CAPÍTULO 12Álex
Álex
Álex Cobo llegó a comisaría a las once y veintitrés acompañado por una abogada de oficio que había conocido menos de una hora antes y a la que, por la forma en que caminaban separados por medio metro, todavía parecía considerar un inconveniente más que una ayuda.
Habíamos decidido tomarle declaración con todas las garantías desde el principio.
A esas alturas ya sabíamos que había utilizado una identidad distinta para contratar a Javier, que mantenía una relación previa con Nora Salvatierra y que había estado en el edificio dos días antes del asesinato.
Convertir aquella conversación en una charla informal habría servido únicamente para complicarnos después.
Cuando entré con Molina, Álex estaba sentado con los brazos apoyados sobre la mesa.
La fotografía del permiso de conducir le hacía poca justicia.
En persona parecía algo más delgado, tenía el pelo muy corto en los laterales y vestía una camisa blanca debajo de una cazadora azul oscura.
Su actitud resultaba más tranquila de lo que esperaba alguien que acababa de saber que la Policía de Homicidios quería hablar con él.
Su abogada se presentó como Laura Beltrán y nos pidió, antes de empezar, que concretáramos el motivo de la declaración.
—Estamos investigando la muerte de Javier Cárdenas —dije—. Su cliente mantuvo contacto con él semanas antes del homicidio y estuvo en el inmueble donde apareció el cuerpo.
Álex apoyó la espalda en la silla.
—Si todo esto viene porque entré en ese edificio, podían habérmelo preguntado por teléfono. Cárdenas era detective, yo lo contraté y fui a verlo. Eso convierte la visita en bastante menos misteriosa de lo que ustedes quieren hacer parecer.
Molina abrió la carpeta que llevaba.
—La parte misteriosa empieza cuando buscamos el nombre con el que lo contrató y descubrimos que Carlos Medina López resulta bastante difícil de encontrar.
Álex mantuvo la mirada sobre él durante un par de segundos.
Después se volvió hacia su abogada.
—¿Tengo que contestar a eso?
—Tienes derecho a guardar silencio —respondió ella—, pero ya hemos hablado de que, si existe una explicación para determinadas circunstancias, también puedes ofrecerla. La decisión es tuya.
Álex pasó la lengua por el interior de la mejilla y regresó a nosotros.
—Carlos Medina fui yo.
Molina dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Eso nos ahorra bastante tiempo. ¿Quiere explicarnos por qué necesitó otro nombre para contratar a Javier Cárdenas?
—Porque necesitaba encontrar a una persona y sabía que, si contaba toda la historia desde el principio, probablemente me daría con la puerta en las narices. No falsifiqué una vida por diversión ni estaba organizando una estafa. Necesitaba que aceptara el encargo, nada más.
—¿Qué persona?
Álex me sostuvo la mirada.
—Nora Salvatierra.
Pronunció el nombre con una naturalidad que me llamó más la atención que cualquier pausa.
Saqué una copia del correo que había enviado a Javier.
—Aquí escribió que era su hermana, que había perdido el contacto con ella cuatro años atrás y que su familia necesitaba saber que estaba bien. Cuesta encajar esa explicación con lo que acaba de decirnos.
Álex miró la hoja sin cogerla.
—Porque si hubiera escrito «busco a mi expareja y tuvimos problemas hace años», Javier habría decidido que yo era un monstruo antes de conocerme. Ustedes ya lo han hecho, por cierto. Se nota desde que han entrado.
—Nosotros estamos intentando averiguar por qué un hombre al que usted contrató apareció muerto semanas después.
—Y yo les estoy diciendo que una cosa no tiene nada que ver con la otra. Mentí para que aceptara un trabajo. Pagué por ese trabajo. Fui a reclamarle cuando decidió quedarse con mi dinero y cambiar las condiciones. De ahí a matarlo hay bastante distancia.
Molina dejó que terminara.
—Vamos a recorrer esa distancia despacio. ¿Por qué quería encontrar a Nora?
Álex respiró por la nariz antes de responder.
