CAPÍTULO 13La segunda búsqueda
La segunda búsqueda
Álex Cobo todavía estaba sentado frente a nosotros cuando recordé el correo.
Cinco semanas antes, Javier ya le había escrito que había localizado a Nora y que se negaba a facilitarle cualquier dato que permitiera encontrarla.
Sin embargo, durante el interrogatorio Álex había contado la visita de dos días antes del asesinato como si Javier le hubiera comunicado entonces que había terminado el trabajo.
Abrí la carpeta otra vez.
—Hay una cosa que quiero aclarar antes de que terminemos. Ha dicho que Javier lo llamó para que fuera al apartamento y que allí le comunicó que había localizado a Nora. Este correo se lo había enviado cinco semanas antes.
Álex miró la fecha y después a su abogada.
—Ya sabía que la había encontrado. Cuando he dicho que me lo contó allí me refería a que volvió a decírmelo a la cara. El correo llegó antes, sí.
—Entonces la visita de dos días antes tenía otro motivo.
—Llevábamos semanas discutiendo. Yo le escribía, él contestaba cada vez menos y acabó bloqueando cualquier conversación que no fuera para repetirme que el encargo estaba cerrado. Al final aceptó verme porque seguía reclamándole el dinero.
—Y porque usted seguía reclamando a Nora.
La mandíbula de Álex se endureció durante un instante.
—Porque había pagado para localizarla y él había cumplido únicamente la parte del trabajo que le interesaba.
Puede parecerles inmoral, pero desde mi posición era bastante sencillo: contraté un servicio, pagué tres mil euros y la persona a la que contraté decidió después que tenía derecho a quedarse con el dinero y también con el resultado.
Molina abrió su libreta.
—Y después de esa reunión encontró otra manera de seguir buscándola. Eso es lo que acaba de decirnos. Si quiere que entendamos por qué matar a Javier carecía de sentido para usted, quizá sería un buen momento para explicar cuál era esa alternativa.
Álex se reclinó en la silla.
La seguridad que había aparecido al final de la declaración seguía allí.
—Ya les he contado bastante.
—Nos ha contado exactamente hasta el punto que le beneficia —dijo Molina—.
Javier se convierte en alguien que podía enfadarlo, pero deja de ser necesario; usted pasa de tener un motivo a tener una solución alternativa, y justo cuando preguntamos en qué consistía esa solución decide que la conversación termina. Comprenderá que resulta cómodo.
Laura Beltrán intervino antes de que Álex respondiera.
—Mi cliente ha colaborado voluntariamente, ha reconocido el uso de otra identidad y ha explicado su relación con el fallecido. Tiene derecho a reservarse cualquier cuestión que pueda perjudicarlo, especialmente si ustedes todavía no han concretado si lo consideran testigo o sospechoso.
—Lo consideramos una persona que mintió para contratar a la víctima, discutió con ella poco antes de su muerte y se niega a explicar cómo continuó el mismo objetivo que originó el conflicto —respondí—. La etiqueta puede esperar.
Álex sonrió sin humor.
—Pues espere sentado.
Su abogada giró ligeramente la cabeza hacia él.
Aquello bastó para que corrigiera el tono.
—Quiero decir que esa parte no voy a explicarla.
Cerré la carpeta.
—De acuerdo.
Molina me miró, aunque esperó a que saliéramos de la sala para hablar.
—¿De acuerdo?
Caminamos por el pasillo hasta mi despacho.
—Ha dejado claro que existe una segunda búsqueda. Eso ya es más de lo que teníamos hace una hora.
—También ha dejado claro que piensa obligarnos a encontrarla solos.
—Entonces hagámoslo.
La autorización para ampliar la información bancaria de Álex llegó a primera hora de la mañana siguiente.
A media mañana teníamos los movimientos correspondientes a los dos meses anteriores a la muerte de Javier y una lista lo bastante larga de gastos ordinarios como para demostrar que incluso las personas que utilizan identidades falsas para localizar a su expareja siguen pagando aparcamientos, supermercados y plataformas de televisión.
Molina llevaba veinte minutos repasándolos cuando acercó la pantalla.
—Aquí.
La transferencia se había realizado cuatro semanas antes del asesinato, pocos días después del correo en el que Javier había cerrado definitivamente el encargo.
Quince mil euros.
El destinatario era una sociedad llamada Dársena Gestión y Servicios, S. L.
El concepto decía únicamente:
CONSULTORÍA.
—Quince mil euros es una consultoría bastante entusiasta —dijo Molina—. Sobre todo para alguien que, según sus movimientos habituales, no parece contratar demasiadas.
—¿Actividad de la sociedad?
—Consultoría empresarial, gestión documental, intermediación de servicios y media docena de cosas más que permiten facturar prácticamente cualquier cosa sin explicar demasiado. Lleva tres años activa y tiene un domicilio social en un centro de negocios de Chamartín.
—¿Administrador?
Molina giró otra hoja.
—Un hombre de sesenta y dos años llamado Esteban Moya. Aparece en otras cinco sociedades y ninguna tiene relación evidente con Álex, Javier o Víctor. Si esto es una pantalla, han tenido la delicadeza de poner otra pantalla delante.
—Vamos a verla.
