El hombre que no vivía allí (Los casos de Rivas 1) CAPÍTULO 28El hombre que no vivía allí
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CAPÍTULO 28El hombre que no vivía allí

El hombre que no vivía allí

Víctor Gálvez entró en la sala sabiendo que aquella vez no habíamos pedido que viniera para completar una declaración. Lo supe por la forma en que miró la mesa antes de sentarse.

Habíamos colocado únicamente tres cosas delante de nosotros: una fotografía de su coche, la imagen del sujetalibros recuperado y una copia del informe preliminar de Científica. El resto permanecía dentro de las carpetas.

Víctor llegó acompañado de su abogado, que ocupó la silla a su derecha y dejó una libreta cerrada delante de él.

—Supongo que esta vez sí han encontrado algo mejor que una cena que empezó tarde —dijo Víctor.

Molina se acomodó a mi lado.

—Bastantes cosas han mejorado desde aquella conversación.

Víctor lo miró sin responder y después volvió hacia mí. Parecía esperar que empezáramos acusándolo.

Preferí empezar por una frase suya.

—Nos dijo que aquella noche estuvo conduciendo.

—Y ya les expliqué que era una respuesta bastante mala como coartada, pero seguía siendo cierta.

—En eso tenía razón. Estuvo conduciendo.

Deslicé hacia él la primera captura.

—Su coche salió del despacho a las ocho y veintisiete.

A las ocho y cuarenta y siete estaba entrando en la zona del apartamento de Javier.

Vuelve a aparecer saliendo a las nueve y treinta y ocho.

Después toma una ruta que tampoco conduce al restaurante y permanece detenido en una vía lateral antes de continuar hacia la cena.

Víctor observó la fotografía.

—Mi coche estuvo en un barrio de Madrid. Creo que todavía no es delito.

—No. Y tampoco demuestra que usted entrara en el apartamento.

Su abogado levantó ligeramente la vista, quizá sorprendido de que le ahorrara el trabajo.

Víctor sonrió.

—Me alegra que sigamos entendiendo algunas cosas de la misma manera.

—El problema es lo que ocurrió después.

Coloqué delante de él la fotografía del sujetalibros.

La sonrisa desapareció. Tardó menos de un segundo, pero fue suficiente.

—¿Lo reconoce?

—Parece un sujetalibros.

—Eso ya lo habíamos conseguido averiguar.

Molina estuvo a punto de añadir algo, aunque esta vez se contuvo.

Víctor se inclinó ligeramente hacia la imagen.

—Javier tenía objetos así en los pisos que utilizaba para trabajar. Ya les conté que no era una idea especialmente original.

—Este estaba en el suyo.

—Entonces tendrán que preguntarle a Javier cómo acabó donde lo hayan encontrado.

Su abogado le tocó brevemente el antebrazo.

Víctor se corrigió sin necesidad de que nadie dijera nada.

—Ya me entiende.

Abrí el informe.

—El objeto pertenece al mismo modelo que la pieza que permanecía en el apartamento. Sus dimensiones y geometría son compatibles con la lesión que mató a Javier. Además, en una hendidura protegida se ha recuperado sangre de Javier Cárdenas.

Esta vez Víctor no miró la fotografía.

Miró al abogado. El hombre abrió por fin la libreta.

—Mi cliente no va a responder a interpretaciones sobre un objeto cuya procedencia tendrá que establecerse correctamente.

—No le estoy pidiendo que interprete el objeto. Le estoy preguntando si sabe cómo llegó desde el piso de Javier hasta una pendiente situada en una ruta que siguió su coche esa misma noche.

Víctor mantuvo los brazos sobre la mesa.

—Eso presupone que salió del piso de Javier.

—Nueve días antes de morir había dos piezas idénticas en la estantería. Después de su muerte quedaba una.

—Y ahora han encontrado otra tirada en la calle. Supongo que esperan que yo les felicite por completar la pareja.

Molina se inclinó hacia delante.

—Esperábamos que nos explicara por qué su coche estuvo doce minutos precisamente junto al lugar donde apareció.

El abogado intervino.

—El vehículo del señor Gálvez aparece en una zona. No disponen de ninguna imagen que lo muestre arrojando ese objeto.