—Porque desapareció. Un día teníamos una relación que llevaba años funcionando mejor o peor y, al siguiente, había cambiado de número, dejado el trabajo y desaparecido de todos los sitios donde yo podía localizarla.
Durante mucho tiempo respeté que quisiera espacio, pero cuatro años me parecieron suficientes para querer saber si estaba bien.
—Según la denuncia, siguió intentando localizarla durante meses.
Su expresión cambió apenas lo necesario para que desapareciera la tranquilidad inicial.
—La denuncia cuenta lo que dijo ella. Si han leído el expediente entero también habrán visto que algunas cosas se archivaron y que otras jamás se demostraron como ella las contaba.
Hubo una ruptura horrible, llamadas que hice cuando tendría que haber dejado el teléfono encima de una mesa y mensajes de los que no estoy orgulloso.
De ahí a presentarme como alguien de quien una persona tiene que esconderse durante cuatro años hay un salto que ustedes parecen encantados de dar.
Saqué otra parte de la documentación.
—Hubo episodios de seguimiento. Nora declaró que apareció en lugares donde ella no le había dicho que estaría. También constan comunicaciones desde números distintos después de que bloqueara el suyo.
Álex se inclinó hacia delante.
—Porque llevábamos años juntos, inspector.
Teníamos amigos comunes, sitios comunes y una vida que no desaparece en veinticuatro horas porque alguien decida bloquearte.
Sé cómo suena ahora, cuatro años después y escrito en un informe.
También sé cómo fueron aquellos meses mientras los estaba viviendo.
Yo quería hablar con ella y ella convirtió cada intento en una prueba de que la perseguía.
La abogada levantó una mano antes de que Molina contestara.
—Mi cliente ya ha dicho que reconoce conductas de las que se arrepiente. Les pediría que distingamos esas circunstancias del motivo por el que está aquí hoy.
—Eso intentamos —dije.
Álex me miró con una sonrisa cansada que desapareció antes de llegar a ser amable.
—Pues de momento parece que estamos juzgando otra vez una relación que terminó hace cuatro años.
—Para Nora quizá no terminó de la misma manera.
La frase borró lo que quedaba de su sonrisa.
—Eso fue hace cuatro años.
—Y cuatro años después usted pagó tres mil euros a un detective utilizando un nombre falso para encontrarla. Por eso me interesa saber qué parte considera terminada.
Durante unos segundos solo se oyó el zumbido del sistema de ventilación.
Álex giró la cabeza hacia su abogada.
Ella permaneció quieta.
—Quería hablar con Nora una vez —dijo finalmente—.
Una. Si me decía a la cara que quería que desapareciera para siempre, lo habría aceptado.
Lo que nunca acepté fue que todo terminara a través de abogados, denuncias y teléfonos bloqueados, como si yo hubiera dejado de ser una persona de un día para otro.
Molina cruzó las manos sobre la mesa.
—El problema es que usted se está reservando para sí mismo la capacidad de decidir qué tenía que hacer Nora para que su negativa fuera válida.
Ella ya había dejado de responderle, había cambiado de teléfono y había acudido a la Policía.
Aun así, cuatro años después decidió que todavía le debía una conversación.
Álex dirigió hacia él una mirada más dura.
—Usted puede llamarlo como quiera. Yo lo llamo necesitar cerrar una parte de mi vida.
—¿Y Javier Cárdenas cómo lo llamó?
Aquello sí lo hizo detenerse.
Mejor que cualquier acusación.
Álex separó las manos.
—Al principio creyó mi historia. Hizo preguntas sobre Nora, sobre la familia, sobre lugares en los que había vivido y personas con las que podía mantener contacto. Después pasó bastante tiempo sin decirme nada hasta que un día me llamó y me pidió que fuera al piso.
—¿Dos días antes de que muriera?
—Sí. Supongo que ya tienen imágenes o no estaríamos hablando de esto.
—¿Qué ocurrió durante esos cuarenta y tres minutos?
Álex nos miró alternativamente.
—Me dijo que la había localizado.
