CAPÍTULO 17Claudia
Claudia
Cuando llegué a casa, Daniel había convertido la mesa del comedor en algo que parecía el lugar de un accidente entre una cartulina azul, tres rotuladores, un tubo de pegamento y varios planetas recortados con una precisión discutible.
La cartulina era la que había comprado dos noches antes, después del mensaje de Elena, y verla allí me produjo una satisfacción desproporcionada para alguien que había pasado el día revisando expedientes relacionados con amenazas, agresiones y personas que nunca deberían haber sido encontradas.
—Saturno está mal —dijo Daniel en cuanto cerré la puerta—. Mamá dice que está bien, pero las anillas parecen una patata.
Dejé las llaves en el mueble de la entrada y me quité el abrigo.
—Eso depende de lo exigente que sea tu profesora con la astronomía y con las patatas.
—Mucho.
—Entonces tenemos un problema.
Elena apareció desde la cocina con un paño en una mano.
—El problema lleva veinte minutos esperando a que su padre llegue para decidir si rehace Saturno, porque aparentemente mi opinión científica ha dejado de tener valor.
—Tú dijiste que se entendía.
—Se entiende perfectamente. Otra cosa es que tu hijo haya decidido presentar un trabajo digno de la NASA.
Daniel sostuvo el planeta de cartulina frente a mí.
Las anillas parecían una patata.
—Podemos arreglarlo después de cenar.
—¿Tú sabes hacer Saturno?
—Sé hacer círculos. El resto será negociación.
Daniel aceptó aquello y volvió a la mesa.
Claudia estaba en el sofá con las piernas dobladas debajo del cuerpo, el portátil sobre las rodillas y los auriculares colgados del cuello. Levantó la vista cuando pasé junto a ella.
—Papá, necesito preguntarte una cosa, pero necesito que primero escuches la pregunta entera.
Me detuve.
—Esa introducción reduce bastante mis posibilidades de responder con tranquilidad.
—Precisamente por eso la he utilizado.
Elena entró detrás de mí.
—Yo ya conozco la pregunta y recomiendo que, por una vez, cumplas las instrucciones antes de contestar.
Miré a las dos.
—Esto empieza a parecer organizado.
—Lo está —dijo Claudia—. El sábado queremos ir al cine al centro.
Lucía, Sara, Paula y yo. La película termina sobre las diez, luego cogeríamos el metro y cada una se iría a su casa.
Antes de que digas nada: las cuatro tenemos trece años, llevamos móvil, sabemos utilizar el metro y ninguno de nuestros padres va a abandonarnos en mitad de una autopista.
Esperó. También Elena.
Me quité el reloj y lo dejé junto a las llaves.
—¿Hasta qué estación volvéis juntas?
Claudia tardó un segundo en responder, quizá porque había preparado una negativa y se encontró con una pregunta.
—Hasta Nuevos Ministerios las cuatro. Después Sara se baja antes que yo y Lucía sigue otra parada. Paula vuelve por otra línea.
—Entonces desde Nuevos Ministerios vendrías sola.
—Unas cuantas paradas, a las diez y media de la noche, con el teléfono encendido y avisando cuando llegue. No estoy hablando de volver andando desde Toledo.
—Puedo ir a recogerte al cine cuando termine.
La expresión de Claudia cambió justo lo suficiente.
—Eso es exactamente lo que sabía que ibas a decir.
—Te he escuchado hasta el final.
—Has escuchado todas las palabras mientras esperabas para decir lo mismo que habías decidido antes de que empezara.
Elena dejó el paño sobre el respaldo de una silla.
—En eso tiene algo de razón.
—Gracias por el apoyo.
—Te apoyo cuando tienes razón. Es un sistema bastante sencillo y podrías probarlo alguna vez.
Claudia cerró el portátil.
—Mamá dice que puedo ir si acordamos cómo volver. Tú has convertido «acordar» en «yo conduzco hasta la puerta y se acabó».
—Tengo una alternativa bastante eficaz a que vuelvas sola por Madrid a esa hora. Entiendo que no te parezca emocionante, pero mi trabajo tampoco consiste en buscar emociones cuando hay una solución fácil.
Claudia me sostuvo la mirada.
