2.
D espués de las nueve de la noche, todas las mesas del comedor de la Hostal de las Tres Rosas se cubrían de tapetes verdes.
En cuanto se servían las cenas, la principal preocupación de los dos camareros era quitar los manteles.
En alguna mesa quedaban la botella de vino y los vasos.
Los propios clientes ayudaban a recoger.
Una especie de ansia frenética se apoderaba de todos.
Allí dentro se practicaba el juego como si fuera un trabajo forzado.
Muchos recordaban y contaban con satisfacción que los cuatro jugadores más empedernidos de escoba —Verdulli, Agresti, Pizzoni y Pico— habían pasado dos días y dos noches seguidas alrededor de la mesa con las cartas en la mano, alimentándose de huevos y coñac.
Sonrió. Las viejas la querían para dársela a Manfredo.
Pobre Jolanda. Tenía los ojos suplicantes y la voz llorosa mientras le rogaba que aceptara, porque poseer aquella finca sería la mayor alegría de su hijo.
Él había dicho que no, con deleite. Hacer el mal por el mal le gustaba.
Bajó de la cama, se enjuagó las manos y la cara.
Mientras se secaba despacio, se contemplaba en el espejo.
No tenía apetito. Ahora bajaría y le pediría a Monti dos bocadillos de jamón y un vaso de cerveza.
Si ya estaba la compañía esperándolo para el piquet, comería mientras jugaba.
La compañía eran Engel y el capitán Lontario.
Todas las noches, de nueve a doce, aquellos tres jugaban al piquet.
Llevaban un cuaderno para anotar los puntos y hacían las cuentas a fin de mes.
Jugaban así incluso cuando Da Como y Engel no tenían ni un céntimo en el bolsillo, y a fin de mes, de un modo u otro, alguien lo arreglaba.
Y además, hacía ya varios meses que el capitán corría con los gastos.
Terminado el piquet, la escoba y el póquer, cerrada a la una de la madrugada la puerta exterior del hostal, quienes quedaban se ponían a probar sensaciones mucho más fuertes: empezaba el juego de verdad, el juego grueso.
Da Como seguía mirándose en el espejo. Tenía cincuenta años y apenas los aparentaba, tan rollizo, sonrosado y fresco de piel que daba envidia a cualquier joven.
Pero él, por dentro, se sentía cansado y desgastado.
La vida que había llevado debía de haberle trastocado el organismo por fuerza.
Si se escuchaba con atención, se daba cuenta él mismo de que los engranajes del mecanismo le chirriaban en el cerebro y en el corazón.
Aquella mañana se había encontrado al doctor Campi —que había sido compañero de estudios suyo en Londres— y el jocoso doctor le había gritado: «¡Hola!
¿Cómo va ese corazón?». Pero quizá solo había querido gastarle una broma, y nada más.
De dudoso gusto, en cualquier caso, la broma.
Se sacudió, fue hacia la puerta, apagó la luz —un lujo que él mismo se había impuesto, esos dos interruptores, uno a la entrada y otro junto a la cama—, salió al pasillo estrecho, que enseguida giraba en ángulo recto.
Si acaso, la luz de la bombilla de la esquina, que iluminaba los dos brazos del pasillo, era todavía más débil que la de su habitación, y más rojiza.
Bajo aquella claridad, se detuvo ante la puerta cerrada del otro cuartito, que compartía pared con el suyo y daba al rellano.
—¡Vilfredo! —llamó, y luego, con voz aún más apagada—: ¡Engel! ¡Engel!
Cuando, por el silencio que siguió, tuvo la certeza de que la habitación estaba vacía, se volvió a echar un vistazo a las otras dos puertas, en el lado opuesto, al otro lado de las escaleras, donde dormían el pinche y las dos camareras.
Estaban cerradas, naturalmente. Vaciló, luego fue a llamar con los nudillos a esas dos puertas.
También aquí, silencio. Entonces volvió hacia la puerta de Engel y, deliberadamente, aunque cada uno de sus movimientos era furtivo y ponía un cuidado infinito en que la hoja no chirriara sobre los goznes, la abrió y penetró en la habitación a oscuras, cerrando la puerta tras de sí.
No se quedó allí dentro más que unos minutos, y, al salir, una sonrisa sarcástica le fruncía los labios.
Empezó a bajar y se puso a silbar suavemente.
Al llegar al último escalón, antes de salir a la escalinata principal —la escalerilla que llevaba a las buhardillas empalmaba con la escalinata, abriéndose a un lado, mediante una puertecilla que, para quien no conociera los escondrijos de aquella casa vieja, parecía dar simplemente a una habitación situada a la altura del primer gran rellano—, Da Como se sacó una mano del bolsillo para arreglarse la corbata.