Molina bajó la vista hacia sus notas, aunque ambos conocíamos ya esa parte.
—Imagino que esperaba que le diera una dirección.
—Para eso le había pagado.
—Y se negó.
Álex soltó aire lentamente.
—Se negó a darme nada. Ni dirección, ni teléfono, ni ciudad. Me dijo que había investigado también mi historia y que había descubierto quién era yo. Después empezó con esa especie de superioridad moral que había adoptado, como si de repente pudiera decidir qué encargos merecían existir y cuáles no.
La frase me hizo levantar la vista.
—¿De repente?
Álex pareció darse cuenta de que había elegido mal una palabra.
—Quiero decir que ya había aceptado el dinero. Si tan claro tenía que aquello estaba mal, podía haberlo decidido antes de cobrarme.
—¿Le pidió que no volviera a contactar con él?
—Sí, y también me dijo que dejara a Nora tranquila. Como si él supiera algo sobre nuestra relación después de hablar con ella durante unas horas.
—¿Habló con Nora?
—Eso dijo. Que ella sabía que yo estaba buscándola.
Aquello encajaba con el cambio de actitud de Javier, aunque todavía necesitábamos escuchar a Nora.
Molina intervino.
—¿Discutieron?
Álex dejó de intentar parecer relajado.
—Claro que discutimos. Le había pagado tres mil euros, me confirmó que había terminado el trabajo y después decidió quedarse con el resultado porque personalmente no le gustaba el cliente.
Le pedí que me devolviera el dinero. Dijo que el trabajo estaba hecho y que el dinero cubría las horas invertidas.
Le dije que era un ladrón. Él me dijo cosas bastante peores.
—¿Amenazas?
—Por mi parte, ninguna. Si quieren convertir una discusión por dinero en un homicidio, van a necesitar algo más que esa grabación de la calle.
La forma en que lo dijo me hizo pensar que llevaba toda la conversación esperando llegar hasta allí.
—¿Dónde estaba la noche que murió Javier?
Su abogada intervino antes de que respondiera.
—Indique primero la franja horaria que están investigando.
—Entre aproximadamente las ocho y media y las once.
Álex apoyó las manos sobre la mesa.
—En casa. Llegué sobre las ocho, pedí comida y estuve allí el resto de la noche. Vivo solo, así que supongo que ahora me dirán que eso tampoco les sirve.
—Lo comprobaremos.
—Hagan lo que tengan que hacer. Lo que van a comprobar también es que después de aquella discusión no volví a ver a Javier Cárdenas.
Molina cerró la carpeta sin guardarla.
—Sin embargo, siguió buscando a Nora.
Álex fijó los ojos en él.
Por primera vez desde que había entrado, tardó de verdad en responder.
—Eso ya es otra cosa.
—Para nosotros forma parte exactamente de lo mismo. Javier se niega a facilitarle la dirección, usted sale enfadado del piso y poco después el hombre aparece muerto. Si después de fracasar con él siguió buscando a Nora, queremos saber cómo.
La abogada se inclinó hacia Álex.
—Puedes responder o podemos terminar aquí.
Él permaneció unos segundos mirando la mesa.
Cuando levantó la cabeza, la irritación había desaparecido y en su lugar había algo que me gustó todavía menos: seguridad.
—Están perdiendo el tiempo conmigo.
—Convénzanos.
—Javier Cárdenas podía negarse a ayudarme. Podía quedarse con mis tres mil euros, llamarme acosador y sentirse mejor persona durante el resto de la tarde. Pero matarlo no me daba la dirección de Nora.
Molina lo observó sin moverse.
—Eso depende de lo que creyera que tenía en el piso.
Álex negó muy despacio.
—Siguen sin entenderlo.
Me incliné hacia delante.
—Entonces ayúdenos.
Álex sostuvo mi mirada.
—No necesitaba matar a Javier.
Esperé.
Esta vez la pregunta podía ser corta.
—¿Por qué?
Álex se acomodó contra el respaldo.
—Porque encontré otra forma de llegar hasta ella.