—Tu trabajo es precisamente el problema.
Elena dejó de sonreír.
Yo tampoco dije nada.
—Desde que empezó ese caso estás viendo cosas raras en todas partes —continuó Claudia—.
El otro día me preguntaste dos veces quién era el padre de Lucía porque vino a buscarla al instituto.
Ayer quisiste saber por qué Sara había cambiado de número.
Ahora resulta que coger el metro a las diez y media es casi una operación policial.
—Preguntar quién lleva a mi hija en coche no me parece una excentricidad.
—A mí tampoco, si lo preguntas una vez. Cuando empiezas a hacer interrogatorios sobre padres de gente a la que conozco desde hace tres años, cambia un poco.
Elena se acercó a la mesa y empezó a recoger unas tijeras que Daniel había dejado al borde.
—Quizá podamos encontrar una solución intermedia sin convertir esto en un juicio sobre quién protege mejor a quién.
La palabra se quedó conmigo más tiempo del necesario.
Proteger.
Durante todo el día había leído expedientes de gente que aseguraba buscar a alguien porque quería ayudarlo, recuperar una relación, aclarar un asunto pendiente o ejercer un derecho que consideraba suyo.
En algunas carpetas, aquella justificación había terminado en una dirección escrita al final de una página.
Y alguien había pagado las consecuencias.
Claudia esperaba mi respuesta.
—¿Qué propones? —pregunté.
Su gesto se relajó un poco.
—Volvemos juntas hasta Nuevos Ministerios y desde allí te escribo. Si te quedas más tranquilo, puedes recogerme allí. Así hago el viaje con ellas y tú puedes seguir creyendo que Madrid se transforma en Gotham cuando pasan de las diez.
—Diez y media.
—Era una metáfora.
—Era una hora.
Elena soltó una risa.
—Eso es un sí, Sergio.
Miré a Claudia.
—Te recojo en Nuevos Ministerios a las diez y media. Si cambiáis de plan, me avisas antes, y si alguna de tus amigas acaba volviendo sola desde otro sitio, tampoco quiero enterarme cuando ya estéis allí.
—Me parece bien. Eso sí es acordar algo.
—No abuses del momento.
—No pensaba hacerlo. Quiero conservarlo para futuras negociaciones.
Cogió otra vez el portátil y volvió a ponerse los auriculares, aunque antes de cubrirse los oídos añadió:
—Por cierto, en la tutoría dijeron que participo poco en clase, no que necesite escolta.
—Recuerdo la tutoría. Estuve allí.
—Lo sé. Por eso te lo digo a ti.
Aquello me hizo sonreír.
Cenamos alrededor de Saturno.
Daniel había decidido que el trabajo no podía trasladarse porque el pegamento todavía estaba húmedo, de modo que colocamos platos entre planetas, estrellas y un Sol amarillo que ocupaba casi tanto espacio como la fuente de ensalada.
Claudia habló de la película.
Elena explicó un conflicto absurdo entre dos compañeros de su despacho por una reunión que ambos aseguraban haber convocado.
Yo conté lo suficiente de mi día para responder cuando me preguntaron y lo bastante poco como para no llevar tres expedientes de localización a la mesa.
Después ayudé a Daniel a recortar otra vez las anillas.
—Más finas —me indicó—. Saturno no lleva ruedas de coche.
—Agradezco la precisión científica.
—La profesora dijo que investigáramos.
—Entonces hazle caso a la profesora.
Claudia, desde el otro extremo de la mesa, levantó la vista.
—Qué bonito escucharte recomendar que alguien investigue antes de decidir.
—El acuerdo del sábado puede revisarse.
—Retiro el comentario.
Esta vez nos reímos los cuatro.
Mi teléfono vibró sobre la encimera. Lo miré desde donde estaba.
Raquel Cárdenas.
Había hablado con ella aquella mañana, antes de empezar a revisar los antiguos expedientes, y le había preguntado si recordaba cambios en la forma de trabajar de Javier durante los últimos años. Le dije que podía llamarme cuando quisiera si se le ocurría cualquier detalle.
Elena vio el nombre en la pantalla.
—Puedes cogerlo.
