CAPÍTULO 10Doce años
Doce años
Molina esperó junto a mí en la acera mientras la gente entraba y salía de la farmacia de enfrente sin prestar atención a dos policías detenidos bajo una lluvia que empezaba a ganar fuerza.
—Has dicho que la conocías —repitió—. Eso puede significar muchas cosas, y después de verte mirar esa fotografía tengo bastante claro que ninguna es sencilla.
Me subí el cuello del abrigo.
—Tenía veinticuatro años. La encontraron muerta en una casa abandonada a las afueras de Alicante. Yo tenía veintinueve y llevaba demasiado poco tiempo en homicidios para creer que algún día acabaría recordando una escena doce años después.
Molina guardó silencio. Quizá porque entendió que esta vez iba a seguir hablando.
Alicante, 2014.
El calor se había quedado atrapado dentro de la vivienda durante todo el día y salía por las ventanas rotas como si el edificio respirara.
Recuerdo el polvo pegándose al sudor de los brazos, el olor de las paredes húmedas y una persiana caída que golpeaba muy despacio cada vez que entraba aire desde la calle.
Irene Valdés estaba en una habitación del fondo.
Irene yacía boca arriba junto a una pared desconchada, aunque aquella posición decía poco sobre cómo había muerto o dónde.
Científica trabajaba alrededor mientras yo permanecía fuera del perímetro marcado, tomando notas que después apenas necesité consultar porque algunas imágenes se quedaron donde estaban desde el primer momento.
Veinticuatro años. Pelo oscuro. Vaqueros. Una chaqueta fina pese al calor.
Tomás Llorente dirigía entonces el grupo y llevaba casi veinte años viendo muertos sin permitir que ninguno pareciera sorprenderlo demasiado. Se acercó mientras el forense revisaba las manos de Irene.
—Rivas, habla con los dos agentes que llegaron primero y comprueba quién pudo entrar antes de que acordonaran. Después quiero vecinos. En estas casas siempre resulta que nadie ha visto nada hasta que preguntas por tercera vez.
—Voy.
Había dado dos pasos cuando una compañera de Científica me llamó.
—Espera.
Señaló la chaqueta de Irene.
Una parte del forro interior estaba descosida cerca de la cintura. Al mover la tela con cuidado apareció un pequeño bulto atrapado entre las dos capas.
El técnico amplió la abertura.
Cayó una llave.
Mediría cuatro centímetros, quizá menos, y llevaba una pieza metálica rectangular en la cabeza. Carecía de etiqueta, número o llavero. Una llave corriente que podía abrir un candado, una taquilla, una caja o una puerta pequeña.
—Curioso sitio para guardarla —dije.
La compañera la fotografió antes de recogerla.
—Si la escondió aquí, seguramente quería seguir teniendo acceso a ella sin llevarla a la vista.
Llorente se acercó desde el pasillo.
—¿Qué tenemos?
—Una llave cosida dentro del forro.
La miró apenas unos segundos.
—Que vaya con sus efectos. Ya veremos a qué pertenece cuando sepamos más de ella.
Eso fue todo. Una llave. Un objeto pequeño entre decenas de cosas que aquella tarde parecían más urgentes.
Durante las siguientes horas aprendimos quién era Irene Valdés, dónde vivía, dónde trabajaba y quién había hablado con ella por última vez.
Después llegaron las llamadas, las entrevistas, las contradicciones habituales y esa cantidad de información que siempre parece caótica hasta que alguien encuentra una historia capaz de ordenarla.
Semanas más tarde detuvieron a un hombre.
Confesó.
La investigación reunió pruebas suficientes para sostener la acusación, llegó la condena y el caso terminó convertido en algo que los demás podían archivar con una fecha y un número.
Yo también debería haberlo hecho.
El problema apareció mucho antes del juicio.
Estaba revisando el inventario de los efectos personales de Irene cuando llegué a la ropa.
Camiseta.
Sujetador.
Vaqueros.
Ropa interior.
Zapatillas.
Chaqueta.
Leí la relación completa una segunda vez. Luego una tercera.
Busqué el inventario de indicios recogidos en la vivienda.
La llave tampoco figuraba allí.
Fui hasta Científica pensando que alguien la habría incluido con otro número o que la descripción sería tan genérica que yo la estaba pasando por alto.
La compañera que había trabajado en la escena revisó conmigo el listado.
—Aquí no aparece.
—La recogiste tú.
—Recogí muchas cosas ese día.
—Estaba dentro del forro de la chaqueta. La fotografiaste delante de mí.
Buscó las imágenes de la intervención.
La secuencia estaba.
