El hombre que no vivía allí (Los casos de Rivas 1) CAPÍTULO 24Lo que hacía Víctor
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CAPÍTULO 24Lo que hacía Víctor

Lo que hacía Víctor

La carpeta GÁLVEZ no contenía una confesión. Contenía algo más difícil de reducir a una sola frase: un patrón.

La analista de Informática había terminado la primera clasificación poco después de las ocho de la mañana y nos esperaba con una copia forense abierta en una pantalla que no estaba conectada a ninguna red.

Cuando Molina y yo entramos, ya tenía preparadas varias ventanas y una hoja con fechas, rutas y nombres que ocupaba casi toda la mesa.

—Antes de que empecéis a leer cada archivo como si Javier hubiera escrito esto pensando en vosotros, hay que separar tres cosas —dijo—.

Lo que él creó, lo que recibió de otras personas y lo que copió de documentación anterior.

Las fechas de los archivos ayudan, pero no convierten automáticamente su contenido en cierto.

Me senté frente a ella.

—¿Cuánto hay?

—En la carpeta principal, algo más de cuatro gigas. Documentos, fotografías, correos exportados, capturas, hojas de cálculo y bastantes PDF. Hay material de varios años, aunque la mayor parte se incorporó durante los últimos cuatro meses.

Molina miró la pantalla.

—Cuatro gigas para demostrar que tu antiguo socio era un cabrón parece un esfuerzo considerable.

La analista ni siquiera levantó la cabeza.

—También hay fotografías en alta resolución. El tamaño de un archivo sigue sin medir la culpabilidad de nadie.

—Ya sabía que iba a echar de menos tu optimismo.

Abrí la libreta.

—Enséñanos el principio.

Ella lo hizo.

El primer documento que apareció no pertenecía a Víctor. Pertenecía a Javier.

Reconocí el expediente antes de terminar de leer la primera página.

Era uno de los que habíamos encontrado en las cajas del archivo externo: la mujer localizada para su exmarido con la excusa de resolver la propiedad de un vehículo.

Cuatro jornadas de seguimiento, domicilio, lugar de trabajo y un informe final firmado por Javier.

—Esto ya lo tenemos —dijo Molina—. Y no deja especialmente bien al muerto.

—Por eso importa —respondí.

La carpeta no empezaba cuando Javier decidió que Víctor era el problema. Empezaba antes.

Había incluido los trabajos en los que él mismo había participado.

La analista abrió otro.

Un padre que había pedido localizar a su hijo adolescente. La documentación judicial que encontramos semanas atrás volvía a estar allí, junto al informe de la agencia y la anotación manuscrita de Javier:

Confirmada residencia. Cliente informado.

Más adelante aparecía la nota que también conocíamos:

No aceptar nuevos trabajos de este cliente.

Molina pasó lentamente a la siguiente página.

—Podía haber dejado fuera todo esto.

—Sí.

—Si quería presentar a Víctor como el que hacía las cosas mal, lo más fácil era empezar después de separarse.

—Y no lo hizo.

Seguimos avanzando.

Durante los años de sociedad, la frontera era bastante menos limpia de lo que habría resultado cómodo para cualquiera.

Javier había seguido personas, confirmado domicilios y entregado datos que después terminaron utilizándose de maneras que quizá no había previsto o quizá no se había esforzado demasiado en prever.

En algunos informes aparecía la firma de Víctor. En otros, la suya. En bastantes, las dos.

No había un santo escondido dentro de aquella memoria. Había otra cosa. Un cambio.

A partir de determinado momento, las direcciones completas empezaban a desaparecer de los informes de Javier.

Donde antes constaba un portal aparecía después localización confirmada .

Donde antes entregaba un lugar de trabajo, empezaba a recomendar contacto intermediado.

En algunos casos había solicitado autorización a la propia persona localizada antes de facilitar información.

Y entre varios documentos volvió a aparecer la frase que ya habíamos encontrado escrita años atrás:

Localizar no obliga a facilitar domicilio.

Molina permaneció un rato mirando la pantalla.

—Entonces Víctor tenía razón en una cosa.

—¿Cuál?

—Cuando dijo que los dos habían cometido errores. Lo que no nos contó es qué hizo cada uno después.

La analista cambió de carpeta.

—Eso es justo donde la documentación empieza a separarse.

Los primeros archivos posteriores a la ruptura profesional eran mucho más recientes y estaban ordenados por fechas.

Javier había construido una especie de expediente paralelo.

No siempre estaba claro cómo había conseguido cada documento, aunque junto a muchos había correos de personas que se los habían enviado voluntariamente. Algunas eran antiguos clientes. Otras, personas localizadas años atrás que después habían descubierto quién había proporcionado sus datos.

Una mujer había reenviado a Javier un correo recibido por su expareja.

En él aparecían su nueva dirección, el lugar donde trabajaba y la matrícula de su coche. El remitente utilizaba una cuenta asociada a la agencia de Víctor.

La factura adjunta describía el servicio de otra manera:

verificación patrimonial y localización de activos.

Molina leyó dos veces.

—Eso no se parece demasiado a entregarle a un ex dónde vive una mujer.

—En una factura cabe casi cualquier cosa si eliges bien las palabras.

Otro caso tenía una estructura parecida.

Un hombre había contratado a Víctor para encontrar a su hija adulta, con la que no mantenía relación desde hacía años. El expediente que Javier conservaba incluía mensajes de la propia mujer pidiéndole ayuda después de que el padre empezara a presentarse en su trabajo.

Había cuatro direcciones. Dos teléfonos. Horarios aproximados. Y una fotografía tomada desde un coche.

