El hostal de las Tres Rosas
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1.
L lovía a hilos largos, que al resplandor de los faroles parecían de plata.
La niebla, difusa y humosa, penetraba en el rostro con sus agujas.
Por las aceras corría, ondulante, la infinita procesión de los paraguas.
Automóviles en medio de la calle, algún carruaje, los tranvías abarrotados.
A las seis de la tarde ya era noche cerrada, en aquellos primeros días del diciembre milanés.
Tres mujeres caminaban deprisa, a golpes, como si avanzaran a rachas, abriéndose paso como podían entre las filas de transeúntes.
Iban vestidas las tres de negro, a la moda de antes de la guerra, con sombreritos de gasa y abalorios.
Llevaban medios guantes de hilo y con los dedos huesudos de la mano derecha apretaban el mango del paraguas, las tres con el mismo gesto, como si levantaran amenazadoramente una maza.
Tenían el perfil ganchudo y los ojos agudos y encendidos.
Con la barbilla y la nariz parecían querer hender la multitud y la densa humedad de la niebla y la lluvia.
Nadie habría sabido decir qué edad tenían.
La edad se había cristalizado sobre sus cuerpos.
Y eran tan parecidas entre sí que, de no ser por las cintas de distinto color —malva, violeta, negra— anudadas bajo la barbilla, cualquiera habría creído sufrir una alucinación, convencido de estar viendo tres veces seguidas a la misma persona.
Subían por la vía Ponte Vetero desde la vía dell'Orso y, al llegar al final de la acera iluminada, entraron las tres de un salto en la sombra de la plaza del Carmine.
Enseguida soltaron un suspiro de alivio, pues hasta entonces habían tenido que avanzar entre la multitud, en procesión, y allí se encontraban solas, o casi, con todo el espacio que quisieran para trotar hacia la iglesia.
Llegaron a la puertecilla y la primera empujó la hoja.
Desaparecieron en el interior. El hombre que las seguía, y que había dudado en alcanzarlas cuando cruzaban la plaza, se detuvo ante la fachada de la iglesia, bajo la lluvia.
Hizo un gesto de contrariedad. Miraba fijamente la puertecilla negra.
Paseó dentro del límite de las columnitas bajas que cercaban el atrio, ya sin las cadenas, de las que solo conservaban las anillas.
Desabrochándose con dificultad, con una sola mano, el impermeable amarillo, sacó el reloj y tuvo que acercarse a la claridad del farol de la esquina para ver la hora.
Así, se arrimó al gran portón y se refugió bajo él, cerrando el paraguas.
Esperó, sin dejar de mirar la puertecilla de la iglesia.
De vez en cuando alguna sombra negra cruzaba la plaza y desaparecía tras las hojas.
La niebla se espesaba. Pasó media hora y más.
El hombre parecía resignado. Era alto y corpulento, de rostro rojizo, lampiño, bajo el sombrero de fieltro rígido, ojos glaucos, acuosos, boca carnosa y sensual.
Había apoyado el paraguas contra la pared para que goteara, y se frotaba las manos con un movimiento lento, rítmico, que acompañaba un monólogo interior.
De pronto debió de poner punto final a algún razonamiento, porque juntó las palmas de las manos a modo de conclusión.
Volvió a mirar el reloj, que marcaba las seis y treinta y ocho, agarró el paraguas, lo abrió y salió corriendo del portón, sin siquiera echar una última mirada a la iglesia.
Parecía, más bien, que quisiera huir, por miedo a que salieran y lo vieran aquellas tres mujeres vestidas de negro a las que él mismo había seguido poco antes.
Desde la plaza del Carmine tomó la vía Mercato y luego el Pontaccio, y al encontrarse ante una gran puerta de cristales que daba a un amplio vestíbulo iluminado, la abrió y entró.
En los cristales de la puerta se leía, en grandes letras: Hostal de las Tres Rosas, y tras el cristal colgaba la lista de platos del día.
Al llegar al vestíbulo, el hombre hizo el gesto de quien se siente en su propia casa.
Metió el paraguas en un gran jarrón de latón reluciente junto a la puerta, se echó el sombrero hacia atrás, fue a sentarse en un diván de mimbre, en el rincón del fondo, bajo la gran pantalla rosada de una lámpara de pie, y, cruzando las piernas, proclamó con voz cordial:
—Menudo tiempo, señora Maria. Apuesto a que aquí dentro los radiadores están fríos.
La señora Maria estaba sentada tras el mostrador, al otro lado de un tabique de cristales opacos que separaba la sala de entrada del hostal de la sala del restaurante y del paso a la cocina.
Y reinaba allí, matronal, ya algo entrada en carnes, pero todavía lozana y fresca, de carne firme y tersa y una blancura uniforme de perla.
Tenía delante una hoja de papel sobre la que trazaba, con desgana, líneas y círculos, absorta en algún pensamiento o quizá en ninguno.
Había visto entrar al huésped y ni siquiera se había molestado en levantar la cabeza rubia.
—Mario acaba de ir a cargar de nuevo la caldera... —dijo con voz apagada, casi ronca, sin dejar de hacer sus garabatos, aplicadamente, sobre el papel.
