CAPÍTULO 22Quince mil
Quince mil
Álex tardó menos de una hora en arrepentirse de haber hablado y bastante más en comprender que ya no podía recuperar lo que había dicho.
Cuando volvimos a sentarnos frente a él, esta vez en comisaría y con su abogada a la derecha, había recuperado parte de la tranquilidad que solía utilizar como defensa, aunque ya no tenía la misma seguridad de las primeras declaraciones. Sobre la mesa no puse ninguna fotografía.
Tampoco hizo falta empezar por Víctor.
—Antes ha dicho que pagó quince mil euros para que le dijeran dónde estaba Nora —dije—. Esa cantidad ya la conocíamos. Lo que no sabíamos era qué había comprado exactamente con ella.
Álex miró a su abogada.
Ella se inclinó hacia él antes de hablar.
—Ya has explicado por qué estabas allí y ellos conocen la transferencia. Si vas a continuar, hazlo porque quieras aclarar tu situación, pero no conviertas cada respuesta en una discusión distinta.
—Mi situación no va a mejorar por contarles quién hizo su trabajo mejor que Javier.
—Eso dependerá de lo que entiendas por mejorar —respondí—.
Hace unas horas estaba recorriendo una localidad buscando a una mujer que lleva cuatro años evitando que la encuentre.
Ahora sabemos que llegó hasta allí gracias a información por la que pagó quince mil euros.
Puede seguir dejando huecos o puede explicarnos quién recibió el dinero y qué le entregó a cambio.
Álex se pasó una mano por la cara y dejó los dedos unos segundos sobre la boca.
—No pagué directamente a un detective.
—Eso ya lo sospechábamos.
—Pues entonces deje de preguntarme como si tuviera una factura con su nombre.
Molina estaba sentado a mi lado y llevaba varios minutos sin intervenir, algo que en él normalmente significaba que había decidido esperar a que otra persona cometiera el error primero.
—Empiece por el principio —dije—. Javier se niega a darle la dirección de Nora. ¿Qué hace usted después?
Álex se tomó unos segundos.
—Seguí buscando. No hay ningún misterio. Pregunté, llamé a gente, busqué agencias y acabé hablando con una persona que me dijo que conocía a alguien capaz de hacer trabajos que otros detectives no querían aceptar.
—¿Quién era esa persona?
—No lo sé. Nunca lo vi. Hablamos por teléfono.
—¿Cómo llegó hasta él?
—A través de otro contacto. No guardé el número y, antes de que empiecen, sé que eso suena conveniente. También sé que ustedes tienen mis llamadas, así que búsquenlo si pueden.
Molina abrió una carpeta.
—Ya lo estamos haciendo. Lo que queremos es saber cómo aparece Dársena Gestión y Servicios.
Álex miró hacia él.
—Me dieron una cuenta para pagar.
—¿Sin contrato?
—Me enviaron un documento.
—¿Lo conserva?
—Creo que sí. Era una especie de presupuesto de consultoría, nada que dijera «localizar a mi expareja». En ese momento me pareció bastante obvio que nadie iba a escribir algo así.
—Y aun así pagó quince mil euros a una empresa que, oficialmente, no se dedicaba a encontrar personas.
Álex se encogió ligeramente en la silla, pero la respuesta llegó desarrollada.
—Había pagado tres mil a un detective con licencia y había acabado descubriendo que la licencia no servía para obligarlo a entregarme lo que yo había contratado.
Así que cuando apareció alguien que me dijo que podía conseguir información de verdad, dejé de preocuparme por cómo figuraba en una factura.
Puede parecerles una estupidez, pero en ese momento yo no estaba pensando en la contabilidad de la empresa.
Su abogada lo miró de lado.
—Esa última parte probablemente podías habértela ahorrado.
—Ya estamos aquí.
Molina pasó una hoja.
—El dinero salió de su cuenta y llegó a Dársena. Después hay comunicaciones entre un teléfono asociado a esa empresa y la oficina de Gálvez Investigaciones. Lo que falta es el tramo entre usted y Gálvez.
Por primera vez desde que entramos, Álex levantó la mirada con rapidez.
