El hombre que no vivía allí (Los casos de Rivas 1) CAPÍTULO 8Nora
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CAPÍTULO 8Nora

Nora

A las doce y media seguíamos teniendo una mujer sin apellido, una fotografía que todavía no habíamos encontrado y un nombre escrito dos veces en la libreta de un muerto.

Lo primero era un hecho. Lo segundo, una posibilidad.

Lo tercero solo demostraba que, por algún motivo que todavía desconocíamos, Javier Cárdenas había considerado importante a alguien llamada Nora.

Molina dejó una carpeta sobre mi mesa y se sentó enfrente.

—He pedido que prioricen las grabaciones de la farmacia, pero no van a estar esta mañana. Tienen que hacer la copia completa, conservar el original y revisar que no falte ningún tramo. Nos han dicho que quizá por la tarde.

—Mejor.

—¿Mejor?

—Prefiero que tarden unas horas y podamos utilizarlas a que alguien saque un vídeo con el móvil de la pantalla y luego tengamos que explicar por qué lo hicimos así.

Molina aceptó aquello con una inclinación de cabeza y acercó otra de las cajas que habíamos traído de la casa de Javier.

Habíamos separado los expedientes recientes de los antiguos y, dentro de los recientes, aquellos relacionados con localizaciones de personas.

El problema era que Javier parecía haber desarrollado un sistema comprensible únicamente para él: algunos trabajos tenían número, otros iniciales y unos pocos solo una fecha acompañada por anotaciones que, sin contexto, podían significar casi cualquier cosa.

—Si Nora está aquí, Cárdenas hizo un buen trabajo escondiéndola —dijo Molina.

—O protegiéndola.

—Eso ya es una interpretación.

Lo miré.

Sonrió.

—Estoy aprendiendo.

No le di la satisfacción de responder.

Llevábamos casi una hora revisando documentación cuando encontramos la primera fotografía.

No apareció dentro de una carpeta rotulada NORA ni junto a una nota que explicara quién era la mujer.

Estaba mezclada con otras seis imágenes dentro de una funda transparente, entre fotografías de coches, portales y personas tomadas desde suficiente distancia para que ninguna pareciera consciente de estar siendo observada.

La tercera mostraba a una mujer saliendo de un supermercado.

Tendría treinta y tantos años. Pelo oscuro hasta los hombros, vaqueros, zapatillas y una chaqueta ligera. En una mano llevaba una bolsa reutilizable y en la otra unas llaves. No miraba hacia la cámara.

Molina acercó la fotografía a la luz.

—Morena. Edad compatible con lo que dijo Marta.

—Y aproximadamente media España.

—Sabía que ibas a decir algo así.

Cogí la imagen por los bordes.

La fotografía había sido tomada desde el interior de un vehículo o desde algún punto bajo; el encuadre dejaba una franja oscura en la parte inferior y, detrás de la mujer, apenas aparecía la entrada del supermercado.

Se distinguían los colores de la cadena, pero no el nombre del establecimiento ni ninguna calle.

En la parte posterior había una fecha de seis semanas atrás.

Y una sola palabra.

NORA.

—Tenemos a nuestra Nora —dijo Molina.

—Tenemos una fotografía a la que Javier escribió Nora detrás.

—Hay días en los que trabajar contigo tiene que ser agotador incluso para ti.

Dejé la fotografía sobre la mesa.

—Si mañana descubrimos que Javier fotografió a dos mujeres distintas llamadas Nora, agradecerás que hoy no hayamos decidido cuál es cuál.

—Mañana, si ocurre eso, prometo agradecértelo por escrito.

Seguimos con el resto de las imágenes.

Ninguna mostraba a la mujer de nuevo.

Había un coche aparcado junto a una nave industrial, un hombre saliendo de un edificio de oficinas, una pareja hablando delante de una estación de servicio y dos fachadas residenciales que podían estar en Madrid o a quinientos kilómetros. Javier no había escrito explicaciones adicionales.

—No entiendo por qué guardar una fotografía y quitar todo lo que permitiría localizarla —dijo Molina.

—Quizá precisamente por eso.

—Si ya la había localizado, necesitaba algún sitio donde apuntar quién era.

—No necesariamente dónde estaba.

Molina se recostó en la silla.

