El hombre que no vivía allí (Los casos de Rivas 1) CAPÍTULO 20La coartada
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CAPÍTULO 20La coartada

La coartada

La cena de Víctor Gálvez había ocurrido exactamente como sus tres amigos recordaban. Ese fue el primer problema. El segundo fue descubrir a qué hora había empezado.

Molina dejó sobre mi mesa las nuevas declaraciones, una copia de la reserva del restaurante y varias capturas de las cámaras interiores que el local conservaba todavía.

—No nos mintieron —dijo—. Ninguno de los tres.

Cenaron con Víctor, estuvieron juntos hasta pasada la medianoche y el que dijo que permaneció durante toda la comida tenía razón.

Lo que nadie nos había dicho, porque tampoco se lo preguntamos con suficiente precisión, es que la comida empezó casi a las once.

Miré la primera imagen.

Un restaurante de Chamberí. Entrada estrecha, cristal oscuro, una barra al fondo y la fecha de la noche del asesinato en una esquina.

Hora: 22:37:14.

Víctor aparecía entrando solo.

—¿Seguro de la hora?

—La hemos contrastado con el sistema de cobros y con la cámara exterior. El reloj de la grabación iba adelantado treinta y ocho segundos. Corregido, Víctor cruza la puerta a las diez y treinta y siete.

Pasó a otra imagen.

Dos de los amigos ya estaban en la mesa. El tercero aparecía unos minutos después en otra cámara, hablando con un camarero.

—La reserva era a las diez y cuarto —continuó Molina—. El primero llegó a las diez y dieciocho, el segundo seis minutos después y el tercero sobre las diez y media. Esperaron a Víctor para pedir. Primera comanda, diez y cuarenta y dos.

—Entonces el amigo que dijo que estuvo durante toda la cena decía la verdad.

—Desde el primer plato hasta que pagaron, sí. Solo que nosotros convertimos «cené con él» en algo bastante más útil de lo que realmente era.

Volví a mirar la imagen.

Víctor llevaba el mismo abrigo oscuro con el que lo habíamos visto varias veces en su despacho. Caminaba hacia el interior sin prisa, con una mano en el bolsillo y la otra sujetando el teléfono.

Nada en aquella fotografía decía dónde había estado una hora antes.

—¿Qué recuerdan ahora los amigos? —pregunté.

—Lo mismo, pero mejor preguntado. Uno pensaba que Víctor había llegado poco después que él.

Otro admite que cuando prestó declaración no sabía si llevaban allí diez minutos o media hora antes de que apareciera.

El tercero recuerda que se quejaron porque llegaba tarde, aunque no sabría decir cuánto.

Ninguno estaba mirando el reloj porque todavía no sabían que algún día nosotros íbamos a pedirles una cronología minuto a minuto.

—¿Y Víctor?

Molina sonrió de una forma que no necesitaba explicación.

—Eso es lo interesante.

Lo llamamos aquella misma mañana.

No le dijimos qué habíamos encontrado, únicamente que necesitábamos aclarar algunos horarios de la noche en que murió Javier. Llegó poco después de las doce y aceptó sentarse con nosotros sin mostrar la irritación que quizá esperaba Molina.

Traía una carpeta bajo el brazo.

—Empiezo a pensar que debería dejar una muda aquí —dijo mientras se sentaba—. Me ahorrarían desplazamientos.

Molina permaneció de pie unos segundos antes de ocupar la silla a mi lado.

—Si conseguimos aclarar algunas cosas, quizá podamos reducir las visitas.

—Eso me dijeron indirectamente la primera vez.

Coloqué delante de él una copia de su declaración anterior.

—La noche de la muerte de Javier nos dijo que estaba cenando con tres amigos.

—Y sigo diciéndolo. Imagino que ya habrán hablado con ellos suficientes veces como para saber qué pidieron de postre.

—Hemos comprobado también el restaurante.

Víctor me miró.

No parecía sorprendido.

—Me parece razonable.

Deslicé la fotografía hasta dejarla delante de él.

22:37.

La observó durante unos segundos.

—Salgo bastante peor en las cámaras de seguridad de lo que pensaba.

Molina apoyó los brazos sobre la mesa.

—Llegó al restaurante a las diez y treinta y siete.

—Si la cámara lo dice, supongo que sí. Nunca he tenido ningún talento especial para recordar a qué minuto entro en un restaurante.

—La primera vez que hablamos de esa noche permitió que entendiéramos que aquella cena cubría la franja en la que Javier podía haber muerto.

Víctor levantó la vista de la fotografía.

—No recuerdo haber dicho eso.

—Dijo que estaba cenando con tres amigos.

—Porque estaba cenando con tres amigos. Si me hubieran preguntado a qué hora empezó la cena, habría intentado recordarlo.

Si me hubieran preguntado dónde estaba a las nueve y cuarto, quizá habríamos tenido otra conversación.

Lo que no pueden hacer ahora es formular una pregunta imprecisa y convertir mi respuesta correcta en una mentira porque han descubierto que no les servía tanto como pensaban.

Molina estuvo a punto de responder, pero levanté una mano.

Víctor tenía razón en una parte.

Y lo sabía.

—Entonces hagámoslo con precisión —dije—. ¿Dónde estaba usted entre las ocho y media y las diez y treinta y siete?

Víctor se reclinó ligeramente en la silla.

—Salí tarde del despacho. No sé la hora exacta y prefiero decirlo así antes que regalarles un número que dentro de dos días van a colocar en otra fotografía. Después conduje. Tenía la cena a las diez y cuarto, llegaba tarde y acabé llegando todavía más tarde.

