El hostal de las Tres Rosas 5.
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D e Vincenzi esperó arriba a que llegaran de la Casa de Socorro el médico y el enfermero.

Firme en el rellano, con la cabeza a pocos centímetros de aquel lazo, envarado en el silencio, imponiendo a sus nervios, por pura voluntad, que no se rebelaran ni cedieran a un desmoronamiento repentino, lentísimamente, con método, casi ofreciendo los poros de su cráneo a la ósmosis de la atmósfera, de la luz, de las vibraciones imperceptibles que emanaban de cada objeto, trataba de absorber el ambiente.

En ese mismo lugar donde él se encontraba en ese momento había estado colgando, durante unas horas —¿desde cuándo?

—, el cadáver de Douglas Layng. Y en ese mismo espacio de suelo se había movido el asesino.

El nombre del asesinado se lo había dado Bianchi en su primera llamada telefónica, y no se había vuelto a pronunciar después.

¿Quién era Douglas Layng? ¿Por qué aquel joven inglés, en apariencia tan afeminado, delicado, nórdico, había venido a hacerse matar a Italia?

Miró hacia la habitación donde habían depositado el cadáver y vio a Cruni, que parecía haber echado raíces delante de la puerta abierta.

Rechoncho, cuadrado, con el torso demasiado grande para las piernas demasiado cortas, el brigada miraba a su alrededor con lenta circunspección, en absoluto impresionado por el cadáver, por el silencio, por aquella luz rojiza que abría grandes remolinos de sombra en torno, en los rincones, por las escaleras, bajo el arco que daba al pasillo.

De Vincenzi volvió la cabeza enseguida, porque la vista de su subordinado, viviente personificación del oficio —de su oficio, pues—, lo distraía de lo que se había propuesto.

También la puerta de la habitación de Engel había quedado abierta, y más allá del arco, más allá del rectángulo vacío que dejaba la hoja sin cerrar, en el fondo oscuro vio un resplandor luminoso.

¿Qué luz ardía allí dentro? ¡Ah, sí! Debían de ser los ojos de la muñeca...

Ahora sí que estaba desvariando. ¡No podía brillar así el cristal de los ojos de una muñeca!

Pero entonces... ¿entonces?... El espejo, ¡qué diablos!

El espejo colgado encima de la cómoda, que reflejaba la luz de la bombilla del rellano.

Un espejo está siempre presto a recoger cualquier vibración del ambiente que lo rodea.

Ahora, también él —y no lo sabía— vivía dentro de aquel espejo.

Qué testigo tan terrible, un espejo. Aquel lo había espiado, había captado también su propia figura y reflejaba su imagen en la oscuridad de aquella habitación, donde una muñeca sonrosada apoyaba sus hombritos en las almohadas y tenía las piernecitas un poco torcidas a la altura de las rodillas...

Y dentro de aquella otra habitación, al fondo del pasillo, los pura sangre de Vernet galopaban sobre el muro con sus jinetes de aire simiesco a lomos.

Todo sigue viviendo en la oscuridad, aunque nosotros creamos que todo ha muerto.

¿Vivía, pues, aquel cadáver en la oscuridad?

¿En qué espejo de luz se reflejaba?... ¡Un asesinato!

Y con aquella puesta en escena atroz, de pesadilla.

Era el primero. ¿Sería el único? La sensación de un peligro enorme, gigantesco, envolvió a De Vincenzi.

Se lo habían escrito: el diablo se ríe en cada rincón.

Tendría que luchar contra el diablo. Sacarlo de su escondrijo, darle caza...

Una voz resonó desde el pie de la escalera. Alguien subía con el roce de las suelas sobre los peldaños. El médico y el enfermero. De Vincenzi sacó el reloj: las once y cincuenta.

—Doctor, hay un cadáver ahí, sobre esa cama.

Todavía no ha venido el juez instructor.

Puede que no venga hasta mañana. No sería lo reglamentario, pero necesito de forma absoluta que usted sepa decirme cuanto antes cómo ha muerto.

Necesito de forma absoluta que le arranque a ese cadáver los secretos que esconde y que la ciencia puede desvelar.

Todos. Cómo lo mataron, desde cuándo... Puede desnudarlo.

Es más, desnúdelo, y hágame entregar enseguida la ropa.

El médico lo escuchaba, con la mirada fija en la cuerda que colgaba.

Era un hombre alto y espantosamente flaco, tanto que parecía disecado.

Un rostro largo, caballuno, con la piel tirante sobre los pómulos salientes y dos ojillos pequeños que brillaban como topacios.