No necesitaba más para saber que el apellido significaba algo.
—¿Lo conoce? —pregunté.
—He oído el nombre.
—¿Dónde?
—No me acuerdo.
Molina cerró la carpeta.
—Acaba de pasar de explicar con bastante precisión un pago de quince mil euros a tener problemas de memoria justo cuando pronunciamos un apellido. Tómese el tiempo que necesite, pero intente que resulte creíble.
Álex se volvió hacia su abogada.
Ella no respondió por él.
—Después del pago —continuó finalmente— me llamó un hombre. Dijo que se encargaría personalmente de la parte final porque había encontrado una pista que podía servirme.
—¿Se presentó?
—Como Víctor.
—¿Apellido?
—No.
—¿Lo vio?
Álex volvió a guardar silencio.
Esta vez esperé.
—Una vez.
Molina movió apenas la cabeza.
—¿Dónde?
—En una cafetería cerca de Chamartín. No recuerdo la calle, pero puedo señalar la zona.
Aquello explicaba parte del recorrido que llevábamos días reconstruyendo alrededor de Dársena y del centro de recepción de correspondencia.
—¿Qué ocurrió durante esa reunión?
—Me enseñó información sobre Nora. Una fotografía reciente, la localidad en la que creía que estaba viviendo y una zona aproximada.
Me dijo que había conseguido seguir varios movimientos, pero que no podía garantizar una dirección exacta porque ella cambiaba rutinas y utilizaba datos que no coincidían con los antiguos.
—¿Qué fotografía?
—Una imagen de ella saliendo de un supermercado. No era la misma que tenía Javier, aunque estaba tomada de lejos.
Sentí que Molina giraba ligeramente hacia mí.
No hice nada.
—¿Se la entregó?
—No. Me dejó verla en una tableta o un portátil pequeño, no recuerdo cuál. Me dijo que los archivos no salían de sus manos hasta terminar el trabajo.
—Pero el trabajo no terminó.
—Para él sí.
—Usted estaba hoy preguntando casa por casa.
Álex apretó los labios.
—Por eso estaba cabreado. Quince mil euros por una localidad y cuatro calles no me parece precisamente un trabajo terminado.
—Cuatro calles —repitió Molina—. Eso no lo había dicho antes.
Álex lo miró.
—La zona era aproximadamente esa. Un conjunto de calles alrededor de un supermercado y una farmacia. No tenía un portal.
Aquello encajaba mejor con lo que había ocurrido unas horas antes.
Álex no había llegado por casualidad.
Tampoco había llegado hasta la puerta.
—¿Volvió a hablar con Víctor después de aquella reunión? —pregunté.
—Dos o tres veces. Yo quería más información y él decía que ya había cumplido con lo acordado.
—¿Le pidió más dinero?
—Dijo que si aparecía una dirección exacta hablaríamos de otro encargo.
Molina apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—¿Y usted aceptó?
—Le dije que primero quería ver resultados.
—Quince mil euros y todavía negociaba.
Álex lo miró con una expresión cansada.
—No necesito que me explique usted que fue una mala decisión. Llevo toda la mañana viendo el resultado.
Aquello fue probablemente lo más parecido a una admisión que habíamos obtenido de él.
Saqué entonces la fotografía de Víctor.
La dejé boca abajo.
—Quiero que antes de verla me describa al hombre con el que se reunió.
Su abogada intervino.
—¿Para qué?
—Para evitar que dentro de diez minutos parezca que hemos sugerido una identificación que ya estaba decidida.
Álex entendió la razón y pareció molestarle.
—Cuarenta y tantos, quizá cincuenta. Pelo oscuro con bastante gris. Más alto que yo, creo. Delgado, pero no especialmente. Hablaba como alguien acostumbrado a que no le preguntaran demasiado.
—Eso último no es una descripción física.
—Es lo que recuerdo.
—¿Algo más?
Álex negó después de pensarlo.
Giré la fotografía.
Víctor Gálvez estaba de pie junto a la entrada de su oficina, captado en una imagen reciente que habíamos obtenido durante las comprobaciones.
