CAPÍTULO 23La segunda copia
La segunda copia
Informática nos llamó antes de que pudiéramos empezar con la lista.
La analista que había reconstruido la actividad de las dos memorias tenía abiertos los registros del ordenador de Javier cuando entramos en su despacho y, esta vez, no necesitó varios minutos para explicarnos qué estábamos viendo.
—Me pedisteis que comprobara hasta cuándo aparecían los dos dispositivos y hay algo que puedo afirmar con bastante seguridad. Después de las nueve y cuatro de la mañana del homicidio, ninguno de los dos identificadores vuelve a registrarse en ese equipo.
Molina se sentó frente a ella.
—¿Eso significa que Javier los sacó de casa?
—Significa exactamente que no volvió a conectarlos a ese ordenador. Puede haberlos dejado encima de la mesa, llevarlos en un bolsillo, conectarlos a otro equipo o tirarlos por una alcantarilla. Mi ordenador no tiene opiniones sobre geografía.
—Cada vez me gusta más hablar contigo.
—Es porque todavía no has entendido la mitad de lo que te explico.
Me acerqué a la pantalla.
—¿La última actividad sigue siendo la misma?
—Sí. Primera memoria, ocho y diecisiete. Segunda, ocho y treinta y seis. Después trabaja con los mismos archivos, elimina la carpeta temporal a las nueve y cuatro y continúa utilizando el equipo para otras cosas. Los dos dispositivos desaparecen del registro a partir de ahí.
—Así que cuando salió de casa podía llevar ambos.
—Podía.
—Y si guardó las copias separadas, tuvo que dejar una en algún sitio después.
La analista señaló la pantalla con el bolígrafo.
—Eso ya es vuestro problema.
Molina se levantó.
—Siempre consigue terminar las reuniones justo cuando empiezan a ponerse interesantes.
—Es una habilidad profesional.
Salimos con los identificadores impresos y una certeza pequeña, pero útil.
Javier había preparado las copias aquella mañana.
Después de las nueve y cuatro, ninguna había vuelto al ordenador.
Ahora necesitábamos seguir a Javier.
La lista ocupaba algo menos de una página.
Raquel había mencionado varios sitios de memoria y nosotros habíamos añadido otros a partir de sus movimientos, facturas y rutinas. Algunos se descartaron rápido.
El trastero que había compartido con su hermana llevaba casi tres años dado de baja.
No existía ninguna caja de seguridad bancaria activa a su nombre.
El coche había sido revisado durante los primeros días y no contenía ninguna memoria de ese modelo.
Quedaban lugares menos evidentes.
Un despacho que alquilaba por horas para determinadas reuniones.
Una gestoría.
Dos cafeterías en las que aparecía con frecuencia según sus gastos.
Y el gimnasio.
Molina fue quien encontró la diferencia.
Llevaba casi veinte minutos comparando movimientos bancarios cuando dejó el bolígrafo sobre una línea.
—Aquí hay dos cargos.
Me acerqué.
La misma empresa cobraba todos los meses la cuota ordinaria de un gimnasio situado a pocos minutos de la casa de Javier. El segundo concepto aparecía una vez al año y era bastante menor.
SERVICIO TAQUILLA ANUAL.
—Eso no estaba en el listado inicial —dije.
—Porque vimos el cargo del gimnasio y nadie pensó que veinte euros al año fueran más interesantes que la cuota mensual.
—¿Desde cuándo?
Molina retrocedió por los movimientos.
—Dos años y medio. Renovación automática cada enero.
Aquello convertía una posibilidad vaga en un espacio concreto.
—Llama.
El gimnasio confirmó que Javier era socio desde hacía cinco años y que tenía asignada una taquilla permanente en el vestuario masculino.
Número 214.
El empleado que nos atendió por teléfono necesitó consultar el sistema antes de añadir otro dato.
—Tenemos registro de acceso con tarjeta —nos explicó—. No puedo decirles qué hizo dentro, evidentemente, pero sí cuándo entró.
Molina activó el altavoz.
—Necesito especialmente la mañana del día en que murió.
Se oyó un teclado al otro lado.
—Entró a las nueve y veintinueve.
Miré a Molina.
La segunda memoria había desaparecido del registro del ordenador menos de media hora antes.
—¿Hora de salida?
—Eso no lo registramos. Solo el acceso.
—¿Volvió después?
—Ese día, no.
Molina se echó hacia atrás.
—Entonces ya tenemos un sitio al que fue después de hacer las copias.
—Tenemos un sitio al que fue después de utilizar las memorias —corregí—. Todavía falta saber qué llevaba consigo.
El hombre seguía al teléfono.
—Hay otra cosa. La taquilla sigue asignada a él. Nadie ha retirado nada porque supimos después que había fallecido y se bloqueó la ficha hasta que contactara la familia.
Eso nos ahorraba imaginar dónde podía haber terminado su contenido.
Llegamos al gimnasio poco después de las doce.
