El hombre que no vivía allí (Los casos de Rivas 1) CAPÍTULO 7La vecina
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CAPÍTULO 7La vecina

La vecina

A la mañana siguiente volvimos al edificio donde habían encontrado a Javier Cárdenas, aunque esta vez no subimos directamente al cuarto piso.

Ahora sabíamos qué preguntas hacer.

Molina llamó al timbre y esperamos mientras al otro lado se oía primero el arrastre de una silla y después unos pasos.

Marta abrió sin quitar la cadena.

—Otra vez la Policía.

No parecía sorprendida, aunque tampoco especialmente contenta.

—Inspector Rivas. Él es el inspector Molina. Hablamos brevemente la noche en que encontró a Javier Cárdenas.

—Me acuerdo. Ustedes eran los que estuvieron entrando y saliendo hasta no sé qué hora.

—Nosotros y unos cuantos más.

Retiró la cadena.

—Pasen, pero les aviso de que dentro de veinte minutos tengo que conectarme a una reunión y llevo dos días explicando en el trabajo por qué hay policías en mi rellano.

Tendría unos treinta y cinco años, quizá alguno más, y llevaba el pelo recogido con una pinza mientras sujetaba una taza entre las manos. Nos hizo pasar hasta un salón pequeño desde el que se veía, a través de un ventanal, la misma calle que yo había observado desde el piso de Javier.

La farmacia de enfrente seguía allí. No pensé todavía en ella.

—Intentaremos no entretenerla demasiado —dije—. La otra noche nos explicó que llegó a casa, encontró la puerta del vecino entreabierta y vio el cuerpo desde fuera.

—No entré. Eso quiero dejarlo claro porque ya se lo he contado a tres personas y cada vez que alguien vuelve a preguntármelo empiezo a pensar que esperan que cambie la respuesta.

Llegué del trabajo, vi la puerta abierta y pensé que se le habría quedado así por accidente.

Llamé una vez, luego otra, y cuando me acerqué vi las piernas de alguien junto al sofá. Ahí llamé a la Policía.

—¿Conocía a Javier?

Marta hizo una mueca antes de sentarse en uno de los extremos del sofá.

—Si me pregunta si éramos amigos, no. Si me pregunta si sabía quién era, sí. Nos habíamos cruzado unas cuantas veces, aunque tampoco tantas para llevar meses viviendo enfrente de su puerta.

Aquello encajaba.

—¿Le parecía que vivía allí?

La pregunta la hizo sonreír sin demasiada alegría.

—Después de ver todo lo que han sacado del piso, supongo que ahora tengo que decir que no.

—Prefiero que me diga lo que pensaba antes.

Se tomó unos segundos.

—Pensaba que era alguien que estaba poco en casa. Hay gente así en el edificio. Personas que trabajan fuera, parejas que prácticamente viven en casa del otro o gente que tiene un piso en Madrid y pasa aquí tres noches por semana. Nunca me pareció raro.

—¿Le oía?

—Muy poco. Alguna puerta, pasos, una vez música, pero tampoco sabría decirle si era él o venía de arriba. Estas paredes permiten escuchar exactamente lo suficiente para molestarte y nunca lo necesario para enterarte bien de nada.

Molina abrió su libreta.

—La primera noche dijo a los agentes que había escuchado voces alguna vez.

Marta miró hacia él.

—Sí, pero creo que ellos entendieron que me refería a ese mismo momento y no era eso exactamente.

—Cuéntenoslo otra vez —dije.

Dejó la taza sobre la mesa y se acomodó hacia delante.

—La noche en que lo encontraron llegué a casa poco antes de las nueve.

Antes de entrar en casa escuché que estaban hablando en el piso de arriba.

No presté atención porque tampoco tenía motivos para hacerlo, pero unos minutos después, mientras estaba cambiándome, las voces subieron bastante de tono.

—¿Una discusión?

—Eso parecía. No gritos de esos de llamar a la Policía, pero sí dos personas hablando como cuando ninguna quiere dejar terminar a la otra.

—¿Entendió alguna palabra?

