CAPÍTULO 25La cena
La cena
Llegué a casa cuando todavía quedaba comida en la mesa.
No era exactamente llegar a tiempo, pero Daniel seguía cenando, Claudia tenía medio plato delante y Elena no había empezado a recoger, así que decidí aceptar aquella definición amplia de puntualidad sin discutirla con nadie.
—Mira quién ha decidido conservar las llaves de casa —dijo Elena cuando me vio entrar.
Dejé el abrigo en el recibidor.
—Podría haber llamado para avisar.
—Podrías haber hecho muchas cosas. Esta, por ejemplo, es una mejora.
Daniel levantó la cabeza.
—He sacado un notable en el sistema solar.
Me senté en la silla libre.
—¿Incluido Saturno?
—La profesora dijo que las anillas estaban bien.
Elena me miró desde el otro lado de la mesa.
—Quiero que conste que mi primera versión también estaba bien.
—Parecían una patata.
—Eso lo dijiste tú.
—Porque parecían una patata —confirmó Daniel.
Claudia dejó el tenedor.
—Me alegra que hayamos dedicado tantas horas familiares a resolver una crisis que finalmente valía un notable.
—Los grandes proyectos requieren sacrificios —dije.
—Era una cartulina.
—Y ahora es una cartulina evaluada.
Elena señaló la fuente que quedaba en el centro.
—Come antes de que conviertas también la cena en un procedimiento administrativo.
Me serví lo que quedaba de pollo y patatas.
Durante unos minutos la conversación siguió sin necesitarme demasiado.
Claudia explicó algo sobre una exposición que tenía que preparar con otras dos compañeras y Daniel intentó convencer a Elena de que un notable justificaba acostarse media hora más tarde.
Aquello terminó como suelen terminar las negociaciones en las que una de las partes tiene ocho años y la otra controla la hora de apagar la televisión.
A las diez menos cuarto, Daniel desapareció hacia el salón después de conseguir cinco minutos adicionales. Claudia se quedó algo más, recogió su vaso y, antes de marcharse, me señaló el plato.
—Has movido la misma patata cuatro veces.
Miré el tenedor.
—Estoy cenando.
—Estás reorganizando la cena. Es distinto.
Elena la observó alejarse por el pasillo.
—Últimamente tiene una preocupante facilidad para parecerse a mí.
—No veo el problema.
—Yo tampoco. Tú deberías empezar a verlo.
Claudia cerró la puerta de su habitación y el piso quedó más silencioso. Desde el salón llegaba el sonido bajo de la televisión que Daniel había conseguido mantener encendida durante sus cinco minutos de prórroga.
Seguí comiendo.
Elena no preguntó enseguida.
Eso era peor que cuando lo hacía.
—Tenemos bastante claro qué estaba preparando Javier antes de morir —dije finalmente—.
Había reunido documentación sobre su antiguo socio.
Trabajos en los que se habían entregado direcciones, teléfonos y otros datos a personas que probablemente nunca deberían haberlos recibido.
Algunos son de cuando todavía trabajaban juntos y Javier tampoco sale precisamente bien parado.
Elena apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—¿Y el socio?
—Víctor Gálvez. Después de separarse siguió haciendo lo mismo y parece que encontró formas bastante más cuidadosas de cobrarlo.
Empresas interpuestas, conceptos que no dicen nada, clientes que no aparecen directamente.
El hombre que buscaba a Nora pagó quince mil euros y Víctor fue quien le proporcionó la información.
—¿Eso demuestra que mató a Javier?
Negué mientras terminaba de cortar el pollo.
—Demuestra que tenía un motivo importante para evitar que esos documentos salieran de una memoria USB. Demuestra también que mintió sobre algunas cosas y que su coartada empieza bastante más tarde de lo que parecía. Pero todavía no demuestra que estuviera en el apartamento cuando Javier murió.
Elena bebió un poco de agua.
—Entonces estás cerca.
—Estamos más cerca de poder acusarlo sin que la acusación dependa de que él sea la persona que más nos apetece acusar. No es exactamente lo mismo.
—Para alguien que lleva años viviendo contigo, esa frase significa que estás bastante convencido.
La miré.
—Significa que quiero saber dónde estaba.
—También.
Recogió mi vaso vacío y lo llevó hasta el fregadero. El agua corrió unos segundos mientras yo terminaba de cenar.
Podía haber dejado la conversación allí. No lo hice.
—Hay otra cosa que no te he contado.
Elena cerró el grifo y no se volvió inmediatamente.
—Esa introducción nunca ha mejorado una noche.
—Encontramos una fotografía entre las cosas que Javier escondía en el apartamento.
Ahora sí me miró.
Esperé hasta que volvió a sentarse.
