CAPÍTULO 21La puerta equivocada
La puerta equivocada
Nora me llamó poco después de la una, desde un número que no tenía guardado. Reconocí su voz antes de que dijera su nombre.
—Inspector, necesito que me escuche antes de decirme que llame a emergencias, porque ya lo he hecho y vienen de camino.
Me levanté de la silla.
Molina dejó de escribir al verme.
—¿Dónde está?
Nora tardó apenas un segundo.
—En casa de una vecina. Dos calles más arriba de la mía. Álex está aquí.
Aquello consiguió que toda la conversación anterior con Víctor desapareciera de mi cabeza.
—¿Lo ha visto?
—A él, sí. Está preguntando por mí.
Cogí el abrigo mientras hacía una seña a Molina.
—¿Sabe cuál es su casa?
—Creo que no. Si la supiera, no estaría llamando a puertas.
—Quédese donde está y no se acerque a ninguna ventana desde la que pueda verla. La patrulla que va hacia allí conoce su situación, pero yo quiero que siga dentro hasta que le diga lo contrario.
Nora respiró al otro lado.
—Ha llegado hasta aquí.
Aquello no era una pregunta.
Tampoco necesitaba respuesta.
—Llegar hasta una localidad y saber dónde vive son dos cosas distintas. Ahora mismo nos importa mantenerlas así.
—Javier también me dijo que estuviera tranquila.
—Yo no se lo estoy diciendo.
Hubo un pequeño silencio.
—Gracias.
Colgó.
Molina ya estaba junto a la puerta.
—¿Álex?
—A dos calles de Nora, preguntando por ella.
—Entonces los quince mil euros compraron algo.
—Vamos a averiguar cuánto.
Durante el trayecto conseguimos hablar con la patrulla de la zona.
Álex había aparcado cerca de una pequeña plaza y llevaba más de media hora recorriendo dos calles residenciales.
Una mujer había llamado después de que Álex enseñara en el teléfono una fotografía antigua de una mujer que, según decía, era familiar suya, y preguntara si alguien la reconocía.
Molina conducía mientras yo hablaba por teléfono.
—Que no lo pierdan de vista y que eviten que llegue hasta ella. Si se mueve hacia otra zona, me lo dicen. Tampoco quiero cinco coches patrulla entrando en la calle de Nora y señalando su casa mejor de lo que podría hacerlo él solo.
El agente comprendió.
Cuando colgué, Molina redujo la velocidad detrás de una furgoneta.
—Una cosa queda clara.
—¿Cuál?
—Víctor no le dio la dirección. Le dio lo suficiente para llegar hasta la zona y empezar a preguntar.
—Eso parece.
Molina mantuvo los ojos en la carretera.
—Una fotografía, una localidad y unas pocas calles. Mucha información para alguien que llevaba cuatro años sin saber dónde buscar, pero todavía no una puerta.
Aquello era lo que llevábamos semanas intentando medir: cuánta información había comprado Álex y quién se la había vendido.
Lo encontramos delante de una casa que no era la de Nora.
Una patrulla esperaba unos metros más atrás y uno de los agentes hablaba con él junto a la verja. Álex tenía el teléfono en una mano y la otra metida en el bolsillo de la cazadora. Desde lejos parecía cualquier hombre detenido unos minutos por una conversación incómoda.
La mujer que vivía allí observaba desde detrás de una cortina.
Molina aparcó.
Álex nos reconoció mientras cruzábamos la calle. Su expresión cambió antes de que llegáramos.
—Esto ya es ridículo.
El agente que estaba con él nos resumió la situación. Álex había dado su identificación sin problemas y aseguraba que buscaba a una conocida con la que necesitaba hablar. La propietaria de la vivienda había negado conocerla y él se disponía a marcharse cuando llegó la patrulla.
Álex guardó el teléfono.
—Imagino que ahora también van a decirme que preguntar por alguien es delito.
—Depende de cuántos años lleve esa persona intentando que usted deje de encontrarla —respondí.
—Otra vez lo mismo.
—Otra vez usted.
Molina se colocó a mi lado.
—Ha pagado a dos personas distintas para localizar a Nora, ha utilizado una identidad falsa y hoy aparece en la localidad donde vive enseñando su fotografía y preguntando puerta por puerta por ella. Puede explicarnos cómo ha llegado hasta aquí o podemos reconstruirlo nosotros sin su ayuda.
Álex miró alrededor.
La presencia de la patrulla empezaba a incomodarlo más que nuestras preguntas.
—No estoy haciendo nada.
—Eso no responde.
—He venido a hablar con ella. Llevo diciéndoselo desde la primera vez que me metieron en una sala.
