CAPÍTULO 4Javier Cárdenas
Javier Cárdenas
Raquel Cárdenas llegó a las diez y doce con un abrigo que no se quitó hasta que estuvo sentada frente a nosotros, aunque en la sala hacía suficiente calor como para que Molina hubiera abierto una ventana cinco minutos antes.
No lloraba.
Eso fue lo primero que advertí, y también lo primero que procuré no interpretar, porque después de años hablando con familiares de víctimas había aprendido que el dolor no seguía ninguna de las reglas que los demás esperábamos de él.
Algunos lloraban antes de preguntar cómo había muerto alguien; otros querían detalles que después no conseguían olvidar; los había que parecían tranquilos durante horas y se derrumbaban al descubrir una taza, una llamada perdida o una prenda que ya nadie iba a recoger.
Raquel se sentó, colocó el bolso entre los pies y mantuvo las dos manos sobre las rodillas.
—Quiero verle —dijo—, pero me han explicado que ahora mismo no puedo y que primero tenía que hablar con ustedes. Supongo que también necesitarán que identifique oficialmente el cuerpo, aunque no entiendo muy bien para qué sirve todo esto si ya saben que es mi hermano.
—La identificación formal seguirá su procedimiento —respondí—, pero ahora mismo lo que más necesitamos es conocer a Javier. Saber cómo vivía, con quién se relacionaba y si había ocurrido algo diferente durante las últimas semanas.
Raquel me observó unos segundos antes de mirar a Molina.
—¿Diferente en qué sentido?
Molina estaba sentado a mi derecha, con una carpeta cerrada delante y sin ninguna de las bromas de la noche anterior.
—Cualquier cambio que a usted le llamara la atención. Personas nuevas, problemas de trabajo, miedo, dinero, discusiones, viajes que no fueran habituales... No hace falta que decida qué es importante; eso lo decidiremos nosotros después.
Ella bajó la vista hacia sus manos.
—Javier no me contaba demasiado sobre su trabajo. Eso ya se lo digo para que no esperen encontrar en mí una agenda con los nombres de sus clientes, porque precisamente una de las cosas que más repetía era que un detective que habla demasiado deja de ser detective bastante pronto.
No parecía una frase preparada para hacernos gracia. Sonaba a algo que había oído muchas veces.
—¿Se veían con frecuencia? —pregunté.
—Una vez por semana, algunas veces dos. Comíamos juntos los domingos si ninguno tenía otra cosa, y hablábamos casi todos los días por teléfono, aunque hubiera semanas en las que la conversación durara dos minutos porque los dos estábamos ocupados.
Mi hermano podía desaparecer tres días por trabajo y luego llamarme para discutir durante media hora sobre si había que cambiar una persiana.
—¿Vivía solo?
Raquel levantó la cabeza.
—Desde el divorcio, sí. No había vuelto a convivir con nadie, al menos que yo sepa, y si me están preguntando por una pareja, tampoco tenía una relación estable. Alguna mujer había, supongo; Javier no era monje, aunque tampoco era de los que necesitaban contarlo.
Abrí la carpeta y dejé delante de mí la dirección del apartamento donde lo habíamos encontrado.
—¿Reconoce esta dirección?
Raquel leyó durante un par de segundos.
Después volvió a leerla.
—No.
—¿Está segura?
—Completamente. ¿Por qué?
—El piso donde encontramos a su hermano está en esa dirección.
Su expresión cambió de una forma que me pareció más cercana a la incredulidad que al miedo.
—Eso no puede ser.
—El contrato de alquiler estaba a nombre de Javier y llevaba seis meses pagando alquiler, luz e internet.
Raquel dejó la hoja sobre la mesa, pero no apartó la vista de ella.
—Entonces lo alquilaba por trabajo, porque vivir allí no vivía.
Molina y yo nos miramos.
No hizo falta que ninguno dijera nada.
Raquel lo vio.
—¿Qué pasa?
Me incliné ligeramente hacia delante.
—Anoche llegamos a la conclusión de que probablemente no vivía allí, pero todavía no teníamos una confirmación externa. ¿Dónde vivía su hermano realmente?
—En una casa pequeña al oeste de Madrid, cerca de Boadilla.
La compró hace siete años, después de separarse.
No es una gran casa, antes de que se imaginen nada: dos habitaciones, un patio minúsculo y un garaje en el que nunca metía el coche porque decía que tardaba más en abrir la puerta que en aparcar fuera.
Anoté la dirección cuando me la dio.
