CAPÍTULO 11Carlos Medina
Carlos Medina
A la mañana siguiente, las imágenes de la farmacia consiguieron decepcionarnos durante casi una hora antes de ofrecer algo útil.
El equipo había copiado primero la franja correspondiente al día del asesinato y, después de comprobar que el sistema conservaba todavía varios días anteriores, ampliamos la petición antes de que empezaran a sobrescribirse.
Teníamos demasiado material para verlo completo en tiempo real, así que uno de los compañeros había separado los movimientos próximos al portal y marcado cualquier secuencia en la que alguien pareciera entrar o salir del edificio.
La cámara cumplía exactamente lo que el farmacéutico había prometido: grababa la calle y, por casualidad, una parte del portal de Javier.
La palabra importante era parte.
—Desde este lado se ve bastante bien —dijo Molina, señalando la pantalla—. Si vienes desde el paso de peatones cruzas casi todo el encuadre, pero alguien que llegue desde la esquina contraria puede pegarse a la fachada y aparecer apenas un segundo antes de entrar.
—Eso explica por qué una cámara puede ayudarnos sin regalarnos el caso.
—También explica por qué llevamos cuarenta minutos viendo repartidores, vecinos con bolsas y un señor que ha sacado al mismo perro tres veces.
—El perro parece tener una coartada sólida.
Molina sonrió y adelantó la grabación.
La noche del asesinato aportaba menos de lo que habíamos esperado.
A las siete y pocos minutos aparecía una mujer que salía del edificio, bajaba hasta la acera y recorría parte del encuadre antes de desaparecer hacia la izquierda.
La calidad bastaba para distinguir el pelo oscuro y un abrigo claro, aunque el rostro quedaba demasiado pequeño para convertir aquello en una identificación.
Podía ser la mujer que Marta había visto. Podía ser Nora. Por el momento seguía siendo una mujer saliendo del portal.
A partir de las ocho, la calle ganó movimiento.
Dos vecinos entraron juntos, un repartidor dejó una bolsa en el edificio contiguo y varios peatones cruzaron delante de la farmacia.
Cerca de la franja en que Javier podía haber muerto apareció una figura masculina durante apenas un instante en el extremo izquierdo de la imagen.
Molina detuvo el vídeo.
—Ahí.
Retrocedió cinco segundos y lo reprodujo de nuevo.
El hombre llegaba desde el lado que peor cubría la cámara. Se veía un hombro, parte del cuerpo y después su espalda entrando en la zona del portal. Incluso ampliando la imagen resultaba imposible distinguir la cara.
—Altura aproximada, ropa oscura y poco más —dije.
Molina volvió a reproducirla.
—Y ni siquiera podemos asegurar que entre en el edificio. Desaparece donde está la puerta, pero también podría seguir pegado a la fachada.
—Correcto.
—Esperaba que la cámara hiciera algo más después de todo el tiempo que llevamos hablando de ella.
—Las cámaras suelen tener la mala costumbre de grabar lo que tienen delante y no lo que necesitamos.
—Voy a presentar una queja.
Seguimos.
Media hora después pasamos a las grabaciones del día anterior y luego a las de dos días antes del asesinato.
Fue Molina quien encontró al hombre.
—Espera. Vuelve atrás.
El compañero que manejaba el vídeo retrocedió.
Eran las seis y diecisiete de la tarde.
Un turismo gris se detenía en doble fila frente a la farmacia. El conductor permanecía dentro unos segundos antes de salir, cerrar el coche y cruzar hacia el edificio de Javier. Esta vez recorrió casi todo el campo de visión.
Tendría unos cuarenta años. Estatura media, pelo oscuro, chaqueta ligera. Durante un momento levantó la cabeza hacia los números de los portales y después entró en el edificio.
—Ese sí sabía dónde iba —dijo Molina—. No ha mirado escaparates, no ha dudado en ninguna puerta y llevaba la dirección suficientemente clara como para comprobar únicamente el número.
—O conocía ya el edificio.
—También.
Lo miré.
—Eso ha sonado casi prudente.
—Estoy intentando que vuelvas a confiar en mí después de todo este tiempo.
No pregunté qué significaba aquello.
El hombre permaneció dentro cuarenta y tres minutos.
Al salir, caminó directamente hacia el coche. La matrícula quedaba oblicua desde la cámara de la farmacia, pero durante unos segundos otro vehículo obligó al conductor a maniobrar hacia delante y el frontal apareció con suficiente claridad para recuperar casi todos los caracteres.
Molina acercó la silla.
—Eso es mejor que una cara.
El técnico congeló el fotograma. Faltaba una cifra. El resto era legible.
—Con marca, modelo, color y cinco caracteres podemos reducir bastante —dijo Molina—. Y si tráfico tiene alguna cámara en la calle principal, quizá recuperemos la matrícula completa cuando llegue o se vaya.
—Pídelo.
Molina ya estaba escribiendo.
—Lo estoy haciendo.
Dos horas después teníamos un nombre.
Álex Cobo Serrano. Cuarenta y un años. Domicilio en Madrid. El coche estaba a su nombre.
Molina dejó la impresión sobre mi mesa y se sentó enfrente sin quitarse todavía el abrigo.
