4.
C uando los tres aparecieron en el zaguán escasamente iluminado del Hostal de las Tres Rosas, enseguida un hombre alto y robusto, con el sombrero gris puesto, el gabán abotonado y un pesado bastón en la mano derecha, se movió desde el fondo del vestíbulo hacia la puerta acristalada y la abrió. Los esperaba.
—Buenas noches, De Vincenzi.
—Buenas noches, Bianchi.
El comisario Bianchi estrechó la mano a su colega y a Sani, saludó con un gesto al brigada.
De Vincenzi avanzó por el vestíbulo. Estaba desierto.
En la puerta de paso al comedor había un agente de paisano, y otros dos al pie de la escalinata.
Tras los cristales del comedor se distinguían algunos rostros atentos, el brillo de ojos encendidos, los reflejos rubios de una cabellera femenina.
Pero de allí dentro no salía ni un suspiro.
En cambio, alguien bajaba desde arriba con el ruido de los tacones sobre los escalones.
De Vincenzi se detuvo a escuchar, mirando a su alrededor.
Se hubiera dicho que toda la casa vibraba con aquel paso.
«Un hombre pesado —pensó—, que al bajar carga con todo el cuerpo sobre los tacones.
Obeso, tal vez». ¿Por qué analizaba con tanta atención aquel ruido?
Sobre la silla de madera, delante de la mesa, vio una maleta de fibra.
Un sillón de mimbre había quedado volcado junto al diván, en el gran halo de luz de la pantalla rosada.
Él permanecía inmóvil en medio del amplio vestíbulo, mientras Sani y Cruni, perplejos, se habían quedado junto a la puerta acristalada. Bianchi se le acercó.
—¿Quieres ver el cadáver?
—¿Suicidio?
—No —la negación fue brusca.
De Vincenzi asintió con la cabeza. ¿Cuándo había creído él en el suicidio? Los tacones golpearon con otro sonido el suelo del rellano, y en lo alto de las escaleras apareció un hombre bajo, rechoncho, obeso, tal como De Vincenzi se lo había imaginado.
—El médico —dijo Bianchi—. Vive aquí enfrente. Es el primero que he encontrado.
El médico mostraba su gran cara sonrosada, todavía trastornada. Movía los ojos saltones en todas direcciones, como si buscara una vía de escape. Pero terminó por detenerse ante los dos.
—No lo he tocado —suspiró—. Fue fácil ver que estaba muerto. Claro que ahora lo primero que hay que hacer es tenderlo sobre una cama, como un cristiano. Pero yo solo no habría podido bajarlo de la cuerda. Y mañana, la autopsia. Sin autopsia no se pueden formular más que hipótesis.
—¿Cómo dice? —La voz de De Vincenzi vibraba de cólera contenida—. ¿Y si hubiera estado todavía vivo? Quizá con la respiración artificial...
Los ojos del médico casi se salieron de las órbitas.
—¿Por quién me toma? Ese hombre lleva muerto al menos diez horas, y quizá más aún. ¿No sabe que el cadáver ya presenta los primeros signos de flacidez secundaria? La rigidez cadavérica ha desaparecido.
Bianchi contemplaba al hombrecillo desde lo alto de su figura atlética. Se inclinó y lo agarró por los codos, como si quisiera alzarlo y ponérselo a la altura de los ojos, como se hace con los niños.
—Pero, doctor... ¡ese hombre ha muerto ahorcado! Su cuerpo cuelga justo en medio del rellano. Debe de haberse ahorcado hace una hora o dos como mucho, si no todos los que han pasado por ahí hoy y esta noche lo habrían visto. ¿Cómo puede decir que lleva muerto diez horas?...
El médico se soltó y dio un salto atrás. En otro momento, todos habrían reído. Parecía un juguete de caucho.
—¿Pero quién es usted? ¿Quién es usted? —balbuceó, casi ahogándose de indignación—. ¡Déjeme en paz! ¿Acaso no me han obligado ya a salir de casa, a venir aquí, a subir hasta el último piso para encontrarme cara a cara, yo solo, con un cadáver? ¿Qué quiere saber usted, que no es médico?
La voz de De Vincenzi sonó serena, límpida.
—Cálmese, doctor. El comisario Bianchi no ha tenido intención alguna de ofenderlo. Estamos aquí para escucharlo... y para creerle, naturalmente. Pero es necesario que nos lo explique.
El otro jadeó furiosamente todavía unos minutos, y luego pareció calmarse.