—Correcto —dije—. Tampoco tenemos una cámara dentro del apartamento.

Víctor me observó con más atención.

—Entonces seguimos teniendo el mismo problema.

—Ya no.

Saqué la fotografía de la estantería tomada la noche del asesinato y la coloqué junto a la del sujetalibros.

Víctor bajó la vista.

—¿Qué se supone que debo ver?

—Lo mismo que vi yo la primera noche que entré allí.

Esperé un momento.

—Javier no vivía en ese piso.

Víctor soltó aire por la nariz.

—Eso lo sabía yo antes que usted. Javier y yo utilizamos sitios parecidos durante años. Pisos donde recibir a alguien sin llevarlo a tu casa de verdad. Una dirección que puedes abandonar si un cliente empieza a hacer demasiadas preguntas.

—Sabía para qué servía. No sabía cómo había construido Javier aquel.

—No veo la diferencia.

—Por eso está aquí.

Señalé la fotografía.

—Los libros eran nuevos y estaban ordenados por altura.

La ropa apenas se había utilizado. Las fotografías personales eran falsas.

La comida se había comprado para llenar una nevera.

Hasta los objetos más pequeños estaban colocados para que alguien entrara, mirara alrededor y pensara que allí vivía una persona.

Víctor apoyó la espalda.

—Una decoración. Ya lo sabemos todos.

—Exactamente. Una decoración.

Moví la fotografía hacia él.

—Y después de matar a Javier alguien decidió fabricar un robo. Abrió cajones, tiró cosas, arrancó el televisor y buscó algo por el apartamento. Científica ya estableció que parte de ese desorden se produjo después de que Javier estuviera sangrando.

—Eso tampoco me coloca allí.

—Todavía estoy hablando de la casa.

Víctor guardó silencio.

—Hay un lugar al que ese robo no llegó. La estantería. Los libros siguen ordenados. El sujetalibros que quedó continúa en su sitio. Nadie revolvió esa zona buscando dinero ni documentación. Solo falta una cosa: la otra pieza.

Molina dejó que el silencio durara.

Víctor fue el primero en romperlo.

—¿Y?

—Que la pieza no desapareció durante el robo.

—Eso es una teoría.

—Sí. Pero encaja con algo mucho más sencillo que la alternativa.

Alguien discutió con Javier, cogió un objeto que tenía al alcance de la mano y lo golpeó.

Después, cuando Javier ya estaba en el suelo, empezó otra cosa.

Registró la vivienda, buscó información y convirtió el piso en una escena de robo. Son dos momentos distintos.

El abogado se movió en la silla.

—Inspector, está reconstruyendo una secuencia sin un testigo directo.

—Estoy explicando por qué no estoy acusando a su cliente de haber llegado allí con un arma.

Víctor levantó la mirada.

Por primera vez desde que había entrado pareció dejar de preparar una respuesta antes de escuchar el final de la frase.

—¿Qué ha dicho?

—Que no creo que fuera allí para matar a Javier.

Molina no se movió.

Víctor sí. Muy poco.

—Eso es generoso.

—No tiene nada que ver con ser generoso. Si hubiera ido preparado para matarlo, resulta difícil explicar por qué utilizó un objeto que pertenecía al propio apartamento. Lo que vemos es una discusión y un golpe con algo que estaba allí. Lo que ocurre después es diferente.

Víctor pasó la lengua lentamente por el interior del labio.

—No saben qué ocurrió durante esa discusión.

—No. Usted sí.

El abogado giró la cabeza hacia él.

—Víctor.

Él levantó una mano.

—Javier vino a verme unos días antes.

No dije nada.

—Me dijo que sabía lo de Cobo y que estaba reuniendo cosas que, según él, tenía que entregar.

Molina abrió la carpeta, pero yo lo detuve con un gesto.

—¿Fue al piso?

Víctor me miró.

—Fui a hablar con él.

La sala cambió sin que nadie se moviera.

—¿A las ocho y cuarenta y siete?

—No sé la hora exacta. Aparqué cerca y fui andando. Si tienen tantas cámaras como dicen, supongo que ya sabrán más de mis horarios que yo.

—¿Por qué mintió cuando aseguró que nunca había estado en ese apartamento?

Víctor bajó la vista hacia la fotografía.

