CAPÍTULO 14Una mujer sin apellido
Una mujer sin apellido
Nora Salvatierra eligió el lugar.
Eso fue lo primero que pidió cuando conseguimos contactar con ella: ni comisaría, ni su domicilio, ni el lugar donde trabajaba.
Aceptaría hablar conmigo en una cafetería situada dentro de un centro comercial a casi cuarenta kilómetros de Madrid, un sitio lo bastante grande para mezclarse con otras personas y lo bastante lejos de su vida actual para que nadie se preguntara por qué estaba sentada frente a un policía.
Acepté sin discutirlo.
Molina quiso acompañarme, pero finalmente decidimos que dos inspectores podían convertir una conversación en algo que Nora llevaba cuatro años evitando. Antes de salir me entregó una copia de la fotografía del supermercado y otra de la cámara de la farmacia.
—Procura volver sabiendo si es la misma mujer.
—Esa es una de las ideas.
—También puedes preguntárselo directamente. A veces funciona.
—Lo tendré en cuenta.
—Me preocupa que algún día descubras la conversación normal.
Guardé las fotografías y salí antes de que pudiera seguir ayudándome.
Nora ya estaba allí cuando llegué. La reconocí sin necesidad de sacar ninguna imagen.
El cabello era algo más corto que en la fotografía de Javier y llevaba unas gafas que no aparecían en ninguna de las imágenes que teníamos, pero era ella.
Había elegido una mesa desde la que veía la entrada principal de la cafetería y también uno de los pasillos laterales.
Su bolso descansaba sobre las piernas en lugar de ocupar la silla vacía a su lado.
Me acerqué despacio.
—Nora.
Levantó la cabeza.
—Aquí no.
Esperé.
—Llámeme Ana, por favor. Solo mientras estemos aquí.
Asentí y me senté enfrente.
—De acuerdo.
Pidió un café antes de que empezáramos y esperó a que la camarera se alejara.
—¿Álex sabe dónde estoy?
Era la primera pregunta que me hacía y también la razón por la que había aceptado hablar.
—Hasta donde sabemos, no tiene su dirección actual. Estamos investigando si ha intentado obtenerla por otros medios y precisamente por eso quería hablar con usted.
Nora mantuvo las manos alrededor de la taza vacía.
—Eso significa que lo ha intentado.
—Significa que tenemos motivos para pensar que siguió buscándola después de que Javier se negara a ayudarlo.
La respuesta pareció molestarla menos que cualquier intento de tranquilizarla.
—Álex siempre sigue.
Llegó el café. Esperamos otra vez hasta quedarnos solos.
—Cuénteme qué ocurrió hace cuatro años.
Nora miró hacia el pasillo antes de contestar.
—¿Quiere la versión de la denuncia o la versión de cuatro años de mi vida?
—La que considere que explica por qué está sentada aquí utilizando otro nombre.
Se quedó observándome durante unos segundos.
—Al principio yo tampoco lo llamaba acoso.
Lo llamaba insistencia, una mala ruptura, mensajes que se le irían pasando cuando aceptara que habíamos terminado.
Después empezó a aparecer en sitios donde yo estaba.
Un restaurante. El gimnasio. La puerta del trabajo.
Siempre tenía una explicación: un amigo común se lo había dicho, había pasado por casualidad, solo quería cinco minutos.
Cuando cambié de teléfono consiguió el nuevo número en menos de una semana.
—¿Cómo?
—Nunca lo supe. Preguntó a gente, supongo. Álex es muy bueno haciendo que una pregunta parezca otra cosa.
Bebió un poco de café.
—Después de la denuncia me mudé una primera vez. Me encontró. Cambié de trabajo y durante un tiempo pensé que aquello bastaría, hasta que recibí unas flores sin tarjeta en la oficina nueva. Podían ser de cualquiera, claro. Ese era siempre el problema. Todo, por separado, podía ser otra cosa.
Aquella frase me resultó demasiado familiar.
—¿Y entonces desapareció?
—Entonces entendí que cada persona que conocía mi dirección era una posibilidad más de que él terminara conociéndola. Me fui de Madrid, cambié de número otra vez y empecé a utilizar el apellido de mi madre. Después cambiaron más cosas.
—¿Nombre también?
—En algunos sitios.
No insistí en la identidad que utilizaba ahora. Ya estaba documentada y la conversación no necesitaba convertirse en un inventario de su huida.