Álex no necesitó acercársela.
—Sí.
Molina esperó.
—¿Sí qué?
—Es él.
—Dígalo completo.
Álex apartó la fotografía unos centímetros.
—Ese es el hombre que se presentó como Víctor y que me dio la información para encontrar a Nora.
La frase no cambió nada en la habitación.
Fuera, alguien dejó caer algo metálico en el pasillo y durante un segundo se oyó una conversación detrás de la puerta.
Yo miré la fotografía.
Por primera vez ya no teníamos una empresa llamando a una oficina ni una transferencia que terminaba cerca de un nombre. Teníamos a la persona que había pagado señalando a la persona que había vendido.
—¿Le habló de Javier? —pregunté.
Álex tardó más en responder.
—No al principio.
—¿Y después?
—Durante una de las llamadas le dije que otro detective ya la había encontrado y que se había negado a darme la dirección. Víctor preguntó quién era.
—¿Le dio el nombre?
—Sí.
Molina dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—¿Cómo reaccionó?
—Se quedó callado unos segundos y luego dijo que conocía a Javier desde hacía años. No pareció sorprendido de que hubiera hecho algo así.
—¿Qué significa «algo así»?
—Negarse a entregar la dirección. Dijo que Javier llevaba tiempo complicando trabajos sencillos porque quería decidir quién merecía encontrar a quién.
Aquello era demasiado parecido a lo que Víctor nos había contado sobre el final de su sociedad.
Solo que ahora aparecía contado desde el otro lado del dinero.
—¿Le dijo a Víctor que había discutido con Javier?
—Sí, pero después. Cuando seguía reclamando que me diera algo más concreto.
—¿Le dijo que Javier sabía de la segunda búsqueda?
Álex frunció el ceño.
—No lo sé. Probablemente le dije que Javier estaba cabreado porque yo había encontrado otra vía. Tuvimos varias conversaciones y no recuerdo cada frase.
—Necesito que lo piense.
—Lo estoy haciendo.
Se inclinó hacia delante.
—Mire, inspector, yo quería encontrar a Nora. No estaba llevando un diario para ayudarles después con un asesinato. Si dije algo que hizo que ese hombre fuera a hablar con Javier, no lo sé. Pero yo no le pedí que lo amenazara, ni que recuperara nada, ni que hiciera lo que ustedes crean que hizo.
Su abogada apoyó una mano junto a la carpeta.
—Y esa diferencia debe quedar clara.
—Quedará exactamente como la está diciendo.
Álex respiró despacio.
—Víctor me vendió información. Eso es todo lo que puedo demostrarles yo.
Miré a Molina.
Era suficiente para aquel día.
Cuando salimos de la sala, Molina esperó hasta que la puerta quedó cerrada.
—Ahora sí.
—Ahora sí, ¿qué?
—Álex ha identificado a Víctor. Dársena recibió el dinero. Dársena habló con la oficina de Víctor. Víctor sabía quién era Nora, sabía que Javier la había encontrado y sabía que Javier estaba enfadado por la segunda búsqueda.
—Y seguimos sin tenerlo en el apartamento.
Molina me miró unos segundos.
—Algún día vas a permitir que una pista te guste durante más de treinta segundos.
—Me gusta.
—No lo parece.
—Porque sigue faltando la parte que puede convertir todo esto en un homicidio.
Regresé a mi mesa y abrí de nuevo el listado que habíamos empezado después de hablar con Raquel.
Lugares que Javier utilizaba de forma habitual fuera de su casa y del apartamento. Habíamos comprobado algunos. Otros seguían pendientes.
Molina se quedó detrás de mí.
—¿Qué buscas?
Pasé la hoja.
—Algo que Javier quisiera conservar, aunque alguien encontrara lo demás.
Ya sabíamos por qué Víctor podía querer recuperar aquellas pruebas. También empezábamos a saber cuándo comprendió que Javier había descubierto la segunda búsqueda.
Lo que todavía no sabíamos era si Víctor, suponiendo que hubiera sido él quien estuvo allí aquella noche, había conseguido llevárselas todas.