CAPÍTULO 9La fotografía
La fotografía
Pilar nos hizo volver al apartamento poco después de las cuatro porque uno de sus técnicos había encontrado un espacio que no figuraba en las medidas del mueble del salón.
No dijo que hubieran descubierto un escondite.
Eso lo añadió Molina durante el trayecto.
—Un hueco dentro de un cajón que no debería existir se parece bastante a un escondite.
—También puede ser un defecto del mueble.
—A veces tengo la impresión de que, si vieras a un hombre salir corriendo de un banco con un pasamontañas y una bolsa llena de billetes, dirías que todavía no sabemos si estaba robando.
—Preguntaría primero por qué llevaba el pasamontañas.
—Eso es exactamente lo que me preocupa.
Cuando entramos, el piso tenía un aspecto distinto al de la primera noche.
El cadáver ya no estaba, Científica había terminado casi todo el trabajo de superficie y parte de los objetos habían sido retirados para su análisis.
Sin Javier tendido junto al sofá, resultaba más fácil advertir hasta qué punto aquel lugar parecía una casa después de que alguien hubiera desmontado cuidadosamente la idea de que lo era.
Pilar estaba arrodillada frente al mueble bajo del salón.
—Antes de que preguntes, no lo ha descubierto tu capacidad sobrenatural para hablar con los sofás —dijo—. Hemos desmontado los cajones para procesar las guías y uno de ellos pesa más de lo que debería.
Molina me miró.
—Me alegra que haya testigos.
—¿Qué habéis encontrado?
Pilar señaló el cajón central.
—Todavía nada, porque hemos esperado antes de abrirlo completamente. La trasera tiene unos dos centímetros más de fondo que las otras y no coincide con la estructura exterior. Puede ser una reparación, un doble panel o que el fabricante decidiera gastar madera por placer. Ahora lo veremos.
Uno de los técnicos fotografió el mueble desde varios ángulos antes de sacar el cajón. Habían retirado ya los tornillos laterales y, al dejarlo sobre una superficie protegida, la diferencia se apreciaba mejor.
La tabla posterior no era la original.
No había palanca secreta, combinación ni ninguno de los mecanismos que las películas utilizan para hacer que esconder tres papeles parezca una operación de inteligencia. Bastó retirar dos pequeñas piezas metálicas para liberar el panel.
Detrás había un sobre marrón.
Pilar me impidió acercarme con una mirada.
—Primero nosotros.
—No he hecho nada.
—Esa frase pierde valor cada vez que la dices.
El técnico fotografió el sobre, lo extrajo con pinzas y lo depositó sobre una bandeja. No estaba cerrado. Dentro parecían haber varias fotografías y dos hojas dobladas.
Molina se colocó a mi lado.
—Esto sí era un escondite.
—Sí.
—¿Quieres que llame a alguien para que quede constancia de que lo has admitido?
—Puedo negarlo en el informe.
Esperamos mientras terminaban de documentarlo.
El teléfono de Molina vibró. Leyó un mensaje y levantó la vista.
—Las grabaciones de la farmacia ya están copiadas. Nos han enviado un primer informe de conservación, pero todavía no han revisado todas las horas.
—Que no corran por nosotros. Quiero primero la franja de la mujer que vio Marta y después las entradas próximas a la hora de la discusión.
—Ya lo he pedido.
Guardó el teléfono.
—También tenemos respuesta preliminar sobre Carlos Medina. Nada definitivo. La documentación utilizada para abrir la cuenta necesita más comprobaciones.
—Entonces puede esperar.
Molina miró el sobre.
—Nunca pensé que te oiría decir eso.
No contesté.
La posibilidad de que aquel escondite estuviera relacionado con Carlos Medina era evidente, pero precisamente por eso no quería decidirlo antes de ver qué había dentro.
Pilar nos permitió acercarnos unos minutos después.
Había nueve fotografías.
La primera mostraba a un hombre entrando en un aparcamiento subterráneo. La segunda, una matrícula tomada desde lejos. En la tercera aparecía una mujer sentada en la terraza de un restaurante con un hombre al que no veíamos de frente.
Ninguna llevaba fecha visible en la parte delantera.
—Trabajos —dijo Molina—. Supongo.
Pilar levantó la vista.
—¿Eso es una conclusión técnica?
—Es mi forma de intentar participar mientras vosotros impedís que toque nada.
—Pues participa en silencio.
El técnico fue colocando las imágenes una junto a otra. Un edificio. Un coche. Otra persona fotografiada desde la acera contraria.
Todo parecía material profesional de Javier: fotografías que solo tenían sentido acompañadas por un expediente que todavía no habíamos identificado.
La séptima era distinta.
No porque tuviera mejor calidad. Porque parecía antigua.
Mostraba a una mujer joven caminando cerca del mar. Llevaba el pelo suelto, una camiseta clara y unos vaqueros. La fotografía estaba tomada desde varios metros de distancia y el viento le apartaba el cabello de la cara justo cuando giraba la cabeza hacia algún punto fuera de encuadre.
No debía de tener más de veinticinco años.
Yo conocía aquella cara.
Durante unos segundos continué mirando la fotografía sin escuchar lo que decían detrás de mí.
