CAPÍTULO 18La memoria USB
La memoria USB
A las nueve y diez de la mañana ya sabíamos que Raquel recordaba correctamente una cosa.
Javier Cárdenas hacía copias.
La analista de Informática Forense había colocado frente a nosotros una pantalla con varias columnas que, para mí, tenían aproximadamente el mismo atractivo que una declaración de la renta, mientras Molina fingía entenderlas con una concentración que desapareció en cuanto ella empezó a explicarnos qué estábamos viendo.
—El equipo de la vivienda de Boadilla registra los dispositivos externos que se conectan, aunque después ya no estén disponibles.
Marca, identificador, capacidad, primera conexión y algunas de las últimas veces que se utilizaron.
No puedo enseñaros qué contienen ahora porque, evidentemente, no los tenemos, pero sí puedo deciros que Javier utilizó dos memorias USB diferentes la mañana de su muerte.
Molina se inclinó hacia la pantalla.
—¿Diferentes de verdad o dos nombres distintos para la misma? Porque llevamos demasiados días descubriendo que las cosas pueden parecer una cosa y ser otra.
—Identificadores distintos. Mismo fabricante, mismo modelo, misma capacidad: sesenta y cuatro gigas. La primera se conectó a las ocho y diecisiete. La segunda, a las ocho y treinta y seis.
—¿Podían pertenecer a otras personas?
La analista giró ligeramente la pantalla.
—Poder, podían. Pero ambas aparecen por primera vez en ese ordenador tres meses atrás, se utilizan varias veces desde entonces y vuelven a conectarse con pocos minutos de diferencia la mañana del homicidio.
Además, hemos localizado en su correo una factura de compra de dos unidades del mismo modelo.
Sería una coincidencia bastante esforzada.
Miré a Molina.
—Raquel dijo que duplicaba lo importante.
—Y que no guardaba las copias juntas.
La analista nos observó.
—Eso último no puedo confirmároslo yo. El ordenador únicamente dice que los dos dispositivos existieron y que Javier los utilizó.
—¿Qué copió?
Esta vez no respondió inmediatamente.
Abrió otra ventana.
—Aquí es donde tenemos que ser cuidadosos.
El sistema no conserva una lista perfecta de todo lo que se escribió en un dispositivo que ya no tenemos.
Sí quedan rastros de archivos abiertos, rutas recientes, documentos modificados y operaciones de copia.
Con eso podemos reconstruir parte de la actividad, pero no quiero que salgáis diciendo que sé exactamente qué había dentro de las memorias.
—Dinos lo que sí sabes —respondí.
Amplió una secuencia de registros.
Durante algo más de veinte minutos Javier había abierto documentos procedentes de varias carpetas de trabajo.
Facturas antiguas. Fotografías. Informes de seguimiento.
Hojas de cálculo con clientes y cantidades.
Copias escaneadas de expedientes que ya habíamos visto durante la revisión de los trabajos compartidos con Víctor.
También había otros archivos cuyos nombres no nos decían nada.
—La mayoría estaban dispersos por distintas carpetas —explicó la analista—. Esa mañana los reunió temporalmente en una carpeta nueva. Después conectó el primer USB, hubo una transferencia importante de datos, lo retiró y repitió una operación muy parecida con el segundo.
Molina apoyó una mano en el respaldo de la silla.
—¿La misma información dos veces?
—No puedo garantizar que fueran copias idénticas bit por bit, pero el volumen transferido es prácticamente el mismo y la secuencia de archivos coincide en gran parte. Si me obligáis a apostar, diría que estaba haciendo dos respaldos de un mismo conjunto de documentación.
—No hace falta apostar —dije—. Nos sirve saber que es compatible con eso.
Molina me miró.
—Estás pasando demasiado tiempo con Pilar.
La analista no sonrió.
—Hay algo más.
Eso consiguió que Molina volviera a la pantalla.
La carpeta temporal había desaparecido del ordenador aquella misma mañana.
—¿Alguien la borró? —preguntó.
—Sí, pero el momento importa. Se eliminó a las nueve y cuatro, cuando Javier estaba en su casa y varias horas antes de que muriera.
