CAPÍTULO 19Tres mil euros
Tres mil euros
La transferencia apareció porque Molina decidió volver a buscar el dinero que ya conocíamos.
A media mañana dejó una hoja sobre mi escritorio y se sentó enfrente sin quitarse el abrigo.
—Antes de que me digas que estamos investigando tres mil euros mientras tenemos quince mil escondidos detrás de una sociedad, mira la fecha.
El documento procedía de la ampliación de movimientos de la cuenta de Javier.
Tres mil euros. Orden de transferencia emitida a las doce y cuarenta y seis del día anterior al asesinato.
Destino: la misma cuenta desde la que, semanas atrás, Carlos Medina había pagado el encargo para localizar a Nora.
—Intentó devolverlos —dije.
—Íntegros. Ni horas trabajadas, ni gastos, ni la parte que según Álex tenía derecho a quedarse. Después de decirle en el piso que el trabajo estaba hecho y que el dinero cubría lo que había trabajado, al día siguiente cambió de opinión.
Leí el movimiento otra vez.
Javier había ordenado devolver exactamente la cantidad que había recibido.
—¿Llegó el dinero?
—Ahí viene lo mejor. La transferencia fue rechazada. La cuenta de Carlos Medina ya estaba cerrada cuando intentó enviarla, así que la operación regresó a la cuenta de Javier. El banco la registra como devolución por cuenta de destino inexistente.
Eso explicaba por qué Álex no había mencionado nada durante el interrogatorio.
—Probablemente nunca llegó a saberlo.
—A menos que Javier se lo contara.
—¿Tenemos comunicación entre ellos después de la visita al piso?
—Nada que hayamos recuperado. El correo de Carlos dejó de utilizarse, el teléfono prepago estaba muerto y Álex dijo que Javier había bloqueado cualquier conversación que no fuera para repetir que el encargo estaba cerrado.
Si Javier intentó devolver el dinero sin avisarlo, Álex podía seguir creyendo que se lo había quedado.
Molina señaló la cifra.
—Eso cambia bastante la discusión que nos contó. Javier le dijo a la cara que no iba a devolverle nada y menos de veinticuatro horas después intenta hacerlo.
—La pregunta es qué ocurrió entre una cosa y otra.
—Nora.
Negué antes de que terminara de construirlo.
—Javier ya había hablado con Nora mucho antes de esa reunión. Sabía quién era Álex cuando se negó a facilitarle la dirección.
Molina se quedó pensando.
—Entonces no cambió de opinión sobre el dinero porque descubriera quién era el cliente.
—Cambió de opinión sobre lo que significaba seguir conservándolo.
Aquello encajaba mejor con los expedientes que habíamos revisado dos días antes.
Javier había pasado años aprendiendo que localizar a una persona y entregarla no eran la misma cosa. Quizá devolver los tres mil euros formaba parte de esa misma distinción: había realizado el trabajo, pero ya no quería cobrar por él.
Molina se quitó por fin el abrigo.
—También puede ser algo menos noble. Si estaba preparando una denuncia contra alguien relacionado con ese asunto, devolver el dinero le permitía presentarse con las manos más limpias.
—Las dos cosas pueden ser verdad.
—Eso es bastante menos cómodo.
—Javier lleva muerto desde que empezamos con esto y todavía consigue complicarnos las respuestas fáciles.
Molina me miró.
Recogió la hoja y volvió a dejarla exactamente en el mismo sitio. La transferencia no era la única decisión que Javier había tomado aquel día.
Al revisar otra vez su calendario, esta vez buscando movimientos posteriores a la creación de las dos copias, encontramos una cita programada para la mañana siguiente a su muerte.
Diez y media. Despacho de Mercedes Lora.
El nombre no me dijo nada, pero su especialidad sí. Protección de datos, responsabilidad profesional y ejercicio de detectives privados.
Molina leyó la ficha del despacho desde su ordenador.