Saqué la fotografía tomada por Javier frente al supermercado y la dejé boca arriba sobre la mesa.
Nora tardó poco en reconocerse. Su reacción fue distinta de la que había esperado. No miedo.
Enfado.
—Esa foto me la hizo él.
—Javier Cárdenas.
—Sí.
—¿Sabía que la tenía?
—Sabía que me había seguido. Lo de la fotografía me lo imaginaba.
—¿Cómo entró Javier en contacto con usted?
Nora apartó la imagen unos centímetros.
—Me esperó a la salida del trabajo. No se acercó hasta que estuve sola y empezó diciendo mi nombre antiguo. Pensé que era alguien enviado por Álex y me fui. Me siguió unos metros, solo lo suficiente para decirme que quien lo había contratado afirmaba ser mi hermano.
—¿Y usted le creyó?
Soltó una risa breve que carecía de humor.
—Mi hermano vive en Valencia, tiene mi teléfono y habló conmigo esa misma semana. Así que no, inspector, esa parte fue bastante sencilla.
—¿Le dijo entonces que el cliente era Álex?
—Todavía no lo sabía con seguridad. Me enseñó una fotografía que le habían dado, algunos datos y parte de los mensajes. Yo reconocí cosas que Álex conocía de mí. Sitios, nombres, una historia familiar que había modificado lo justo para que sonara creíble.
—¿Qué hizo Javier después?
—Me pidió disculpas.
La respuesta me sorprendió.
Nora lo notó.
—A mí también me sorprendió. Pensaba que intentaría defenderse, explicar que estaba haciendo su trabajo o pedirme que lo ayudara a terminarlo. En lugar de eso me dijo que había cometido un error aceptando el encargo sin comprobar mejor quién estaba al otro lado.
—¿Y prometió proteger su dirección?
—Dijo que Álex nunca la recibiría de él.
—¿Nunca?
—Esa fue la palabra.
Miré otra vez la fotografía.
—Sin embargo, conservó esto.
La expresión de Nora cambió.
—Por eso fui a verlo.
Aquello era lo primero que se alejaba de la versión sencilla que habíamos reconstruido.
—Pensábamos que había ido a darle las gracias.
—También.
—No es exactamente lo mismo.
—Las dos cosas pueden ocurrir en la misma conversación.
Esperé.
Nora apartó la taza.
—Cuando Javier me localizó, yo estaba aterrada.
Después pasaron unas semanas y empecé a pensar en todo lo que él sabía: dónde trabajaba, por dónde me movía, probablemente dónde vivía.
Me había prometido que Álex no recibiría nada, pero las promesas me sirven bastante menos desde hace cuatro años. Así que lo llamé y le pedí vernos.
—¿En el apartamento donde murió?
—Sí. Me dijo que era un lugar donde recibía clientes y que prefería no verme cerca de mi trabajo.
—¿Qué quería usted?
—Que destruyera todo lo que tuviera sobre mí.
La frase permaneció unos segundos entre nosotros.
—¿Y lo hizo?
—Dijo que podía eliminar determinados datos de trabajo cuando terminara de aclarar quién estaba detrás del encargo, pero que tenía que conservar documentación sobre lo ocurrido. Ahí discutimos.
Aquello explicaba mejor la versión de Marta.
—La vecina la vio salir alterada.
Nora me miró directamente.
—Estaba enfadada.
—¿Solo enfadada?
—¿Qué espera que le diga?
—Lo que ocurrió dentro.
Su mano derecha se cerró un poco sobre el asa de la taza.
—Le dije que no entendía cómo podía presentarse como la persona que me estaba protegiendo mientras conservaba fotografías que demostraban que había conseguido encontrarme. Él dijo que precisamente necesitaba guardar pruebas de cómo había llegado hasta mí y quién lo había contratado.
—¿Le contó que Álex seguía buscándola?
Nora tardó lo suficiente para que la pregunta cambiara de peso.
—Me dijo que podía estar haciéndolo.
—¿Puede concretar?
—Me preguntó si alguien había intentado contactar conmigo durante las semanas anteriores. Llamadas extrañas, personas preguntando por mí en el trabajo, alguien siguiéndome. Le dije que no había notado nada.
—¿Y después?
—Me hizo una pregunta que entonces no significó nada.
Ya sabía cuál podía ser antes de que la formulara.
—¿Cuál?
Nora pasó el pulgar por una pequeña mancha de café en el borde de la taza.
—Me preguntó si conocía a un hombre llamado Víctor Gálvez.