Miré a Daniel, que esperaba que terminara un planeta.
—Puedo devolverle la llamada dentro de media hora.
El teléfono dejó de vibrar.
Claudia me observó durante un instante y volvió a su portátil. No dijo nada.
Terminé Saturno.
Llamé a Raquel cuando Daniel ya estaba en la cama y Claudia se había encerrado en su habitación para hablar con sus amigas.
Elena estaba en el salón leyendo unos documentos del trabajo. Yo me quedé en la cocina con la puerta entreabierta.
Raquel respondió al segundo tono.
—Perdona la hora. Me dijiste esta mañana que te llamara si recordaba algo y llevo desde entonces pensando en una tontería que igual no sirve para nada.
—Las tonterías suelen necesitar menos esfuerzo para recordarse. Cuéntamela.
—Me preguntaste si Javier había cambiado su forma de trabajar después de separarse de Víctor. Eso no lo sé, porque nunca me enseñaba expedientes, pero sí recuerdo que empezó a guardar todo por duplicado. Documentos, fotos, archivos del ordenador... Era bastante pesado con eso.
Me apoyé en la encimera.
—¿Sabes cuándo empezó?
—Hace años. Perdió parte de un trabajo porque se le estropeó un disco duro y estuvo una semana maldiciéndose por no tener una copia. Desde entonces decía que una cosa importante guardada en un solo sitio era una cosa que estabas dispuesto a perder.
La frase era demasiado concreta para ignorarla.
—¿Guardaba las dos copias en casa?
—Precisamente decía que eso era una estupidez.
Si entraban a robar, había un incendio o se rompía algo, perdías las dos a la vez.
Una vez me explicó que las copias tenían que estar separadas, aunque no recuerdo dónde las guardaba.
Yo me reí porque parecía que estuviera protegiendo secretos de Estado.
—¿Oficina y casa?
—A veces, supongo. Pero después de separarse de Víctor dejó de utilizar aquella oficina y siguió con la misma manía. Tenía discos, carpetas, memorias pequeñas... Nunca distinguí qué era importante y qué era simplemente trabajo.
—¿Algún lugar fuera de casa que utilizara habitualmente?
Raquel pensó durante varios segundos.
—Muchos. El gimnasio, un trastero que compartimos durante una época, el coche, alguna caja de seguridad para documentación profesional... Tendría que pensar. Y tampoco quiero empezar a inventarte recuerdos porque ahora sé que estás buscando algo.
Aquello me gustó.
—Haz exactamente eso. Piensa, pero no intentes encajarlo con el caso. Si recuerdas algo concreto, me llamas.
—¿Habéis descubierto por qué lo mataron?
Miré hacia el salón.
Elena había pasado una página. Desde el pasillo llegaba la voz amortiguada de Claudia hablando con alguien por teléfono.
—Estamos más cerca de entender qué estaba haciendo Javier antes de morir. Todavía hay distancia entre eso y saber quién lo mató.
Raquel guardó silencio.
—Supongo que es mejor que una mentira.
—Normalmente sí.
Nos despedimos.
Antes de volver al salón anoté una sola frase en la libreta que llevaba durante la investigación:
Lo importante, en dos sitios.
Cerré la tapa.
Elena levantó la mirada cuando me senté junto a ella.
—¿Trabajo?
—Raquel recordó una costumbre de su hermano. Mañana quiero comprobar una cosa.
—¿Y ahora?
Miré el reloj. Las diez y veintisiete.
Desde la habitación de Claudia llegó una carcajada.
—Ahora nada. Mañana lo comprobaré.
Elena volvió a sus papeles.
Tres minutos después apareció Claudia en el pasillo.
—Papá.
—Dime.
—El sábado, diez y media en Nuevos Ministerios. Lo digo ahora para que luego no asegures que habíamos quedado a las diez.
—Diez y media. Lo recordaré.
—Lo voy a guardar por escrito.
—Haz una copia.
Claudia me miró como si acabara de confirmar algo que llevaba años sospechando sobre mí.
—Eres muy raro.
Volvió a su habitación.
Elena intentó seguir leyendo, pero terminó riéndose. Yo dejé la libreta sobre la mesa y me quedé allí con ella.