Luego entró en la luz clara de la escalinata y echó a andar.
La parte delantera del edificio tenía un solo piso, y la escalinata se componía apenas de dos tramos.
Desde abajo llegaba el murmullo indistinto de los jugadores, el ruido de las botellas y los vasos, las voces más claras de alguna persona que debía de encontrarse en el vestíbulo.
El hombre se detuvo, levantando la cabeza hacia lo alto.
Bajaba desde las habitaciones del hostal la esbelta figura de una mujer vestida de negro, envuelta en el pesado velo de viuda.
Una gran llamarada de cabellos dorados bajo el sombrerito de crespón negro.
Un rostro cerúleo, iluminado por dos ojos enormes, ampliamente perfilados de azul.
Los labios parecían una herida, de tan rojos, de coral.
Da Como esperó, antes de seguir bajando, a que pasara ante él, y siguió observándola.
La mujer no reparó en él y pasó despacio, los ojos fijos al frente, el rostro tranquilo, aquellos labios sangrantes entreabiertos, como en una sonrisa.
—De dónde diablos habrá salido esta —murmuró Da Como, y le fue detrás para bajar.
La viuda cruzó el vestíbulo, siempre con aquel paso de autómata, y nada más entrar en el salón, al ver una mesa vacía junto al arco, cerca de la puerta, fue a sentarse allí.
Ahora mantenía los ojos bajos y parecía no haber notado la curiosidad que despertaba.
Enseguida Monti se precipitó hacia ella, con los ojos más brillantes que nunca de malicia, las orejas afiladas y tensas, una sonrisa obsequiosa en los labios.
—¿Se puede cenar todavía?
—Por supuesto. Todo lo que la señora desee.
La señora asintió con la cabeza a cuanto le ofrecieron; solo rechazó el vino, pidiendo agua mineral. Monti se precipitó hacia la cocina, pero al pasar se detuvo junto al mostrador.
—¿Número de habitación?
—Doce —dijo la señora Maria.
Monti agarró una especie de registro y lo consultó deprisa. Leyó: Mary Alton Vendramini.
—¿Es extranjera?
—¿Y a ti qué te importa?
—¿Sola?
—Sí. ¡Uf, qué curioso eres!
El camarero desapareció por el breve pasillo de la cocina. Los jugadores ya habían vuelto a lo suyo.
—Paso.
—Envido.
—Terciada real y tres ases —anunciaba la voz profunda de Engel, corpulento y pesado como un paquidermo.
Da Como jugaba con un bocadillo de jamón en una mano y las cartas en la otra.
—Es de necio desparejar el siete de primera mano, cuando podías tranquilamente sacar de en medio el cuatro.
Verdulli gritaba, encendido como un gallito. La mesa de la escoba era la más ruidosa. Aquellos cuatro parecían poseídos. Verdulli —un crítico teatral perpetuamente hinchado de bilis por naturaleza— era el más encarnizado. En realidad, solo era el más estridente por lo agudo de su voz natural.
A esa hora, allí dentro, ya había un cadáver, y ninguno de cuantos en aquellas salas jugaban, comían y hablaban lo sabía.
O, al menos, nadie había dicho saberlo. Y fue con un sobresalto de horror y de estupor angustiado como todos —hombres y mujeres— reaccionaron cuando, a las veintidós horas y treinta y un minutos exactos, oyeron al jorobado Bardi bajar casi a trompicones por las escaleras, gritando con su vocecilla cascada:
—¡Ahí arriba hay un ahorcado! ¡Ahí arriba hay un ahorcado!
En efecto, el pobre Bardi lo había visto: un cadáver colgando en el último rellano de la escalerilla que llevaba a las buhardillas amuebladas, esas mismas de las que, ni una hora antes, Carlo Da Como había bajado con una sonrisa sarcástica en los labios.
Sin dejar de gritar, Stefano Bardi cruzó el vestíbulo, entró en el comedor y, apenas hubo traspasado el arco bajo el cual reinaba la señora Maria, tuvo que detenerse, pues habría caído al suelo si Mario, asomándose de golpe con medio cuerpo por encima del mostrador, no lo hubiera agarrado por el cuello de la chaqueta, sosteniéndolo erguido como un muñeco desmadejado.
Y se oyó el ruido de los platos con el jamón y la anguila marinada que caían al suelo, empujados por el ímpetu de Mario, y se hacían añicos a los pies del jorobado.