CAPÍTULO 29Irene Valdés
Irene Valdés
A la mañana siguiente, el nombre de Víctor Gálvez ya no era una hipótesis alrededor de la que tuviéramos que caminar con cuidado.
Había reconocido que estuvo con Javier, que lo golpeó y que después registró el apartamento para encontrar la memoria.
Quedaban informes, declaraciones y bastante trabajo que no iba a desaparecer porque él hubiera empezado a hablar, pero la pregunta que nos había acompañado desde que entramos por primera vez en aquel piso tenía respuesta.
Javier Cárdenas había muerto por lo que estaba dispuesto a entregar. Pensé que aquello me permitiría cerrar una carpeta.
La analista de Informática me demostró que había otra esperando debajo.
—No tiene relación con Gálvez —dijo en cuanto Molina y yo entramos en su despacho—. Lo aclaro antes de que empecéis a conectar puntos por deporte.
Molina dejó el café sobre una esquina libre de la mesa.
—Después de tanto tiempo contigo, hasta yo me siento ofendido por esa acusación.
—Tú eres precisamente la razón por la que la hago.
La pantalla mostraba el directorio de la segunda memoria USB. Durante los últimos días habíamos trabajado casi exclusivamente con la carpeta de Víctor y con los documentos relacionados con Dársena, Nora y los antiguos expedientes de la agencia.
Ahora había otra abierta.
IV-2014.
Me quedé de pie.
Molina lo vio antes de que dijera nada.
—¿Irene Valdés?
—Eso parece.
La analista giró ligeramente la pantalla hacia nosotros.
—La carpeta se creó hace tres meses. Hay modificaciones posteriores y el último archivo incorporado es de once días antes de la muerte de Javier.
No comparte documentos con la carpeta Gálvez, no he encontrado referencias a Dársena y tampoco aparece ninguno de los nombres que hemos estado siguiendo por el homicidio.
Me senté.
—¿Qué contiene?
—Poco, comparado con lo demás. Fotografías, recortes digitalizados, algunas consultas a registros públicos, dos documentos escritos por Javier y capturas de una conversación mantenida desde un número que ya no está operativo.
Molina ocupó la silla de mi lado.
—¿La fotografía del piso está aquí?
La analista abrió una subcarpeta.
Irene apareció en la pantalla caminando junto al mar.
Era la misma imagen que habíamos encontrado escondida en el apartamento, pero aquella versión tenía más resolución y conservaba los bordes completos.
Irene llevaba el pelo recogido por el viento y miraba hacia alguien situado fuera del encuadre.
Detrás se distinguían arena, una barandilla y varias construcciones demasiado desenfocadas para reconocerlas a simple vista.
—El archivo no tiene metadatos útiles —explicó la analista—. Parece una copia de otra imagen anterior. Javier escribió que se la proporcionó el cliente.
—¿Qué cliente? —preguntó Molina.
Ella abrió el primero de los documentos.
No era un informe terminado. Eran notas de trabajo.
IV / IRENE VALDÉS
Primer contacto: tres meses atrás.
Cliente sin identificar.
No facilita nombre. Comunicación únicamente por teléfono.
Pago en efectivo.
Encargo: localizar a Irene Valdés.
Molina leyó la última línea otra vez.
—Javier sabía que estaba muerta.
—Cualquiera que buscara el nombre habría podido saberlo —dije.
—Precisamente. Entonces ¿por qué acepta un encargo para localizarla?
La analista desplazó el documento hacia abajo.
Javier se había hecho la misma pregunta.
Explico al cliente que Irene Valdés falleció en Alicante en 2014. Insiste en que la persona buscada es la misma. Solicito aclaración. No la facilita.
Debajo había una frase separada del resto.
El cliente no quiere investigar la muerte. Quiere que la encuentre.
Molina dejó de apoyarse en el respaldo.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Para Javier tampoco lo tenía.
La analista abrió las capturas de mensajes.
El número aparecía identificado únicamente por sus últimos cuatro dígitos. No había nombre asociado.
La primera conversación era breve.
Javier había escrito:
He comprobado la identidad. Irene Valdés falleció en 2014. Si busca a otra persona con el mismo nombre, necesito más información.
La respuesta había llegado veintisiete minutos después.
Es ella.
Javier:
Entonces no puedo aceptar un encargo de localización.
Después había varias horas sin mensajes.
El siguiente llegó de madrugada.
Busque después de 2014.
Molina acercó la silla.
—¿Después de muerta?
—Eso parece que le estaban pidiendo.
La respuesta de Javier tardó hasta la mañana siguiente.
No existe un “después de 2014” si la identificación del fallecimiento es correcta. Si considera que hubo un error, explique cuál.
Nada durante dos días.
Después apareció la fotografía. Irene junto al mar. Debajo, una única frase.
IRENE VALDÉS SIGUE VIVA.
La habitación permaneció en silencio.
Lo leí otra vez, aunque no había nada que pudiera haber entendido mal la primera.
Molina apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
—Dime que la fotografía tiene fecha.
—No la tiene —respondió la analista—. Y antes de que preguntes, tampoco tenemos forma de demostrar a partir de este archivo si fue tomada en 2014, en 2013 o varios años antes. Solo sabemos que alguien se la entregó a Javier tres meses atrás.
Molina se volvió hacia mí.
—¿Puede ser verdad?
La pregunta habría sido absurda en boca de cualquier otra persona. En la suya no lo era.
Había visto una fotografía de una mujer declarada muerta que alguien había entregado a Javier tres meses atrás.