—Era de una mujer —continué—. Una fotografía antigua, de hace doce años. Estaba tomada cerca del mar y llevaba escrito detrás un nombre y una fecha.
Elena dejó las manos sobre la mesa.
—¿Qué nombre?
No necesitaba preparar la respuesta.
—Irene Valdés.
Durante unos segundos no cambió de postura.
Después bajó la mirada hacia el plato que yo todavía tenía delante.
—La chica de Alicante.
No era una pregunta.
—Sí.
Elena conocía el nombre. No todos los detalles, porque durante años yo mismo había intentado reducirlos a los imprescindibles cuando hablaba de aquello, pero sí sabía qué lugar ocupaba Alicante entre las cosas que nunca terminaba de considerar cerradas.
—¿Qué hacía su fotografía en casa de Javier?
—Eso es exactamente lo que no sé.
—¿Era una fotografía de la investigación antigua?
—No parece una fotografía policial. Irene está viva en ella, caminando cerca del mar. Javier la tenía escondida con material relacionado con otros trabajos, pero hasta ahora no hemos encontrado nada que explique por qué.
Elena se quedó un momento en silencio.
—¿Y la memoria?
—Estamos revisándola.
—No te he preguntado si estáis revisando la memoria. Te pregunto si has encontrado algo que una a Irene con la muerte de Javier.
La precisión me obligó a responder sin rodeos.
—No.
—¿Algo que relacione a Víctor con Alicante?
—Tampoco.
—¿Algo que indique que Javier murió por esa fotografía?
—Nada.
Elena apoyó la espalda en la silla.
—Entonces no conviertas todo lo que encuentres en Alicante.
La frase no sonó como un reproche.
Precisamente por eso tardé más en contestar.
—No lo estoy haciendo.
—Ahora mismo, no. Pero te conozco. Cuando algo no te encaja, empiezas a mirar todo lo demás desde ahí. Solo te digo que no hagas eso con Javier.
Aparté el plato.
—No pienso mezclarlo.
—Bien. Entonces termina primero lo que tienes delante.
Permanecí callado.
Desde el pasillo llegó la voz de Daniel.
—¡Mamá!
Elena levantó la cabeza.
—¡Se acabaron los cinco minutos!
—¡Solo quería preguntarte una cosa!
—¡Si la pregunta es si puedes ver otros cinco, la respuesta sigue siendo no!
Hubo unos segundos de silencio.
—¡No era esa!
Elena me miró.
—Era esa.
Sonreí sin querer.
Daniel apareció en el pasillo con el pijama puesto.
—¿Mañana puedo llevar el sistema solar al cole otra vez? Marcos no lo ha visto.
—Mañana preguntas a tu profesora —respondió Elena—. Y ahora a la cama.
—Pero no pesa.
—Daniel.
—Vale.
Regresó a su habitación arrastrando los pies con suficiente dramatismo para que supiéramos que consideraba vulnerados varios derechos fundamentales.
Esperamos hasta oír cerrar la puerta.
—No intento convertirlo todo en Alicante —dije.
Elena empezó a recoger los platos.
—Bien.
—Y mañana no voy a tocar nada relacionado con Irene.
Se detuvo con mi plato en la mano.
—Eso ya no te lo he pedido.
—Lo sé.
—Entonces no lo conviertas en una promesa que luego puedas echarme en cara.
Me levanté y cogí la fuente antes de que pudiera llevársela también.
—Mañana vamos a reconstruir los movimientos de Víctor durante el tiempo que no puede justificar. Eso es lo que falta ahora. Si estuvo en el apartamento, tuvo que llegar y marcharse de alguna manera.
Elena abrió el lavavajillas.
—Eso sí parece vuestro caso.
—Lo es.
—Pues termina ese.
Coloqué la fuente en la bandeja inferior.
—Después veremos qué hacía Javier con una fotografía de Irene.
—Después —repitió.
No había advertencia en la palabra. Tampoco permiso.
Solo un orden que ambos entendíamos.
Terminamos de recoger la cocina sin volver a hablar del trabajo. Elena dejó preparado el desayuno de Daniel, yo comprobé que Claudia no hubiera abandonado un cargador en mitad del pasillo y apagamos la luz del salón cuando vimos que la televisión seguía encendida sin nadie delante.
Antes de acostarme miré el teléfono. No había llamadas. Ningún mensaje.
Durante unos segundos pensé en Víctor conduciendo durante aquella hora que nadie podía comprobar y en todas las cámaras, cruces y calles que un coche había tenido que atravesar para llegar hasta una cena a las diez y treinta y siete.
Dejé el teléfono boca abajo sobre la mesilla. Irene podía esperar una noche más.
Javier no.