—Si estaba intentando protegerla, ¿para qué conservar la foto?

—No he dicho que intentara protegerla.

—Lo has pensado.

—También he pensado que podía estar vigilándola, siguiéndola o intentando averiguar sus rutinas. Ninguna de esas opciones convierte automáticamente a Javier en alguien que quisiera ayudarla.

Molina volvió a mirar la fotografía.

—Vale. Hecho: Javier fotografió a una mujer y escribió Nora. Interpretación: todavía no sabemos por qué.

—Exactamente.

—Te odio un poco cuando tienes razón.

—Eso sí es un hecho.

La búsqueda empezó a avanzar cuando dejamos las fotografías y pasamos a las facturas.

Javier emitía recibos bastante detallados para algunos trabajos y otros sorprendentemente escuetos.

Había clientes habituales —abogados, empresas, administradores de fincas— que aparecían con sus datos completos, mientras que determinados particulares figuraban únicamente con un nombre, un correo electrónico y una referencia interna.

Encontramos a Carlos Medina en una factura emitida siete semanas antes de la muerte.

El concepto decía:

LOCALIZACIÓN DE PERSONA. INVESTIGACIÓN PRELIMINAR.

Importe total:

3.000 euros.

—No está mal por encontrar a alguien —dijo Molina.

—No sabemos cuánto trabajo hubo detrás.

—Tres mil euros siguen siendo tres mil euros.

La factura incluía un correo electrónico, un número de teléfono y un domicilio de facturación en Madrid. No aparecía DNI porque Javier no estaba obligado a incluirlo en aquella copia del encargo.

Molina empezó por el teléfono mientras yo revisaba las fechas.

El pago se había producido un día antes de que Javier anotara por primera vez NORA en la libreta.

Eso ya no era una coincidencia cómoda. Pero todavía no demostraba que Carlos Medina hubiera contratado a Javier para encontrarla.

—El teléfono está dado de baja —dijo Molina después de consultar los primeros datos—. Prepago. Activado hace dos meses y sin actividad desde hace casi seis semanas.

—¿Titular?

—Estoy esperando confirmación. Con los datos de alta que tenemos de momento, no llegamos a ninguna parte.

—¿Correo?

Molina tecleó.

—Cuenta gratuita. Creada aproximadamente en las mismas fechas. No hay nada público asociado.

Me levanté para servirme café mientras él comprobaba la dirección de la factura.

Cuando regresé, estaba mirando la pantalla con el gesto que utilizaba cuando algo se negaba a comportarse como esperaba.

—El domicilio existe.

—Eso no parece una mala noticia.

—Es una oficina compartida. Alquiler de despachos, recepción de correspondencia, domiciliación para empresas. He llamado y dicen que han tenido cientos de clientes en los últimos años.

—¿Carlos Medina?

—No pueden darme información por teléfono y tampoco quiero pedírsela como si estuviéramos encargando una pizza. Les enviaremos el requerimiento.

Dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—Pero alguien se tomó molestias.

Eso sí podía aceptarlo.

Teléfono prepago. Correo creado para la ocasión. Una dirección que no conducía directamente a una vivienda. Un nombre corriente.

—Comprueba el pago —dije.

—Ya lo he pedido.

Tardamos casi una hora en obtener una primera respuesta suficiente para complicarlo todo un poco más.

Los tres mil euros habían llegado mediante una transferencia desde una cuenta abierta en una entidad digital apenas nueve días antes. La cuenta se cerró menos de un mes después.

El titular registrado:

Carlos Medina López.

Molina me enseñó la pantalla.

—Existe.

—Existe un nombre.

—Y un segundo apellido.

—Compruébalo.

Lo hizo.

La búsqueda devolvió demasiadas coincidencias. Carlos Medina López no era precisamente una combinación excepcional.

Había decenas en los registros a los que podíamos acceder, de edades y provincias distintas, y ninguno coincidía de manera limpia con todos los datos aportados a la entidad.

El domicilio pertenecía a la oficina compartida, el teléfono estaba extinguido y la fecha de nacimiento declarada no cuadraba con ninguna de las personas que encontrábamos con ese nombre en Madrid.

Molina fue descartándolas una a una.

