El hombre que no vivía allí (Los casos de Rivas 1) CAPÍTULO 6Personas que no quieren ser encontradas
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CAPÍTULO 6Personas que no quieren ser encontradas

Personas que no quieren ser encontradas

Víctor Gálvez seguía trabajando en la misma oficina desde la que había compartido agencia con Javier, aunque el apellido de su antiguo socio había desaparecido de la puerta.

Lo que quedaba era una sombra rectangular sobre el cristal esmerilado, una zona ligeramente menos gastada donde durante años había estado pegado CÁRDENAS Y GÁLVEZ INVESTIGACIONES , hasta que alguien retiró la mitad del nombre y dejó solamente GÁLVEZ INVESTIGACIONES PRIVADAS debajo de un teléfono móvil.

Llegamos poco después de las cuatro y media.

Yo llevaba la libreta de Javier dentro de una bolsa y, aunque NORA era el único nombre que habíamos marcado para revisar con urgencia, no quería empezar por ahí. Preguntar demasiado pronto por aquello que más te interesa tiene el inconveniente de explicarle al otro dónde debe tener cuidado.

Víctor abrió personalmente.

Tenía cuarenta y nueve años, el pelo casi completamente gris en las sienes y una camisa azul sin corbata que llevaba remangada hasta los antebrazos.

Era más corpulento que Javier y, por las fotografías antiguas que habíamos encontrado, también había envejecido peor, aunque conservaba esa clase de seguridad física de quien entra en una habitación sin preguntarse dónde colocarse.

Nos hizo pasar después de comprobar las identificaciones.

—Supongo que vienen por Javier. Su hermana me llamó esta mañana, pero no sabía si la Policía tardaría dos horas o dos días en aparecer.

—¿Cuándo habló por última vez con él? —pregunté mientras entrábamos.

—Hace unas tres semanas, quizá algo menos. No llevábamos una relación que exigiera apuntar cada conversación en el calendario.

Nos condujo hasta un despacho donde todavía quedaban dos mesas, aunque una estaba ocupada por una impresora, varias cajas de archivo y una cafetera. No hizo ningún comentario sobre aquella disposición, pero me pregunté cuánto tiempo había tardado en convertir el espacio de Javier en otra cosa.

Víctor señaló dos sillas frente a su mesa.

—Si quieren café, tendrán que aceptar que probablemente sea peor que el de comisaría.

—Entonces estamos acostumbrados —dijo Molina.

Nos sentamos.

Víctor permaneció de pie unos segundos, cerró la puerta y ocupó finalmente su silla.

—¿Saben ya quién lo hizo?

—Si lo supiéramos, probablemente esta conversación sería distinta —respondí.

—No necesariamente. A Javier le sobraban personas capaces de odiarlo sin necesidad de matarlo.

No había ironía en la frase.

—¿Incluido usted?

Víctor apoyó los antebrazos sobre la mesa y me sostuvo la mirada.

—Durante algunos años, sí. Hubo semanas en las que habría pagado para no tener que escuchar su opinión sobre cómo debía hacer mi trabajo, pero una cosa es querer mandar a alguien a la mierda y otra bastante distinta romperle la cabeza.

Molina abrió la carpeta.

—¿Por eso terminaron la sociedad?

Víctor se acomodó en la silla antes de responder, como si hubiera contado aquella versión suficientes veces como para no necesitar prepararla.

—Terminamos porque después de quince años juntos ya no estábamos haciendo el mismo trabajo.

Javier empezó a revisar cada encargo como si fuéramos a presentarlo ante un juez, mientras yo pensaba que un cliente adulto podía contratar a un detective sin entregarnos un informe psicológico y tres certificados de buena conducta.

—Eso suena a una diferencia bastante seria.

—Lo fue, pero no apareció de un día para otro.

Al principio discutíamos por trabajos concretos; después discutíamos por cómo hablábamos con los clientes, por lo que cobrábamos y por cuánto tiempo dedicábamos a comprobar si alguien nos estaba contando la verdad.

