3.
D e Vincenzi levantó la cabeza de los papeles que tenía delante y llamó:
—¡Sani!
—Voy —respondió el subcomisario, y enseguida se oyó el ruido de la silla al moverse.
El comisario había vuelto a la lectura de un folio de protocolo, escrito a mano, con una letra clara y sosegada, digna de un ejercicio de caligrafía de escuela.
El folio contenía una larga lista de nombres.
Empezó a recorrerlos y luego se interrumpió para coger una hoja más pequeña, escrita a máquina.
Una carta sin firma, que releyó despacio.
Sani permanecía firme ante el escritorio de su superior, esperando.
La gran pantalla verde de la lámpara de mesa —la única encendida en el despacho del jefe de la Brigada Móvil— proyectaba toda su luz, en círculo, sobre los papeles, y el subcomisario quedaba en la sombra.
—¡Ah! —exclamó De Vincenzi, alzando la cabeza—. Estás aquí.
Le mostró la carta.
—¿La has leído? ¿Qué opinas?
—La he leído. La dejaste sobre tu mesa, abierta...
—Has hecho muy bien en leerla —y sonrió.
De Vincenzi era más joven que su subordinado, y sin embargo Sani le mostraba una deferencia que era algo más que respeto.
Solo hacía tres meses que lo tenía como superior inmediato en la Brigada Móvil, y ya había aprendido a apreciarlo en todo su valor.
Porque, sin duda, Carlo De Vincenzi era un hombre de valía.
Bastante reservado y como ensimismado; pero aquel aire suyo siempre distante y absorto escondía una sensibilidad exquisita y una profunda humanidad.
Sani lo había comprendido, y su respeto estaba hecho, sobre todo, de devoción amistosa, de apego espontáneo.
—Bueno, ¿qué te parece? Cuando el comisario jefe me la dio, esta mañana, yo también dije con desprecio: una carta anónima. Pero luego, después de leerla, me invadió una extraña impresión... —Calló. Añadió lentamente—: Es anónima y la ha escrito una mujer...
—¿Cómo lo sabes?
—Cada frase de esta carta revela una morbosidad histérica que en absoluto podría pertenecer a un hombre.
Escucha. —Y leyó despacio, deteniéndose en cada frase—: «Hay un local en Milán donde toda la noche se juega frenéticamente.
Y no solo se juega: cada una de las personas que lo frecuenta y que vive allí guarda un secreto inconfesable, y se mueve y actúa tramando terribles intrigas».
—Alzó la cabeza—. Ningún hombre habría empleado una frase así.
Solo una mujer puede haberla escrito. Evidentemente, no es más que una reminiscencia de lecturas novelescas...
«Una reunión de degenerados y de intoxicados habita el Hostal de las Tres Rosas.
Se está gestando un drama terrible que estallará de forma monstruosa si la policía no interviene a tiempo.
Quieren perder la inocencia de una muchacha.
La vida de varias personas está amenazada.
No puedo deciros más por ahora. Pero el diablo se ríe en cada rincón de esa casa».
Y así termina. No hay más, ¿ves? Media hoja escrita a máquina...
—¿Es una broma?
De Vincenzi negó con la cabeza.
—No es una broma. Precisamente porque la carta es ridícula, no puede ser una broma.
—Puede haberla escrito un loco.
—Podría ser, quizá; pero no estoy convencido.
Ya te he dicho que es una intuición mía y nada más; no me sorprendería en absoluto que algo ocurriera en ese hostal.
Tanto es así que he pedido enseguida a la comisaría de Garibaldi que me facilitara la lista de los huéspedes actuales del Hostal de las Tres Rosas.
Aquí la tienes. La he recibido hace un momento...
—¿Y qué has encontrado?
Sani no podía ocultar su escepticismo. Le parecía que, por primera vez desde que trabajaban juntos, De Vincenzi estaba perdiendo el tiempo. ¿Cómo tomarse en serio una carta de ese estilo?
—Los nombres, naturalmente. ¿Qué otra cosa iba a encontrar?
Y de momento no me dicen nada. Aunque el comisario de la Sección, anticipándose a mis deseos, ha añadido a cada nombre toda la información que ha podido reunir sobre cada individuo.
