CAPÍTULO 27El sujetalibros
El sujetalibros
La cámara que necesitábamos apuntaba a una puerta que no nos interesaba.
Pertenecía a un almacén de suministros eléctricos situado al final de la vía lateral y estaba orientada hacia el acceso de vehículos. El propietario la había instalado después de varios robos y, como ocurre con muchas cámaras privadas, cumplía bastante mejor su función por accidente que por diseño.
Molina detuvo la imagen.
—Ahí.
Víctor apareció en pantalla a las 21:54. No su cara. Su coche.
Avanzaba despacio por la vía hasta rebasar la entrada del almacén y continuar hacia el aparcamiento de tierra que habíamos recorrido el día anterior. La cámara no alcanzaba a mostrar dónde se detenía, pero dos minutos después los faros desaparecían del extremo derecho de la imagen.
—Eso nos quita casi cuatrocientos metros —dijo Molina—. Si hubiera aparcado antes, habría quedado aquí. Si hubiera seguido hasta las naves del fondo, otra cámara lo habría recogido. Solo nos queda el tramo junto al aparcamiento y la pendiente.
Me incliné hacia la pantalla.
—¿La salida?
Molina adelantó la grabación.
22:06.
Los faros regresaron desde el mismo punto y el coche volvió hacia la avenida.
—Doce minutos —dijo—. Puede que estuviera fumando, haciendo una llamada con un teléfono que desconocemos o contemplando el paisaje industrial de Madrid. Pero, si ayer querías reducir seiscientos metros antes de buscar, ahora tenemos bastante menos.
—Ahora tenemos una zona.
—Eso, viniendo de ti, es prácticamente entusiasmo.
Pausé otra vez la imagen.
Víctor no se había limitado a desviarse. Había llegado hasta el final útil de una calle que no llevaba al restaurante, había permanecido allí doce minutos y después había regresado exactamente por donde había entrado.
—Llama a Pilar.
Molina sonrió.
—Eso sí ha sonado a entusiasmo.
A Pilar le gustó la pendiente menos que a nosotros.
Había llovido dos veces desde la muerte de Javier y el terreno descendía entre hierba, tierra oscura, latas aplastadas y restos que parecían llevar allí suficiente tiempo como para tener derecho de residencia.
—Voy a decirlo una vez —dijo mientras se ajustaba los guantes—. Si encontráis un trozo de metal oxidado y decidís que es el arma porque tiene una forma que os gusta, os dejo aquí abajo y vuelvo sola.
—Buscamos un sujetalibros —respondió Molina—. No cualquier trozo de metal.
—Eso me tranquiliza muchísimo. Madrid está prácticamente libre de objetos metálicos de tamaño parecido a un sujetalibros.
Le mostramos las fotografías.
La imagen antigua del piso antes del alquiler. Las fotografías realizadas por Científica la noche del asesinato. El único sujetalibros que seguía en la estantería. Una pieza geométrica de metal oscuro, pesada, con una base ancha y una arista lateral bastante marcada.
Pilar amplió la fotografía en el teléfono.
—Si aparece, nadie lo toca. Ni tú, ni él, ni el espíritu de Javier Cárdenas. Primero fotografía, posición, entorno y después levantamiento. Y que quede claro que encontrar aquí una pieza parecida no demuestra quién la tiró.
—Ya lo sabemos —dije.
—Tú sí. A Molina prefiero recordárselo.
Molina levantó ambas manos.
—Estoy evolucionando. Pregúntale.
—No pienso hacerlo.
Empezamos por la parte superior de la pendiente.
No fue una búsqueda rápida.
Había restos de obra, botellas, una llanta vieja, una silla de plástico sin respaldo y suficiente basura pequeña como para obligarnos a mirar dos veces cada objeto oscuro.
Dos técnicos avanzaban desde el extremo contrario mientras nosotros recorríamos el terreno más cercano al punto donde la cámara permitía situar el coche.
El aire estaba frío y la humedad se metía por las suelas. Desde la avenida llegaba el ruido constante del tráfico, amortiguado por las naves.
Molina apartó con el pie una lata sin tocarla con las manos.
—Si lo tiró desde arriba, puede haber rodado bastante.
—O quedarse enganchado a dos metros.
—O llevárselo a la cena en el bolsillo.
Lo miré.
—Pesa más de un kilo.
—Era una forma de hablar.
Seguimos.
Pasaron casi cuarenta minutos antes de que uno de los técnicos nos llamara. No gritó. Simplemente levantó una mano y esperó.
Eso bastó.
Bajamos hasta una zona donde la pendiente terminaba en una pequeña canalización de hormigón medio oculta por hierba y bolsas de plástico. Había agua estancada en el fondo y varias ramas acumuladas contra una rejilla.
Entre ellas se veía una superficie oscura.
Pilar se agachó a dos metros.
—Nadie baja más.
Molina se quedó a mi lado.
No hacía falta acercarse para reconocer la forma. Una base rectangular. Una pieza vertical inclinada. Metal oscuro. La misma geometría que llevaba días viendo en fotografías.
Pilar hizo varias imágenes antes de que uno de los técnicos retirara cuidadosamente las ramas. Después fotografió otra vez desde distintos ángulos y finalmente levantó el objeto utilizando material limpio.
El barro cubría buena parte de la superficie.
Una de las aristas, sin embargo, seguía siendo visible.
Molina habló más bajo.
—Dime que es el otro.
Pilar ni siquiera lo miró.