Al final discutíamos antes incluso de saber sobre qué íbamos a discutir.

—¿Quién decidió separarse?

—Javier.

La respuesta llegó sin vacilación.

—Me dijo que ya no confiaba en mi criterio y yo le contesté que estaba cansado de pedirle permiso para hacer el trabajo que llevábamos quince años haciendo.

Repartimos clientes, documentación y gastos, y cada uno siguió por su cuenta.

No hubo abogados ni una guerra por el nombre de la empresa, si es eso lo que buscan.

—¿Le molestó que se marchara?

—Claro que me molestó. También me alivió.

Aquella respuesta me pareció más creíble que una reconciliación retrospectiva.

—Raquel dice que últimamente Javier estaba más cansado y preocupado por algo relacionado con el trabajo.

Víctor inclinó ligeramente la cabeza.

—Raquel veía a su hermano como una persona más sencilla de lo que era, y eso no es una crítica.

Probablemente los hermanos necesitamos hacerlo para poder seguir comiendo juntos los domingos.

Javier llevaba años preocupado por algo; si no era un cliente, era un expediente mal cerrado, una factura que no cuadraba o alguien a quien creía haber hecho una pregunta insuficiente.

—¿Se había puesto en contacto con usted por algo concreto?

—No.

—¿Ninguna discusión reciente?

—No.

—¿Dinero pendiente entre ustedes?

—Tampoco. Si quieren revisar las cuentas, no tengo inconveniente.

Molina levantó la mirada de sus notas.

—Las revisaremos.

Víctor esbozó una sonrisa muy leve.

—No esperaba otra cosa.

Saqué una fotografía impresa del apartamento falso, una tomada por Científica antes de que empezáramos a movernos por el salón, y la puse delante de él.

—¿Reconoce este piso?

Lo observó durante bastante tiempo, no solo el salón sino también los pequeños detalles de la imagen, hasta que levantó finalmente la vista.

—No.

—Javier lo alquilaba desde hacía seis meses.

—Entonces llevaba seis meses sin contármelo.

—¿Le sorprende?

—Que tuviera un piso para reuniones, no. Que pagara uno entero pudiendo alquilar despachos por horas, un poco más.

—No era solamente una sala de reuniones. Había ropa, comida, libros, fotografías y suficientes objetos como para que cualquier persona que entrara creyera que Javier vivía allí.

Víctor volvió a mirar la imagen.

—Entonces seguía haciéndolo.

Molina dejó de escribir.

—¿Siguiendo qué?

Víctor pareció comprender que acababa de asumir algo que nosotros todavía no habíamos mencionado.

—Cuando trabajábamos juntos utilizábamos sitios que no tenían ninguna relación con nuestras casas.

Nunca tan elaborados, al menos que yo recuerde, pero sí apartamentos alquilados por semanas o despachos prestados cuando el cliente nos parecía problemático.

No era paranoia; simplemente no tiene mucho sentido investigar durante un mes a alguien potencialmente peligroso y después entregarle tu dirección particular porque quiere pagarte en persona.

Aquella explicación encajaba demasiado bien con lo que habíamos encontrado.

Precisamente por eso la anoté mentalmente.

—¿Había estado alguna vez en este piso?

—Ya le he dicho que no.

—Le he preguntado si lo reconoce. No si había estado allí.

Víctor apoyó la espalda en la silla.

—Entonces se lo digo ahora: no he estado allí, no sabía que existía y Javier no me habló de él.

—¿Conservaba llaves de lugares que utilizaban antes?

—Hace dos años que dejamos de compartir nada, inspector. Si Javier decidió alquilar ese apartamento hace seis meses, no veo qué llave podría conservar yo.

Tenía razón. Y no pareció disfrutar especialmente de tenerla.

Molina pasó a otra cuestión.

—En la casa de Javier hemos encontrado muchos expedientes de localización. Algunos antiguos pertenecen a la época en la que trabajaban juntos.

—Eso sería normal. Cada uno conservó la documentación que legalmente podía conservar y copias de lo que necesitábamos por posibles reclamaciones posteriores.

