aquí al dueño del hostal... —dijo De Vincenzi; pero enseguida se levantó de golpe—: ¡Espera! —y fue hacia la puerta del comedor, la abrió y entró.
La señora Maria estaba tras el mostrador, plácida, blanca, hermética. Lo vio llegar con sus grandes ojos claros y apenas apretó los labios. De Vincenzi avanzó, abarcando con una mirada rápida el círculo de mesas.
Estaban todas ocupadas. Y vio que en casi todas ellas los hombres jugaban.
Y sin embargo no se oía el sonido de una sola palabra.
Las cartas caían sobre el tapete verde y eran recogidas por autómatas mudos.
Una mujer de luto, con los codos apoyados en la mesa, tenía la mirada fija al frente.
De Vincenzi vio a otras mujeres. Y todas parecían alucinadas, de tan brillantes y desorbitados que tenían los ojos.
El aire de la sala estaba impregnado de humo.
Pero también de terror. De un terror viscoso, imponderable, que pesaba sobre todos.
Y, oprimidos, todos callaban mientras jugaban.
De pronto se alzó una voz profunda y ronca:
—Una quinta y cuatro reyes...
Todos se volvieron. La voz había salido de una mesa de rincón, donde dos hombres se enfrentaban con un abanico de cartas en las manos, y un tercero, sentado a un lado, tenía un cuaderno delante y hacía sumas.
—He dicho una quinta de diamantes y cuatro reyes... ¿Cómo? Buena, ¿verdad?
Era un personaje elefantesco. Una cabeza puntiaguda, en forma de pan de azúcar, encajada entre dos hombros redondos, como un baúl.
El cuerpo enorme, sentado ridículamente en una silla demasiado pequeña para él, parecía encorvado, compacto, apelmazado.
De Vincenzi lo veía de perfil. El hombre miraba fijamente las cartas con sus ojillos pequeños, legañosos, bajo el gran mechón grisáceo de las cejas.
Las orejas tenían pesados lóbulos rosados, que parecían carúnculas, y la nariz se perfilaba imponente sobre los labios amoratados.
Se hubiera dicho que lo habían modelado en arcilla gris puesta a secar al sol.
Ahora había empezado a dejar despacio las cartas, una tras otra, y acompañaba el gesto con un soplido ruidoso, adelantando los labios en cada resoplido.
Frente a él, su adversario mostraba una mala sonrisa burlona en los ojos claros y en los labios carnosos.
Volvió el silencio. Y, sin embargo, durante algunos instantes más, todo alrededor quedó inmóvil.
Parecía que la máquina de proyección se hubiera detenido y que las figuras en la pantalla hubieran quedado a mitad de un gesto: un pie levantado, una mano tendida, un rostro ladeado de tres cuartos.
Luego alguien respiró hondo y las figuras se movieron.
La máquina había reanudado su marcha. De Vincenzi giró sobre los talones y volvió al vestíbulo.
—Hazme venir al dueño del hostal...
Virgilio temblaba y se agitaba de forma desordenada, tratando de vencer el pánico. Con los ojos redondos, que le saltaban de la cabeza, miraba al comisario con expresión lastimera.
—¿Cuánto tiempo llevaba Douglas Layng en su establecimiento?
—Un mes... un mes...
—¿Qué habitación?
—El número cinco, en el primer piso.
—¿Comía en el hotel?
—Sí.
—Y hoy, o mejor dicho ayer ya, puesto que la medianoche ha pasado, ¿bajó a desayunar aquí?...
El hotelero se dio una palmada en la frente.
—¡Pero claro! Ahora me hace pensar. Hoy no bajó a desayunar.
Su mesa quedó vacía. Se lo dije a mi mujer, de hecho, y ella me respondió que muy probablemente había ido a visitar algún pueblo de los lagos.
En conversaciones de días pasados, recuerdo que había mencionado excursiones que quería hacer...
No pensaba quedarse en Italia más que unas semanas, y quería ver todo lo posible. Sí, ahora lo recuerdo perfectamente...
—Así que ni usted ni su mujer se tomaron la molestia de mandar a comprobar si a esa hora seguía en su habitación.
—No... Es verdad, no lo hicimos. Pero ¿cómo íbamos a pensarlo?... Además, ¿no lo mataron esta misma noche?
De Vincenzi continuó con las preguntas:
—¿Su mujer lo vio salir por la mañana?
—No lo sé... No creo. Me lo habría dicho...
Más adelante interrogaría también a aquella mujer marmórea, sentada allí detrás del mostrador. Le haría perder un poco de su imperturbable placidez, si fuera necesario. Ahora, mejor terminar con este:
—¿Quién vive en las habitaciones del último piso?
—¿Se refiere... a donde se encontró al...?
—Naturalmente.
—¡Ah! En la del fondo, Carlo Da Como... en la primera, el señor Engel...