El hombre dejó escapar un gruñido de satisfacción. Siguió un silencio. De repente se oyó trajinar detrás del mostrador largo, en la sala del restaurante.
—¿Ha vuelto Mario?
—A sus órdenes, señor Da Como... Aquí estoy...
—Un bíter...
Cuando vio el vaso delante, posado en la mesa de mimbre, tendió la mano para bebérselo de un trago, chascando la lengua.
Y luego, de nuevo el silencio. El hombre tamborileó con los dedos sobre la mesa.
Después se levantó. Fue a calentarse junto al radiador, dio unos pasos hasta la escalera, volvió atrás.
Dudaba. Se puso las manos sobre el vientre, metiendo los pulgares en los bolsillitos del chaleco.
Luego se los metió en los bolsillos del pantalón.
El sombrero rígido se le había ido deslizando cada vez más hacia la nuca, formando una especie de aureola alrededor de su cara congestionada.
Se decidió, por fin, y fue a apoyarse con los codos en el mostrador de la dueña.
La sala seguía a oscuras, y solo una lámpara ardía sobre el mostrador de cuentas donde estaba la señora Maria, junto al mostrador donde Mario iba disponiendo los platos de asado frío, de anguila marinada, de fruta y el de jamón, salchichón y mortadela.
La mujer pareció no reparar siquiera en él.
—Señora Maria...
—¿Y bien?
—¿Cuándo vuelve el señor Virgilio?
—A la hora de siempre. ¿Por qué?
El hombre callaba. Extendió un dedo sobre el papel en blanco y lo deslizó sobre las líneas y los círculos, como si quisiera sentir su relieve, solo por hacer algo, por darse aplomo.
Estaba incómodo. Levantó los ojos hacia la mujer, pero se le quedó la mirada fija en el cuello blanco, tan firme y terso que parecía que aquella piel careciera de poros.
—Quería pedirle a Virgilio... Pero, en fin, da igual... decírselo a usted o a él...
—¿Qué?
—Necesito el favor de siempre... Cien liras... Esta noche las devolveré...
—Pero si ya le dieron cien la otra noche. Y hay un mes de habitación atrasado... Y Monti tiene una cuenta pendiente de almuerzos y cenas que da miedo... Me lo ha dicho. Cierto es que en eso yo no tengo nada que ver. Si los camareros quieren fiar, es cosa suya...
—Ya lo sé... Miedo, dice. ¿Miedo a quién? A mí no. Pagaré también la cuenta de Monti. Una noche que salga bien y lo salgo todo... Pero las doscientas liras del préstamo las devuelvo esta noche, seguro... El inglés ha recibido dinero... Y jugará esta noche...
El rostro de la señora Maria seguía tan inmóvil como siempre. Solo los labios pálidos se contrajeron ligeramente. La mujer abrió el cajón del mostrador, echándose hacia atrás con el pecho copioso, y sacó un billete.
—Aquí tiene las cien liras. Pero son las últimas. Se lo he dicho también a su amigo Engel... ¡No podemos hacer préstamos, nosotros! No somos un banco...
—Gracias... Mario, dame otro bíter...
Fue en ese momento cuando la puerta acristalada se abrió y las tres mujeres vestidas de negro entraron, una tras otra, en el vestíbulo.
Da Como se volvió a mirarlas y dejó el vaso deprisa.
Sonrió, se tomó su tiempo y luego fue a su encuentro.
Esta vez, la señora Maria asomó la cabeza por encima del mostrador, vio a las tres mujeres y se volvió hacia el trajinante:
—Si hubieran llegado cinco minutos antes, me ahorraba cien liras...
Mario sonrió con algo que parecía una mueca. Tenía una boca de rana maravillosamente apta para ese tipo de ejercicio.
—La verdad es que no esperaba una visita vuestra, hermanas mías... que yo vaya a buscaros es lógico, pero que vosotras...
Hablaba con las manos en los bolsillos. El puro apagado, que se había metido entre los labios en cuanto las vio, le colgaba de un lado de la boca, y la voz sonaba irónica, casi burlona, como seguramente no habría sonado si él las hubiera abordado en la plaza del Carmine, cuando iban a vísperas y él había vacilado, bajo la lluvia.
—¡Naturalmente! Que tú vengas a buscarnos se explica perfectamente, Carlo. Nosotras tenemos una casa honrada. Y además, tú, cuando vienes, siempre es para pedirnos algo.
Había hablado la primera hermana, quizá la mayor. Su lazo era violeta y se agitaba bajo su barbilla mientras pronunciaba aquellas palabras, aunque apenas había movido los labios exangües.
—¿Y por qué otra razón habría de venir, Adalgisa?
Los cuatro estaban de pie ante la puerta acristalada.
Las tres hermanas en fila, alineadas frente al hombre, que seguía con las manos en los bolsillos y el cigarro colgando.
El lazo malva se agitó a su vez, pero de la boca de la segunda hermana no salió sonido alguno.
Debía de haberse contenido con esfuerzo, porque le brillaban los ojos.
