El hombre que no vivía allí (Los casos de Rivas 1) CAPÍTULO 26La ruta
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CAPÍTULO 26La ruta

La ruta

Molina había convertido aquel hueco de tiempo en una secuencia de fotografías, un plano de Madrid y una cantidad de café que empezaba a parecer irresponsable.

Cuando llegué, tenía las imágenes alineadas sobre mi mesa y estaba marcando horas junto a varios cruces con un rotulador rojo.

—Antes de que digas nada, he dormido —dijo sin mirarme—. Poco, pero técnicamente cuenta.

Dejé el abrigo sobre la silla.

—Me preocupaba más que estuvieras utilizando mi mesa.

—La mía ya no cabe en esta investigación.

La primera fotografía mostraba la salida del aparcamiento del edificio donde Víctor tenía el despacho. Su coche cruzaba la barrera a las ocho y veintisiete de la tarde.

La matrícula se veía completa.

—¿Él conduce?

Molina señaló otra captura.

—Aquí sale del ascensor del edificio dos minutos antes y entra solo en el garaje.

Después tenemos el coche saliendo. No voy a decirte que podemos verle la cara a través del parabrisas porque entonces me obligarías a pronunciar la palabra probablemente siete veces, pero de momento no tenemos ninguna señal de que entregara el vehículo a otra persona.

—Bien.

—¿Eso es todo?

—Sigue.

La segunda imagen procedía de una cámara municipal situada varios kilómetros al sur de donde Víctor iba a cenar. Hora: 20:38.

Su coche atravesaba el cruce en una dirección que no servía para llegar a Chamberí salvo que uno tuviera una relación especialmente creativa con los trayectos.

—Eso encaja con que estuviera dando una vuelta —dije.

Molina apoyó las manos sobre la mesa.

—Sabía que ibas a decirlo, así que espera a ver la tercera antes de empezar a defenderlo.

La tercera captura era peor para Víctor.

20:47.

Reconocí la avenida en cuanto la vi.

El apartamento de Javier quedaba a menos de un kilómetro.

Me acerqué.

—¿Qué cámara?

—Una de tráfico. Conservaban imágenes y la matrícula aparece suficientemente limpia. He comprobado modelo, color y los caracteres uno por uno porque sabía que ibas a preguntármelo.

—¿Y después?

—Después desaparece.

Molina señaló el mapa.

Había marcado con círculos las cámaras que habíamos conseguido identificar en aquella zona y con cruces aquellas de las que no existían imágenes útiles. Durante algo más de media hora, el coche de Víctor dejaba de aparecer.

Volvía a hacerlo a las 21:38.

Esta vez circulaba en dirección contraria. Saliendo.

Miré ambas horas. Marta había llegado a casa poco antes de las nueve. Había escuchado voces después. Cinco o diez minutos de discusión, quizá algo más, y luego silencio.

El ruido fuerte cuya procedencia nunca se había atrevido a garantizar.

A las nueve y media había salido con la basura. Javier ya estaba en el suelo.

—Cincuenta y un minutos —dijo Molina—. El coche entra en la zona a las ocho y cuarenta y siete y sale a las nueve y treinta y ocho.

No puedo colocarlo delante del portal porque las cámaras más cercanas no cubren esa calle, pero puedo colocarlo lo suficientemente cerca como para que deje de gustarme su paseo nocturno.

Cogí la fotografía de las 20:47.

—Tenemos su coche.

—Sergio.

—He dicho que tenemos su coche. No iba a decirte que eso no importa.

Molina guardó silencio unos segundos y después asintió.

—Estoy empezando a entender por qué me irritas.

—Te ha llevado años.

La cuarta fotografía estaba tomada al salir del barrio.

El coche seguía siendo el mismo.

Molina había reconstruido varias rutas posibles entre aquel punto y el restaurante. La más directa podía hacerse en menos de veinte minutos a esa hora.

Víctor tardó casi una hora.

—Aquí empieza la parte que me interesa más —dijo.

Pasó a la quinta imagen.

21:49.

El coche aparecía en una avenida que se alejaba tanto del apartamento como del restaurante.

—¿Qué hay por ahí?

—Talleres, varios almacenes, un supermercado grande, un polideportivo y una vía de servicio que bordea una parcela sin edificar. También hay un aparcamiento de tierra que utilizan furgonetas durante el día. Nada especialmente emocionante.

—¿La cámara sigue el coche?

—Hasta el siguiente cruce.

Cambió de fotografía. La matrícula aparecía entrando en una vía lateral a las 21:52. Después, nada.

—¿Cuánto tiempo?

—Quince minutos.

—¿Y vuelve a salir?

—A las 22:07 por el mismo sitio.

Esta vez fui yo quien cogió el plano.

La vía lateral no ofrecía una ruta mejor hacia Chamberí. Terminaba conectando otra vez con la avenida por la que había entrado.

—Podía haberse perdido.

—Podía.

—Podía haber parado a llamar.

—Su teléfono no registra ninguna llamada.

—Podía haberse quedado sentado.

Molina me miró.

—Ahora sí parece que trabajes para él.

Dejé el plano.

—Quiero saber qué podemos demostrar antes de decidir qué significa una parada de quince minutos.

—Eso estoy intentando hacer desde las siete y media.

Había algo distinto en su tono. No impaciencia. Había llegado a la misma prudencia desde el otro lado y no parecía gustarle especialmente descubrirlo.