La chaqueta. El forro abierto. La llave sobre la tela. Después, otra fotografía de la prenda ya dentro de una bolsa.
Ella acercó la pantalla.
—Entonces debería estar inventariada.
—Pero no está.
Revisamos el material otra vez.
El resultado fue el mismo.
Cuando se lo planteé a Llorente aquella tarde, llevaba varias horas reuniendo documentación para una comparecencia y tenía tres carpetas abiertas sobre la mesa.
—Será un error de registro —dijo.
—Hay una fotografía.
—Mejor. Así sabemos que existió y podemos localizarla.
—¿Quién la tuvo después de Científica?
Llorente levantó la vista.
—Sergio, estamos cerrando una cadena de custodia con decenas de elementos y media unidad trabajando desde hace días sin dormir bien. Antes de pensar que alguien ha hecho desaparecer una llave, comprueba transferencias, bolsas y depósitos.
Lo hice. Durante días.
La llave no apareció. Tampoco encontré una anotación que explicara adónde había ido.
La investigación siguió avanzando y, cuando llegó la confesión, aquel objeto empezó a parecerles todavía menos importante a todos los demás.
Había un hombre sentado delante de nosotros diciendo que había matado a Irene Valdés, un relato que permitía reconstruir buena parte de aquella noche y suficientes elementos para llevarlo ante un juez.
Una llave sin cerradura perdió la competición.
Para mí ocurrió lo contrario.
Cuanto más cerrado parecía el caso, más recordaba aquella pieza metálica escondida dentro del forro.
Nunca conseguí saber qué abría. Tampoco conseguí que nadie pudiera decirme dónde había terminado.
El hombre condenado murió en prisión seis años después. Para entonces yo ya llevaba mucho tiempo en Madrid.
La investigación de Irene se había convertido en una caja que apenas abría, aunque conservarla seguía pareciéndome más fácil que tirarla.
La voz de Molina me devolvió a la calle.
—¿Sergio?
Habíamos caminado hasta el coche sin que recordara haber cruzado.
Abrí la puerta del conductor, pero Molina permaneció fuera.
—Has tardado bastante en contarme que hubo una condena.
—Porque la hubo.
—Y aun así hablas del caso como si siguiera abierto.
Apoyé una mano sobre el techo del coche.
—Oficialmente está cerrado. Hubo confesión, juicio y condena. El hombre que confesó murió hace seis años.
—Entonces ¿qué es lo que nunca te cuadró?
La lluvia golpeaba el parabrisas con suficiente fuerza para obligarnos a hablar algo más alto.
—En la escena encontramos una llave escondida dentro del forro de la chaqueta de Irene. Horas después había desaparecido del inventario y nunca volvió a aparecer.
Molina tardó unos segundos en responder.
—¿Una prueba desaparecida?
—Una llave. Llamarla prueba implicaría saber para qué servía.
—Estaba escondida en su ropa.
—Sí.
—Y desapareció bajo custodia policial.
—Sí.
Molina miró hacia el portal de Javier al otro lado de la calle, como si ambas historias pudieran tocarse simplemente porque acababa de conocerlas.
—¿Crees que Cárdenas sabía algo de esa llave?
—No tengo ningún motivo para creerlo.
La frase salió con más facilidad de la que habría salido el día anterior.
Molina asintió despacio.
—Pero tenía una fotografía de Irene escondida en un doble fondo.
—Eso sí lo sabemos.
—¿Era una fotografía de la investigación?
Pensé en Irene caminando junto al mar, viva, girando el rostro hacia alguien que quedaba fuera del encuadre.
—No la recuerdo.
—Han pasado doce años.
—Precisamente.
Entramos en el coche.
Sobre el salpicadero, el teléfono de Molina mostró una notificación antes de apagarse.
Las grabaciones de la farmacia estaban esperando revisión; Carlos Medina seguía siendo un nombre construido con datos que conducían a ninguna persona concreta, y en algún lugar había una mujer llamada Nora a la que Javier había decidido proteger de quien pagaba por encontrarla.
Aquello era el presente.
Arranqué.
Molina se abrochó el cinturón.
—Una última pregunta y volvemos a Cárdenas.
—Hazla.
—¿Por qué guardaste todo lo de Irene durante doce años?
Tardé unos segundos en incorporarme al tráfico.
—Porque alguien cerró el caso antes de que yo entendiera qué abría aquella llave.
Molina miró por la ventanilla y dejó que la respuesta terminara allí.
Yo conduje hacia comisaría.
Teníamos un asesinato reciente que resolver. Y, por ahora, eso bastaba.