Era uno de esos centros sin demasiado interés en parecer lujoso: máquinas alineadas frente a grandes cristaleras, música constante a un volumen que obligaba a hablar un poco más alto y un olor a goma, detergente y humedad que empezaba antes incluso de entrar en los vestuarios.
El responsable nos esperaba junto a recepción.
—La 214 está tal y como la dejó —dijo—. Al menos nadie de aquí la ha abierto.
—¿Los socios pueden compartir taquilla?
—Las normales, sí. Las permanentes, no. Javier pagaba una fija y utilizaba su propio candado.
Molina lo miró.
—¿Y cómo vamos a abrirla?
El hombre levantó una pequeña herramienta.
—Si tienen autorización para hacerlo, el candado no será el problema.
Las gestiones necesarias ya estaban hechas.
Pilar llegó unos minutos después con otro técnico y nos hizo esperar hasta que fotografiaron la puerta, el número y el estado del cierre antes de permitir que el responsable cortara el candado.
—Me alegra comprobar que hasta aquí consigues traerme para mirar armarios —dijo mientras se ponía los guantes.
—Este por lo menos no tiene veinte camisas nuevas.
—Dame cinco minutos.
La puerta metálica se abrió con un chirrido.
Dentro había exactamente lo que uno esperaba encontrar en una taquilla de gimnasio utilizada durante meses.
Unas zapatillas.
Una bolsa de aseo.
Una camiseta doblada.
Dos toallas.
Un neceser con desodorante, champú y un pequeño frasco de colonia.
Una bolsa de deporte negra ocupaba la parte inferior.
Molina me miró.
—Por una vez, una taquilla parece una taquilla.
—No lo estropees.
Pilar fotografió el interior antes de empezar a retirar objetos.
Las zapatillas no escondían nada.
La ropa tampoco.
Dentro de la bolsa de aseo había únicamente productos de higiene y unas tiritas.
La bolsa de deporte tenía un compartimento lateral con monedas, una tarjeta antigua del gimnasio y un cargador de teléfono.
El compartimento principal contenía otra camiseta, unos pantalones cortos y una sudadera.
Molina apoyó una mano en la puerta abierta.
—Igual estamos investigando unos calcetines.
Pilar levantó la sudadera.
Debajo apareció un estuche pequeño de plástico negro.
Nadie dijo nada.
Ella lo fotografió antes de tocarlo.
—No os emocionéis todavía.
Abrió el estuche con cuidado.
Dentro había una memoria USB.
Negra.
Sin etiqueta.
Sesenta y cuatro gigas indicados en uno de los laterales.
El mismo fabricante y el mismo modelo que las dos que buscábamos.
Molina se inclinó hacia delante.
—Eso sí que me gusta.
—Puede ser otra —dije.
Pilar giró la cabeza.
—Rivas, si alguna vez te toca la lotería vas a pedir que revisen el sorteo por si han leído mal el número.
—Solo quiero saber qué tenemos.
—Tienes una memoria del mismo modelo que las que buscabas dentro de una taquilla de Javier a la que acudió menos de media hora después de utilizarlas. Y tienes la suerte de que yo voy a embolsarla antes de que se te ocurra tocarla.
La introdujo en una bolsa de evidencia.
Molina me miró.
—¿Suficiente para estar contento treinta segundos?
—Veinticinco.
Informática necesitó bastante más de veinticinco minutos.
No conectaron directamente el dispositivo al ordenador de trabajo. Primero documentaron el soporte, hicieron una copia forense y comprobaron el identificador físico que el sistema podía leer sin modificar su contenido.
Esperamos en el pasillo.
Molina llevaba cinco minutos moviendo el pie cuando salió la analista.
—Coincide.
Se levantó de inmediato.
—¿Con cuál?
—Con la segunda memoria. La que se conectó al ordenador de Javier a las ocho y treinta y seis.
Aquello cerraba por fin una parte del recorrido.
Javier había preparado dos copias.
Había salido de casa.
A las nueve y veintinueve había entrado en el gimnasio.
Y una de ellas había permanecido en la taquilla 214 mientras alguien registraba horas después el apartamento donde murió.
—¿Está intacta? —pregunté.
—A primera vista, sí. Ahora estamos haciendo la imagen completa y comprobando fechas, estructura y archivos eliminados. Quiero mirar todo antes de deciros qué contiene realmente.
Molina cruzó los brazos.
—¿Cuánto puedes adelantarnos sin enfadarte después?
Ella lo pensó un momento.
—Que está bastante llena y que la mayoría del contenido parece documentación de trabajo. Hay carpetas por clientes, años y nombres. Nada de eso significa todavía que cada archivo sea lo que parece, así que prefiero revisarlo.
—¿Algún nombre que conozcamos?
La analista me miró antes de volver la vista hacia la puerta de su despacho.
—Sí.
Esperé.
—Gálvez.
Molina dejó escapar el aire lentamente.
Yo no respondí.
Durante varios días habíamos intentado averiguar qué buscaba quien registró el piso después de matar a Javier.
Ahora teníamos delante algo que ese registro no había conseguido alcanzar.
Una segunda copia.
Y Víctor Gálvez estaba dentro.