Detrás de él, el enfermero, con bata blanca bajo la capa de vuelo, que se le había abierto al subir las escaleras, se frotaba las manos para calentárselas.

Tenía un gran mechón de pelo rojo sobre la frente.

—Sí —continuó despacio De Vincenzi, con otro tono de voz, tratando de no dar él mismo demasiada importancia a la monstruosidad que estaba a punto de revelar—, ...

lo han ahor... lo han colgado con la cabeza en ese lazo...

después de muerto. Tenga eso también en cuenta, doctor.

Le habían pasado la cuerda por debajo de la barbilla y por detrás de las orejas...

De Vincenzi precedió a los dos hombres hacia el cuartucho lúgubre.

El médico dio unos pasos y llegó hasta la cama.

Una mano huesuda, blanca, se posó sobre los párpados cerrados del cadáver, sobre la frente, y bajó de golpe a tocar con dedos como tenazas las rodillas, los tobillos, y volvió a subir a presionar el vientre.

¿Pero por qué las rodillas y los tobillos?

Ahora le levantaba una pierna y la dejaba caer.

Y luego un brazo. Toda la camita tembló y el cabecero de hierro golpeó dos veces contra la pared.

El médico se volvió y le lanzó de nuevo una larga mirada a De Vincenzi. Una mirada llena de asombro.

—Con esta luz no se puede hacer nada... —y después, de golpe, tuvo un arrebato de impaciencia—: ¿Qué quiere que vea, aquí dentro? ¿No puede hacer cambiar la bombilla?

—Cruni, baja y trae la bombilla más potente que encuentres. Aunque tengas que quitarla de la sala.

—Usted, Silvestri, écheme una mano. Empezaremos por desnudarlo...

De Vincenzi salió de nuevo al rellano. Sani apareció ante él sin que lo hubiera oído subir. Sus pasos se habían confundido con los de Cruni, que bajaba. Jadeaba ligeramente por la carrera.

—Justo ahora han llegado desde la estación dos extranjeros.

Han descargado maletas y baúles. Deben de ser ingleses.

Marido y mujer. Yo los he hecho entrar en una salita y les he pedido que esperen.

No han protestado. Se han sentado. El hombre solo me ha preguntado un par de veces: «¿Pero esto es de verdad el Hostal de las Tres Rosas? »...

—¿Mayores?

—Más que mayores. La mujer tiene el pelo blanco... Son muy distinguidos, y deben de ser ricos.

—Vuelve a bajar. Enseguida te sigo. —Sani empezó a bajar. De Vincenzi le gritó—: ¡No dejes que nadie se les acerque! Por favor, que no se enteren de nada...

¿Qué duda había tenido? Volvió a la habitación donde el médico y el enfermero se afanaban. Vio la ropa y la ropa interior del muerto amontonadas sobre una mesa. Qué blanco era aquel cuerpo. Y menudo. Parecía un niño, la verdad. El médico estaba inclinado sobre él.

—¡Vaya! Lo han apuñalado por la espalda...

De Vincenzi se acercó y vio una herida triangular bajo el omóplato, del lado del corazón.

Una herida negruzca, de bordes abiertos, amoratados, endurecidos.

Ni una mancha de sangre alrededor. Sin duda la habían lavado.

Cogió de la mesa la chaqueta, el chaleco, la camisa, y los examinó.

Ningún agujero. Tampoco la camisa tenía rastros de sangre.

Lo habían matado en la cama, o bien lo desnudaron y luego lo volvieron a vestir.

—Debió de perder mucha sangre...

El médico respondió sin volverse:

—Puede que no. Si después de muerto le dejaron el arma clavada en la herida durante algunas horas, ha sangrado muy poco...

¿Dónde habían mantenido oculto el cadáver hasta el momento en que lo habían trasladado hasta allí, para...

colgarlo? ¿Y cómo lo habían trasladado, a las nueve o las diez de la noche, con el hostal lleno de gente y con el riesgo casi seguro de toparse con alguien, si no por esa escalerilla escondida, sí por los pasillos del primer piso, donde daban todas las habitaciones del hostal, y por la escalinata, uno de cuyos tramos habían tenido que bajar necesariamente si el cadáver procedía, como era lógico suponer, de una de las habitaciones del primer piso?

¿No podía ser que a Layng lo hubieran matado en una de esas cuatro habitaciones de las buhardillas, y que lo hubieran tenido allí hasta que su asesino, o sus asesinos, creyeran llegado el momento de montar la macabra comedia?

Sí, podía ser. De Vincenzi volvió a ver mentalmente la larga puerta acristalada que separaba el vestíbulo de la sala del restaurante: cuánta gente había allí dentro.