El salón desapareció lo suficiente para que recordara una luz diferente, más blanca, entrando por ventanas sin cortinas.
Una pared desconchada. Polvo. Calor acumulado durante horas.
Después regresé al piso de Javier antes de que el recuerdo pudiera terminar de formarse.
—Sergio.
Molina estaba mirándome.
—¿Qué?
—Llevas medio minuto sin decir nada.
Me acerqué un poco más. No necesitaba darle la vuelta a la fotografía. Sabía quién era.
También sabía que era imposible que Javier Cárdenas hubiera tomado aquella imagen durante una investigación reciente.
Pilar debió de notar algo en mi forma de mirar porque dejó de hacer comentarios.
—¿La reconoces?
—Quiero ver el reverso.
El técnico fotografió primero la parte delantera y después la giró. Había una anotación escrita con bolígrafo negro.
IRENE VALDÉS.
Debajo:
ALICANTE.
Y una fecha.
No toqué la fotografía.
Molina leyó en silencio y después me miró.
—¿Quién es?
Tardé demasiado en responder.
No porque necesitara pensar la respuesta, sino porque llevaba doce años sin pronunciar aquel nombre delante de alguien que no supiera ya la historia.
—Una mujer que murió en Alicante.
Molina volvió a observar la imagen.
—¿La conocías?
—Participé en la investigación.
—¿Hace doce años?
Asentí.
Él señaló la fotografía sin acercarse.
—Entonces explícame por qué un detective privado asesinado en Madrid tenía escondida una foto de una mujer muerta en Alicante en 2014.
—No puedo.
—¿No puedes o no quieres?
Lo miré.
Molina no estaba bromeando.
—No puedo porque no lo sé. No conocía a Javier antes de esta semana y, hasta hace treinta segundos, no sabía que hubiera oído hablar de Irene.
—Pero tú sí.
—Sí.
Molina esperó algo más. No se lo di todavía.
Pilar intervino desde el otro lado de la mesa.
—Hay dos hojas además de las fotografías. Antes de construir una teoría sobre media España, dejad que terminemos.
Agradecí la interrupción más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Las dos hojas eran impresiones parciales de un listado que, sin la documentación asociada, no permitía entender gran cosa. Fechas, iniciales, cantidades y varias referencias de archivo. Ninguna llevaba el nombre de Irene.
Tampoco Nora.
Molina repasó las fotografías desde el principio.
—Las demás pueden ser trabajos recientes, pero esta no encaja. Si la guardó con todo esto, por alguna razón la consideraba parte de algo que quería esconder.
—O la recibió junto a otra documentación.
—Eso tampoco explica por qué la escondió.
—No.
Esta vez no añadí nada.
Molina se dio cuenta.
—Milagro.
—¿Qué?
—Has dejado que una pregunta se quede sin respuesta durante más de cinco segundos.
—Disfrútalo.
Pilar empezó a guardar las fotografías individualmente.
—Cuando terminemos, os paso las copias digitalizadas. Los originales se vienen con nosotros.
Observé cómo la imagen de Irene desaparecía dentro de una funda transparente.
Había pasado años sin verla. No exactamente.
Había visto fotografías suyas demasiadas veces después del caso, algunas durante meses, hasta que dejé de hacerlo porque mirar la misma cara no respondía ninguna de las preguntas que seguían abiertas.
Pero aquella fotografía no era una de las que recordaba.
Al menos no estaba seguro.
—Quiero saber de dónde salió esa imagen —dije—. Papel, impresión, cualquier marca que permita saber si es una copia reciente o una fotografía antigua.
Pilar asintió.
—Eso sí puedo intentar averiguarlo.
Molina seguía observándome.
—¿Hay algo que debería saber antes de empezar a buscar el nombre?
—Que el caso está cerrado.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Es lo que necesitas saber ahora.
—Después de trabajar contigo tanto tiempo, sabes que esa frase únicamente consigue que quiera saber el resto.
Cogí el abrigo del respaldo de una silla.
—Lo sé.
Salimos del apartamento cuando Científica empezó a desmontar por completo el mueble para asegurarse de que no hubiera más compartimentos.
En el ascensor, Molina permaneció callado hasta que las puertas se cerraron.
—No voy a preguntarte aquí.
—Gracias.
—Te preguntaré cuando lleguemos abajo.
Lo miré.
—Eso dura unos quince segundos.
—Puedo ser paciente cuando me esfuerzo.
El ascensor descendió dos plantas.
—Diez —dijo.
No pude evitar mirarlo.
—Has dicho que no preguntarías.
—No estoy preguntando. Estoy haciendo una cuenta atrás.
Las puertas se abrieron en el portal.
Molina salió primero y esperó a que me reuniera con él.
La farmacia seguía encendida al otro lado de la calle. Allí estaban las imágenes que podían acercarnos a Nora, a Carlos Medina y quizá a la persona que había visitado a Javier antes de morir.
Ese era nuestro caso. Debería haber sido suficiente.
Molina metió las manos en los bolsillos.
—¿Irene Valdés?
Miré hacia la calle antes de responder.
—Sí.
—¿La conocías?
Esta vez no necesitaba ganar tiempo.
—Sí.