El hombre que no vivía allí (Los casos de Rivas 1) CAPÍTULO 5La verdadera casa
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CAPÍTULO 5La verdadera casa

La verdadera casa

Cuando conseguimos autorización para entrar en la casa de Javier Cárdenas eran casi las dos de la tarde, y lo primero que pensé al cruzar la puerta fue que no necesitaba abrir ningún armario para saber que allí sí había vivido alguien.

La vivienda estaba en una calle tranquila a las afueras de Boadilla, dentro de una urbanización construida hacía más de veinte años, con casas pequeñas que probablemente habían parecido mucho más grandes cuando las entregaron.

Javier tenía una de las esquinas, dos plantas, un patio trasero estrecho y un garaje cuya puerta, tal como había contado Raquel, parecía llevar bastante tiempo sin abrirse.

Molina se quedó un momento en la entrada mientras uno de los compañeros de Científica terminaba de indicarnos por dónde podíamos movernos.

—Esto ya me gusta más que el otro piso —dijo—. Hay una bicicleta estorbando en el pasillo, dos zapatos que no forman pareja y una bombilla fundida. Si quieres investigar la autenticidad de la vivienda, creo que podemos dar el asunto por resuelto antes de comer.

—No hace falta que todo lo conviertas en una competición conmigo.

—No lo convierto yo. Fuiste tú quien decidió que los sofás declaraban como testigos.

Entré en el salón sin responderle.

Allí no había nada preparado para convencer a nadie.

El sofá tenía una zona hundida en uno de los extremos, como si Javier hubiera utilizado casi siempre el mismo sitio, y sobre la mesa quedaban dos mandos a distancia, un recibo de una gasolinera, unas gafas de lectura y una moneda de dos euros que había terminado debajo de un folleto de comida a domicilio.

En una estantería había libros, pero ninguno estaba colocado por altura.

Algunos estaban tumbados encima de otros porque ya no cabían, varios tenían el lomo desgastado y uno conservaba entre las páginas un billete de tren utilizado como marcador.

Saqué el que tenía más cerca después de que Científica nos permitiera revisar aquella zona y comprobé que había anotaciones a lápiz en los márgenes.

Molina miró por encima de mi hombro.

—Te veo mucho más tranquilo. Si además encontramos una camisa mal planchada, vas a emocionarte.

—Estoy comprobando una diferencia.

—La diferencia es que aquí vive alguien y allí alguien quiere que parezca que vive.

Lo miré.

—Eso ha sonado casi inteligente.

—Llevo años guardando fuerzas para sorprenderte.

Devolví el libro al mismo sitio y seguí hacia la cocina, donde había platos secándose junto al fregadero, una botella de aceite abierta, tres imanes en la nevera y una planta pequeña en el alféizar que llevaba demasiados días sin agua.

Nada de aquello era importante por separado, pero tampoco necesitaba serlo; precisamente eso era lo que convertía aquel lugar en una casa.

Había cosas que existían sin que nadie hubiera pensado qué impresión causarían.

Abrí la nevera cuando nos dieron permiso. Encontré restos de una tortilla dentro de un recipiente de plástico, media cebolla envuelta de cualquier manera, una cerveza sin alcohol, dos tarros de salsa y un limón que empezaba a secarse.

Molina se apoyó en la puerta.

—Espero que no estés calculando cuándo compró la cebolla.

—Estoy aprendiendo de mis errores.

—Voy a apuntar la fecha.

Cerré la nevera.

El dormitorio estaba arriba. La cama permanecía sin hacer y, sobre una silla, Javier había dejado unos pantalones, una camiseta y un jersey gris.

En el armario había más ropa que en el apartamento del centro, aunque lo importante no era la cantidad sino el aspecto: puños desgastados, perchas distintas, camisetas dobladas sin demasiado cuidado y una chaqueta con un botón diferente a los demás.