—¿Por qué está tan segura de que no podría haber utilizado también el apartamento del centro como vivienda?
Raquel tardó poco en contestar.
—Porque Javier detestaba vivir en el centro de Madrid.
No le molestaba trabajar allí, ni quedar, ni ir a cenar, pero decía que no entendía cómo alguien podía pagar más dinero para dormir escuchando autobuses, vecinos y motos a las tres de la mañana.
Cuando estuvo casado vivía cerca de Chamberí y llevaba años diciendo que aquello había sido el precio oculto del matrimonio.
Por primera vez apareció algo parecido a una sonrisa, aunque desapareció antes de terminar la frase.
—Además, conozco su casa. He dormido allí. Tengo una copia de las llaves. Su ropa está allí, sus cosas están allí y, a menos que llevara seis meses manteniendo dos vidas para que su hermana no se enterara, el domicilio que ustedes me enseñan no era su casa.
—¿Era reservado?
—Sí, pero no de esa manera. Javier podía ocultarte el nombre de un cliente durante veinte años y, al mismo tiempo, llamarte porque no sabía si comprar una cafetera negra o gris. Era reservado con lo que consideraba de los demás, no con su propia vida.
Aquella distinción me interesó.
—¿Alguna vez le habló de utilizar pisos para reunirse con clientes?
Raquel frunció ligeramente los labios antes de responder.
—No exactamente. Sí me había dicho alguna vez que nunca daba su dirección personal a alguien a quien estuviera investigando o a un cliente que no conociera bien, y me parecía bastante lógico teniendo en cuenta su trabajo.
También cambiaba de teléfono más de lo normal y tenía un apartado postal para determinadas cosas.
Pero un piso entero... eso no me lo había contado.
Molina abrió la carpeta.
—¿Alguna vez tuvo problemas con un cliente?
Raquel soltó aire lentamente.
—Si buscan a alguien que se haya enfadado con él, necesitarán otra carpeta.
Javier localizaba personas, y eso significa que muchas veces una de las dos partes no quería ser localizada.
Me contó una vez que un hombre estuvo tres días llamándolo porque había encontrado a un socio que le debía dinero y el socio, al enterarse, terminó amenazando a los dos.
Otra vez una mujer le tiró un vaso porque Javier le dijo que su marido no estaba desaparecido, sino viviendo con otra persona en Valencia.
Ese tipo de trabajo no estaba lleno precisamente de gente agradecida.
—¿Le habían amenazado últimamente?
—No que yo supiera.
—¿Y parecía preocupado?
Raquel se quedó pensando.
—Estaba más cansado.
—¿Desde cuándo?
—Unos meses, quizá. No sabría ponerles una fecha. La semana pasada comimos juntos y apenas habló del trabajo, pero eso tampoco era raro. Lo que sí me llamó la atención fue que me preguntó una cosa que no venía a cuento.
Esperé.
Raquel se pasó un dedo por el borde del bolso antes de continuar.
—Me preguntó si yo creía que una persona podía hacer algo malo durante años y decidir de repente que quería arreglarlo.
Molina dejó el bolígrafo sobre la carpeta.
—¿En qué contexto se lo dijo?
—En ninguno. Estábamos hablando de mi hijo, que quiere dejar la universidad, y de repente Javier salió con eso. Yo le pregunté si se refería a alguien y me dijo que no, que era una pregunta. Le respondí que dependería de lo que hubiera hecho y de por qué quisiera arreglarlo.
—¿Y él qué dijo?
—Que seguramente llegaría un momento en el que el motivo daba igual.
No anoté aquella frase inmediatamente. Preferí observarla.
—¿Le pareció que hablaba de sí mismo?
—Entonces no. Ahora no tengo ni idea.
Hubo unos segundos de silencio, pero no sentí necesidad de llenarlos.
Raquel fue quien habló.
—¿Mi hermano hizo algo?
—No tenemos ningún indicio de eso.
—No me responda como policía, inspector. Si me está preguntando por amenazas, clientes y si Javier creía que alguien podía arreglar algo malo después de años, es porque están buscando una historia que yo no conozco.
—Estamos intentando descubrir todas las historias que no conocemos, incluida la del hombre que lo mató.
Raquel sostuvo mi mirada.
—¿Fue un robo?
—No podemos asegurarlo.
—En la televisión dicen que faltaban cosas.
—Faltan cosas, pero eso no convierte automáticamente lo ocurrido en un robo.