—Te puedo decir que se parece. Puedo decirte que dimensiones y diseño parecen compatibles con el que queda en el apartamento. Si quieres que te diga algo más serio, déjame trabajar.
Giró ligeramente la pieza. En la base había tres pequeños protectores de fieltro. El cuarto faltaba.
Pilar acercó la vista sin tocar la zona.
—Interesante.
—¿Qué?
—Nada que vaya a regalaros todavía. Hay una hendidura en la unión entre la base y la pieza vertical. Parece conservar material pese al agua y al barro.
Molina dio un paso involuntario.
Pilar levantó un dedo.
—Si avanzas otro centímetro, te denuncio yo.
Se detuvo.
—Solo estaba mirando.
—Eso dice Rivas siempre. No necesito dos.
Embolsaron la pieza y la marcaron allí mismo.
Mientras completaban el levantamiento, miré hacia arriba.
Desde el borde del aparcamiento se podía lanzar algo a la pendiente sin bajar. Un objeto pesado habría golpeado la tierra, rodado entre la vegetación y terminado en la canalización.
Doce minutos seguían siendo demasiado para un gesto que podía hacerse en diez segundos.
Eso significaba que no sabíamos aún qué había hecho Víctor durante el resto de la parada.
No necesitábamos inventarlo.
Volvimos al apartamento de Javier esa tarde.
Pilar quería revisar nuevamente la posición de la estantería y contrastarla con las fotografías tomadas la noche del asesinato. Después compararían en laboratorio la pieza recuperada con el sujetalibros que seguía bajo custodia.
Yo fui con ella.
El piso olía distinto sin un cadáver dentro. Menos metálico, más cerrado. El ambientador de vainilla había desaparecido hacía tiempo y solo quedaba el olor de una vivienda que nadie ventilaba.
La estantería seguía fotografiada desde todos los ángulos posibles.
Pilar colocó en una pantalla la imagen tomada la primera noche.
—Aquí estaba el que queda.
Señaló el extremo de una balda.
—Y aquí, según la fotografía de la inmobiliaria, estaba el otro.
Los dos sujetalibros habían contenido una fila de libros entre ellos.
Miré la escena original. Habíamos pasado semanas hablando del desorden del salón: cajones abiertos, papeles en el suelo, lámpara caída, televisor arrancado.
La estantería, en cambio, estaba prácticamente intacta. Los libros seguían ordenados por altura. El sujetalibros superviviente continuaba en su posición.
Solo faltaba su pareja.
—El robo no llegó hasta aquí —dije.
Pilar amplió la imagen.
—No parece. Al menos no de la misma manera que llegó a los cajones y al mueble del televisor.
Molina me miró.
—Pero el arma sí salió de aquí.
—Exactamente.
Volví a observar los libros.
Quien había registrado la casa después del golpe había abierto cajones, desplazado objetos y arrancado un televisor para construir un robo.
Pero antes de todo aquello alguien había sacado una sola pieza de una estantería que después permaneció intacta.
No parecía el movimiento de alguien buscando algo que llevarse. Parecía el movimiento de alguien que necesitó tener algo pesado en la mano.
—¿Qué estás pensando? —preguntó Molina.
—Que quizá llevamos demasiado tiempo tratando el sujetalibros como una parte del robo.
—¿Y qué sería?
Miré la balda.
—Algo que ocurrió antes.
Pilar cerró la imagen.
—Eso puedo aceptarlo como hipótesis. Las alteraciones del salón ya eran compatibles con movimientos posteriores al sangrado, pero no me convirtáis una estantería ordenada en una máquina del tiempo.
—No hace falta.
Si la pieza recuperada era la que faltaba, ya teníamos una secuencia mucho más sencilla.
La discusión. Un objeto al alcance de la mano. El golpe. Después, otra cosa. La búsqueda. El robo representado.
La confirmación llegó a la mañana siguiente.
Pilar apareció con una carpeta fina y la dejó sobre mi mesa sin ceremonia.
—La pieza recuperada coincide en modelo, dimensiones, acabado y características de fabricación con la que seguía en el apartamento. Eso todavía permitiría que existieran cientos iguales.
Molina esperó.
Ella continuó.
—El material conservado en la hendidura dio positivo como sangre humana en las pruebas preliminares. La comparación genética ya está hecha porque pedimos prioridad.
No terminó la frase inmediatamente.
No le hacía falta, pero esta vez la dejé hacerlo.
—Corresponde a Javier Cárdenas.
Molina apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Entonces ya tenemos el arma.
Pilar negó ligeramente.
—Tenéis un objeto compatible con la lesión, perteneciente al mismo modelo que la pieza que desapareció del apartamento y con sangre de Javier en una zona protegida. Si quieres una frase más grande que esa, búscate otro laboratorio.
Cuando se marchó, Molina permaneció mirando la carpeta.
—Motivo, ruta, casi una hora en la zona del piso y ahora esto. Creo que por fin podemos sentarlo delante sin preguntarle amablemente por dónde estuvo paseando.
Cogí la fotografía de la estantería.
—Sí.
—¿Eso es un sí normal o uno de los tuyos?
—Es un sí.
Molina se levantó.
—Voy a disfrutarlo mientras dure.
Yo seguí mirando la imagen.
Los cajones abiertos. La lámpara en el suelo. El hueco del televisor. Y, en mitad de todo aquel desorden fabricado, una estantería que nadie había necesitado destrozar.
Habíamos encontrado el objeto que podía haber matado a Javier. Lo que faltaba era explicar cómo había salido de aquella estantería y terminado en la ruta de Víctor.