El domicilio social resultó ser exactamente lo que parecía sobre el papel: un centro de negocios con una recepción blanca, varias salas alquilables y más de cien empresas utilizando la misma dirección.
La mujer que nos atendió necesitó consultar el ordenador antes de reconocer el nombre.
—Dársena Gestión tiene domiciliación aquí, pero nadie trabaja físicamente desde estas oficinas. Recibimos correo y alguna mensajería. También tienen contratado un servicio de atención telefónica básico.
—¿Quién recoge la correspondencia?
—A veces mensajería. Otras viene el administrador, aunque muy pocas. Tendría que revisar los registros.
—Hágalo, por favor.
Tardó menos de cinco minutos.
Esteban Moya había recogido correo dos veces durante los últimos seis meses.
Ninguna fecha coincidía con el pago de Álex.
—¿Y las llamadas? —preguntó Molina—. Si alguien telefoneaba a la sociedad, ¿ustedes desviaban la comunicación?
—Dependía del horario. Tenemos un número asignado y las llamadas se redirigen al teléfono que indique cada cliente.
Aquello nos interesó más.
Con la autorización correspondiente podríamos saber dónde terminaban esas llamadas.
De regreso a comisaría, Molina apoyó la cabeza contra el asiento.
—Quince mil euros enviados a una empresa que consiste en un buzón, un teléfono desviado y un señor que aparece dos veces al año a recoger cartas. Si me preguntas, yo diría que Álex pagó para que alguien hiciera exactamente lo que Javier se negó a hacer.
—Es una posibilidad bastante razonable.
—Voy a enmarcar esa frase.
—Todavía falta saber quién estaba al otro lado.
—Y cuando lo sepamos vas a encontrar una razón para esperar otras seis horas.
—Probablemente.
Esta vez se rio.
La primera información sobre el teléfono de Dársena llegó aquella tarde.
El número asignado por el centro de negocios redirigía las llamadas a una línea móvil contratada a nombre de la propia sociedad. Durante la semana posterior al pago de Álex había tenido poca actividad: nueve llamadas entrantes, cinco salientes y varios periodos largos sin conexión.
Una de las líneas con las que había hablado varias veces pertenecía a una gestoría.
Otra correspondía a una empresa de mensajería.
La tercera estaba registrada a nombre de Gálvez Investigaciones Privadas .
Molina dejó la hoja sobre mi mesa con más fuerza de la necesaria.
—Ahora sí.
Leí las fechas. Dos comunicaciones en ocho días: una anterior al ingreso de los quince mil euros y otra posterior.
—Tenemos llamadas entre una sociedad a la que Álex pagó quince mil euros y la oficina de Víctor.
—Exactamente.
—Eso todavía no demuestra que Víctor recibiera el dinero ni que las llamadas tuvieran relación con Nora.
Molina se quedó de pie frente a mí.
—Álex fracasa con Javier, paga quince mil euros a una sociedad fantasma y esa sociedad habla varias veces con el antiguo socio de Javier, que casualmente también es detective y lleva toda su vida localizando personas. ¿Cuántas casualidades necesitas antes de que podamos preguntarle directamente?
—Preguntarle, todas las que quieras. Detenerlo, alguna menos casual.
—Yo no he dicho detenerlo.
Lo miré.
—Lo estabas pensando.
—Estaba pensando que me gustaría ver su cara cuando pongamos esos quince mil euros encima de la mesa.
Eso también me interesaba.
Antes de llamar a Víctor, abrí el informe de comprobaciones que habíamos iniciado después de nuestra primera entrevista con él. Entre otras cosas, habíamos pedido reconstruir de forma básica dónde estaban las personas más próximas a Javier durante la franja de la muerte.
Víctor había dicho que aquella noche cenaba con tres amigos.
Los tres habían confirmado la cena.
Uno recordaba haber elegido el restaurante porque llevaba semanas intentando reservar allí. Otro aseguró que Víctor permaneció durante toda la comida. El tercero respondió de forma más vaga, pero coincidía en lo esencial.
Molina leyó las declaraciones por encima de mi hombro.
—Eso complica las cosas.
—Eso evita que hagamos tonterías.
—También puede significar que tres amigos recuerdan haber cenado con él y ninguno está recordando exactamente a qué hora llegó.
Pasé las páginas.
—De momento dijeron que estaba allí.
—De momento.
Aquella precisión era mejor que muchas de las que yo le había exigido durante los últimos días.
Cogí el teléfono, pero no marqué todavía.
—Antes de volver a Víctor quiero todo lo que podamos obtener de Dársena. Facturación, movimientos, titular real del teléfono y relación con Gálvez Investigaciones. Si esos quince mil euros terminan de alguna forma en su oficina, quiero verlo sobre papel.
Molina se sentó frente a mí.
—Y si no terminan allí.
—Entonces tendremos que averiguar por qué hablaban.
—¿Álex?
—Que siga creyendo que ha conseguido guardarse una parte.
Molina sonrió.
—Eso sí me gusta.
Volví a mirar las dos comunicaciones entre Dársena y la oficina de Víctor.
Hasta aquella mañana, la segunda búsqueda de Nora había sido solamente una frase con la que Álex pretendía alejarse del asesinato.
Ahora tenía un precio. Quince mil euros. Y, en algún punto del recorrido, había vuelto a aparecer Víctor Gálvez.