—No ha muerto ahorcado —pronunció despacio, en voz baja, y De Vincenzi sintió rápidos escalofríos recorrerle la piel—. Lo han ahorcado después de muerto.
Siguió un silencio.
—¡Ah! —dijo por fin De Vincenzi—. ¿Y cómo... ha muerto?
—No lo sé. Heridas no presenta, al menos a simple vista.
Puede que lo hayan envenenado... Hace falta la autopsia.
Cuando se sepa el veneno, si de veneno se trata, se podrá establecer con mayor precisión la hora de la muerte.
—Se hurgó en los bolsillos, sacó un par de guantes de lana y se los puso.
Se subió el cuello del gabán, se caló el sombrero—.
Yo he cumplido con mi deber... quiero decir, lo que he podido.
Ahora, llamen al médico forense municipal. Buenas noches.
Y salió deprisa, pasando entre Sani y Cruni, que, siempre inmóviles, ni siquiera hicieron el gesto de abrirle la puerta acristalada. Aquel hombre casi corría, y desapareció enseguida en la niebla de la calle.
—Vamos... —dijo De Vincenzi, y se dirigió hacia la escalinata.
—Yo llevo aquí media hora, ni eso —dijo Bianchi—.
He hecho llamar al médico, he reunido allí, en esa sala, a todos los que he encontrado en el hostal.
Las puertas están vigiladas, también la de atrás.
No he interrogado a nadie. Dos agentes están en el pasillo del primer piso, vigilando las puertas de las habitaciones.
Cabe suponer que están vacías, porque creo que todos los clientes se encuentran ahí dentro...
—y señaló de nuevo la puerta acristalada del comedor— ...
pero no lo sé con certeza. Y hay otro agente arriba del todo...
Porque no es verdad que ese médico se encontrara solo con el cadáver...
De Vincenzi había escuchado.
—Bien. No podías hacer más, naturalmente... Si quieres marcharte, no te retengo. Mañana, eso sí, te necesitaré... Quizá tú puedas decirme algo sobre... toda esa gente. Algo que me ayude.
—Hum... —Se sobresaltó ante un pensamiento—. Pero ¿no me pediste precisamente ayer la lista de todos los clientes de las Tres Rosas?
—Sí.
—¿Y por qué lo hiciste?... Qué extraña coincidencia.
—No fue una coincidencia. Ya te lo contaré. Pero ahora no... Es demasiado pronto y... demasiado tarde. Sani, ven conmigo. Tú, Cruni, quédate de guardia aquí. Que nadie salga, y si entra alguien, retenlo...
Bianchi se subió el cuello del gabán, como había hecho el médico, se metió las manos en los bolsillos y salió por la puerta, que Cruni le abrió, despidiéndose de él.
De Vincenzi, seguido de Sani, subió el primer tramo de la escalinata y, cruzando la puertecilla, tomó la escalerilla empinada.
En cada rellano, una bombilla polvorienta esparcía su luz rojiza, que no hacía sino aumentar las sombras en los rincones y en los tramos. Contaron tres rellanos.
Ninguna puerta se abría a ellos. Muros blancos, encalados, y en cada rellano una ventana. De Vincenzi intentó mirar a través de los cristales, pero no vio más que niebla.
Llegaron al último rellano. Vieron enseguida un cuerpo negro colgando de una viga del techo. Una sombra apareció en la puerta de la izquierda.
—¿Cuánto tiempo lleváis aquí?...
—Una eternidad, señor comisario —respondió el agente. Y no bromeaba. Pequeño, flaco, macilento como era, temblaba entero, y se notaba que solo a duras penas conseguía que no se le oyera el castañeteo de los dientes.
—¿Dónde os habíais metido?
—Ahí... —y señaló el pasillo, que giraba en ángulo recto. Evidentemente había intentado apartarse de la vista de aquel ahorcado.
De Vincenzi entró en el pasillo, vio la primera puerta cerrada y la otra al fondo, igualmente cerrada.
—¿Son habitaciones estas?...
—Creo.
—¿Y no habéis mirado si estaban vacías?
Abrió de par en par la primera puerta: estaba a oscuras.
Entró y encendió una cerilla para encontrar el interruptor, que estaba cerca de la cama.
La habitación estaba vacía. Pero De Vincenzi se quedó paralizado, mirando la cama.
Increíble. ¡Ah! ¿Quién, entonces, vivía en aquella habitación?