—¿Un extranjero?... —y pensaba en la muñeca.
—Sí... no... Quiero decir, debe de ser alemán, pero lleva muchos años en Italia...
—¿Y ese Carlo Da Como?
—Milanés... Tiene aquí a su familia... Era rico... Ahora...
—¿Ahora?
—Va tirando... Pero es un hombre honrado... Está buscando un empleo... el señor comendador Besesti le ha prometido un puesto en su banco...
—¿Están estos dos ahora en el comedor... ahí dentro?
—Sí... están jugando... ¿Los ha visto? Los que juegan al piquet. Son tres, con el capitán Lontario... Un mutilado de guerra. Persona de verdad decente... viene todas las noches... vive con su madre... ¡Ah, todo un caballero!
—¡Deje al capitán! ¿Y en las otras dos habitaciones?
—¿Cuáles? Ah, sí. En la primera duerme Mario... el trajinante... ese que está detrás del mostrador... En la otra, las dos camareras. Son hermanas. Del mismo pueblo que mi mujer.
—¿Quién descubrió el cadáver?
—Bardi... El jorobado Bardi. Vende relojes.
Vive en este hostal desde hace diez años, por lo menos...
Yo, cuando me hice cargo del negocio, ya lo encontré aquí...
Él se considera de la casa, aunque a mí a veces su curiosidad me molesta un poco.
No es que quiera decir nada malo... pero...
El caso es que con los antiguos dueños era casi de la familia...
—¿Dónde se aloja?
—En el número diecinueve. Al fondo del segundo pasillo.
—¿Y cómo se le ocurrió subir hasta el último piso? ¿Qué motivo tenía para ir allí arriba?
—¿Motivo?... —El hombre sonrió a su manera húmeda y untuosa—. Pero si él nunca necesita ninguno para meter las narices en todas partes... Quién sabe cómo se le metió en la cabeza subir hasta allí... Conoce todo lo que pasa en este hostal... Se le habrá ocurrido espiar a las camareras...
Así que el jorobado conocía todo lo que pasaba en el hostal. «El diablo se ríe en cada rincón...»
—¿Tiene máquina de escribir ese Bardi?...
—¿Cómo lo sabe? Sí que la tiene, en efecto.
—¿Y es el único, en el hotel, que la tiene?
—No podría decírselo con seguridad. ¿Sabe?
Yo me ocupo sobre todo del restaurante. Es mi mujer la que vigila las habitaciones.
Puede preguntárselo a ella o a las camareras.
Que Bardi tiene la máquina... una máquina viejísima, por cierto, en la que solo él es capaz de escribir...
eso sí lo sé, porque a veces me escribe cartas también a mí...
Tal vez esto pudiera ser un dato adquirido.
Fácil de comprobar, además. Incluso de inmediato.
La carta anónima la llevaba en el bolsillo.
Pero se contuvo. Era un dato importante solo en el caso de que Bardi consintiera en contarlo todo cuanto sabía.
Y quizá hablaría con más facilidad si creía que nadie le atribuía la autoría de aquella extraña misiva.
Y, después de todo, ¿por qué la había escrito?
Ah, dado el tipo, ni siquiera hacía falta buscarle una razón.
Una mujer histérica, había pensado él de inmediato.
Y si de verdad la carta la había escrito aquel desdichado, no se había equivocado mucho. Miró fijamente al hotelero.
—En su hotel se juega toda la noche...
—¡Oh! Somos todos una familia. Un juego de poco dinero...
—¿Ah, sí? Ya hablaremos después de su juego de poco dinero... Váyase, por ahora, y mándeme al señor Bardi...
Virgilio se balanceó un poco sobre las piernas, como tomando impulso para moverse...
—No pensará hacerlo, ¿verdad?... Si me hace cerrar el hotel, me arruina.
—Váyase, le he dicho.
El hombre se movió. Más que nunca, parecía que los ojos se le fueran a salir de la cabeza.
A través de la puerta acristalada, De Vincenzi lo vio entrar en la sala y dirigirse hacia el fondo.
Solo dos clientes vivían allí arriba. Carlo Da Como y Vilfredo Engel.
La macabra puesta en escena estaba, pues, reservada a uno de los dos.
¿A cuál? Lentamente, arrastrando las piernas, desproporcionadamente largas para su cuerpo, que era el de un niño, el jorobado Bardi llegó hasta la mesa de mimbre y se detuvo en el círculo de luz de la lámpara rosada.
—Siéntese —dijo De Vincenzi con afabilidad. Bardi se sentó de inmediato. Debía de sentir las piernas flojas—. Usted vio el cadáver antes que nadie y dio la voz de alarma, ¿verdad?
—Sí.
—¿Por qué había subido hasta allí arriba?... Su habitación está en otra parte del edificio...