Un hombre de setenta y dos años en Alcalá. Otro de treinta y cuatro que llevaba viviendo en Alemania desde hacía cinco. Uno de cincuenta y uno que aparecía como administrador de una empresa de transporte.

Ninguno tenía relación evidente con Javier.

—Podemos pasarnos una semana buscando Carlos Medina López —dijo— y seguir sin saber si alguno es el nuestro.

—Porque estamos suponiendo que el nombre es verdadero.

—La cuenta bancaria pasó controles.

—Pasó suficientes controles para abrirse. No significa que cada dato que utilizaron para crearla nos lleve a quien estaba detrás.

Molina permaneció unos segundos mirando la pantalla.

—Entonces alguien creó una identidad para contratar a Cárdenas.

—Todavía no.

—Sergio.

—Tenemos un cliente que proporcionó datos que no conseguimos hacer coincidir con una persona concreta. Eso es lo que tenemos.

—Voy a hacerte una camiseta.

—¿Con qué?

—Con «Eso es lo que tenemos». Te la puedes poner debajo de la placa.

Sonreí y volví a la factura.

Había algo que no me gustaba.

No porque pareciera falso. Precisamente porque casi todo parecía suficientemente verdadero.

Una dirección real. Una cuenta bancaria real. Un teléfono que había funcionado. Un correo desde el que alguien había mantenido contacto con Javier.

No era una identidad inventada escribiendo un nombre absurdo en un formulario.

Quienquiera que fuera Carlos Medina había construido lo imprescindible para comportarse durante unas semanas como una persona que podía contratar un detective, pagarle tres mil euros y desaparecer después sin dejar un camino sencillo de vuelta.

Abrimos los correos recuperados del ordenador de Javier.

Había siete mensajes intercambiados con aquella cuenta. Los primeros eran administrativos: honorarios, disponibilidad, condiciones del encargo. Después aparecían preguntas sobre la persona buscada.

No figuraba ningún apellido de Nora.

En uno de los mensajes, Carlos explicaba:

Es mi hermana. Perdimos el contacto hace cuatro años y la familia necesita saber que está bien.

Molina leyó la frase dos veces.

—Eso cambia bastante.

—Cambia lo que el cliente dijo.

—Si era su hermana, ya tenemos una relación.

—Si era su hermana.

Molina señaló la pantalla.

—¿Vas a dudar también de las palabras escritas por el propio cliente?

—Especialmente de esas.

El último correo era de Javier. Había sido enviado cinco semanas atrás.

Solo cuatro líneas.

He localizado a la persona.

No voy a facilitarle su dirección ni ningún otro dato que permita encontrarla.

El encargo queda terminado.

No vuelva a contactar conmigo por este asunto.

Nos quedamos en silencio.

Volví a coger la fotografía del supermercado.

Una mujer que podía ser la misma que Marta había visto salir del apartamento.

Un detective que la había localizado. Un cliente que aseguraba ser su hermano. Y una negativa expresa a revelar dónde estaba.

—¿Por qué encuentra a una mujer por encargo de su hermano y después decide que el hermano no puede saber dónde vive? —preguntó Molina.

Esta vez no tenía una respuesta que quisiera corregirle.

—Porque entre una cosa y otra descubrió algo.

—¿Sobre Nora?

—O sobre Carlos Medina.

Molina se levantó y cogió la factura.

—Voy a pedir que aceleren todo lo que tengamos de ese nombre, la cuenta y el teléfono.

Asentí.

—Y no busques a Nora utilizando la fotografía fuera de los procedimientos. Si Javier evitó escribir una dirección, quiero saber por qué antes de convertir nosotros su trabajo en un mapa para encontrarla.

Molina se detuvo junto a la puerta.

—¿Crees que estaba protegiéndola?

Miré otra vez el correo.

Javier no había escrito que no pudiera facilitar la dirección. Había escrito que no iba a hacerlo.

—Creo que tomó una decisión.

—No es lo mismo.

—No.

Molina salió.

Me quedé con la fotografía delante. Todavía no teníamos el apellido de Nora. Tampoco sabíamos dónde vivía ni si era la mujer que había salido del piso de Javier la tarde de su muerte.

Pero empezábamos a saber algo más importante. Javier la había encontrado. Y después había decidido que quien pagaba por encontrarla no debía llegar hasta ella.