Molina dejó de pasar páginas.

—Esto ya no es una sospecha.

La analista se volvió hacia él.

—Esto es documentación. Para convertirla en prueba habrá que autenticar correos, identificar remitentes, obtener originales y comprobar que los archivos no fueron manipulados. No confundáis encontrar algo con haber terminado de demostrarlo.

Molina me miró.

—¿Os reunís antes para decidir quién me estropea cada momento?

—Nos turnamos.

Seguimos trabajando. Cuanto más avanzábamos, menos excepcionales parecían los casos.

Había patrones. Clientes que no querían aparecer directamente. Conceptos de factura que apenas decían nada. Sociedades interpuestas. Servicios descritos como consultoría, verificación o gestión documental.

Y personas que recibían, al otro extremo, información suficiente para llegar hasta alguien que no quería ser encontrado.

Dársena aparecía por primera vez ocho meses atrás.

No como protagonista. Como conducto.

Una hoja de cálculo preparada por Javier relacionaba cuatro pagos a Dársena con trabajos que, poco después, terminaban vinculados a la oficina de Víctor.

No bastaba por sí sola para demostrar que el dinero hubiera acabado en sus manos, pero las fechas coincidían con llamadas, correos y seguimientos recogidos en las carpetas correspondientes.

El último registro era el de Álex.

Quince mil euros.

Molina acercó la silla.

—Aquí.

Había una copia de la información mercantil de Dársena, capturas del número de atención telefónica y varias anotaciones que reconstruían comunicaciones con la oficina de Víctor. Nada que nosotros no hubiéramos empezado a descubrir por nuestra cuenta.

Debajo había otra carpeta.

NORA S.

La abrimos.

Fotografías. Una localidad. El supermercado. La farmacia. Cuatro calles marcadas sobre un mapa.

La misma información que Álex había descrito.

Permanecí unos segundos mirando la zona delimitada. No estaba la dirección de Nora.

Javier tampoco la había escrito allí.

—Víctor tenía esto —dijo Molina.

—Parece que Javier consiguió una copia de lo que estaba circulando.

—Y supo quién estaba detrás.

—Eso es lo que tenemos que demostrar con los originales.

Molina se volvió hacia mí.

—Sergio, Álex lo ha identificado. Tenemos el dinero, Dársena, llamadas a la oficina, la misma zona que Víctor le enseñó y ahora Javier guardaba todo esto bajo una carpeta con su apellido. ¿Cuánto más necesitas para admitir que Javier estaba preparando algo contra él?

—Para admitir eso, prácticamente nada. Para decir que Víctor mató a Javier, bastante más.

No respondió inmediatamente.

Después señaló la pantalla.

—Pero ya tenemos por qué habría querido impedir que esto llegara a la Policía.

Ahí sí asentí.

El último documento que abrimos había sido modificado la mañana del homicidio. No tenía un título especialmente útil.

REUNIÓN.

Era una página de notas. Nada de párrafos. Nada de acusaciones grandilocuentes.

Javier había escrito únicamente puntos que quería tratar:

Responsabilidad propia en expedientes antiguos.

Separar casos anteriores / posteriores a ruptura.

Gálvez continúa facilitando datos.

Dársena.

Nora Salvatierra.

No entregar material sin proteger identidades.

Consultar cauce: Policía / juzgado / colegio profesional.

Molina leyó la lista en silencio.

—Mercedes Lora.

—Sí.

Aquello era lo que pensaba llevarle a la abogada a la mañana siguiente.

Y, por primera vez, podíamos ver el problema completo desde el lugar de Javier.

Denunciar a Víctor significaba también entregar documentos que demostraban que durante años él había formado parte de la misma agencia, había firmado informes y había facilitado direcciones que nunca debieron salir de allí.

No estaba preparando una denuncia que lo dejara limpio. Estaba reuniendo pruebas que también lo obligaban a explicar por qué había tardado tanto.

—Hay que autenticar todo —dije—. Correos, facturas, personas que enviaron documentación, relación de Dársena con esos pagos.

Quiero una copia separada de los expedientes en los que Javier aparece implicado y otra de los posteriores a la ruptura.

Si mezclamos las dos cosas, Víctor podrá defender que esto es únicamente un ajuste de cuentas entre antiguos socios.

Molina apoyó los brazos en la mesa.

—¿Y a Víctor?

—Todavía no.

—Hace dos días dijiste lo mismo.

—Y hace dos días no teníamos esto. Precisamente por eso ahora no quiero sentarlo delante y enseñarle qué hemos encontrado antes de reconstruir dónde estaba esa noche.

Molina sostuvo mi mirada.

—Tenemos motivo.

—Tenemos un motivo muy serio.

—Tenemos que Javier iba a denunciarlo.

—Tenemos que Javier iba a denunciar a un antiguo socio y documentación que apunta directamente a Víctor. Lo que no tenemos es a Víctor entrando en el apartamento.

Se quedó callado durante unos segundos.

Esta vez no parecía frustrado. Solo estaba recorriendo el mismo espacio que yo.

—Entonces dejamos de preguntarle dónde estaba —dijo al fin— y empezamos a comprobarlo nosotros.

Cerré la carpeta.

—Exactamente.

Hasta aquella mañana habíamos intentado entender qué podía haber obligado a alguien a registrar un piso después de matar a Javier.

La segunda memoria respondía una parte.

Si aquellos archivos llegaban donde Javier pretendía llevarlos, Víctor Gálvez tenía mucho que perder. Lo que seguía faltando era demostrar que, la noche en que Javier murió, Víctor Gálvez había estado en aquel apartamento.