En cambio, la última tenía una mirada extrañamente suplicante y dulce, y los labios contraídos en las comisuras, con dos surcos profundos, hacían pensar que estaba a punto de llorar.
—Carlo —murmuró con un susurro tan leve que el hermano apenas lo percibió y se sorprendió.
—¿Y bien?
—Tenemos que hablar contigo —articuló Adalgisa, mirando a su alrededor con disgusto.
—¿Queréis sentaros?
—¿Aquí?
Ahora había hablado el lazo malva, y el chirrido de aquella voz, temblorosa más de indignación que de asombro, superó desgarradoramente el tono de todas las demás. Da Como miró a su alrededor a su vez.
—Aquí, ¿y si no dónde? No querréis que os lleve a mi habitación...
—Rio y se quitó el puro de entre los dientes—.
Todo el mundo cree que este hostal tiene un solo piso.
Pero hay una puertecita ahí... a la derecha de ese rellano —y señaló la escalera—, y si la abrís, veréis una escalerilla como de campanario...
Yo la subo hasta arriba del todo y encuentro mi habitación...
que es una buhardilla... Hay cuatro o cinco cuartuchos, allí arriba.
Uno para mí, otro para Engel, y los demás para las camareras y el pinche de cocina.
No sería nada decoroso, la verdad, que os recibiera en mi lujoso apartamento, hermanas mías...
Adalgisa se volvió hacia las otras dos. El lazo malva apretaba los labios, exhibiendo el más aprobatorio de los desprecios. El lazo negro se hizo aún más suplicante, y fue en él donde se detuvieron los ojos de la primera hermana.
—Es por Jolanda —afirmó—. Bien, escúchanos, Carlo. Podemos hablarte también aquí. Manfredo...
El hombre sonrió y un destello de triunfo le cruzó los ojos; se volvió hacia la hermana que suplicaba.
—¿Cómo está tu hijo, Jolanda?
—Bien, Carlo —pronunció esta, deprisa—. Es un buen chico. Te quiere...
—¿De verdad? Lo creo, aunque nunca me haya dado cuenta. ¿Y qué más?
—Sí. Manfredo está a punto de casarse...
—¡Ah!
—Hay que asentarlo... Hace falta...
—¡Naturalmente! Querríais darle la finca de Comerio... ¡Es excelente!... Él podría sacarle rendimiento... Pero como la finca es mía... es lo único mío que todavía no he vendido... así que venís en comisión...
—Carlo.
—Ninguna comisión. Somos tus hermanas. La finca de Comerio está hipotecada dos veces. Al pedírtela, te hacemos un favor; de lo contrario, de todos modos te verás obligado a perderla, para cedérsela a tus acreedores. Nosotras pagaremos las hipotecas y te ofrecemos...
El hombre disfrutaba cada vez más. Ahora se balanceaba sobre los pies, meciendo su cuerpo macizo.
—¡Ya! Me ofrecéis...
—Cinco mil liras...
—¡Ah!
—Es mucho. Es demasiado. Pero Jolanda ha querido que te diéramos lo máximo posible.
—Querida Jolanda...
—¿Sabes, Carlo? A Manfredo le haría tanta ilusión tener ese pedazo de tierra...
—Claro... claro... ¡Cinco mil! ¿No queréis sentaros, eh?
—¿Y bien? ¿Aceptas?
—No. Rechazo la oferta. La finca de Comerio sigue siendo mía y me la quedo.
Las tres mujeres se estremecieron.
—Carlo —suplicó el lazo negro. Pero los otros dos lazos temblaban de una rebeldía contenida.
Siguió un silencio.
—¿Os puedo ofrecer una copita de grapa?
—¡Vámonos! —ordenó Adalgisa y, agarrando a las otras dos por el brazo, las empujó hacia la puerta.
Da Como se apresuró a abrirla de par en par.
—¡Hasta la vista, hermanas mías!
Ellas ya estaban a mitad del zaguán, casi en la calle. Abrían los paraguas.
—¿No tendríais que prestarme cien liras, por favor?
Él se reía. Volvió a cerrar la puerta, regresó hacia la señora Maria.
—Si usted supiera...
—¿Qué?
—Querían darme cinco mil liras...
—Y usted las ha rechazado —dijo la dueña con sorna.
—Exacto. Me han pedido que les venda la finca de Comerio...
—¡Ah! Pero entonces, ¿lo dice en serio?
—Naturalmente.
—¿Y la finca vale más de ese precio?
—No. Con las hipotecas por pagar, vale menos. Pero yo he rechazado la oferta para fastidiarlas.
Hizo una pausa.
—¿No le he dicho nunca, señora Maria, que odio a mis hermanas?... —dijo luego con voz suave, y encendió el puro.
Las tres mujeres vestidas de negro se alejaron en silencio bajo la lluvia.
La puerta acristalada del Hostal de las Tres Rosas empezó a girar sobre sus goznes, adelante y atrás, adelante y atrás; los huéspedes iban regresando para cenar.
La señora Maria, volviéndose despacio en su silla, giró los interruptores para iluminar el vestíbulo y la sala del restaurante.