Sentada en la cama, con la espalda apoyada en el almohadón, sonrosada en su vestidito de velo, con las piernecitas rollizas mal giradas de través a la altura de las rodillas y las manitas alzadas hacia delante, como invitando a un abrazo, los ojazos fijos, luminosos, las mejillas mofletudas con dos rosetones redondos de carmín y el pelo rubio de estopa: había una muñeca. Una muñeca de porcelana.
—¿Quién vive en esta habitación?
—No lo sé, comisario...
Sani entró, apartando al agente. Vio la muñeca y se sobresaltó.
—Aquí debe de vivir una mujer.
De Vincenzi miró a su alrededor y señaló la cómoda.
Sobre el mueble, bien alineados encima de una toalla extendida, se veían una brocha de afeitar, una maquinilla de afeitar de seguridad, media docena de cuchillas, un tarro de crema de afeitar...
Los dos callaron. De Vincenzi seguía mirando la muñeca.
Sani se puso a recorrer la habitación. Sobre una mesita pequeña había una maleta abierta, y leyó en voz alta el nombre impreso en la etiqueta que colgaba de una pequeña funda de cuero de la asa: Vilfredo Engel.
También la otra habitación, al fondo del pasillo, estaba vacía, y los dos comisarios miraron las láminas de Vernet.
De nuevo se encontraron ante el hombre que colgaba.
Era horrible. Que lo hubieran colgado después de muerto resultaba evidente incluso para un profano en medicina: le habían pasado la cuerda alrededor del cuello sin ni siquiera hacer un nudo corredizo.
Y él colgaba suspendido sobre todo por la barbilla.
De Vincenzi notó que habían tenido el cuidado de pasarle la cuerda por detrás de las orejas, para que no se escurriera.
Y los dos extremos de la cuerda estaban atados a una barra de hierro que iba de una pared a otra del rellano, a un palmo del techo.
Aquel trabajo bien podía haberlo hecho una sola persona, y ni siquiera muy fuerte.
Primero anudaba la cuerda dejándola colgar, luego levantaba el cadáver y le pasaba la cabeza por aquella especie de lazo anchísimo.
Los pies quedaban a más de un metro del suelo.
Para levantarlo, por tanto, habían tenido que subirse a una silla o a algo parecido, si no directamente a una escalera.
De Vincenzi miró a su alrededor. Nada. Abrió las dos puertas de la derecha.
La habitación del trajinante y la de las dos camareras.
Vacías. En una, dos camas; en la primera, solo una.
Alguna silla, naturalmente. Podían haber usado cualquiera de ellas, devolviéndola luego a su sitio. Ahora había que bajar aquel cadáver.
—No tendría mucho más de veinte años... —murmuró el subcomisario.
—Bajad y esperadme abajo —le dijo De Vincenzi al agente. Luego se volvió hacia Sani—: Baja tú también y telefonea a la Casa de Socorro para que manden enseguida a un médico y a un enfermero.
—¿Y tú? ¿Te quedas aquí solo?...
—Mándame a Cruni.
Sani bajó casi corriendo. A media escalera se le oyó tropezar y resbalar cinco o seis escalones.
De Vincenzi volvió lentamente la mirada hacia el rostro del ahorcado.
¿De dónde sacaba él tanta entereza? Ahora estaba tranquilo.
El muerto era joven. Un perfil fino y delicado.
Un dulce aire de niño. Los labios entreabiertos dejaban ver los dientes blanquísimos.
Parecía sonreír. Pero ¿por qué lo habían colgado de aquella cuerda?
Desde luego, no para hacer creer que había muerto ahorcándose.
Nadie en el mundo, ni por un instante, podría dejarse engañar.
O quizá sí, pero solo por un instante, si alguien hubiera subido las escaleras precisamente de noche, con esa luz, y se lo hubiera encontrado de golpe delante.
Una persona con el corazón débil, un hombre o una mujer, podría haber recibido una impresión capaz de matarlo.
¿Era ese el objetivo del asesino? ¿Matar a otra persona con aquel muerto?
Pero ¿cómo habían conseguido subir el cadáver hasta allí?
¿Y desde dónde? Mientras todos estaban abajo.
¿Todos, de verdad? Las cuatro habitaciones estaban vacías.
Sin duda, la visión espantosa de aquel cadáver estaba destinada a uno de los habitantes de esas habitaciones.
¿A cuál de ellos? Puesto que las camareras y el trajinante quedaban descartados, solo quedaban los dos clientes.
Oyó el paso pesado y apresurado de Cruni.
—¡Ah! Ayudadme a llevarlo a la cama... ahí dentro...
Y entre los dos trasladaron el cadáver. El lazo vacío siguió colgando de la barra de hierro.