El borrado lo hizo desde su sesión, después de utilizar las dos memorias.
No veo indicios de acceso remoto ni de que otra persona manipulara el equipo durante ese intervalo.
—Entonces fue él.
—Eso es lo más razonable. Preparó las copias, eliminó la carpeta temporal y siguió utilizando el ordenador con normalidad.
Respondió correos, consultó una página de noticias y abrió un presupuesto de un cliente.
No parece que alguien entrara, copiara información y saliera dejando todo lo demás intacto.
Me quedé mirando la hora. Nueve y cuatro.
Javier había empezado aquel día reuniendo información que consideraba suficientemente importante para guardarla dos veces y suficientemente delicada para no dejar una carpeta nueva ocupando el ordenador.
Horas después había recibido a Nora.
Y después había muerto.
—¿Tenemos alguno de esos dos USB? —pregunté.
La analista negó con la cabeza.
—He revisado el inventario de los objetos recogidos en la casa y el del apartamento. Hay otras memorias antiguas, un disco externo y varias tarjetas, pero ninguno coincide con estos identificadores.
Molina se incorporó.
—Entonces faltan las dos.
—De lo que yo tengo inventariado, sí.
Aquello cambió la pregunta.
Hasta entonces habíamos hablado de una posible copia que alguien podía haberse llevado del apartamento después del asesinato.
Ahora sabíamos que Javier había preparado dos.
Volvimos a nuestro despacho con una impresión de los registros y una lista provisional de los archivos que Informática había podido reconstruir.
Molina cerró la puerta.
—Una se la llevó el asesino.
—Es posible.
—Sergio, por favor. Javier prepara dos copias el día que muere, después alguien lo mata, registra el piso y monta un robo. Si tenemos que seguir diciendo «es posible» cada vez que una cosa encaja con las seis anteriores, voy a acabar hablando solo.
Dejé las hojas sobre la mesa.
—Que alguien buscara una memoria encaja. Que encontrara una, también. Lo que todavía no sabemos es quién sabía que existía, qué contenía exactamente ni cuál de las dos podía estar en el piso.
—Pero una tuvo que estar allí.
—¿Por qué?
Molina abrió las manos.
—Porque el piso estaba registrado después del golpe. Porque faltan cosas que contienen información. Porque parte del robo fue preparado cuando Javier ya estaba sangrando. Y porque ahora descubrimos que esa misma mañana había sacado documentación sensible del ordenador.
—Todo eso me lleva a pensar que buscaban información. No me dice dónde dejó Javier las dos copias.
Se quedó callado unos segundos.
—Raquel dijo que las separaba.
—Sí.
—Entonces si una estaba en el piso, la otra tenía que estar en otro sitio.
—Si una estaba en el piso.
Molina soltó aire por la nariz.
—Voy a empezar a cobrarte cada vez que digas «si».
—Te harías rico.
Cogí el inventario del apartamento.
Dinero desaparecido.
Televisor arrancado de la pared.
Teléfono de Javier ausente. Cajones abiertos. Papeles desplazados.
Y ahora sabíamos que alguien había manipulado parte de aquella habitación cuando Javier ya estaba herido.
—Volvamos al principio —dije.
—Llevamos bastante tiempo volviendo al principio.
Lo miré.
—¿Qué?
Molina parpadeó.
—Nada. Quiero decir que llevamos demasiados días haciéndolo.
Pasé por alto la frase y acerqué el inventario.
—La primera noche interpretamos que quien entró se llevó objetos de valor. Después vimos que parte del desorden se produjo tras el golpe. Ahora sabemos que Javier preparó dos copias de documentación esa mañana. Imagina que quien lo mató no empezó abriendo cajones para encontrar dinero.
Molina miró el listado.
—Empezó buscando la memoria.
—O algo parecido. Una memoria, documentos, un teléfono, cualquier soporte donde Javier pudiera guardar información.
—Y cuando encontró lo que quería, siguió abriendo cosas para que pareciera un robo.
—Eso explicaría mejor el televisor que pensar que alguien mata a un hombre de un golpe y decide cargar después con una pantalla porque necesita ciento cincuenta euros.
Molina señaló la línea correspondiente al móvil.