Pero yo había estado en aquella casa de Alicante.
Recordaba el calor atrapado en las habitaciones, el polvo pegado a la piel y la chaqueta de Irene pese a la temperatura.
Recordaba el cuerpo. Recordaba a Científica trabajando alrededor de él y los días posteriores, cuando una investigación demasiado grande para mí fue adquiriendo una forma que todos los demás parecían aceptar antes que yo.
—No —dije—. Irene está muerta.
Molina tardó unos segundos en responder.
—Entonces el cliente mentía.
—Sí.
—Y Javier siguió trabajando para alguien que le estaba mintiendo sobre algo tan básico como que la persona a la que debía encontrar llevaba doce años muerta.
La analista abrió el segundo documento.
—También se dio cuenta.
Javier había escrito menos de una página.
No había conclusiones, solo preguntas.
¿Qué quiere realmente el cliente?
No puede ignorar la muerte: conoce nombre completo, año y fotografía.
Insiste en localizar, no en revisar condena.
Buscar actividad posterior a 2014 / posibles identidades / documentos / propiedades / contactos.
La afirmación “sigue viva” puede no ser literal o puede ser deliberadamente falsa.
La última línea estaba aislada.
Si sabe que está muerta, quiere que busque otra cosa.
Molina la leyó en voz alta.
—Eso se parece bastante a ti.
—Javier era detective. Las preguntas eran parte del trabajo.
—No. Me refiero a escribir una frase que no responde nada y conseguir que parezca útil.
La analista cerró el documento antes de que pudiera contestarle.
—Hay algo más. Javier hizo búsquedas sobre el procedimiento antiguo. Noticias, resolución judicial, datos del condenado y algunas referencias a los agentes que participaron. No parece que llegara demasiado lejos, pero dedicó varias horas al asunto.
Sentí el impulso de preguntar mi nombre antes de decidir que prefería otra cosa.
—¿Encontró algo posterior a 2014 relacionado con Irene?
—Nada que demuestre que estuviera viva. Hay coincidencias de nombre descartadas, perfiles creados por otras personas, menciones en artículos antiguos y bastante ruido. Si encontró una identidad alternativa, una cuenta o una actividad real posterior a su muerte, no está en esta carpeta.
—Entonces el cliente consiguió que trabajara —dijo Molina—, pero no que encontrara a Irene.
—Porque no podía encontrarla —respondí.
La analista regresó al directorio principal.
—La fotografía estaba también en la memoria. La copia que encontramos escondida en el apartamento probablemente salió de este archivo.
Me quedé mirando la carpeta.
Hasta entonces había supuesto que la fotografía pertenecía a alguna parte antigua de la vida profesional de Javier que todavía no habíamos reconstruido.
Una investigación anterior. Un cliente. Un nombre que por casualidad coincidía con uno de los que yo llevaba doce años intentando dejar en el pasado.
Ya no podía sostener esa explicación.
Alguien había llevado a Irene hasta Javier tres meses antes de su muerte. Deliberadamente.
—¿Podemos identificar el teléfono? —preguntó Molina.
—Era prepago y hace semanas que no registra actividad. Ya he pedido todo lo que podamos obtener, pero no esperéis que un número utilizado únicamente para esto nos entregue un nombre por cortesía.
—¿Y el efectivo?
—Javier solo escribió que recibió un sobre. No dejó cantidad ni forma de entrega en estas notas.
Molina miró hacia mí.
—Alguien se esfuerza en no identificarse, paga en efectivo, utiliza un número desechable y contrata a un detective para encontrar a una mujer que sabe que está muerta. Reconozco que, incluso utilizando tus estándares, resulta difícil llamarlo coincidencia.
—No es una coincidencia.
Fue la primera vez que lo dije desde que encontramos la fotografía.
La analista volvió la vista hacia la pantalla.
—Eso tampoco significa que tenga relación con el asesinato.
—No la tiene —respondí.
Molina esperó.
—Víctor fue al apartamento por la memoria y por lo que Javier estaba reuniendo contra él. Ya sabemos qué ocurrió allí. Esto es otra cosa.
Decirlo en voz alta ayudó.
Elena había tenido razón antes de que nosotros tuviéramos pruebas suficientes para saberlo: encontrar Alicante dentro del caso de Javier no convertía automáticamente ambos casos en la misma historia.
El asesinato estaba resuelto. La fotografía seguía sin estarlo.
Molina tomó su café, ya frío, y volvió a dejarlo sin beber.
—Entonces tenemos a alguien que hace tres meses quiso que Javier buscara a Irene después de 2014.
—Sí.
—Sabiendo que había muerto en 2014.
—Eso es lo que parece.
—Y le dice que sigue viva.
Miré otra vez el mensaje. Las cuatro palabras ocupaban muy poco espacio en la pantalla. Doce años cabían peor.
—Puede que quisiera engañarlo —dijo Molina—. O comprobar qué encontraba. O conseguir que investigara algo sin decirle qué era.
—Javier pensaba lo mismo.
—¿Y tú?
Pensé en la llave escondida dentro del forro de una chaqueta y en un inventario donde dejó de existir pocas horas después.
Después miré la fotografía de Irene viva junto al mar.
—Creo que quien contrató a Javier sabía que una persona muerta no podía ser el verdadero encargo.
Molina esperó a que continuara. Esta vez no lo hice. La frase del mensaje seguía delante de nosotros.
IRENE VALDÉS SIGUE VIVA.
Era mentira. La pregunta era para qué necesitaba alguien que Javier la creyera.