El hombre que no vivía allí (Los casos de Rivas 1) CAPÍTULO 16El negocio de encontrar gente
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CAPÍTULO 16El negocio de encontrar gente

El negocio de encontrar gente

Las cajas llegaron a las nueve y cuarto y ocuparon media mesa de reuniones.

Procedían del archivo externo que Cárdenas y Gálvez Investigaciones había utilizado durante los años en que Javier y Víctor todavía trabajaban juntos.

Habíamos pedido expedientes de localización, facturación asociada y cualquier documentación que permitiera reconstruir qué clase de encargos aceptaban antes de separarse.

Molina contempló las seis cajas.

—Dime que alguien ha digitalizado esto y las cajas están únicamente para crear ambiente policial.

—Parte está digitalizada.

—La palabra importante es «parte».

Abrí la primera.

—Empieza por los últimos tres años de sociedad. Si encontramos un patrón, retrocedemos.

Durante la primera hora aparecieron exactamente los trabajos que esperábamos de una agencia dedicada a localizar personas: herederos de los que una familia había perdido el rastro, deudores, antiguos socios comerciales, testigos necesarios para procedimientos civiles y familiares que buscaban a alguien después de años sin contacto.

También había encargos que obligaban a leer dos veces.

Uno procedía de un hombre que quería encontrar a su exmujer porque, según había escrito, necesitaba resolver la propiedad de un vehículo que seguía a nombre de ambos. La agencia encontró dónde trabajaba, obtuvo un domicilio y entregó un informe completo.

Tres meses después la mujer había denunciado amenazas.

Molina pasó varias páginas.

—Aquí está la firma de Javier.

Miré el informe.

JAVIER CÁRDENAS ORTEGA.

Debajo constaban cuatro jornadas de vigilancia y la dirección final.

—También está la de Víctor en la hoja de encargo.

—Pero el seguimiento lo hizo Javier.

—Eso parece.

Molina dejó la carpeta abierta.

—Hace dos días estábamos hablando de un hombre que se negó a decirle a Álex dónde vivía Nora. Este mismo hombre entregaba direcciones de exparejas hace cinco años.

—Eso es lo que dice este expediente.

—Sergio, su firma está debajo de la dirección.

—Precisamente.

Seguimos.

El segundo caso resultó peor.

Un padre había contratado a la agencia para localizar al hijo de quince años que vivía con la madre. En la solicitud hablaba de un conflicto familiar y afirmaba que la mujer impedía cualquier contacto. Cárdenas y Gálvez habían encontrado el nuevo domicilio en menos de dos semanas.

En la documentación posterior aparecía algo que no figuraba en la solicitud inicial.

Una resolución judicial anterior limitaba el contacto del padre con el menor y establecía una prohibición de aproximación respecto a la madre.

Molina volvió hacia atrás.

—¿Ellos lo sabían cuando aceptaron?

Busqué fechas.

—La resolución llegó al expediente cuatro días antes de que cerraran el trabajo.

—¿Y entregaron la dirección después?

La fecha del informe final respondía por nosotros. Dos días después. Esta vez la firma era de Víctor.

Pero una nota manuscrita al margen pertenecía a Javier.

Confirmada residencia. Cliente informado.

Molina apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Esto ya cuesta bastante más explicarlo como un engaño del cliente.

—Sí.

—Podían haber detenido el encargo cuando apareció la resolución.

—Sí.

Me miró durante un instante, quizá esperando que añadiera alguna reserva.

Seguí leyendo.

Había una segunda anotación de Javier, tres meses posterior:

No aceptar nuevos trabajos de este cliente.

—Al menos terminó dándose cuenta —dijo Molina.

—Después de haberle dado la dirección.

Aquella vez fui yo quien cerró la carpeta.

El tercer expediente tenía siete años.

El cliente buscaba a un antiguo socio al que acusaba de haberse marchado con dinero de una empresa. La agencia localizó al hombre en Guadalajara, entregó domicilio y lugar de trabajo y cobró algo más de dos mil euros.

Once días después, el localizado había terminado ingresado con una fractura de mandíbula, dos costillas rotas y una lesión en el hombro.

El cliente fue investigado por la agresión.

—¿Condenado? —preguntó Molina.

—No consta aquí. Solo una copia de la declaración que pidió Javier después.

—¿Después de la paliza?

—Después.

Encontré una hoja grapada en la parte trasera.

Era una nota interna mucho más extensa que las anteriores. La letra de Javier ocupaba casi toda la página. Leí en silencio hasta que Molina perdió la paciencia.

—¿Qué pone?

Le acerqué la hoja.

Javier había escrito que, a partir de aquel momento, cualquier encargo de localización relacionado con exparejas, conflictos familiares, deudas personales o relaciones deterioradas exigiría comprobar antecedentes básicos del solicitante y limitar la información entregada cuando existiera riesgo para la persona localizada.

Al final había añadido:

Localizar no obliga a facilitar domicilio.

Molina terminó de leer.

—Esto fue hace siete años.

—Sí.

—Y siguieron siendo socios otros cinco.

Pasé a los expedientes siguientes.