—El teléfono sí puede interesarle por las dos razones. Dinero e información.
—Exacto.
—¿Y el ordenador del piso?
—Seguimos sin saber si había uno habitualmente. La casa verdadera tenía el equipo desde el que trabajaba. En el apartamento podía utilizar portátil, llevarlo consigo o no necesitarlo para cada reunión.
Se dejó caer en la silla.
—Entonces tenemos un robo en el que quizá el objeto principal era algo que ni siquiera sabíamos que faltaba.
—Eso empieza a parecer más probable.
Por una vez no hizo ninguna broma.
Tomó la lista de archivos reconstruidos y fue bajando con el dedo.
—Facturas, fotografías, expedientes antiguos, clientes… Si esto estaba relacionado con los trabajos que vimos ayer, hay mucha gente que podría preferir que no existiera.
—Y ahí está el problema.
—Víctor.
—Víctor es uno de ellos.
—Álex quería una dirección que Javier se negó a darle.
—También.
—Nora quería que destruyera todo lo que tuviera sobre ella.
—También.
Molina levantó la vista.
—¿De verdad estás poniendo a Nora al mismo nivel?
—Estoy diciendo que conocía la existencia de documentación que quería ver destruida. Eso es un hecho. También es un hecho que salió del piso bastante antes de la franja que estamos manejando para la muerte y que su explicación encaja con el mensaje posterior que tenemos. Una cosa no borra la otra.
—Y Víctor mintió sobre conocerla.
No contesté enseguida.
El final de nuestra última conversación con él seguía molestándome, precisamente porque resultaba demasiado fácil convertirlo en el centro de todo.
—Quiero saber qué hay detrás de Dársena antes de volver a sentarlo delante de nosotros. Y quiero saber más de esas dos memorias.
—¿Cómo encuentras una memoria que no sabes dónde está?
—Empezando por demostrar cuándo salió de la casa.
Regresamos a Boadilla aquella tarde.
La casa de Javier seguía precintada en varias zonas, aunque Científica había terminado hacía días con la mayor parte del trabajo. Revisamos de nuevo el despacho, esta vez buscando una ausencia concreta.
No encontramos embalajes recientes.
Tampoco cajones con huecos evidentes ni etiquetas que indicaran dónde guardaba los dispositivos.
Había otras memorias, como había dicho Informática. Antiguas, de capacidades distintas, algunas con nombres escritos a rotulador. Ninguna era una de las dos que buscábamos.
Molina abrió una caja de material informático.
—Tu teoría de que la gente deja huellas de su vida por todas partes se lleva fatal con los objetos pequeños.
—Las memorias también dejan huellas. Solo que no necesariamente aquí.
Sobre el escritorio seguía una fotografía de Raquel con Javier tomada años atrás. A su lado había una taza con tres bolígrafos, un destornillador pequeño y una llave que ya habíamos identificado como perteneciente al garaje.
Pensé en la conversación de la noche anterior. Dos copias. Dos lugares.
—No vamos a encontrarlas juntas —dijo Molina, detrás de mí.
—Probablemente Javier se aseguró de eso.
—Entonces una puede seguir existiendo.
Lo miré.
Aquella era la parte que cambiaba realmente las cosas.
Quien había registrado el apartamento podía haber encontrado exactamente lo que buscaba y marcharse convencido de que ya no quedaba nada.
Pero Javier no confiaba en una sola copia.
Guardé el inventario y cerré el cajón que acabábamos de revisar.
—Pide a Informática los identificadores completos de las dos memorias y cruza cualquier compra, fotografía o registro donde podamos verlas. Yo quiero reconstruir todos los lugares que Javier utilizaba habitualmente fuera de esta casa y del apartamento.
Molina recogió su abrigo.
—¿Empezamos hoy?
Miré la hora.
Todavía faltaban varias horas para que tuviera que recoger a Claudia el sábado y, por una vez, aquel pensamiento no me empujó a prometer nada.
—Empezamos mañana con lo que tengamos comprobado. Hoy ya sabemos suficiente.
Salimos de la casa dejando las luces apagadas. Dos memorias habían salido de aquel ordenador. Ninguna había vuelto.