—No. El techo de mi dormitorio da más o menos debajo de aquella parte del piso y se notaba que discutían, pero las palabras llegaban deformadas. En algún momento pensé que alguien había dicho «no», aunque decirles eso sería inventar más que recordar.

Me gustó que lo admitiera.

—¿Podría identificar las voces?

Marta negó después de pensarlo.

—Una era de hombre, de eso estoy bastante segura.

Grave, además. La otra no sabría decírselo.

Era más baja o quizá simplemente estaba más lejos.

Esa noche dije que podían ser dos hombres porque fue la impresión que me dio, pero después he estado dándole vueltas y no pondría la mano en el fuego.

Podía ser un hombre hablando más bajo, una mujer con la voz grave o alguien al otro lado de una habitación.

Desde aquí abajo no se distingue tanto como parece.

Molina anotó algo.

—¿Cuánto duró?

—Poco. Cinco minutos, diez como máximo. Después dejé de oír nada.

—¿Golpes?

—No.

—¿Algo cayéndose, un portazo, muebles moviéndose?

Marta volvió a pensarlo.

—Un ruido fuerte sí hubo, pero no sé cuándo exactamente. Podía ser una puerta o algo que se hubiera caído, y ni siquiera puedo garantizarles que viniera de arriba. En este edificio alguien tira algo al suelo cada media hora.

—¿Y después?

—Silencio. Yo cené algo rápido, puse una serie, y sobre las nueve y media salí a tirar la basura.

Fue entonces cuando había encontrado la puerta entreabierta.

Me acerqué a la ventana. Desde allí podía verse parte del portal y la acera de enfrente. La farmacia ocupaba una esquina con un gran escaparate y una cámara pequeña instalada sobre la puerta.

La había visto la primera noche.

—¿Recuerda haber visto entrar o salir a alguien del piso de Javier durante esos días?

Marta no respondió inmediatamente.

—Sí.

Me volví hacia ella.

—Una mujer.

Molina dejó de escribir durante un segundo.

—¿Cuándo?

—Ese mismo día, pero antes. No sé darle una hora exacta porque estaba trabajando desde casa durante parte de la tarde y salí varias veces a la cocina. Debían de ser las siete o algo así, quizá un poco más tarde.

—¿La vio entrar?

—No. La vi salir.

—¿Del apartamento de Javier?

—Sí. Yo estaba cerrando mi puerta y ella salía de arriba. Bajó las escaleras en vez de esperar el ascensor y prácticamente nos cruzamos en el descansillo.

—Descríbala.

Marta levantó una mano antes de que Molina empezara a escribir.

—Aquí es donde luego dicen que los testigos recordamos cosas que en realidad hemos reconstruido. Era morena, eso sí. Tendría mi edad más o menos, treinta y tantos, y llevaba un abrigo claro, quizá beige o gris. No era muy alta. A partir de ahí no les prometo nada.

—¿La había visto antes?

—No que recuerde.

—¿Parecía nerviosa?

Marta se tomó más tiempo con aquella pregunta.

—Parecía alterada, pero no sé si nerviosa. Salió deprisa y llevaba el teléfono en una mano. Cuando llegó a la puerta del portal se quedó quieta un momento, como si estuviera pensando si volver o seguir andando, y después salió.

—¿Lloraba?

—No lo sé. La vi de perfil durante dos segundos. Podía estar llorando, podía estar enfadada o podía tener simplemente esa cara que se te queda después de una discusión. Si necesitan que elija, prefiero no hacerlo.

Otra respuesta que me servía más que una certeza fabricada.

—¿Volvió?

—No la vi volver.

—Eso no significa que no volviera.

—No. Yo no estaba vigilando la puerta.

Molina cerró momentáneamente la libreta.

—¿Javier recibía muchas visitas?

—No especialmente. Alguna persona de vez en cuando, pero si utilizaba el piso para trabajar, como parece que están pensando, no puedo decirles quién era cliente, quién era amigo y quién venía a venderle una enciclopedia.

No le pregunté cómo había llegado a la conclusión de que trabajaba allí. A esas alturas, con policías entrando y saliendo del piso y periodistas que habían empezado a aparecer en la calle, el edificio entero probablemente tenía ya tres versiones diferentes.