—El vehículo aparece en otra cámara tres minutos después de salir de la calle de Javier. Matrícula completa. El propietario es Álex Cobo y la fotografía del permiso encaja suficientemente con el hombre de la farmacia como para que podamos empezar a trabajar con él.
Miré la imagen.
La fotografía administrativa tenía varios años, pero era la misma cara.
—¿Relación con Javier?
—Todavía ninguna directa, y he buscado por donde parecía más obvio. Tampoco aparece vinculado a Carlos Medina, al menos con lo que tenemos hasta ahora. Lo interesante viene después.
Molina giró el ordenador hacia mí.
—Cobo tiene antecedentes por amenazas y una denuncia anterior por violencia contra su pareja. La causa es de hace cuatro años.
Aquella fecha bastó para que me incorporara.
—Cuatro años.
—La misma cantidad de tiempo que Carlos Medina dijo que llevaba sin saber nada de su supuesta hermana.
Molina abrió el expediente digital.
La denuncia había sido presentada en Madrid.
Había mensajes, amenazas reiteradas, episodios de seguimiento y una orden de alejamiento dictada durante el procedimiento.
Parte de la causa había terminado archivada; otra había seguido adelante.
El conjunto dibujaba algo mucho menos limpio que las cuatro frases de un registro informático.
—¿Nombre de ella? —pregunté.
Molina permaneció unos segundos mirando la pantalla antes de responder, aunque por su expresión comprendí que ya lo había encontrado.
—Nora Salvatierra.
El apellido permaneció entre nosotros.
Abrí la fotografía que Javier había tomado frente al supermercado y la coloqué al lado de la imagen que figuraba en la denuncia.
Habían pasado cuatro años. El cabello era algo distinto y la fotografía policial mostraba una mujer más joven, con peor luz y una expresión que ninguna cámara de supermercado habría recogido de la misma manera.
Aun así, el parecido era suficiente para trabajar.
—Carlos Medina dijo que buscaba a su hermana —dijo Molina—.
Álex Cobo aparece dos días antes del asesinato entrando en el edificio donde Javier recibía a clientes, y cuatro años atrás tuvo una relación con una mujer llamada Nora Salvatierra.
Si quieres que siga llamándolo coincidencia durante otros veinte minutos, puedo hacerlo, pero a partir de cierto punto empieza a parecer que estamos esforzándonos demasiado.
—Esta vez no hace falta.
Molina se quedó mirándome.
—Repítelo, que quiero grabarlo.
—Tenemos motivos para pensar que Álex utilizó el nombre de Carlos Medina para contratar a Javier.
—Eso era casi exactamente lo que quería oír.
Seguí leyendo.
La denuncia describía una separación complicada.
Nora había cambiado de domicilio después de varios episodios de seguimiento.
Durante meses constaban comunicaciones a través de terceros, llamadas desde números distintos y apariciones de Álex en lugares donde ella afirmaba no haberle dicho que estaría.
Después, el rastro se interrumpía.
Cuatro años.
Pensé en el correo enviado a Javier.
Es mi hermana. Perdimos el contacto hace cuatro años y la familia necesita saber que está bien.
La frase adquiría ahora un significado completamente distinto.
—No la estaba buscando porque hubiera desaparecido —dijo Molina, más despacio—. Estaba intentando encontrar a una mujer que había conseguido desaparecer de él.
—Eso explicaría por qué Javier se negó a entregar la dirección cuando descubrió quién era realmente su cliente.
—Y nos da otro motivo para mirar a Álex con bastante atención.
Pagó tres mil euros usando una identidad preparada para que costara llegar hasta él, Javier se queda con el dinero, localiza a Nora y después le cierra la puerta.
Dos días antes del asesinato, Álex entra en el edificio.
Si discutieron allí, tenemos una relación directa con la víctima y un conflicto muy reciente.
—Tenemos que saber cuándo fue esa visita y qué ocurrió dentro.
Molina apoyó los antebrazos en la mesa.
—Yo empezaría trayéndolo. Cuanto más tardemos, más tiempo tiene para enterarse de que estamos preguntando por él, y ya sabemos que cuando quiere encontrar a alguien sabe insistir.
Aquella vez su conclusión me pareció mejor que cualquier motivo para frenarla.
—Localízalo. Primero quiero confirmar si sigue en el domicilio que figura en sus datos y saber qué medidas relacionadas con Nora continúan vigentes. Después hablaremos con él.
Molina se levantó, pero permaneció junto a la mesa.
—¿Y Nora?
Miré otra vez la fotografía del supermercado.
Ahora tenía apellido.
También empezábamos a comprender por qué Javier había evitado escribir una dirección junto a su nombre.
—La buscaremos con cuidado. Si lleva cuatro años consiguiendo que Álex Cobo no la encuentre, nosotros no vamos a convertir una investigación de homicidio en la forma de llevarlo hasta ella.
Molina recogió la impresión del coche y dejó la denuncia sobre mi mesa.
—Entonces primero Álex.
—Primero Álex.
Se marchó.
Volví al correo de Carlos Medina una última vez.
Desde que encontramos aquel nombre, llevamos intentado averiguar quién era aquel hombre. La pregunta acababa de cambiar. Carlos Medina nunca había estado buscando a su hermana.
Álex Cobo estaba buscando a Nora Salvatierra.