Sobre la cómoda había una fotografía de Javier con Raquel y otras tres personas alrededor de una mesa.

Nada en ella parecía perfecto.

Uno de los hombres tenía los ojos medio cerrados, alguien había dejado una botella delante del objetivo y Javier no miraba a cámara.

—Esta sí es de verdad —dijo Molina.

—Parece.

Se volvió hacia mí con una sonrisa.

—Has estado a punto de decirlo otra vez.

—No empieces.

En el baño había un cepillo de dientes, medicamentos para el dolor de cabeza, una maquinilla de afeitar con restos de uso y un frasco de colonia casi terminado. Podíamos haber seguido haciendo inventario durante horas, pero ya habíamos entendido lo esencial antes de subir la escalera.

El apartamento del centro no había sido una segunda casa descuidada. Había sido una imitación.

Cuando volvimos al salón encontré una taza sobre una balda baja, apartada de las demás. Era blanca, sin dibujo alguno, y tenía el asa pegada con una línea gruesa de adhesivo amarillento.

La cogí con cuidado.

—Por favor, dime que no vamos a reconstruir también la historia de la taza —dijo Molina.

—No hace falta. Nadie compra una taza rota para decorar una casa.

—A no ser que sea muy barata.

—La ha reparado.

—Lo veo.

—Precisamente.

La dejé donde estaba.

En el piso del centro alguien había comprado suficientes objetos como para parecer que existía una vida. Allí, en cambio, había objetos que habían sobrevivido porque Javier no había querido tirarlos.

Era una diferencia pequeña. También era toda la diferencia.

El despacho estaba al fondo de la planta baja y tenía una cerradura independiente. Encontramos la llave en el llavero que Javier llevaba la noche de su muerte, aunque esperamos a que Científica terminara antes de entrar.

No era un despacho especialmente grande.

Un escritorio ocupaba buena parte de la habitación, acompañado por dos archivadores metálicos, una impresora y una estantería con carpetas etiquetadas por años.

Había además una trituradora de papel, una caja fuerte pequeña empotrada en la pared y un tablón de corcho sin fotografías ni mapas, únicamente con teléfonos escritos a mano, recordatorios y tarjetas de negocios.

Molina se acercó a una de ellas.

—CÁRDENAS Y GÁLVEZ INVESTIGACIONES.

Debajo aparecían dos nombres.

Javier Cárdenas.

Víctor Gálvez.

—El socio —dije.

Molina giró la tarjeta entre los dedos.

—O el antiguo socio. No sabemos de cuándo es esto.

—Entonces quiero averiguarlo. Y, si ya no trabajan juntos, por qué.

Molina dio la vuelta a la tarjeta.

—No hay nada escrito.

—No esperaba que pusieran el motivo de la ruptura profesional detrás del teléfono.

—Nunca sabes cuánto puede facilitarte la vida la gente organizada.

Nos repartimos el trabajo cuando Científica terminó la primera revisión del escritorio. Molina empezó por los archivadores mientras yo examinaba las carpetas que Javier había dejado encima de la mesa.

No tardamos demasiado en comprender a qué se dedicaba.

Había expedientes relacionados con herencias en las que faltaba localizar a uno de los beneficiarios, empresarios que buscaban antiguos socios, familias que intentaban encontrar a alguien con quien habían perdido contacto y abogados que necesitaban localizar a una persona antes de iniciar determinados procedimientos.

También había trabajos más incómodos.

Personas que querían saber dónde vivía una antigua pareja. Padres que preguntaban por hijos adultos que habían decidido no mantener contacto. Gente que hablaba de «recuperar una relación» cuando en realidad parecía querer averiguar una dirección.

Molina cerró una carpeta.

—Nunca había pensado en esto, pero supongo que encontrar a alguien no significa que esa persona quiera ser encontrada.

—Depende del caso.

