CAPÍTULO 15El golpe
El golpe
El informe definitivo sobre la lesión de Javier Cárdenas llegó a mi mesa al día siguiente de hablar con Nora, acompañado por una nota de Pilar que decía que, si después de leerlo pretendíamos preguntarle cuál era exactamente el arma, podíamos ahorrarnos la llamada.
Molina leyó la nota por encima de mi hombro.
—Me gusta que Científica tenga tanta confianza en nuestras capacidades.
—Lo que tiene es experiencia contigo.
—Yo hago preguntas razonables. Son ellos los que insisten en responder «compatible con» a todo.
Abrí el informe.
La autopsia confirmaba un único traumatismo principal en la zona lateral del cráneo, producido por un objeto contundente de cierto peso cuya superficie de impacto había sido relativamente estrecha.
La lesión permitía acotar algunas características, pero dejaba fuera cualquier conclusión sobre un objeto concreto.
Metal, piedra, madera muy dura o cualquier material con suficiente masa podían producir algo semejante.
Había, sin embargo, una observación nueva.
El borde que había penetrado con mayor fuerza no parecía completamente redondeado.
—Una arista —dijo Molina cuando llegó al mismo párrafo—. Eso ya es bastante más que «algo duro».
—Es una superficie con un borde definido. No conviertas todavía una descripción en un arma.
—Algún día vas a leer «revólver Smith & Wesson, número de serie tal» y vas a decirme que primero comprobemos si era decorativo.
Pasé a la página siguiente.
—No había restos de vidrio, cerámica ni material pétreo incrustado en la herida. Tampoco fragmentos de madera.
Molina dejó de sonreír.
—Así que el metal gana puntos.
—Gana puntos. Sigue sin ganar el concurso.
El teléfono sonó antes de que pudiera seguir leyendo. Era Pilar.
—Ya sé que estás mirando el informe —dijo en cuanto contesté—, porque Molina me ha escrito preguntando si una arista metálica podía significar un sujetalibros.
Miré a mi compañero.
Él levantó las manos.
—La discreción ha muerto —dije.
—La discreción no trabaja con vosotros. Venid al piso cuando podáis. Y antes de que preguntes: hemos encontrado algo que merece que lo veáis, no algo que resuelva el homicidio mientras vais de camino.
—Eso último habría sido cómodo.
—Por eso no va a ocurrir.
El apartamento parecía más pequeño cada vez que regresábamos.
Quizá se debía a que faltaban objetos que Científica había retirado o a que, después de conocer la verdadera casa de Javier, aquel decorado había perdido parte de su capacidad para fingir que era una vivienda.
Pilar nos esperaba junto a la estantería.
Sobre una mesa auxiliar había una pieza de metal oscuro dentro de una bolsa transparente. Tendría unos veinte centímetros de altura y estaba formada por una base rectangular de la que surgía una figura geométrica inclinada hacia delante.
Molina la observó.
—Dime que eso pesa mucho.
—Un kilo trescientos setenta gramos —respondió Pilar—. Y ahora intenta controlar la alegría, porque este no es el arma.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque estaba aquí cuando llegamos, porque lo hemos procesado y porque no tiene sangre, tejido ni nada que me permita decir que haya golpeado a Javier. Además, la superficie tampoco encaja perfectamente con la lesión.
Me acerqué a la bolsa.
—Has dicho «este».
Pilar sonrió apenas.
—Por eso os he hecho venir.
Nos mostró una fotografía impresa.
Era el salón del mismo apartamento, aunque sin los libros, las fotografías falsas ni buena parte de los objetos que Javier había utilizado para construir su vida ficticia. La imagen pertenecía al reportaje de la inmobiliaria realizado antes de que alquilara la vivienda.
En la estantería había varios elementos decorativos que el propietario había dejado con el mobiliario.
Dos figuras metálicas idénticas sostenían una hilera de revistas antiguas. Una en cada extremo.
Miré la bolsa que Pilar había colocado sobre la mesa.
—Había dos.
—Eso parece —respondió.
Molina amplió la fotografía con dos dedos sobre la copia digital que Pilar tenía en una tableta.
—¿Y estamos seguros de que el propietario no retiró uno antes de que Javier entrara?
—Todavía no. Estamos comprobando el inventario del alquiler y las fotografías de entrega de llaves. Esta imagen demuestra que existían los dos cuando se anunció el piso, nada más.
—¿Y durante el alquiler?
Pilar pasó a otra fotografía.
Esta vez reconocí inmediatamente los libros nuevos.
La había tomado el propietario durante una revisión que constaba en el expediente de arrendamiento, cuatro meses antes del asesinato. Javier ya ocupaba el piso.
Los dos sujetalibros seguían allí.
Molina dejó de ampliar la pantalla.
—Cuatro meses.
—Cuatro meses no son la noche del asesinato —dije.
—Te prometo que algún día voy a regalarte una camiseta que ponga eso.
Pilar cambió de imagen.
—También tenemos una fotografía tomada por Javier.
Aquello me hizo acercarme.
Procedía de una carpeta recuperada del ordenador de su verdadera casa. Una imagen corriente, probablemente destinada a documentar uno de los trabajos realizados en aquel apartamento. En primer plano se veía una mesa con papeles y, detrás, una parte de la estantería.
La fecha era de nueve días antes de su muerte.
Los dos sujetalibros aparecían al fondo.
Esta vez Molina tardó más en hablar.
—Entonces hace nueve días había dos. La noche del asesinato encontramos uno.
—Correcto —dijo Pilar—. Y antes de que vuelvas a preguntarlo, seguimos sin saber cuándo desapareció el otro.