—¿Alguna vez tuvieron problemas serios por una localización?

Víctor tardó algo más en responder.

—Depende de lo que consideren serio. Gente enfadada, amenazas, clientes que quieren recuperar el dinero porque la respuesta no es la que esperaban…

todo eso forma parte del trabajo. Pero si me están preguntando si alguien intentó matar a Javier hace cinco años y ahora ha vuelto para terminar lo que empezó, no recuerdo nada parecido.

—No le he preguntado eso.

—Ya, pero estábamos llegando.

Molina me miró de reojo.

Aquello me gustó menos de lo que estaba dispuesto a admitir. No porque Víctor pareciera culpable, sino porque llevaba demasiado tiempo tratando con gente que hacía preguntas para no reconocer la dirección de las nuestras.

Miré el reloj. Las cinco y nueve.

Me quedaban seis minutos para cumplir una promesa que esa mañana había parecido mucho más sencilla.

Saqué entonces una hoja donde había escrito varios nombres de la libreta de Javier sin reproducir el orden ni las marcas.

—Antes de marcharme, quiero preguntarle por algunas personas que aparecen entre los últimos asuntos de Javier. Puede que no tengan ninguna importancia.

Víctor acercó la hoja.

Leyó los primeros nombres sin reaccionar.

—A este lo recuerdo de cuando trabajábamos juntos. Un empresario de Toledo. El siguiente no me suena. A la mujer de abajo creo que la vi una vez, pero puedo estar confundiéndola con otra persona.

Deslicé el dedo hasta el último nombre.

—Nora.

Víctor volvió a leerlo.

No cambió de postura, no apartó la vista ni hizo ninguna de esas cosas que los interrogatorios de televisión enseñan a esperar cuando alguien oye el nombre que no quiere oír.

Simplemente preguntó:

—¿Nora qué?

—Solo aparece así.

—Entonces no puedo ayudarles demasiado. Javier trabajaba con nombres incompletos cuando todavía no había identificado a una persona o cuando prefería no dejar determinados datos juntos. Puede ser una cliente, alguien a quien buscaba o alguien relacionado con otra investigación.

—¿No recuerda ninguna Nora?

—Recuerdo varias. Ninguna que pueda relacionar con Javier solamente por el nombre.

Recogí la hoja.

—Si recuerda algo, llámeme.

Le dejé una tarjeta.

Víctor la guardó junto al teclado.

—Inspector, si realmente quieren entender a Javier, no cometan el error de pensar que todo lo que hacía tenía una explicación sencilla.

Era bueno en esto precisamente porque desconfiaba incluso cuando no tenía motivos, pero vivir así durante demasiados años termina haciendo que uno encuentre motivos en todas partes.

—¿Y usted no era así?

Sonrió por primera vez con algo parecido a naturalidad.

—Por eso dejamos de trabajar juntos.

Cuando salimos de la oficina eran las cinco y diecisiete.

Molina miró la hora y después a mí.

—Dos minutos tarde.

—Puedo sobrevivir.

—¿Quieres que siga con Gálvez?

—Comprueba las cuentas, clientes compartidos y cuándo fue exactamente la última conversación entre ellos. También quiero saber si esa ruptura fue tan limpia como acaba de contarnos, pero no lo conviertas en sospechoso porque haya sido socio de un muerto.

—No pensaba hacerlo.

—Te conozco.

—Y yo a ti. Vete.

Me fui.

Llegué al instituto a las seis menos siete, con el abrigo todavía puesto y una carpeta del caso dentro de la mochila que había decidido no abrir hasta que terminara la reunión.

Elena ya estaba allí. Claudia también.

Mi hija me vio entrar desde el otro extremo del pasillo y durante un instante no dijo nada. Después miró el reloj que había sobre la puerta del aula, volvió a mirarme y apartó su mochila de la silla vacía que tenía al lado.

No sonrió. Tampoco hizo falta. Me senté junto a ella antes de que llegara la tutora.

Por una vez, había dicho que estaría. Y estaba.