—Porque cuando su antiguo socio aparece muerto y sabes que estaba acumulando documentación contra ti, admitir que estuviste con él esa noche no parece una decisión particularmente inteligente.

—¿Qué quería de Javier?

—Que parara.

—¿Que no denunciara lo que había hecho?

—Que dejara de comportarse como si hubiera descubierto de repente que durante años habíamos trabajado juntos.

Hay expedientes con su firma. Direcciones que consiguió él.

Personas a las que seguimos los dos. Javier no podía borrar diez años de su vida porque un día decidió que quería ser mejor persona.

—No los borró.

Víctor alzó la vista.

—¿Qué?

—Guardó también esos expedientes. Los suyos. Los que lo comprometían a él.

Aquello sí llegó. Se notó en la quietud.

—No estaba reuniendo una versión en la que él fuera inocente —continué—. Estaba preparando algo en lo que también tendría que explicar lo que había hecho.

Víctor apartó la fotografía.

—Siempre tuvo esa necesidad de llegar tarde a las cosas y hacer como si fuera una cuestión de principios.

—¿Discutieron por eso?

Tardó en responder.

—Discutíamos por muchas cosas.

—Esa noche.

El abogado volvió a intervenir.

—Mi cliente ya ha reconocido que estuvo allí. Antes de continuar, quiero que quede claro que eso no supone reconocer ninguna participación en la muerte del señor Cárdenas.

—Que quede claro —dije.

Víctor me miró durante varios segundos.

—Me dijo que al día siguiente iba a entregarlo. Todo. Lo mío y lo suyo. Le dije que estaba loco, que no iba a arreglar nada destruyendo dos vidas profesionales y entregando expedientes de personas que llevaban años sin saber que alguien conservaba sus datos.

—¿Y Javier?

—Dijo que eso era precisamente lo que llevaba demasiado tiempo diciéndose a sí mismo.

La frase quedó entre nosotros.

—Después me dijo que me fuera.

—Y usted no se fue.

Víctor cerró los ojos un instante.

—Me acerqué. Él también. No sé quién tocó a quién primero y no voy a inventarme ahora una coreografía para que encaje mejor en su informe. Estábamos gritándonos. Javier me empujó o me apartó, llámelo como quiera. Yo vi aquello en la estantería y lo cogí.

Miró la fotografía.

—Una vez.

Molina habló sin levantar la voz.

—Un golpe.

Víctor asintió muy lentamente.

—Un golpe.

Nadie dijo nada durante varios segundos.

—¿Murió en ese momento? —pregunté.

—No lo sé. Cayó. Había sangre. Me agaché, intenté hablarle y.… no respondía como una persona que estuviera escuchando.

—Y entonces buscó la memoria.

La expresión de Víctor cambió otra vez. Ya no quedaba discusión sobre el golpe.

Quedaba lo que había hecho después.

—Sabía que la tenía allí.

—¿Cómo?

—Porque me lo había dicho. Quería que entendiera que tenía pruebas.

—La encontró.

—Sí.

—Y después arrancó el televisor, abrió cajones y convirtió el piso en un robo.

Víctor miró al abogado.

El hombre ya no escribía.

—Entré en pánico.

Molina se inclinó hacia él.

—Buscar una memoria, llevársela, modificar una escena y conducir hasta una zona apartada para tirar el objeto con el que acabas de golpear a alguien requiere bastante actividad para llamarlo solo pánico.

Víctor sostuvo su mirada.

—No he dicho que después hiciera las cosas bien.

—Las hizo deliberadamente —dije—. Esa es la diferencia.

Víctor volvió hacia mí.

—El golpe no.

—No he dicho que lo fuera.

Por fin dejó de defenderse de una acusación que yo no había hecho.

Miré las fotografías que seguían sobre la mesa. Durante semanas habíamos perseguido el robo, la memoria, las direcciones vendidas y aquella casa que parecía demasiado perfecta para ser una casa.

Al final, el piso había contado las dos partes. Lo que ocurrió antes del desorden. Y lo que alguien hizo después para esconderlo.

Víctor permaneció sentado mientras Molina recogía las carpetas.

Yo guardé la fotografía de la estantería la última.

Javier Cárdenas no había vivido allí. Pero allí había muerto. Y ya sabíamos por qué.