El cambio empezó a verse. Primero de forma irregular. Después con mayor claridad.

En varios informes posteriores, Javier había sustituido direcciones completas por fórmulas como localización confirmada o contacto establecido con la persona buscada .

En uno de ellos constaba que se había puesto en contacto con una mujer y le había preguntado si autorizaba que su padre conociera su domicilio.

La respuesta había sido negativa.

El cliente recibió únicamente la confirmación de que estaba viva.

Molina apartó una de las carpetas.

—Así que aprendió.

—Cambió el procedimiento.

—Que es una forma elegante de decir que aprendió.

—También podría ser una forma elegante de decir que necesitó que varias cosas salieran mal.

Molina se quedó callado. Aquello era justamente lo incómodo.

El Javier que había protegido a Nora existía. También existía el que había firmado aquellos primeros informes.

Llamamos a Víctor después de comer.

Esta vez no fuimos a su oficina. Le pedimos que acudiera a comisaría para aclarar algunos expedientes de la antigua sociedad y llegó una hora más tarde sin abogado y con una expresión bastante menos cordial que la de nuestra primera visita.

Coloqué delante de él tres carpetas.

—Queremos hablar de la época en que trabajaba con Javier.

Víctor miró las portadas.

—Trabajamos juntos quince años. Tendrá que concretar un poco.

Abrí el expediente de la mujer localizada para su expareja.

—Empecemos por este. Entregaron dirección particular y lugar de trabajo. Tres meses después hubo una denuncia por amenazas.

Víctor leyó el nombre y tardó unos segundos en recordarlo.

—¿Ahora van a investigar cada encargo que aceptamos durante década y media porque Javier terminó muerto?

—Solo aquellos que puedan ayudarnos a entender por qué rompieron la sociedad.

Apoyó la espalda en la silla.

—Entonces van a necesitar más cajas.

Molina intervino.

—En nuestra primera conversación nos dijo que Javier se había vuelto demasiado desconfiado. Los expedientes parecen mostrar que empezó a imponer límites que antes ninguno de los dos aplicaba.

Víctor lo miró con atención.

—Porque antes ninguno de los dos pensaba que nuestro trabajo consistiera en decidir quién era buena persona y quién no. Nos contrataban para localizar gente. Localizábamos gente.

—Incluso cuando había una prohibición judicial de acercarse a esa persona.

La mirada de Víctor pasó a mí.

—Ya veo qué carpetas han escogido.

—Las escogieron ustedes cuando aceptaron los trabajos.

Aquello le molestó.

—Inspector, ahora es muy fácil mirar expedientes antiguos y decidir que todo era evidente.

Un cliente entraba diciendo que su exmujer había desaparecido con los hijos, o que un socio le debía dinero, o que llevaba años sin ver a un hermano.

Nosotros no teníamos acceso mágico a la verdad.

Javier tampoco. A veces mentían y lo descubríamos tarde.

—En uno de estos casos descubrieron la medida judicial antes de entregar la dirección.

Víctor miró la carpeta.

Su respuesta tardó más.

—Entonces hicimos mal.

Molina pareció sorprenderse.

Yo también.

—¿Los dos?

—Éramos socios. Si están esperando que les diga que Javier era un santo y yo el cabrón que lo arrastraba a trabajar, han perdido la mañana.

Javier aceptó encargos que hoy no habría aceptado.

Yo también. La diferencia es que él empezó a convencerse de que cada cliente ocultaba un cadáver debajo de la cama.

—¿Y usted?

—Yo seguí pensando que podíamos hacer nuestro trabajo sin convertirnos en jueces de las personas que pagaban las facturas.

Saqué la nota escrita después de la agresión de Guadalajara.

—Esto parece algo más que paranoia.

Víctor la reconoció al instante.

—Aquello lo cambió.

—¿A Javier?

—A los dos durante un tiempo. Después él siguió cambiando y yo no tanto.

La respuesta no sonaba como la defensa que esperaba.

—¿Por eso terminaron separándose?

Víctor movió la carpeta unos centímetros.

—Terminamos separándonos porque llegó un momento en que para Javier cualquier localización tenía que empezar demostrando que el cliente merecía saber dónde estaba la otra persona.

Yo pensaba que estaba llevando demasiado lejos una precaución razonable.

Él pensaba que yo no la llevaba suficientemente lejos.

—¿Quién tenía razón?

Víctor sonrió sin alegría.

—Depende de a quién le pregunte. Javier acabó pensando que era preferible perder un cliente antes que entregar una dirección a la persona equivocada. Yo creía que había llevado esa precaución demasiado lejos.

—¿Y ahora?

Víctor bajó la vista hacia las carpetas.

—Ahora sé que en algunos casos él vio el riesgo antes que yo.

Recogí las carpetas despacio. Aquello no resolvía quién había tenido razón durante todos aquellos años, pero los documentos sobre la mesa demostraban algo bastante menos cómodo.

Durante años, Javier Cárdenas también había formado parte de aquel negocio.

La diferencia era que, en algún momento, había decidido dejar de entregar a las personas que encontraba.