Son una decena de mujeres y unos veinte hombres, incluidos el dueño del hostal, con su familia, y el personal.
—De Vincenzi sostenía ahora el folio de protocolo entre las manos y lo miraba fijamente—.
Un hecho, en cualquier caso, resulta extraño y llama la atención a primera vista...
Mira... —Contó rápidamente, deslizando el dedo por la lista—.
Cinco de los clientes proceden de Londres, donde han residido largo tiempo.
Vilfredo Engel, Carlo Da Como, Nicola Al Righetti...
este es un americano de evidente origen italiano...
Carin Nolan... una noruega bastante joven... ni siquiera veinte años...
—La inocente asediada —ironizó Sani.
—Puede ser... Y otro inglés, también bastante joven... Douglas Layng, de veinticinco años...
—Al fin y al cabo, no tiene nada de extraño que cinco personas procedentes del extranjero coincidan en el mismo hostal de Milán...
—En efecto. Nada de extraño, si ya se conocían entre sí de antes, o si el hostal en el que se han alojado es de los conocidos en el extranjero. Pero ¿cómo quieres que en Londres se haya oído hablar alguna vez de el Hostal de las Tres Rosas?
Sani calló. Los argumentos de De Vincenzi no le parecían muy convincentes. De Vincenzi seguía recorriendo el folio con los nombres.
—Qué extraña mezcla de gente —murmuró—. ¿Y sabes quién es la última viajera llegada esta misma mañana a ese hostal?... Es una viajera, y también procede de Londres... la señora Mary Alton Vendramini...
—Una italiana.
—Con nombre inglés. Es la viuda del mayor Alton...
—El comisario dobló en cuatro el informe de su colega de la Sección Garibaldi—.
Me pregunto por qué esta señora se ha alojado precisamente en un hostal de tercera categoría, situado en una calle del centro, sí, pero poco conocido, y en la que desde luego no se cae por casualidad.
—Se la habrán recomendado. O quizá ya la conocía de antes de irse al extranjero.
De Vincenzi se levantó.
—Bien puede ser que esta llamada intuición mía me esté jugando la mala pasada de hacerme perseguir sombras. Lo cual no me impedirá, en cualquier caso, ir esta misma noche a hacer una visita a ese hostal... —Miró el reloj—. Son casi las once...
—Y tú todavía tienes que cenar.
—¡En efecto! Le avisé a Antonietta de que no iría, y ella vertió por el teléfono todas sus quejas. ¡Pobre vieja! Me quiere como a un hijo... y en parte hijo suyo lo soy, después de todo, ya que me alimentó con su leche...
Se dirigió hacia el rincón y cogió el gabán del perchero. En ese momento sonó el teléfono. De Vincenzi se volvió. Sani ya había cogido el auricular.
—¿Diga? ... Sí... Viene enseguida... Es la comisaría de Garibaldi, que te llama...
De Vincenzi se puso el gabán y se acercó al teléfono.
—Buenas noches, Bianchi... ¡Ah!...
Escuchaba atentamente, el rostro concentrado, la mirada brillante.
—Sí, naturalmente. Ponte con el comisario jefe y infórmale a él. Dile que ya me has avisado. Yo subo a verlo.
Colgó el auricular y se quedó unos instantes inmóvil, mirando fijamente la mesa. Sani lo observaba. Había comprendido que había ocurrido algo muy grave. De pronto se sobresaltó, porque un pensamiento le cruzó la mente de golpe. No. No podía ser.
—¡De Vincenzi!...
El comisario se sobresaltó y sonrió a su compañero.
—Ha ocurrido mucho antes de lo que pensaba...
—¿El qué? No me digas que...
—Sí —dijo De Vincenzi—. Hay un muerto en el Hostal de las Tres Rosas. Y es... uno de esos cinco que hemos nombrado.
—No —protestó Sani—. Muerto... ¿muerto cómo?
—Ahorcado.
—¿Un suicidio?
—Eso parece. Pero yo... —negó violentamente con la cabeza y se encogió de hombros—.
No. Ya no me creo nada. Ya no quiero creerme nada.
—Rodeó la mesa, cogió el informe con los nombres y la carta anónima y se los guardó en el bolsillo—.
Voy a ver al comisario jefe. Puede que me confíen la investigación...
No pienses que la pido para hacerme valer...