No respondí inmediatamente.
—¿Lo conocía?
—No.
—¿Había oído ese nombre antes?
—Jamás.
Saqué una fotografía reciente de Víctor y la coloqué sobre la mesa.
Nora la observó con atención, pero su rostro no me dio nada que quisiera convertir en certeza.
—¿Es él?
—Eso le estoy preguntando.
Volvió a mirar la imagen.
—No recuerdo haberlo visto nunca.
—Piénselo bien. Cerca de su casa, del trabajo, siguiéndola, dentro de algún coche.
—Inspector, llevo cuatro años mirando dos veces a demasiada gente. Si me enseña fotografías suficientes terminaré creyendo que cualquiera ha estado detrás de mí. Este hombre no me resulta familiar.
Guardé la fotografía.
La respuesta me servía más de aquella manera.
—¿Por qué cree que Javier preguntó por él?
—Eso quería saber yo. Cuando se lo pregunté, dijo que estaba revisando una posibilidad y que prefería comprobarla antes de asustarme con algo que quizá no existía.
—¿Nada más?
Nora dirigió la vista hacia la gente que pasaba fuera de la cafetería.
—Me pidió que, si alguien nuevo intentaba localizarme, lo llamara a él antes de hacer cualquier otra cosa.
—¿Lo llamó alguna vez?
—No hizo falta.
—Javier murió unas horas después de aquella visita.
—Lo sé.
Esta vez el silencio duró más.
—¿Cuándo se enteró?
—En las noticias. No dijeron nada que me relacionara con él, pero reconocí el edificio.
—Y no llamó a la Policía.
Nora levantó la mirada.
—Llevo cuatro años intentando que nadie una mi nombre con ningún lugar en el que vivo. Acababa de enterarme de que un detective contratado por Álex había conseguido encontrarme. Después ese detective apareció muerto. ¿Qué habría hecho usted?
La pregunta no buscaba realmente una respuesta.
—Probablemente habría tenido miedo.
—Yo también.
Saqué entonces la imagen de la cámara de la farmacia.
—Esta mujer salió del edificio la tarde del asesinato.
Nora apenas necesitó mirarla.
—Soy yo.
—¿A qué hora se marchó?
—Poco después de las siete. No miré el reloj, pero tenía que coger el coche antes de que empezara el tráfico peor.
—¿Volvió aquella noche?
—No.
—¿Habló después con Javier?
—Le envié un mensaje cuando llegué a casa.
—¿Qué decía?
Nora bajó la vista.
—Que sentía haber discutido y que esperaba que destruyera todo lo que pudiera sobre mí.
—¿Contestó?
—Sí.
—¿Qué dijo?
Esta vez sí tardó.
—«Lo haré cuando termine esto».
Me quedé mirándola.
—¿Terminar qué?
—Eso mismo le pregunté.
—¿Y?
Nora negó despacio.
—No volvió a responder.
Mi teléfono vibró dentro del bolsillo. Lo saqué solo para comprobar que no fuera Molina.
Era Elena.
Si llegas tarde, avisa. Daniel necesita cartulina para mañana y, misteriosamente, se ha acordado ahora.
Guardé el teléfono después de responder que la compraría.
Cuando levanté la cabeza, Nora seguía mirando hacia la entrada.
—Una última cosa —dije—. Álex cree que ha encontrado otra manera de llegar hasta usted.
La taza dejó de moverse entre sus manos.
—¿Qué significa eso?
—Todavía estamos averiguándolo.
—¿Sabe dónde vivo?
—En este momento no tengo pruebas de que conozca su dirección.
—Eso no es lo mismo que decir que no.
—No.
Agradeció la respuesta con una mínima inclinación de cabeza.
Antes de marcharse, recogió la fotografía del supermercado y la observó una última vez.
—Javier me encontró en menos de tres semanas —dijo—. Yo había tardado cuatro años en conseguir que Álex dejara de hacerlo.
Dejó la fotografía sobre la mesa.
—Por eso fui a verlo enfadada. Y por eso también le di las gracias.
Se levantó, se colgó el bolso y miró alrededor antes de dirigirse hacia la salida.
Yo permanecí sentado.
Nora había confirmado que Javier la había protegido, pero también que conservaba información que ella quería destruir y que, en los últimos días de su vida, estaba investigando algo que todavía no había querido explicarle.
Y ahora teníamos otra pieza.
Javier había preguntado por Víctor antes de morir. La cuestión era por qué.