—Esto ya no parece una consulta sobre un divorcio.
—Llama.
Mercedes Lora aceptó hablar con nosotros esa misma tarde. Su despacho estaba cerca de Alonso Martínez, en una segunda planta donde el silencio del pasillo parecía costar dinero por hora.
Tendría algo más de cincuenta años y nos recibió sin chaqueta, con unas gafas colgadas del cuello y una carpeta de Javier preparada encima de la mesa.
—Antes de que me pregunten, apenas puedo hablarles de una relación profesional porque todavía no había empezado realmente. Javier Cárdenas me llamó, expuso una consulta bastante general y concertó una reunión para el día siguiente. Nunca llegó a celebrarse.
—¿Lo conocía de antes? —pregunté.
—De forma indirecta. Habíamos coincidido años atrás en una jornada del colegio profesional y creo que una vez me derivó un cliente, pero no manteníamos ninguna relación. Cuando llamó tuve que buscar su nombre antes de recordar quién era.
—¿Qué quería consultar?
Mercedes apoyó las manos sobre la carpeta.
—Al principio habló de protección de datos.
Después comprendí que esa no era la cuestión principal.
Quería saber qué responsabilidad podía tener un detective si descubría que información obtenida durante investigaciones anteriores había terminado utilizándose para acosar, intimidar o localizar a personas que expresamente no querían ser encontradas.
Molina se inclinó ligeramente hacia delante.
—¿Hablaba de trabajos propios?
—No lo dijo de esa manera. Hablaba en términos hipotéticos, aunque llevo suficientes años ejerciendo para saber cuándo alguien pregunta por un caso académico y cuándo intenta medir la profundidad del agua antes de meterse.
—¿Le preocupaba que pudieran acusarlo a él?
—Eso sí me lo preguntó directamente.
Esperé.
—Quería saber si reconocer errores cometidos años atrás podía perjudicar una denuncia actual contra otra persona.
Le expliqué que dependería de qué hubiera hecho, de qué documentación conservara, de si existían conductas eventualmente delictivas y de cómo hubiera obtenido la información.
También le dije que una consulta telefónica de quince minutos no servía para resolver algo así.
Molina miró la carpeta.
—Por eso pidió cita.
—Por eso le dije que trajera documentación.
Aquella palabra tenía ahora otro peso.
Dos memorias USB.
La mañana de su muerte.
—¿Le explicó qué documentación? —pregunté.
—Expedientes antiguos, facturas, comunicaciones con clientes y pruebas de que una persona con la que había trabajado continuaba facilitando información privada a terceros. Evitó darme nombres.
—¿Habló de Nora Salvatierra?
—Ese nombre no me suena.
—¿Víctor Gálvez?
Mercedes tardó un poco más.
—Conozco el apellido porque sé que fue socio de Javier, pero no recuerdo que lo mencionara durante la conversación.
Molina apoyó un brazo en la mesa.
—¿Llegó a decirle qué pretendía hacer con las pruebas?
—Sí. Esa fue precisamente la razón por la que le recomendé que no empezara enviando archivos por correo a medio mundo. Me dijo que quería entregarlos y preguntó cuál era la forma más adecuada de hacerlo sin exponer todavía más a las personas cuyos datos aparecían dentro.
—¿Entregarlos a quién?
—Policía, juzgado, colegio profesional... Él todavía no tenía claro el cauce. Yo le dije que primero necesitaba ver qué tenía realmente y después decidiríamos.
La palabra decidiríamos me molestó por una razón sencilla.
No llegaron a hacerlo.
—¿Le pareció que dudaba sobre si denunciar? —pregunté.
Mercedes negó con tranquilidad.
—Dudaba sobre cómo. Eso es distinto.
Molina y yo nos miramos.
—¿Le dijo cuándo pensaba actuar?
—Después de nuestra reunión. Quería dejarlo encaminado ese mismo día.
—¿Parecía tener prisa?