—Nora no quiere hablar con usted.
—Eso lo dicen ustedes.
—Lo dice ella desde hace cuatro años.
La mandíbula de Álex se tensó, pero esta vez no apartó la mirada.
—Todo el mundo habla por ella. Policías, abogados, detectives. Siempre hay alguien explicándome lo que Nora quiere sin dejar que me lo diga Nora.
—Cambió de teléfono, de ciudad, de trabajo y de apellido. No parece un mensaje especialmente ambiguo.
Álex dio un paso hacia mí.
El agente uniformado se movió también y él se detuvo.
—Ustedes no saben lo que pasó entre nosotros.
—Sé lo suficiente para entender por qué una mujer lleva cuatro años intentando desaparecer de su vida y por qué usted lleva cuatro años negándose a aceptar que lo ha conseguido.
—He venido a hablar. Nada más.
Molina señaló la casa que teníamos detrás.
—Y ni siquiera sabe dónde vive.
Aquello le dolió más de lo que esperaba.
Álex giró la cabeza hacia él.
—Sé que vive aquí.
—Sabe que vive en esta zona.
—Es cuestión de tiempo.
La frase quedó entre los cuatro.
Me acerqué un poco.
—¿Quién le dio esta localidad?
—Hagan su trabajo.
—Eso estamos haciendo.
—Pues entonces ya lo sabrán.
Molina sacó el teléfono y abrió una fotografía que reconocí antes de que la girara.
Víctor Gálvez.
Todavía no se la enseñó.
—Quince mil euros dan para bastante información —dijo—. Lo que estamos intentando averiguar es si también dan para una dirección.
Álex soltó una risa breve.
—¿Ahora vienen con eso?
—¿Con qué?
—Con los quince mil. Llevan días mirando ese dinero como si no supieran para qué era.
Me quedé quieto.
Molina también.
Álex se dio cuenta tarde.
—¿Para qué era? —pregunté.
Intentó corregir.
—Para una investigación.
—Eso ya lo sabemos. La pregunta es qué compró.
—Información.
—¿Sobre quién?
Álex miró hacia el coche patrulla.
Después volvió a nosotros.
—No voy a seguir hablando aquí.
—Ha venido hasta aquí utilizando esa información. El lugar importa bastante.
—Yo pagué por encontrarla.
—Eso tampoco es nuevo.
Su irritación creció.
—Pagué quince mil euros para que me dijeran dónde estaba.
Nadie habló.
La mujer detrás de la cortina se apartó de la ventana.
Álex cerró los ojos durante un instante. Había entendido lo que acababa de hacer.
Molina guardó el teléfono sin haberle enseñado todavía la fotografía de Víctor.
—Eso sí es nuevo.
Álex volvió a mirarlo.
—No he dicho quién me lo dijo.
—Todavía no.
La patrulla se quedó con él mientras comprobábamos la situación y formalizábamos las actuaciones necesarias por lo que acababa de ocurrir. Preferí sacar aquella conversación de la calle antes de continuarla.
Nora seguía en casa de su vecina.
La llamé desde el coche.
—Está localizado.
—¿Sabe dónde vivo?
Miré por el parabrisas.
Álex estaba al otro lado de la plaza hablando con uno de los agentes.
—Sabe la localidad y ha conseguido reducir bastante la zona. Su dirección exacta, por lo que acabamos de comprobar, no la tiene.
—Todavía.
Era la misma palabra que yo habría utilizado.
—Vamos a ocuparnos de que no siga avanzando.
Nora guardó silencio.
—Inspector.
—Dígame.
—Javier tenía razón.
Esperé.
—Cuando me dijo que alguien podía haber seguido buscándome, pensé que estaba exagerando porque se sentía culpable por haberme encontrado él primero.
Miré a Álex.
—Javier había empezado a comprender algunas cosas bastante tarde.
—Pero las comprendió.
No encontré nada que añadir.
Nos despedimos.
Cuando guardé el teléfono, Molina ya estaba sentado al volante.
—Tenemos que volver a preguntarle a Álex por Dársena.
—Sí.
—Y esta vez sabemos qué pagó.
Miré una última vez hacia la casa equivocada ante la que lo habíamos encontrado.
Hasta ese momento conocíamos el movimiento del dinero.
Quince mil euros habían salido de Álex y habían terminado detrás de una empresa que conducía indirectamente hasta Víctor Gálvez.
Ahora conocíamos también lo que viajaba en la dirección contraria.
Información. Una localidad. Una zona cada vez más pequeña. Lo suficiente para acercar a Álex hasta Nora. Pero no hasta su puerta.