Tendría que interrogarlos a todos. ¿Interrogarlos?

Estudiarlos, más bien. Analizarlos. Una sensación de náusea le apretó la garganta.

Y sin embargo sabía que la verdad solo puede brotar de los elementos psicológicos del delito.

Bien, haría todo lo que había que hacer. Cruni llegaba con la bombilla.

—Es la más potente que he encontrado...

La habitación se sumió en la oscuridad, y luego una luz cruda y fría la invadió.

El cuerpo desnudo cobró contornos nítidos, pareció dibujado.

El médico le hizo una seña con la cabeza al enfermero, y este le llevó el maletín negro que había dejado sobre una silla.

Un estilete larguísimo brilló en las manos del médico y enseguida desapareció en la herida.

—La hoja ha atravesado el corazón...

De Vincenzi estaba examinando la ropa. Nada en los bolsillos, absolutamente nada. La chaqueta llevaba el nombre de un sastre de Londres. Aquello no le servía de nada.

—Doctor, antes de irse, se lo ruego, venga a hablar conmigo. Me encontrará abajo...

El médico respondió con un sonido inarticulado de asentimiento.

—Cruni, tú te quedas aquí —y lo condujo al rellano—. Que nadie toque nada. Si alguien sube, hazlo volver atrás.

Bajó despacio las escaleras. En el vestíbulo estaba Sani.

—Los dos viajeros están ahí dentro... —y señaló una puerta a la derecha, al fondo, más allá de la mesa de escribir.

—Voy —pero miraba hacia la puerta acristalada del comedor. Ya no se veía a nadie tras los cristales. ¿Qué hacía toda esa gente, encerrada allí desde hacía casi dos horas?

Entró en el saloncito. Los dos seguían sentados.

Lo miraron acercarse. La mujer debía de haber sido muy hermosa, y todavía lo era, por lo demás, aunque tuviera el pelo completamente blanco.

Un gran aire de distinción, una mirada límpida, penetrante.

El hombre era corpulento, de rostro encendido; un enorme brillante le relucía en el meñique de la mano derecha, que mantenía apoyada abierta sobre la rodilla.

Tras haberlo observado en silencio y haber respondido a su saludo con un gesto de la cabeza, dijo en inglés:

—¿Es usted el propietario? ¿Por qué nos han hecho venir aquí? ¿Es esta la costumbre en los hoteles italianos?

De Vincenzi sentía aquella duda suya que casi lo paralizaba. ¿Y si fueran los padres del asesinado? ¿Cómo darles la noticia? ¿Qué harían?

—Discúlpenme —respondió en inglés—. No soy el propietario del establecimiento. Soy comisario de policía...

Vio con claridad un destello de aprensión cruzar las pupilas de la señora, mientras el hombre fruncía el ceño y se ponía en pie de golpe.

—¿Qué quiere de mí?... —preguntó con voz cortante—. ¡No entiendo!

¿Qué era lo que no entendía? ¿O qué era lo que afirmaba con tanta prisa no haber entendido?

—Ha ocurrido una grave desgracia en este establecimiento. Hay un muerto. Se ha abierto una investigación. Necesito que tengan la amabilidad de trasladarse a otro hotel. Aquí no será posible que dispongan de una habitación hasta dentro de unas horas...

Ahora también la mujer se había puesto en pie.

—¡Un muerto! —Sus ojos estaban llenos de terror—. Pero nosotros no podemos ir a otro hotel...

—¿Una desgracia? Ah... —El hombre volvió a sentarse—. Esperaremos. Es en este hotel donde debemos alojarnos.

De Vincenzi soltó un suspiro. No. Su duda había sido errónea. No podían ser los padres del joven Layng, porque de lo contrario la mujer ya habría gritado el nombre de su hijo.

—¿Me hacen el favor de mostrarme el pasaporte?

El hombre sacó del bolsillo un cuadernillo azul con un gran escudo dorado impreso en el centro. El escudo del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda. De Vincenzi leyó el nombre: George Flemington.

—Está bien —dijo—. Tengan la amabilidad de esperar... aunque la espera sea larga.

—Al menos, que me traigan una botella de whisky...

—Veré si puedo complacerlos.

Mientras se dirigía a la puerta, oyó a la esposa susurrar: «Oh, George... ¿Qué significa todo esto?...».

Y oyó reír al hombre. Aún tenía en los oídos el sonido de aquella risa apagada, sarcástica, cruel, cuando cerró la puerta del saloncito y se encontró de nuevo en el vestíbulo vacío, delante de la maleta de fibra y del sillón volcado.