Mercedes se tomó tiempo antes de contestar.
—Parecía haber llegado tarde a una decisión.
Aquello encajaba demasiado bien con el hombre que empezábamos a conocer.
—¿Qué quiere decir?
—Que no sonaba asustado ni impulsivo. Más bien enfadado consigo mismo. En un momento me dijo algo parecido a que llevaba demasiado tiempo intentando resolver por su cuenta un problema que debería haber puesto en manos de otros antes.
—¿Anotó la frase?
—No literalmente. Esto fue una primera llamada, inspector, no una declaración.
—Lo entiendo.
Me mostró la hoja que había preparado.
Solo había cuatro notas.
Detective privado.
Datos de terceros.
Posible denuncia / antiguo socio.
Revisar responsabilidad propia.
Molina señaló la tercera.
—Aquí sí escribió «antiguo socio».
Mercedes miró la hoja.
—Entonces debió de decírmelo en algún momento, aunque no recuerdo en qué contexto. También pudo decir «antiguo socio» sin identificarlo. Javier había trabajado con más gente durante años.
No convertí aquello en algo que todavía no era.
—¿Alguien más sabía de la cita?
—Por mi parte, mi secretaria y yo. Por la suya, no tengo forma de saberlo.
—¿Recibieron alguna llamada preguntando por él?
Mercedes frunció ligeramente el gesto, no porque recordara algo, sino porque la pregunta parecía sorprenderla.
—No que yo sepa. Y aunque alguien hubiera llamado preguntando si tenía cita, mi secretaria no habría confirmado una reunión profesional a un desconocido.
La respuesta cerraba una posibilidad que hasta entonces tampoco habíamos podido sostener. Me pareció una buena noticia.
De vuelta a comisaría puse sobre la mesa las tres cosas que sabíamos que Javier había hecho durante sus últimas veinticuatro horas.
Había intentado devolver los tres mil euros.
Había preparado dos copias de documentación.
Y había concertado una cita para averiguar cómo entregar pruebas sin perjudicar a las personas cuyos datos aparecían en ellas.
Molina permaneció de pie frente a la pizarra.
—Estaba cerrando el asunto.
—Estaba preparándose para sacarlo de sus manos.
—Y alguien podía tener un problema enorme si llegaba a esa reunión.
—Varias personas.
Molina me miró como si ya supiera qué palabra iba a decir.
—Víctor.
—Especialmente Víctor.
—Gracias. Pensaba que ibas a obligarme a enumerar medio Madrid antes de admitirlo.
Cogí la hoja del abogado.
Posible denuncia / antiguo socio.
—Tenemos que separar dos preguntas. Una es quién podía querer impedir que Javier entregara esa documentación. Otra, quién sabía que estaba a punto de hacerlo.
—Si él había decidido denunciar a Víctor, lo lógico es que se lo hubiera dicho.
—Lo lógico no basta.
—Nunca basta contigo.
—Por eso seguimos trabajando.
Molina se sentó.
—¿Volvemos a interrogarlo?
Miré el reloj.
Todavía teníamos pendiente comprobar con precisión la cena de Víctor, los horarios y qué había ocurrido antes de que llegara al restaurante.
Sentarlo otra vez delante de nosotros únicamente para enseñarle que sabíamos más serviría sobre todo para decirle qué debía empezar a explicar.
—Todavía no.
Molina apoyó la espalda en la silla.
Esta vez no protestó.
—Entonces la cena.
—La cena.
Recogí la documentación y, antes de guardarla, volví a mirar la transferencia rechazada.
Tres mil euros que nunca habían llegado a su destino.
Durante semanas, Álex había acusado a Javier de quedarse con su dinero mientras se reservaba para sí mismo el resultado del trabajo.
Javier había terminado intentando devolverlo. No porque el trabajo no estuviera hecho. Precisamente porque lo estaba. Lo que Javier había comprendido tarde era que negarse a entregar una dirección ya no bastaba.