—Entonces creen que alguien quiso que pareciera uno.
Era rápida.
No respondí directamente.
—Creemos que la escena necesita más explicación de la que parece necesitar a primera vista.
Raquel apoyó la espalda en la silla y cerró los ojos un instante.
—Eso sí que suena a Javier.
—¿Por qué?
—Porque era agotador. Si una puerta estaba abierta, él quería saber quién la había abierto, a qué hora y por qué no estaba cerrada. Mi madre decía que de pequeño no rompía los juguetes: los desmontaba para comprobar cómo funcionaban y después se enfadaba porque nunca conseguía montarlos igual.
Molina sonrió apenas.
—Ahora entiendo mejor la profesión.
—Yo creo que la profesión lo empeoró. Llegó un momento en que Javier podía convertir una comida familiar en una investigación simplemente porque alguien decía que había tardado veinte minutos en llegar y él calculaba que tenían que ser treinta.
Aquello me resultó demasiado familiar como para comentarlo.
—¿Conservaba documentación profesional en casa?
—Sí, aunque no sé dónde ni cómo. Tenía un despacho y siempre estaba cerrado cuando venían mis sobrinos. Decía que un cliente pagaba también por el derecho a que nadie supiera que era cliente suyo.
—Necesitaremos entrar en esa vivienda.
Raquel asintió con más rapidez de la que esperaba.
—Hagan lo que tengan que hacer. Si necesitan mi llave, se la doy, aunque imagino que ustedes tendrán sus procedimientos y que una hermana no puede autorizar cualquier cosa simplemente porque sí.
—Primero aseguraremos la vivienda y tramitaremos lo necesario. Si necesitamos algo de usted se lo pediremos.
Buscó las llaves dentro del bolso de todos modos y separó una del llavero.
—Quédensela. Aunque solo sea para que no tengan que llamarme cuando puedan entrar.
La dejó sobre la mesa.
No la cogí.
—De momento guárdela. Ya se la pediremos si hace falta.
Raquel volvió a meterla en el bolso con un movimiento lento.
Antes de levantarse, preguntó:
—¿Sufrió?
Había llegado la pregunta que casi siempre llegaba.
Podía haberle hablado del golpe, de la ausencia aparente de una pelea prolongada y de la posibilidad de que la muerte hubiera sido rápida, pero todavía no teníamos la autopsia y había una diferencia importante entre tranquilizar a alguien y regalarle una certeza falsa.
—Por lo que sabemos hasta ahora, todo ocurrió muy deprisa. El forense podrá concretarnos más cosas, y cuando tengamos información segura se la explicaremos.
Raquel asintió.
Se puso el abrigo y se detuvo junto a la puerta.
—Inspector.
—Dígame.
—Si encuentran algo en su casa que haga que Javier parezca alguien distinto del hombre que yo conocía, no intenten protegerme. Prefiero saber quién era mi hermano a quedarme con una versión cómoda.
—Eso intentamos averiguar nosotros también.
Cuando salió, Molina permaneció unos segundos mirando la puerta cerrada.
—Me cae bien.
—No estamos eligiendo cuñada.
—Ya sabes a qué me refiero. No ha intentado convertirlo en un santo.
Miré mis notas.
Un detective privado especializado en localizar personas. Una casa real que todavía no habíamos visto. Un apartamento falso del que su propia hermana no sabía nada.
Y una pregunta formulada pocos días antes de morir sobre si alguien podía intentar reparar años haciendo algo malo.
—Quiero la autorización para entrar en la casa cuanto antes —dije—. También quiero confirmar el divorcio, hablar con la exmujer y reconstruir sus últimos trabajos, pero primero vamos a ver dónde vivía Javier cuando no estaba fingiendo que vivía en otro sitio.
Molina miró el reloj de la pared.
—Son casi las once. Si conseguimos entrar antes de comer, todavía puedes abandonar a tu compañero a las cinco y cuarto para cumplir tu solemne promesa familiar.
—Voy a cumplirla.
—No he dicho que no. Solo estoy disfrutando de tener una hora exacta a partir de la cual puedo recordarte que en tu casa mandan más que aquí.
Cerré la carpeta.
—No te acostumbres.
Molina se levantó y recogió sus cosas. Antes de salir, volví a mirar la dirección que Raquel nos había dado.
Hasta aquella mañana habíamos conocido a Javier Cárdenas por lo que faltaba en una casa falsa.
Ahora íbamos a conocerlo por lo que había dejado en la verdadera.