Me fijé en la pieza que permanecía dentro de la bolsa.
La base medía algo más de diez centímetros y uno de los extremos terminaba en una arista recta. Pesaba lo suficiente para causar una lesión grave sin necesidad de demasiados golpes.
—¿Habéis comparado las medidas?
Pilar señaló otra hoja.
—El compañero de Antropología Forense ha comparado la geometría del borde con la lesión. El sujetalibros que tenemos aquí no reproduce exactamente la zona de impacto, pero la otra pieza era simétrica. Si se utilizó por el extremo contrario, la forma sería distinta.
Molina se volvió hacia ella.
—¿Compatible?
—Compatible.
—Odio esa palabra.
—Porque quieres que los objetos confiesen antes que las personas.
—Los objetos suelen tener mejor memoria.
Pilar ignoró el comentario.
—Hay otra cosa. La lámpara que estaba en el suelo y parte de los papeles del mueble se movieron después de que Javier ya estuviera sangrando. Encontramos pequeñas transferencias en zonas que únicamente tienen sentido si alguien manipuló el salón después del golpe.
Aquello sí cambió la escena.
—¿Cuánto después?
—Eso no puedo decírtelo. Segundos o minutos. Lo que sí puedo decir es que parte del desorden se produjo cuando ya había sangre en el suelo.
Molina me miró.
—El robo.
—Al menos una parte de lo que parecía un robo se preparó después de herirlo.
—Y falta un objeto que podría haber servido como arma.
Pilar levantó un dedo.
—Podría.
—Gracias. Empezaba a preocuparme que no lo dijeras.
Me alejé unos pasos y miré el salón.
La primera noche había visto cajones abiertos, una lámpara caída, papeles en el suelo y el hueco de un televisor arrancado de la pared. Todo aquello había empujado la escena hacia una explicación sencilla: alguien entraba, robaba, Javier lo sorprendía y acababa muerto.
Después habíamos descubierto que la vivienda entera estaba construida para producir una impresión.
Ahora empezábamos a saber que también el desorden podía haber sido construido.
Molina se acercó.
—Si el sujetalibros fue el arma, el que lo golpeó se lo llevó.
—Si lo fue.
—Nueve días antes había dos. Después del asesinato queda uno. Tenemos una lesión compatible y sabemos que alguien movió cosas después del golpe. Me parece una coincidencia bastante trabajadora.
—A mí también.
Me miró con sorpresa fingida.
—Voy a apuntar la fecha.
Seguí observando la estantería.
Había algo en aquella posibilidad que modificaba más de lo que parecía.
—Estamos haciendo la pregunta al revés.
—¿Qué pregunta?
Señalé la fotografía en la que aparecían las dos piezas.
—Llevamos días pensando qué arma pudo traer el asesino. Quizá no trajo ninguna.
Molina volvió a mirar la imagen.
—Entró, discutieron y cogió lo primero que tenía suficientemente cerca.
—Es una posibilidad.
—Una bastante buena.
—Sí.
Pilar cruzó los brazos.
—Eso tampoco os dice quién estaba allí.
—Pero sí puede decirnos algo sobre lo que pretendía hacer cuando llegó.
Molina entendió antes de que tuviera que explicarlo.
—Si hubiera ido con intención de matarlo, podría haber llevado algo.
—Podría haberlo llevado igualmente y acabar usando otra cosa. O haber planeado golpearlo y confiar en encontrar algo allí. La ausencia de un arma propia no demuestra intención.
—Pero hace menos necesaria la idea de que aquello estuviera preparado desde antes.
Asentí.
Eso era suficiente. Un golpe. Un objeto al alcance de la mano.
Y después una habitación transformada para contar otra historia.
Pilar volvió a guardar la documentación.
—Nos llevaremos también el sujetalibros que queda para hacer más comparaciones y estamos revisando las fotografías de toda la escena por si la otra pieza aparece en algún rincón antes de desaparecer definitivamente. Cuando tengamos algo que pueda sostenerse mejor que una hipótesis, os aviso.
—¿Puedes calcular dónde tendría que estar Javier para recibir el golpe con algo cogido de esa estantería? —preguntó Molina.
—Puedo estudiar posiciones compatibles, pero no voy a dibujarte una coreografía exacta a partir de un cadáver y una habitación removida. Si esperas flechas de colores y un asesino colocado sobre una X, vas a decepcionarte.
—Entonces hazlo sin flechas.
Pilar me miró.
—¿Cómo lo soportas?
—Años de entrenamiento.
Salimos del piso poco después.
En el ascensor, Molina revisó otra vez la fotografía de los dos sujetalibros.
—Álex estuvo aquí. Nora también. Y Víctor sabía que Javier utilizaba pisos para recibir a clientes peligrosos.
—Víctor dijo que conocía ese sistema. Sigue asegurando que nunca estuvo en este apartamento.
—Además tenemos Dársena hablando con su oficina.
—Y una cena con tres personas que, por ahora, lo sitúan en otro lugar esa noche.
Guardó el teléfono.
—Consigues que cada pista venga acompañada de una multa.
—Es la única forma de que no terminemos investigando únicamente a quien más nos apetece.
Las puertas se abrieron.
Antes de salir, volví la vista hacia el cuarto piso aunque desde allí solo pudiera ver el número iluminado sobre el panel del ascensor.
Hasta esa mañana habíamos buscado un objeto que alguien pudiera haber llevado hasta Javier.
Ahora empezaba a parecer posible que el asesino hubiera llegado con las manos vacías.
Lo que hizo después del golpe era otra cosa. Eso sí había necesitado tiempo.