No es eso. —Hizo una pausa. Su voz estaba profundamente turbada—.
Pero siento, siento, ¿entiendes?, que de verdad el diablo se ríe en cada rincón de esa casa, y que no será nada fácil impedir que...
los muertos sean más de uno. —Se dirigió a la puerta—.
Espérame, Sani. Volveré, y si es el caso, me acompañarás.
El comisario jefe colgó el auricular del teléfono, se pasó una mano por el cabello, reluciente y cuidadosamente dividido en el centro por una raya perfecta, y de ahí llevó la mano hasta el ojal de la chaqueta para tocarse la flor.
Una flor roja sobre un pesado traje gris, de corte perfecto.
Pequeño, rechoncho, tan pulcro en el vestir, podía parecer cualquier cosa menos el jefe de la policía de una gran ciudad.
Pero los ojos agudos, muy móviles, penetrantes, lo delataban a veces, incluso cuando parecían reír en medio de aquel rostro lampiño y sonrosado.
En ese momento, aquellos ojos brillaban.
Extendió la mano para pulsar el botón de un timbre.
Pero un golpe en la puerta se la dejó suspendida en el aire.
—Adelante... Oh, precisamente usted. Estaba a punto de llamar, con la esperanza de que aún no se hubiera marchado.
De Vincenzi se inclinó, cerró la puerta tras de sí y avanzó hacia el escritorio de su jefe.
—¿Sabía usted que lo llamaría?
—Bianchi me ha avisado de lo ocurrido en el Hostal de las Tres Rosas, y he pensado que querría echar un vistazo a la carta anónima que llegó esta mañana y que le entregué.
—Ya. —Los ojos del comisario jefe reían ahora—.
Pero no solo por eso lo habría llamado. Quiero que se encargue usted del asunto, De Vincenzi.
—El comisario se inclinó—. Quizá se trate simplemente de un suicidio...
—Él negó con la cabeza, y el comisario jefe lo observó unos instantes—.
Bien. Pero aunque se trate de un suicidio, habrá que llegar hasta el fondo del asunto.
En ese hostal se juega. Puede que esa carta sea fruto de una alucinación, como también puede ser la broma idiota de algún irresponsable; pero el hecho de que, la misma noche del día en que la recibimos, allí dentro haya quedado un muerto, da que pensar.
Usted lleva en Milán solo tres meses. Poca gente lo conoce.
El Hostal de las Tres Rosas está habitado y frecuentado por literatos, periodistas, industriales, banqueros, gente conocida, en fin.
También por bastantes mujeres... Usted no tiene relación personal con ninguno de ellos.
Lo prefiero así. Tendrá las manos libres. ¿Comprende?
De Vincenzi comprendía perfectamente. Comprendía también que muchas de esas personas debían de no ser, en cambio, del todo desconocidas para su jefe, y que este prefería poner a alguien entre ellas y él mismo.
—Sí, comendador.
—Avise al juez instructor para los trámites urgentes, pero procure conseguir que le dejen a usted actuar solo unos días... Esto también es fácil de entender.
—Sí.
—Vaya, pues. Si no se trata de un suicidio... —se pasó la mano por el cabello, se tocó la flor—, bueno, si no se trata de un suicidio, mañana por la mañana me lo dirá.
De Vincenzi sonrió y salió. Bajó las escaleras deprisa, cruzó el patio. Nada más entrar en su despacho, donde estaba Sani, que se había levantado de su mesa y había ido a colocarse a su lado, cogió el teléfono y llamó a la comisaría de Porta Garibaldi.
—El comisario Bianchi...
Le respondieron que se encontraba en el Hostal de las Tres Rosas. Entonces cogió el sombrero y dijo:
—Ven conmigo. De paso, dile a Cruni que nos siga.
En la plataforma del tranvía, ninguno de los tres habló.
El brigada Cruni se había puesto medio toscano entre los dientes, pero no se había atrevido a encenderlo, esperando que el comisario le dijera que lo hiciera.
Por su parte, ni siquiera sabía adónde iban.
Sani miraba de vez en cuando a De Vincenzi, que callaba, absorto.
De Vincenzi, por su parte, estaba profundamente turbado. Sentía, oscuramente, que estaba a punto de vivir horas de angustia.