—Ya, pero si tú contratas a un detective, el detective escucha tu versión. Puedes decirle que llevas diez años buscando a tu hermana y omitir que tu hermana lleva esos diez años intentando no verte.

Aquella frase me hizo dejar la carpeta que estaba leyendo.

—Eso es exactamente lo peligroso.

Molina levantó otra.

—¿Tú aceptarías cualquiera de estos trabajos?

—Yo no soy detective privado.

—Sabes lo que te estoy preguntando.

Me quedé mirando la documentación extendida sobre la mesa. Había nombres, fechas, teléfonos, movimientos bancarios, fotografías tomadas desde coches y notas sobre rutinas de personas que probablemente nunca habían sabido que Javier las observaba.

—Supongo que tendría que saber quién quiere encontrar a quién y para qué. Si la respuesta no me convence, no buscaría.

—Y si te mienten.

—Entonces tienes un problema.

Molina dejó la carpeta despacio.

—Javier podía tener muchos problemas.

No era una conclusión brillante, pero era cierta.

Hasta aquel momento habíamos tratado la existencia del piso falso como una rareza. Ahora empezaba a parecer una herramienta profesional bastante razonable para alguien que trabajaba con personas que podían no reaccionar bien cuando recibían una respuesta que no les gustaba.

Miré alrededor del despacho.

—Ese apartamento no estaba pensado para engañarnos a nosotros.

Molina tardó un instante en seguirme.

—Era para los clientes.

—Si alguno iba a reunirse con Javier y averiguaba dónde vivía, quería que pensara que su casa era aquella.

—Y si las cosas se torcían, venían a buscarlo al sitio equivocado.

—Exactamente.

Aquello no resolvía el asesinato, pero modificaba completamente la pregunta con la que habíamos empezado.

Ya no necesitábamos averiguar por qué Javier había fabricado una vida. Necesitábamos saber para quién la había fabricado.

Seguimos revisando expedientes.

A las cuatro menos veinte miré el reloj por primera vez desde que habíamos entrado. A las cinco y cuarto había prometido marcharme y, si quería llegar a la tutoría sin atravesar Madrid como si persiguiera a alguien, no podía permitirme demasiadas desviaciones.

Molina debió de verme.

—Tranquilo, padre del año. Todavía te queda tiempo.

—No necesito que me lleves la cuenta.

—Tú claramente sí.

No le respondí porque acababa de encontrar una libreta pequeña debajo de varias facturas.

No tenía nada de especial. Tapas negras, una goma para mantenerla cerrada y páginas llenas de nombres acompañados por fechas, cantidades y anotaciones breves. Algunos coincidían con expedientes que ya habíamos visto; otros parecían contactos que todavía no habíamos identificado.

Pasé varias páginas. Había apellidos tachados. Teléfonos. Una dirección incompleta. Una cita anotada para el viernes siguiente.

No intenté convertir cada palabra en una pista. Javier utilizaba aquella libreta para trabajar y la mayor parte probablemente no tendría ninguna relación con su muerte.

Fue Molina quien señaló una página cuando yo estaba a punto de pasarla.

—Espera.

Volví atrás. Había cuatro nombres escritos con la misma tinta. Tres tenían una marca pequeña a la izquierda, como si Javier hubiera terminado algún trámite relacionado con ellos. El cuarto no tenía apellido.

NORA.

Javier había rodeado el nombre una vez y, después, había trazado un segundo círculo encima del primero.

Debajo no había dirección, teléfono ni ninguna explicación.

Molina se inclinó sobre la mesa.

—¿Te suena?

Negué lentamente.

—No, pero a él debía de importarle bastante.

Miré el resto de la página, buscando alguna indicación que explicara por qué aquel nombre había merecido dos círculos.

No había ninguna.

Cerré la libreta sin apartarla del escritorio. Por primera vez desde que habíamos entrado en aquella casa, algo no parecía simplemente parte de la vida de Javier. Parecía parte del motivo por el que había terminado muerto.