Cogió las llaves del coche.

—Ven.

—¿Adónde?

—A dar una vuelta. Parece que está de moda.

Recorrimos el trayecto de Víctor sin sirena y sin intentar reproducir exactamente el tráfico de aquella noche.

Molina conducía.

Desde la salida de la oficina, la primera parte no tenía nada especial. Calles amplias, semáforos, autobuses, coches que cambiaban de carril sin suficiente espacio. Madrid haciendo lo que Víctor había dicho que hacía: existir entre un sitio y otro.

La diferencia apareció al acercarnos al apartamento.

La avenida de la cámara quedaba a unos seis minutos andando del portal de Javier. Había varias calles desde las que podía accederse sin pasar por otro punto controlado.

Molina redujo la velocidad.

—Si deja el coche por aquí, puede caminar hasta el piso sin aparecer en ninguna de las cámaras que tenemos.

—Y también puede ir a otros veinte sitios.

—Sabía que dirías eso.

—Por eso me has traído.

Continuamos.

A las nueve y treinta y ocho de aquella noche, el coche de Víctor había vuelto a aparecer en la avenida. Nosotros tardamos menos de diez minutos en alcanzar el cruce de la siguiente fotografía.

Después Molina siguió la desviación.

La ciudad cambió de aspecto en pocas calles. Había menos comercios abiertos, más fachadas metálicas y varios talleres cerrados con persianas cubiertas de grafitis. El ruido del tráfico principal quedó detrás en cuanto giramos hacia la vía lateral.

A la derecha apareció el polideportivo.

A la izquierda, una parcela irregular protegida por una valla baja en algunos tramos e inexistente en otros. Más adelante había un aparcamiento de tierra, varios contenedores y una hilera de árboles junto a un desnivel que descendía hacia otra calle.

Molina aparcó.

—Quince minutos aquí.

Bajamos.

El aire olía a humedad y gasóleo. Un camión maniobraba al fondo de uno de los talleres, aunque a aquella hora la mayor parte de las naves permanecían cerradas.

Miré alrededor.

—No sabemos dónde paró.

—La cámara lo graba entrando por esa esquina y saliendo por el mismo punto. Si siguió hasta el final, tuvo que dar la vuelta. Si aparcó antes, tenemos unos seiscientos metros de margen.

Caminamos despacio.

Había suficientes sitios para detener un coche sin llamar la atención.

Una entrada cerrada. Dos espacios entre naves. El aparcamiento de tierra. Una zona junto a los árboles donde alguien había dejado bolsas de escombros y piezas de muebles rotos.

Me detuve.

Molina siguió dos pasos antes de darse cuenta.

—¿Qué?

—Nada todavía.

Miré la pendiente.

Un objeto de poco más de un kilo podía desaparecer allí con bastante facilidad. También podía haber desaparecido en cualquier otro punto de Madrid.

—Estás pensando en el sujetalibros —dijo.

—Estoy pensando que salió del apartamento con algo que nunca apareció en la escena.

—Y quince minutos después entra en una calle que no lo acerca a la cena.

—Eso es lo que sabemos.

Molina se acercó al borde del aparcamiento.

—¿Quieres pedir que revisen esto?

—Primero quiero todas las imágenes disponibles de los accesos, negocios y edificios de esta vía. Si podemos reducir esos seiscientos metros a cincuenta, buscamos en cincuenta. No pienso levantar media parcela porque una ruta nos guste.

Molina observó la hilera de naves.

—Hace unas semanas yo habría dicho que estábamos perdiendo el tiempo.

—Hace unas semanas querías detener a Víctor porque su número aparecía cerca de Dársena.

—También es verdad.

Volvimos al coche.

Antes de subir, Molina apoyó una mano sobre el techo.

—Hay otra cosa.

Esperé.

—La ruta desde aquí hasta el restaurante sí es bastante directa. Sale de esta vía a las diez y siete, aparece de nuevo a las diez y veintidós cerca del centro y a las diez y treinta y siete entra en el restaurante. Después de esta parada deja de dar vueltas.

Aquello era más interesante que cualquier explicación sobre tráfico.

Hasta allí, la ruta no conducía a ningún destino que Víctor hubiera mencionado. Después de aquellos quince minutos, había ido a cenar.

Regresamos a comisaría poco antes de las doce. Extendimos las capturas sobre la mesa otra vez, aunque ya no parecían imágenes aisladas.

20:27.

Salida del despacho.

20:38.

Trayecto hacia el sur.

20:47.

Entrada en la zona de Javier.

21:38.

Salida.

21:52.

Desvío hacia la vía de servicio.

22:07.

Salida del mismo lugar.

22:37.

Restaurante.

Molina escribió las horas junto a cada fotografía.

—Cuando vuelva a decirnos que estuvo conduciendo, técnicamente seguirá diciendo la verdad.

—Sí.

—Pero ya no puede elegir dónde.

Miré la imagen de las 20:47.

Durante días habíamos tenido un hueco entre el despacho de Víctor y aquella cena. Ahora ese hueco atravesaba la zona donde Javier había muerto y contenía una parada de quince minutos que no acercaba a Víctor a ningún lugar que hubiera mencionado.

Todavía faltaba una puerta. Todavía faltaba el arma. Pero la hora que no podíamos comprobar había dejado de estar vacía.

Tenía una ruta.