—Dos horas conduciendo.

—Madrid tiene esa costumbre de existir entre un sitio y otro. Además, no salí del despacho directamente hacia el restaurante.

—¿A dónde fue?

Víctor me sostuvo la mirada.

—Estuve dando una vuelta.

Molina dejó escapar una pequeña risa.

—Eso va a costarnos bastante comprobarlo.

—Lo sé. Pero que una respuesta sea mala como coartada no la convierte en falsa.

—¿Por qué daba una vuelta?

Víctor se tomó su tiempo.

—Porque había tenido un día de mierda, porque llevaba semanas durmiendo mal y porque a veces prefiero estar una hora dentro del coche antes que llegar a una mesa y escuchar a tres amigos preguntarme si sigo enfadado con el mundo.

Elijan la versión que les parezca menos melodramática; todas llevan al mismo sitio.

—¿Estaba enfadado con Javier?

Aquello modificó algo muy pequeño en su postura.

La espalda siguió apoyada, pero dejó de mover el pulgar sobre el borde de la carpeta.

—Javier estaba muerto cuando tuve esa cena. Si la pregunta es si habíamos tenido problemas antes, ya saben que sí.

—No le he preguntado si tenían problemas.

—Ha preguntado si estaba enfadado con él, y sospecho que no les interesa una discusión profesional de hace dos años. Así que quizá deberían decirme qué están intentando colocar dentro de ese hueco de tiempo.

Molina abrió una carpeta.

—Tenemos a Javier muerto antes de que usted llegue al restaurante. Tenemos una vivienda registrada después del golpe, un antiguo socio que estaba recopilando documentación sobre trabajos compartidos y una franja de tiempo que hasta esta mañana creíamos cubierta por tres testigos.

Víctor lo escuchó sin interrumpirlo.

—Y ahora han descubierto que sus testigos recordaban una cena, no una tarde entera.

—Exactamente.

—Entonces han corregido un error suyo.

Molina apretó los labios.

—También hemos corregido su coartada.

—Yo no construí ninguna coartada. Ustedes la construyeron con una respuesta que les gustó.

Aquello dejó la sala en silencio.

Volví a mirar la fotografía de las 22:37.

—¿Puede demostrar dónde estuvo antes?

—Ahora mismo, no. Si quieren revisar cámaras, aparcamientos, gasolineras o cualquier cosa que consideren útil, háganlo. Pero conducir solo tiene esa desventaja: normalmente no llevas a un notario en el asiento del copiloto.

—¿Por qué no mencionó esa hora la primera vez?

Víctor se inclinó hacia delante.

—Porque nadie me preguntó por esa hora. Me preguntaron qué había hecho esa noche.

Contesté que cené con tres amigos. Después ustedes hablaron con ellos, los tres confirmaron la cena y dieron por terminada esa parte.

Si ahora quieren presentármelo como una ocultación, tendrán que explicarme qué dato concreto oculté.

No tenía uno.

Todavía.

—¿A qué hora salió del despacho? —pregunté.

—Ya les he dicho que no lo recuerdo con precisión. Puedo intentar reconstruirlo con correos, llamadas o el sistema de alarma, si lo que buscan de verdad es saberlo.

—Lo haremos nosotros.

—Me parece bien.

Molina cerró la carpeta con más fuerza de la necesaria.

—Tiene mucha tranquilidad para alguien al que acabamos de quitar una hora larga de coartada.

Víctor giró la cabeza hacia él.

—Inspector, ustedes no me han quitado una hora. Han descubierto que nunca la tuvieron.

La frase molestó a Molina porque era exacta.

A mí también.

Cuando Víctor salió, nos quedamos unos segundos en silencio.

Molina fue el primero en levantarse.

—Me cae peor cada vez que habla.

—Eso no es una categoría probatoria.

—Ya sabía que ibas a decir algo así.

Recogió la fotografía de la cámara y la sostuvo frente a la luz.

—A las diez y treinta y siete entra en el restaurante. Para entonces Javier ya había sido encontrado. Tiene tiempo de sobra para estar en el apartamento, matarlo, registrar el piso y llegar después a cenar.

—Tiene tiempo.

—Y no puede explicar dónde estaba.

—No puede demostrarlo. Es distinto.

Molina dejó la fotografía.

—A veces parece que trabajes para él.

—Si una acusación solo funciona mientras nadie la discute, no nos sirve demasiado.

Se sentó otra vez.

—Entonces, ¿qué tenemos?

Conté con los dedos, aunque no hacía falta.

—Una coartada que empieza a las diez y treinta y siete.

Antes de eso, nada verificable. Sabemos que conducía o dice que conducía, pero no tenemos todavía una ruta.

Sabemos que conocía los sistemas de pisos que utilizaba Javier, que su nombre aparece indirectamente alrededor del pago de Álex y que Javier estaba reuniendo documentación sobre un antiguo socio.

—Víctor.

—Probablemente.

—Otra vez.

—Probablemente sigue sin ser una matrícula entrando en esa calle.

Molina se quedó mirando la pizarra.

—Pero la cena ya no lo saca del caso.

—No.

Aquello sí había cambiado.

Hasta esa mañana, Víctor había tenido tres personas sentadas a su alrededor en el momento en que necesitábamos colocarlo lejos de Javier.

Ahora seguía teniendo tres personas. Solo que habían empezado a verlo a las diez y treinta y siete.

Guardé la fotografía en la carpeta. Habíamos perdido una coartada. Todavía no habíamos ganado una presencia.