—Una cosa más —dije—. ¿Las cámaras del portal funcionan?

Marta soltó una risa breve.

—Eso también se lo puedo responder. No.

—¿Desde cuándo?

—Tres semanas por lo menos. Hubo una avería y el administrador está esperando un presupuesto porque, según él, cambiar el sistema entero cuesta una barbaridad. Hemos tenido dos reuniones de vecinos por eso y seguimos exactamente igual.

Molina me miró.

Yo volví a la ventana.

La farmacia.

—¿Sabe si esa cámara apunta hacia aquí?

Marta siguió mi mirada.

—La de la farmacia creo que sí. Al menos hacia la acera. Una vez hubo un golpe entre dos coches y el dueño de uno bajó a preguntar si habían grabado algo.

Me acerqué un poco más al cristal.

Desde aquella altura podía distinguir la cámara instalada sobre la entrada del establecimiento. El ángulo no permitía saber con certeza cuánto del portal quedaba dentro del encuadre, pero parecía suficiente para intentarlo.

—Gracias, Marta.

Se levantó con nosotros.

—¿Eso es todo?

—De momento.

Nos acompañó hasta la puerta y, antes de abrir, se quedó con la mano sobre el picaporte.

—Inspector, la mujer no parecía peligrosa.

La miré.

—¿Qué parecía?

—No sé explicarlo. Solo digo que desde que les conté lo de la discusión llevo pensando si tendría que haber hecho algo cuando la vi salir, y no me dio miedo. Me pareció más bien alguien que quería marcharse de allí cuanto antes.

—Eso no nos dice por qué había ido.

—Ya.

—Pero ha hecho bien en contárnoslo.

Marta abrió la puerta.

Bajamos los tres pisos por las escaleras y salimos a la calle. La mañana estaba fría y había empezado a caer una lluvia tan fina que apenas mojaba el suelo, aunque obligaba a la gente a caminar algo más deprisa.

Molina señaló hacia la farmacia.

—Supongo que no vamos a volver todavía.

—Supongo que no.

Cruzamos por el paso de peatones.

El farmacéutico que nos atendió tendría algo más de cincuenta años y necesitó ver dos veces las identificaciones antes de acompañarnos hacia la parte trasera del local, donde una pequeña pantalla mostraba cuatro imágenes de seguridad.

Una de ellas apuntaba hacia la calle.

Y el portal de Javier aparecía en el extremo izquierdo. No perfectamente. Pero aparecía.

—¿Cuánto tiempo conservan las grabaciones? —pregunté.

—Unos diez días, depende del espacio que ocupen. Después el sistema empieza a borrar lo más antiguo.

—Necesitamos que no se borre nada correspondiente al día del asesinato, desde media tarde hasta después de las once de la noche.

El hombre miró la pantalla y luego a nosotros.

—¿Puedo darles una copia directamente?

—Primero asegúrese de conservarla. Nosotros tramitaremos lo necesario y vendrá alguien a recogerla correctamente.

Molina comprobó el ángulo desde el monitor.

—Si alguien entra por el portal, debería verse.

—Si pasa cerca de la pared, quizá no —dijo el farmacéutico—. Pero la mayoría de la gente cruza por delante.

Salimos unos minutos después.

Molina guardó la libreta dentro del abrigo.

—Tenemos una mujer que salió del piso, una discusión posterior y una cámara que quizá haya grabado a quien entró.

—Tenemos una testigo que recuerda una mujer, unas voces que no sabe identificar y una cámara cuyo contenido todavía no hemos visto.

—Siempre consigues que todo suene peor.

—Intento que suene exactamente como es.

Molina miró hacia el portal.

—¿Y la mujer?

Pensé en el nombre escrito dos veces en la libreta de Javier.

NORA.

No sabía todavía si tenía algo que ver con aquella desconocida ni, en caso de que lo tuviera, qué había ocurrido entre ella y Javier antes de que saliera del edificio.

Pero ya teníamos una razón para averiguarlo.

—Empecemos por ponerle un apellido.